En la primera parte de esta serie hablamos de las tres formulaciones sobre Borges que plantean su relación inequívoca y biunívoca con la lógica dialéctica. En esta parte analizaremos cómo esa relación se traduce simbólicamente en tres cuestiones esenciales: el método (que Piglia denomina “fórmula”), el vínculo entre lo atávico y lo moderno (Civilización y Barbarie) y la contradicción (o combinación) entre el lenguaje y la imaginación.

El método o fórmula de Borges
Piglia afirma en sus clases sobre Borges que este fue el creador de un procedimiento, una fórmula que es la de la literatura fantástica rioplatense que no consta de monstruos ni fantasmas sino de intrigas, olvidos y decadencias, que no apela al terror sino a la melancolía, a la nostalgia y al poder de los símbolos. Esta literatura ha creado a Ireneo Funes (Funes el memorioso), a Dahlmann (El Sur), a Isidoro Parodi (cuentos policiales con Bioy Casares), a Jacinto Chiclana (El hombre de la esquina rosada; justo el nombre de una célebre arteria del sur porteño en el barrio tanguero de Pompeya), a Nicanor Paredes, (ídem), al Azevedo contrabandista y asesino (El muerto), a Scharlach y Lönnrot (La muerte y la brújula), a la inefable Emma Zunz y a tantos personajes que no son otra cosa que símbolos personificados pero de manera genial.
Martín Kohan esboza una explicación original y brillante: “Por un lado, si hay un escritor de la literatura argentina que tiene efectivamente estatura de clásico, es Borges. Dicho así parece un elogio, una etiqueta que se podría poner por puro entusiasmo, como expresión de una admiración personal. Es alguien que ha hecho una obra que realmente marca algo que sí tiene que ser sintético. Alan Paus en el libro El factor Borges dice que Borges no escribió solamente una obra, escribió una literatura, o sea, un mundo literario entero. Después podés tener obras admirables de escritores admirables que han escrito obras muy sólidas, merecedoras de los mejores elogios. Borges tiene una dimensión más, que es probablemente la que le da la estatura de clásico, que es que escribió una literatura entera, es decir, arma un universo entero de lo que puede ser la literatura. Esa totalidad obviamente no está hecha por acumulación, por lo pronto no escribió novelas, no lo precisaba. Armó una cosmovisión literaria, una manera de pensar la literatura. Estableció una manera de concebir qué es la literatura, es decir, en qué consiste leer y en qué consiste escribir. Transformó eso y definió una modalidad que nos ayuda a todos, nos ha marcado a todos para pensar la literatura, incluso en divergencia.”
Muy lejos de estos dos grandes escritores y sin pretensión alguna me permito agregar (al estilo de Aira) que Borges inventó una literatura que lo que tiene de genial es que los cuentos no parecen cuentos sino ensayos, pero lo son, y sus tramas y argumentos son simbólicos y sus ensayos no parecen meros análisis sino que tienen todo el ritmo, toda la cadencia, toda la esencia de la literatura pura y su poesía puede ser poemas o puede ser prosa poética o puede ser mera experimentación pero siempre con un cuidado estricto de las palabras que independientemente de cualquier estructura gramatical (y aun en contra de ella) establecen un edificio cuya arquitectura es tan sólida como sus laberintos. Alguien dijo que no hay que salir de sus laberintos, por el contrario: hay que entrar a ellos y gozar su experiencia vivificante.
Civilización y Barbarie precapitalista y capitalista
Hay un momento en la obra de Borges en el que se plantea un tema esencial: la cuestión de sus raíces, lo pretérito, lo atávico y la modernidad, su propio futuro como escritor y la forma en que el escape sistemático del pasado subsume la obra borgeana en un eterno ir y venir entre los mitos del ayer, la historia (no como La Historia sino la historia propia, la génesis de su obra y su personalidad) y su proyección como escritor, poeta y ensayista en la modernidad que encara en los años 20 ¿Qué relación hay entre el proto-escritor dadaísta, surrealista, kafkiano, que adhiere a las corrientes de la modernidad de su época (Proust, Valery -aunque los critica y denosta) y el afable poeta nostálgico y melancólico de un Palermo de malevos y cuchilleros que no conoció pero intuyó? ¿Y entre este arrabal reciente (reciente en 1900) y el aire campestre gauchesco que emana de la literatura gaucha a la que prosiguió continuando a Ascasubi, Hernandez, Gutierrez, Mármol, etc.? Son el mismo escritor y son dos. He aquí la dialéctica borgeana en su más viva expresión. Fervor de Buenos Aires reinventa y exalta a Evaristo Carriego pero también anticipa a los escritores del grupo de Boedo[1] aunque la falaz antinomia montada por la crítica populista lo coloca en la antítesis de estos escritores y lo ubica en la vereda del grupo de Florida[2] (https://periodismodeizquierda.com/grupo-de-boedo-vs-grupo-de-florida-la-falsa-antinomia-de-la-literatura-argentina/). Creo que Borges no estaba en ninguna vereda sino en la avenida que conecta los orígenes de la literatura rioplatense con la modernidad que a futuro iban a representar Cortazar, Sábato, Walsh, etc., y hasta los más cercanos como Abelardo Castillo.
El atavismo borgeano procede de su relación y devoción por su madre Leonor Acevedo y se encarna en la raíz materna; el linaje materno expresa en Borges el pasado y en este se entremezclan sus orígenes familiares. Piglia reconoce aquí la expresión de la Barbarie que Sarmiento desnuda y fustiga en su obra suprema Facundo (Civilización y Barbarie). La raíz, el regreso al útero materno es el estado primitivo del ser y en la imagenología borgeana este se expresa en su afecto por Sarmiento y el Facundo pero también en esas historias de gauchos y la lucha entre militares e indios en el siglo XIX donde hace una relectura de Martín Fierro y el gaucho Cruz (amigo de Fierro) y en un cuento fantástico El guerrero y la cautiva en el que la mujer inglesa, “civilizada y culta” deviene en la esposa del cacique en un retorno al matriarcado primitivo de la comunidades aborígenes. Borges juega aquí con esa contradicción de un modo magnífico y abrumador.
Pero es necesario aclarar una cuestión que no es secundaria. La Barbarie expuesta por Sarmiento y que forma uno de los polos de la contradicción borgeana no es idéntica a la barbarie actual. Es más bien una barbarie precapitalista -si es que cabe el término- porque el escritor y político sanjuanino reflejaba a la naciente burguesía comercial y financiera de las ciudades y dentro de esta a su sector más progresista y por eso chocaba con la burguesía terrateniente que no se desprendía del todo de los lazos feudales heredados de España y que bajo la égida de Rosas construía una sociedad semifeudal aunque sometida al colonialismo militar y comercial británico. No es casual que el gran “prócer popular” de los peronistas haya elegido Inglaterra para exiliarse y morir tras la batalla de Caseros. Por el contrario, Sarmiento aspiraba a una nación bajo las normas burguesas, hecha y derecha, y su modelo no era la anacrónica burguesía británica sino la ascendente y pujante clase capitalista norteamericana. Para crear esta sociedad y emular al gran país del Norte Sarmiento entiende que es necesario defender lo público con uñas y dientes: la educación y la salud pública, la industrialización nacional, el control del comercio exterior por la nación y la inmigración europea, porque de esta edificación surgirá un pueblo culto, un proletariado técnicamente apto para el desarrollo capitalista. Los líderes burgueses reaccionarios que también enfrentaban a Rosas no querían esto y bregaban por la propiedad privada de todo pero sobre todo de la tierra por eso Mitre, Alsina y Roca salieron a “conquistar” el desierto o sea la tierras de la pampa húmeda poblada de pueblos originarios para armar la burguesía terrateniente moderna.
Borges entendió perfectamente estas contradicciones y conflictos y por eso no denostaba a la literatura gauchesca pero sí la superaba y la volvía nacional pero no nacionalista. Y aunque era más pro-británico que Sarmiento no lo era más que en lo literario y lo cultural general porque sus ídolos de la literatura eran ingleses como Shakespeare, Stevenson, Joyce (irlandés) y Chesterton.
La barbarie actual es la barbarie capitalista, la decadencia total de la nación y la sociedad fundada por esa burguesía en 1853. Por eso no tienen nada que ver Milei, Adorni, Bullrich, Karina, Espert y demás monstruos de la ultraderecha argentina con los caudillos de la Argentina rosista y post rosista. Borges en cambio en diversos textos anticipó magistralmente la actual decadencia: en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius escribe por ejemplo: “[…] El contacto y el hábito de Tlön han desintegrado este mundo. Encantada por su rigor, la humanidad olvida y toma a olvidar que es un rigor de ajedrecistas, no de ángeles. […] Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo. Su tarea prosigue. Si nuestras previsiones no erran, de aquí a cien años alguien descubrirá los cien tomos de la Segunda Enciclopedia de Tlön. Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön” (el resaltado es mío).
El otro polo de la contradicción borgeana: la Biblioteca.
Pero al mismo tiempo que la barbarie, que representa uno de los polos borgeanos y que remite al vínculo materno, aparece una fuerza concurrente tan poderosa que como aquella se ceñía en su obra ni bien esta empieza a tomar cuerpo en sus primeras publicaciones: La civilización o sea la cultura o sea la Biblioteca, la institución borgeana por excelencia.
De la madre Borges recibe el acervo de la oligarquía pretérita y dominante a comienzos y mediados del siglo XIX, de los militares sarmientinos y mitristas, no como estatus no como casta sino como constitución de su pensamiento reflejado a posteriori en su obra. La espada es el símbolo de la lucha, la pelea, el honor de morir combatiendo. De esta raigambre y su fuerza moral trata El Sur. Pero también esa pelea, esa lucha, expresa lo primitivo del ser humano, el imperio de la fuerza. Frente a ella se erige la razón y la razón es el pensamiento, la cultura, la sociedad evolucionada y esto lo recibe de su padre que era académico y diplomático. Por eso su pasión por la lectura es tan inmensa que Borges no se imagina a sí mismo haciendo otra cosa que leer y escribir, y como dijimos en la primera nota más leer que escribir. La biblioteca no es la colección de libros que heredó de su padre ni los que sumó a lo largo de su vida; es el organizador perfecto, es la síntesis de miles de años de epopeya civilizatoria de la humanidad. La Biblioteca es el pensamiento, la lógica y la filosofía y aquí Borges construye sus laberintos, su matemática exquisita pero también su interpretación de los sueños, del amor y de las pasiones humanas y las eleva en una simbología que hay que descifrar tanto como hay que disfrutar. Y por fin se eleva de la brutalidad de los cuchilleros a la imaginación fantástica de La Biblioteca de Babel, a El hacedor y a su cosmovisión geométrica y dialéctica de El Aleph.
Sin la Biblioteca, Borges solo hubiera sido un poeta sofisticado de los malevos y taitas, un Julián Centeya un poco más académico; con ella en cambio Borges dio el salto cualitativo hegeliano fruto de la combinación de emoción atávica y racionalidad espiritual (no en sentido religioso sino humanista).
Borges completa la tarea de Sarmiento. No el programa de gobierno pero sí en la literatura logra una síntesis superadora de la contradicción de Civilización y Barbarie. Y esta síntesis no es estática porque de El idioma de los argentinos (1932) a las conferencias mundiales de los años 50 y 60 escala a una superación dinámica.
La combinación del lenguaje y la imaginación
El método y la contradicción entre el atavismo y la Biblioteca forman los lados de un triángulo al que completa una hipotenusa increíble: la combinación de las palabras y la construcción del lenguaje borgeano con las imágenes reales u oníricas que surgen en Borges formando algo que Kohan caracteriza como la literatura de Borges; no una obra más o menos compleja o vasta sino un universo literario íntegro, inmenso, cuasi infinito aunque tenga límites que se borran, se difuminan, toda vez que se releen sus textos.
Dejemos hablar al propio Borges: “La tarea del arte es esa, transformar lo que nos ocurre continuamente, transformar todo eso en símbolos, transformarlo en música, transformarlo en algo que puede perdurar en la memoria de los hombres; Y es nuestro deber, tenemos que cumplir con él, sino nos sentimos muy desdichados; en el caso de todo artista tiene el deber -gozoso deber muchas veces- de transmutar todo eso en símbolos. Esos símbolos pueden ser colores, pueden ser formas, pueden ser sonidos; en el caso del poeta son sonidos, son palabras, relatos, poesías. Quiero decir que la tarea del poeta es continúa, no se trata de trabajar de tal hora a tal, uno continuamente está recibiendo algo del mundo externo y todo eso tiene que ser eventualmente transmutado y en cualquier momento puede llegar esa revelación; el poeta no descansa, está trabajando continuamente, cuando sueña también” (el resaltado es mío).
Esta visión y esta afirmación Borges da por tierra definitivamente la idea o concepción de la literatura de Borges como un producto meramente intelectual, la definición de la obra borgeana como una construcción geométrica o aritmética.
Y vuelve a plantear la dialéctica con vigor: porque la fuerzas ignotas y ocultas de la experiencia sensible se combinan en oposición -pero sin excluirse- con la transmutación que es una tarea del sujeto. La más subjetiva de las tareas pero a la vez la que transforma el resultado de esa operación en un producto objetivo. Y es lo que admiramos.
Por último hay que señalar que toda esa trasmutación Borges la realiza con total libertad y con total desfachatez. Aunque a veces pueda parecer formal, académico, su lenguaje es audaz, es perverso, en el sentido que goza con la transgresión de las reglas gramaticales y de la construcción narrativa canonizada y elevada a gran literatura de la novela clásica en el siglo de Madame Bovary y de La guerra y la paz.
Borges es un dialéctico increíble: Porque niega la literatura clásica deformandola y luego la reconstruye en un plano superior. Su famosa intertextualidad no es nada más ni nada menos que eso: REINVENTAR LA LITERATURA MODERNA.

En la última parte analizaré algunos textos emblemáticos para resaltar en ellos las tres formulaciones del primer artículo y el triángulo borgeano aquí descrito.
[1] Entre los célebres escritores del Grupo de Boedo figuraban Roberto Arlt, Alvaro Yunque, César Tiempo, Nicoles Olivari, Leónidas Barletta y Elías Castelnuovo, estos tres últimos fundadores de aquel.
[2] El grupo de Florida lo integraban entre otros Borges, Evar Méndez, Conrado Nalé Roxlo, Oliverio Girondo, Ricardo Molinari, Leopoldo Marechal, Raúl González Tuñón, Victoria Ocampo y Ricardo Güiraldes.


