La entrevista integra el número 866 del periódico mensual impreso, Alternativa Socialista, editado por el MST en colaboración con PDI.
Conversamos con Ariel Petrucelli, profesor de historia de la Universidad Nacional del Comahue. Es autor de numerosos libros de teoría marxista, teoría de la historia y de historia del tiempo presente. Tiene una larga experiencia en sindicalismo docente y en espacios de formación sindical. Junto a Aldo Casas, Eduardo Lucita y Juan Pablo Casiello, publicó una serie de cartas abiertas: “La izquierda ante un gran desafío”, interviniendo en el debate abierto en el FITU y una franja de la población.
La emergencia de la izquierda como un actor político protagónico y en ascenso es una novedad, una muy buena noticia en tiempos de Milei…
Sí, es una muy buena noticia para nosotros. Pero una mala noticia para los sectores dominantes. De momento, tenemos el camino bastante allanado, pero antes o después vendrán ataques frontales y arteros. Sería bueno que aprovechemos al máximo este momento de crisis y desconcierto relativo del enemigo. Es llamativo que muchos analistas o periodistas del establishment piensen en el FIT-U como algo así como una colectora de Axel o un apéndice del peronismo. Se equivocan de medio a medio, y cuando el enemigo se está equivocando es mejor no corregirlo. Pero antes o después se darán cuenta de que somos otra cosa, y arreciarán los ataques a una escala sin precedentes. No hay que asustarse, pero hay que prepararse.
¿A qué atribuís fundamentalmente este giro a izquierda que se evidencia en las encuestas y se palpa en diversos ámbitos de trabajo y estudio?
En un artículo publicado en 2019 (“La izquierda y la crisis”) intenté analizar la situación de la izquierda ante lo que me parecía una crisis inminente, semejante a la de 1989 y 2001. En ese texto manifestaba mi esperanza de que la izquierda estuviera a las puertas de un salto político. Poco después vino la pandemia y eso alteró la dinámica. Por lo demás, hoy en día ya nadie duda de que Milei constituyó sobre todo la base más popular de su electorado entre los descontentos con la cuarentena. Es un tema largo y complejo. He escrito dos largos libros sobre la pandemia, con una interpretación del fenómeno y de las respuestas de los gobiernos muy distinta de las habituales, y muy crítica también de las respuestas que dimos desde las izquierdas. No puedo abundar en esto, pero a mi juicio el ascenso de Milei (y esto hoy lo reconocen casi todos los analistas) es incomprensible sin la crisis pandémica y el desastre del gobierno de Fernández-Fernández. La presente crisis del gobierno se dio en un tiempo breve, y ello ha “juntado” las malas experiencias de las distintas expresiones políticas de gestión del capitalismo. Es decir, a la situación de crisis económica se agrega una crisis política que no es sólo la crisis de un gobierno, sino de varios. Sin embargo, a diferencia del 2001, cuando un hartazgo con el régimen político se manifestó negativamente (“que se vayan todos”) pero sin abrir un horizonte de expectativas que mirara hacia la izquierda, en el presente el descontento tiene chances de ser canalizado políticamente en un sentido positivo y revolucionario. Pero ojo: es una posibilidad, no una inevitabilidad. Tenemos algunas buenas cartas, pero habrá que jugarlas bien.
A diferencia de otros países, la expresión política de izquierda es revolucionaria…
La presente coyuntura de crisis se da en un contexto en el que existe una expresión política sin equivalentes en otros países: el FIT-U no es una fuerza de izquierda reformista. Es una coalición electoral de partidos revolucionarios. Está muy a la izquierda de todo lo que se ha llamado “izquierda” en los últimos años. El haber mantenido la unidad durante tres lustros, sumado al tradicional respeto que la militancia de izquierda suele ganarse entre los trabajadores por su disposición a la lucha social, su honestidad y su enfrentamiento con la burocracia sindical, ha posicionado al FIT-U muy bien. Hay que sumar, además, el propio carisma de Myriam Bregman. Y no se puede desconocer que las nuevas tecnologías han ayudado a difundir nuestras ideas a una escala que no poseíamos en el pasado. Pero el FIT-U, hasta ahora, es apenas una coalición electoral. Esto es muy limitado. Debe ser superado, pero por vías que fortalezcan al FIT-U, no que lo debiliten.

Hay debates que no estaban y ahora surgen en los diálogos más cotidianos como la posibilidad que la izquierda pueda ser gobierno…
Creo que uno de los grandes desafíos de la hora es dar señales claras a la población de nuestra disposición a tomar el poder. Pero eso nos obliga a ser muy serios a la hora de desarrollar un proyecto integral de transformación social. Tenemos nuestros principios, claro; algunas consignas tradicionales… pero es necesario darles precisión, concreción, y sumar nuevas problemáticas. Acá hay mucho trabajo para los intelectuales, que deberían ser los encargados de proporcionar los insumos de conocimiento para que las organizaciones políticas puedan tomar decisiones con la mejor información posible, así como elaborar proyectos viables de planificación económica, salud, reforma urbana, etc., con perspectiva revolucionaria.
También surgen inquietudes sobre las propuestas que tiene la izquierda para responder a la crisis y a las necesidades obreras y populares…
Exacto. Y habrá que dar respuestas bien estudiadas. Escuchando mucho lo que la gente tiene para decir; conociendo mucho la realidad que queremos transformar; y sin perder ni un ápice de voluntad y resolución revolucionarias.
Este panorama configura una oportunidad grande para la izquierda
Sí, es una gran oportunidad, lo cual supone riesgos igualmente grandes. Y creo que es una oportunidad que tiene elementos muy novedosos, en una realidad social, política, cultural e incluso tecnológica muy diferente a la de las experiencias revolucionarias en las que nos podemos referenciar. Estamos obligados a inventar. Por eso será muy necesario tanto luchar con firmeza en las calles como estudiar con detalle los mil y un asuntos que hacen a una revolución. Y habrá que tener mucha disposición al diálogo y a la deliberación. Hay muchas preguntas para las que no tenemos respuestas.
En las cartas que firmás con otros referentes analizan este desafío para la izquierda y proponen líneas de acción
En lo esencial, vemos a la vez necesario y posible desarrollar organismos de democracia de base (les llamamos comités, pero el nombre es lo de menos) que, de máxima, podrían devenir en el “equivalente funcional” (adaptado a nuestras circunstancias) de los clásicos soviets o, de mínima, como organismos de frente único de las fuerzas revolucionarias. Pensamos que la idea genérica de un “gobierno de trabajadores” permitiría nuclear en la acción a muy diferentes fuerzas políticas, sociales y activistas independientes que ya existen en nuestro país, pero se hallan fragmentados. Por eso pensamos que el conjunto del FIT-U debería integrarse, pero también los movimientos sociales, ambientales y todas aquellas personas y grupos que piensen que el enemigo a vencer es el capitalismo. Si lográramos crear espacios de este tipo y darles vida genuina estaríamos en condiciones de organizar a decenas de miles de personas (incluso cientos de miles). Y se podría desarrollar una indispensable experiencia de democracia proletaria.

¿Qué debería hacer el FIT Unidad para estar a la altura de las circunstancias?
Como simpatizante del FIT-U, creo que lo mejor que podría hacer la coalición es impulsar espacios amplios de base. Trabajando a su interior, en las tareas comunes que ello implica, creo que se podría explorar de manera más segura la posibilidad de una eventual fusión de los partidos. Pero no se puede ignorar que son fuerzas con largas trayectorias separadas. Soy escéptico de que las viejas diferencias se puedan superar sólo por vía teórica. El empuje de la realidad y la experiencia común en espacios de base (no es lo mismo la experiencia común por medio de acuerdos de cúpulas) puede ser la mejor escuela para una unidad política mayor. Pero si hay organismos democráticos de masas, la propia importancia de la unidad partidaria tiene un peso relativo: diferentes partidos pueden llevar sus propuestas a esos espacios, y se resuelve en asambleas.

El debate está abierto ¿Cómo ves la dinámica?
Por ahora creo que estamos en un proceso de deliberación apasionada. Eso es saludable. El desafío es que esa deliberación no se agote en sí misma. Poder organizar la actual simpatía es la gran tarea común. Hay un riesgo cierto de que cada fuerza actúe por su cuenta, sin un accionar mancomunado. Si ello sucediera, mucha gente quedaría afuera y muchos esfuerzos podrían ser poco redituables. La apuesta por la unidad me parece clave. Por supuesto, en política la unidad es tan importante como la delimitación. Pero a mi juicio la delimitación que es necesaria ya está establecida por el programa del FIT-U y su perspectiva de “independencia de clase”. Aceptado este marco (que delimita de las fuerzas meramente reformistas o conciliadoras con el capitalismo), las diferencias son manejables. Son de orden táctico o circunstancial, más que de principios. Esas diferencias existen y seguirán existiendo, pero no veo que tengan una entidad suficiente como para ser el obstáculo que impida una tarea política común. Espero que las organizaciones adopten una perspectiva semejante.
¿Qué mensaje final querés transmitir?
Una idea muy sencilla: todas las personas y organizaciones de izquierda venimos de décadas de marginalidad en las que estábamos condenados a la resistencia y a actuar sobre minorías sociales, sobre vanguardias. Ahora tenemos el desafío de empezar a tener una política más ofensiva y con llegada de masas. Eso nos obliga a cambiar ciertos hábitos, ciertas prácticas, ciertos presupuestos. No es sencillo pero habrá que hacerlo. La clave, en parte, dependerá de cómo podamos conjugar una gran audacia con una gran paciencia.
Entrevistó: Guillermo Pacagnini


