Mientras el Gobierno cuestionó la bandera de “Las Malvinas son argentinas” exhibida por la Selección y avanza en una política de acercamiento al Reino Unido, el Senado se prepara para tratar una reforma de la Ley de Tierras impulsada por Javier Milei que facilitaría el acceso del capital extranjero a millones de hectáreas del país.
Una bandera que incomodó al poder
La imagen de los jugadores de la Selección Argentina celebrando con una bandera que decía “Las Malvinas son argentinas” recorrió el mundo. Lo que para millones fue un gesto natural de reivindicación de la soberanía, para la FIFA, el gobierno británico e incluso funcionarios del propio gobierno argentino se convirtió en un problema.
La ministra Monteoliva llegó a sostener que la frase constituía un “mensaje político”. Desde el Reino Unido exigieron sanciones y Javier Milei evitó respaldar con firmeza el gesto de los futbolistas, afirmando que “no había que mezclar las cosas”. El mismo presidente que admira públicamente a Margaret Thatcher volvió a mostrar una postura distante respecto del reclamo histórico argentino. Sin embargo, la verdadera discusión sobre la soberanía no termina en una bandera.
La tierra también es soberanía
Mientras el debate público giraba alrededor de una bandera en una cancha de fútbol, el Gobierno avanzaba silenciosamente con un proyecto para modificar la Ley de Tierras Rurales, una norma sancionada en 2011 que establece límites a la adquisición de tierras por parte de extranjeros.
La iniciativa libertaria busca flexibilizar esas restricciones bajo el argumento de atraer inversiones. Desde la lógica oficial, la tierra aparece como una mercancía más. Da lo mismo quién la posea mientras lleguen dólares.
La tierra no es solamente un activo inmobiliario: es producción de alimentos, acceso al agua, biodiversidad, minerales, energía, bosques, humedales y control territorial. En otras palabras, constituye una parte fundamental de la soberanía nacional.
Entregar el territorio en nombre del mercado
La Argentina ya conoce las consecuencias de la concentración y extranjerización de la tierra. Durante décadas crecieron los grandes latifundios en manos de corporaciones y magnates extranjeros que controlan enormes extensiones del país, muchas veces ubicadas sobre acuíferos, reservas de agua dulce, cordones montañosos o zonas de enorme riqueza natural.
En paralelo, miles de pequeños productores, comunidades campesinas e indígenas fueron desplazados por el avance del agronegocio, la especulación inmobiliaria y los grandes emprendimientos extractivos.
La reforma impulsada por Milei profundiza esa lógica. No se trata solamente de permitir nuevas compras de tierras. Se trata de consolidar un modelo donde los bienes comunes quedan subordinados a las necesidades del mercado internacional y de las grandes multinacionales.
Malvinas y la tierra: dos caras de la misma soberanía
Existe una enorme contradicción entre reivindicar la soberanía sobre las Islas Malvinas y, al mismo tiempo, facilitar la entrega del territorio continental. ¿Qué sentido tiene reclamar los 11.410 km² ocupados por el Reino Unido mientras se habilita que millones de hectáreas productivas, reservas estratégicas o zonas fronterizas queden bajo control de grandes capitales extranjeros?
La defensa de Malvinas no puede reducirse a un acto protocolar cada 2 de abril ni a una bandera desplegada en un estadio. Implica también defender los recursos naturales, el mar argentino, el petróleo, el litio, el agua, los bosques, las tierras fértiles y todo aquello que forma parte del patrimonio colectivo.No hay soberanía territorial si las decisiones sobre esos recursos quedan en manos del capital extranjero.
El oficialismo suele apropiarse del discurso patriótico cuando le resulta funcional, pero su programa económico avanza exactamente en sentido contrario. Promueve privatizaciones, entrega áreas estratégicas a empresas multinacionales, impulsa el RIGI, facilita la explotación de recursos naturales bajo condiciones extraordinarias para el capital extranjero y ahora busca flexibilizar la Ley de Tierras.
No es una contradicción accidental. Forma parte de un mismo proyecto político que entiende al país como una plataforma de negocios antes que como una nación cuyos recursos deben estar al servicio de su pueblo.
Defender la soberanía en serio
Defender la soberanía no consiste únicamente en reclamar la devolución de las Islas Malvinas, una causa profundamente justa frente al colonialismo británico.
También significa impedir la entrega del territorio continental, rechazar la extranjerización de la tierra, terminar con el saqueo de los bienes comunes y poner los recursos estratégicos bajo control público y de los trabajadores.
Porque la bandera de “Las Malvinas son argentinas” emociona a millones. Pero para que esa consigna tenga un contenido real debe ir acompañada de otra certeza: la tierra, el agua, los minerales, el petróleo y todos los bienes comunes también deben pertenecer al pueblo argentino y no al capital extranjero.

