Una joya que hay que desentrañar
Se cumplen 40 años de la desaparición física del gran escritor Jorge Luis Borges. Merece un homenaje. Nada más difícil, complejo y arriesgado que un homenaje a Borges. Su inmensidad literaria no admite subterfugios ni representaciones prosaicas. Borges que disponía de un humor especial, de una ironía sutil pero punzante, hubiera preferido una definición no convencional por lo que sería mejor empezar diciendo dos cosas: Una. Borges -quien tenía una de las bibliotecas más poderosas del mundo y fuera 18 años director de la Biblioteca Nacional (la antigua en la calle México[1])- se definía más como lector que como escritor: “Muchos escritores se jactan por lo que han escrito, yo me jacto por lo que he leído”. En tal sentido podríamos decir que era un lector que escribía. Dos. Que la literatura borgeana es esencialmente revolucionaria. No por su definición ideológica sino por la manera cuasi brutal con la que rompe con todos los esquemas convencionales de la literatura hispanoamericana hasta su advenimiento. Al estilo de Kafka, Borges no nació para respetar las convenciones.
Este homenaje parte de estos presupuestos pero no se limita a ellos ¿Cómo limitarse a uno o dos elementos para analizar una literatura tan vasta, tan rica y heterodoxa? Para abordar al escritor genial hay que captarlo holísticamente y después desmenuzar sus partes para volver a componer al final de las interminables lecturas y relecturas de sus textos una totalidad que nunca se agota en términos literarios y también estéticos. Podemos incorporar aquí una tercera cosa a destacar: la literatura borgeana es una relectura constante. Quien pretenda agotar o significar su obra en tres, cuatro, cinco o diez textos está destruyendo su obra. No se lee El Aleph como se lee Anna Karenina o La guerra y la paz de Tolstoi o Madame Bovary de Flaubert, con ellos basta para significar a esos autores. Con Borges no alcanza con leer El Aleph o El Sur o Funes el memorioso, etc. Hay que leer toda su obra y eso es muy difícil, por eso los lectores de Borges leen al autor constantemente, sistemáticamente casi ad eternum.
Pero hay un tema relacionado con este singular y magnífico escritor que no ha sido consensuado hasta hoy y es sobre la postura filosófica del escritor. Es honesto decirlo, si hay una tendencia o una inclinación que predomina hoy y siempre, es y ha sido la de ubicar a Borgesen el idealismo, en la fenomenología y/o en el existencialismo. Nada más ajeno a la realidad.
Este artículo completamente disruptivo va a contramano de esa corriente mundial que lleva su obra a un pantano de especulación idealista y de pensamiento lógico-formal.
Cuando leí a Borges por primera vez comprendí que había algo diferente a cualquier otro escritor del siglo XX incluso diferente a Faulkner, Proust, Valery, Sartre, Camus, Joyce, etc. Piglia dice que lo diferente es la fórmula o el procedimiento para crear ficción; sin duda lo es “ […] Borges inventó algo nuevo. En literatura del Río de la Plata, hubo dos cosas que se inventaron desde cero: la gauchesca -y eso es lo mejor que se hizo en el siglo XIX- y no solo lo inventó sino que creó un procedimiento para otros también lo hicieran que es lo máximo a lo que puede llegar un escritor […] Yo lo llamaría ficción especulativa o, si quieren literatura conceptual; se parece mucho a lo que hacía Duchamp; es mejor que lo que hacía Duchamp”[2]. Sin embargo, creo que esta no es la característica distintiva de su literatura y su obra. No supe qué era ese algo hasta que empecé a relacionarlo con los conceptos de infinito, espacio, tiempo, eternidad; los grandes enigmas de la humanidad. Y me di cuenta que lo distinto es que, a diferencia de los anteriores, Borges abandonó para siempre la lógica formal aristotélica cuando empezó a escribir sus maravillosos cuentos y ensayos sobre todo después de 1928/30. Y ese abandono inconsciente lo plasmó por la positiva en sus más grandes creaciones aunque sin enunciación.
En El Aleph, Tlön-Uqbar-Orbis Tertius, La biblioteca de Babel, La rosa de Paracelso, El jardín de senderos que se bifurcan, Las ruinas circulares, El Sur, La muerte y la Brújula Emma Zunz y tantas otras realizaciones literarias, Borges se acerca a los preceptos de la lógica dialéctica y mal que le pese, o aun contra sus deseos o intenciones, hace una formulación no de los principios de Kant, Heidegger, Husserl o Schopenauer sino de los de Hegel, Feuerbach, Marx y Engels. Pero no lo hace explícitamente sino con su estilo y su fórmula subrepticia. Incluso desdeña explícitamente las teorías y obras de estos pero esto no lo libra de su pertenencia al campo dialéctico. No es dialéctico quien habla de esa lógica sino quien la aplica, la asimila, la aprehende. Es dialéctico quien piensa usando la lógica que es una herramienta, una ciencia que se ocupa del pensar y de la forma de ver el mundo y él cuando piensa lo que escribe y escribe lo que piensa plasma en las palabras que todo se mueve en un éter interminable de contradicciones, de fuerzas en pugna, de conflictos humanos a los que convierte en estética y ética literaria. ¿No es una contradicción flagrante y hermosa la de Funes el memorioso?
Borges recuerda lo que Marx opinara sobre Darwin y su obra de la ciencia evolucionista biológica. Para él, el autor de El origen de las especies era esencialmente un dialéctico inconsciente.
Y semejante afirmación posiblemente provoque escozor o ira a algunos dogmáticos, pero un análisis consciente y minucioso de su obra nos revela que no se trata de un despropósito ni de una locura, aunque como siempre en Borges, como en cualquier autor, toda opinión es provisional, discutible, polémica.
Dejar a un lado sus polémicas declaraciones y afirmaciones ideológicas es una práctica saludable para sacar del escritor todas las capas con las que habitualmente envuelven su obra, como una infinidad de papeles celofán que uno tras otro oculta la verdadera estructura de su pensamiento literario y filosófico. Son envoltorios infinitos, tan infinitos como el infinito de Cantor[3] que él tanto apreciaba, pero aquí lo limitaremos y finalmente los retiraremos para sacar de la caja la joya más preciosa que haya visto la literatura universal en los últimos cien años.

Tres formulaciones sobre Borges
En este artículo se plantean tres tipos de formulaciones que no son contingentes y que están relacionadas a través de vasos comunicantes en los que circula una energía tan eficaz como sus textos y que nutre a estos cuerpos constitutivos en un sistema orgánico, en una totalidad.
En Borges no hay fragmentación. Aún en la equívoca idea de que ha escrito solo cuentos cortos, artículos y ensayos y que esos textos podrían ser “fragmentos”; de ninguna manera lo son porque ninguno, aunque parezca lo contrario, está colocado allí al azar, lo que no implica que su construcción sucesiva y cronológica no haya transitado por caminos de arduas contradicciones y paradojas y ciertas imprevisiones que él mismo fue resolviendo en tanto y cuanto fueron apareciendo en un orden histórico, que siempre remite al precedente, pero nunca de modo lineal ni formal. Lo que hay es en esencia un devenir dialéctico en donde las contradicciones que formula aparecen y desaparecen a través de algunas crisis literarias que están tan bien disimuladas tal que su obra semeja una línea continua sin grietas ni conflictos. Pero estos existieron y tal vez fueron más agudos que lo que muchos creen y la prueba categórica es el conflicto intenso que vivió al escribir El Aleph bajo la emoción del enamoramiento por la escritora Estela Canto[4].
Estos conflictos y emociones desmienten el mito del escritor “analítico”, “geométrico” o solo “intelectual” que algunos detractores e incluso admiradores han difundido.
Sus cuentos cortos, por breves que sean, son una línea que continúa, un sentido que se despliega a sí mismo mostrando sus lados claros y oscuros sin pudor. Por eso no hay “fragmentos”. No hay ruptura esencial entre Fervor de Bs As (1923) y La memoria de Shakespeare (1980) aunque sí hay puntos de inflexión. A veces parecen eternas bisagras en su obra pero con un poco de esfuerzo se pueden resumir. Piglia intenta sistematizar la obra de Borges recortando un segmento de su cronología que podría no ser suficiente para su análisis; él señala que en Borges hay un periodo que va desde 1920 a 1940 o la década del 40 en el que encontramos la “gran literatura” de Borges[5]. Quizás sea excesivo este recorte pero es cierto que si queremos trazar la línea esencial de su hermenéutica esta debería pasar por estos puntos críticos en lo que a veces la recta infinita se tuerce un poco y se vuelve asintótica con la realidad.
Piglia rechaza la idea posmodernista de que no hay totalidades y señala a Borges y su literatura como el paradigma de la construcción totalizante, como el emblema de una literatura y un pensamiento orgánico en oposición al fluido caótico de la literatura posmoderna.
La primera formulación es epistemológica. La segunda formulación es lógico-psicológica y la tercera es lógico-dialéctica. Podríamos agregar una cuarta metodológica, pero esta ya está contenida en las intersecciones de las otras tres. Debemos entender estas formulaciones planteadas no como afirmaciones dogmáticas o doctrinarias sino como un intento analítico (científico, no cientificista) de ordenar la esencia de su obra en un corpus explicativo a la vez que asimilable. Alguien dijo que a Borges se llega después de cierta madurez y no todos están listos para leer a Borges. No sería tan extremista pero es cierto que no se puede leer a Borges en un solo acto. Son necesarias reiteradas relecturas para ir incorporando -como en la nutrición- los diversos “nutrientes” que sus textos otorgan. Una explicación de Borges no es un análisis literario aunque parta desde allí: es un facilitador para hacer asible lo inasible de su contenido que, aunque lo captemos (y lo mismo da un profesor universitario de letras que un lector que lee en el subte mientras viaja), nunca será captado en su totalidad porque siempre remitirá a otro texto y a una nueva y permanente relectura. Borges fue el maestro de la intertextualidad a pesar de que él -sarcásticamente- se burlaba de este “neologismo”[6].
Otros escritores escribieron historias que a veces (no siempre) tienen inicio, desarrollo o nudo y final, tienen tramas y argumentos ciertos y transparentes o tienen sentidos que podemos captar con un relativo esfuerzo intelectual. Esto nunca sucederá con Borges porque puede haber comienzo pero quizás no haya final, puede haber nudo pero quizás es tan laberíntico que no podremos salir de allí. Y de manera paradójica Borges amaba a Stevenson, a Melville, a Carroll, es decir todos escritores de novelas o cuentos en los que los tres momentos de la narración estaban bien definidos.
La formulación epistemológica se explica recurriendo a los múltiples ejemplos en los que Borges apela a la gnoseología pero de modo fundamental lo que formularé como hipótesis es la construcción del conocimiento borgeano siguiendo la génesis de las obras del autor como una línea en la que por saltos o transformaciones sucesivas -no siempre sin conflicto- va a pasar de un estadio o nivel de conocimiento a otro superior hasta llegar a su obra madura, haciendo una distinción fundamental pero no siempre visible, más bien sutil: distinguir entre el conocimiento borgeano o sea del Borges persona, escritor, personaje público, etc., de la teoría del conocimiento de Borges que no está formulada y no se opone a las existentes en su época y las actuales (léase Piaget, Popper, Vigotsky, etc.). En tal sentido una mera gnoseología borgeana no sería otra cosa que un simple enunciado de determinaciones más o menos precisas y esto distaría de una verdadera epistemología. Pero tengo razones para creer que aun sin formularlo propone una génesis cognitiva que luego será concurrente con su lógica-dialéctica. De ahí la mezquindad de encasillar a Borges con Schopenhauer o Heidegger. Si hay un texto en el que esta teoría está esbozada es en El inmortal. Y también alude a cómo surge el conocimiento (aunque no es el único “tema” allí) en Las ruinas circulares.
La explicación o formulación lógico-psicológica es una constatación que surge de ciertos textos donde los mecanismos psicológicos están explicitados de manera clara pero también de algunas exposiciones o ensayos en los que Borges intenta explicar fenómenos de la mente y el espíritu no desde la pura y dura perspectiva psicoanalítica sino también desde la lógica que para él era empírica, pero es dialéctica, como veremos más adelante. Tal es el caso de su Ensayo sobre los sueños. La psicología borgeana no redunda en el análisis de categorías de la ciencia psicológica (si es que hay tal cosa) sino de la visión holística del ser humano. La vinculación no-orgánica y problemática entre Borges y Freud recuerda la que tuviera otrora Kafka con el psicoanalista austríaco (en realidad checo) y la psicología borgeana, nombre laico y pecaminoso de sus hipótesis mentales, es en realidad un humanismo psicologista. Kafka asimila a Freud (o lo acomoda) describiendo la alienación cultural y las relaciones alienadas en la sociedad burguesa de su época, Borges lo capta desde otro ángulo complementario: la memoria profunda, la raíz, que remite al inconsciente, desde los sueños. Borges es un poeta y prosista onírico ¿Qué es Tlön, Uqbar, Orbis Tertius sino un sueño delirante pero a la vez lúcido y magnífico? El drama, la angustia y otros sufrimientos humanos los muestra con lucidez poética en 1964: “Ya no seré feliz // Tal vez no importa // Hay tantas otras cosas en el mundo…”

La formulación lógico-dialéctica, por último, es la más difícil de todas: mezquina, huidiza, resbalosa en la obra de Borges, pero la cual con paciencia y una buena dosis de sudor se puede mostrar a la luz, despojando esta esencia dialéctica de todo lo que la oculta y al descubrirla resulta estimulante porque la dialéctica hegeliana pura y dura o aun el materialismo dialéctico de Marx y Engels -aunque maravillas de la cultura y la historia- son así “en crudo, sin cocinar” temas complejos y difíciles de digerir sobre todo para los que no digieren fácilmente la filosofía pero desarrolladas en la prosa y la poesía de Borges y en sus ensayos, artículos y conferencias resultan un plato gourmet exquisito.
Los buenos lectores de Borges reconocerán esta dialéctica tengan o no claridad o conocimiento de los principios de esta lógica superior, vencedora en todos los terrenos a la lógica formal aristotélica del silogismo.
No pretenderemos demostrar en este libro, ni mucho menos, que Borges fue materialista. Sería audaz y esa empresa no tiene un resultado garantizado, pero en mi modesta opinión desde el plano filosófico más esencial, Borges está más cerca de Feuerbach que de Kant, más cerca de Hegel que de los materialistas franceses. Sostienen que Borges es idealista. Pero un agnóstico que emplea la contradicción para explicar el infinito y la eternidad, que emplea las matemáticas (ver Guillermo Martinez) para explicar los conjuntos y el tiempo y el espacio[7] y los laberintos para explicar las secuencias de la historia y la civilización, aunque no haya introducido el materialismo histórico en sus textos está más cerca de él que izquierdistas como Cortazar, García Márquez, etc. Y esto no supone una oposición entre ellos; ni menos aún una exclusión. Es solo que a la hora de analizar a escritores de esta magnitud es necesario dejar en el closet todos los prejuicios e ideas preconcebidas.
La lógica dialéctica exhibe entre otras propiedades (la ley de la no-identidad, la unidad de los contrarios, el desarrollo desigual y combinado, etc.) una que Borges muestra con una maestría asombrosa en un cuento muy breve a la vez que impactante: Los dos reyes y los dos laberintos; aquí muestra la síntesis: el paso de lo complejo a lo simple y viceversa. El círculo-abstracto-concreto de Marx[8] ¡explicado en apenas 22 líneas! La elipsis al poder.
En la próxima parte abordaré otros aspectos esenciales de la obra de Borges siguiendo la indicaciones de las clases de Piglia en la TV pública: La cuestión de la contradicción dinámica (¡otra vez la dialéctica!) entre Civilización y Barbarie (cuanto de la barbarie actual refleja su obra), la guerra, el militarismo y la espada versus la Biblioteca y también el significado de los simbolismos borgeanos: el aleph, el laberinto y el infinito.
Dejaremos para una tercera y última parte el análisis concreto de algunos cuentos muy emblemáticos del Maestro: Emma Zunz, El Sur, La brújula y la muerte, Las ruinas circulares y La historia del guerrero y la cautiva.
[1] Entre 1955 y 1973 J.L. Borges ocupó el cargo de Director de la Biblioteca Nacional creada en 1810 por Mariano Moreno. Este edificio se conserva como museo. En la actualidad la Biblioteca Nacional se ubica en la calle Agüero 2502 en el barrio de la Recoleta.
[2] Ricardo Piglia: Borges por Piglia, 2024, Bs. As., Eterna cadencia [págs. 14-15]
[3] Infinito de Cantor: Georg Cantor (1845-1918), fue un matemático nacido en Rusia, nacionalizado alemán, de ascendencia austríaca y judía. Fue inventor con Dedekind de la teoría de conjuntos, que es la base de las matemáticas modernas (Wikipedia). “El verdadero logro de Cantor fue mostrar que hay infinitos más grandes que otros, algo sencillamente asombroso”, señala Roger Penrose, profesor emérito de Matemáticas de la Universidad de Oxford, en conversación con la BBC. (bbc.com/mundo/noticias-45300219)
[4] Estela Canto: Borges a contraluz, 2023, Bs. As., Emecé ediciones.
[5] Ricardo Piglia: Borges por Piglia, 2024, Bs. As., Eterna cadencia. [pág. 25]
[6] https://www.instagram.com/reels/C7AI11sivN_/
[7] Guillermo Martinez: Borges y la matemática, 2012, 3° ed., Bs. As., Seix Barral.
[8] Se refiere al concepto explicado por Carlos Marx en Contribución a la crítica de la economía política, una de sus más célebres y brillantes obras.

