El Concejo Deliberante trata este martes un proyecto clave sobre construcción en altura. Detrás del debate técnico, se juega la continuidad de un modelo urbano al servicio del negocio inmobiliario, con consecuencias sociales y ambientales cada vez más visibles.
Este martes 28 de abril el Concejo Deliberante de Tigre tratará el proyecto sobre la construcción de torres. A primera vista, puede parecer una discusión técnica: alturas, zonificación, habilitaciones. Pero si se corre un poco el foco, lo que aparece es otra cosa. Lo que está en debate es qué tipo de ciudad se viene construyendo en Tigre desde hace décadas y quiénes se benefician de ese proceso.
No es un tema nuevo. Tampoco es un problema aislado. Las torres son, en todo caso, la expresión más reciente de una orientación que viene de lejos.
El antecedente: Nordelta y el modelo de ciudad para pocos
Para entender lo que pasa hoy hay que mirar para atrás. Tigre fue durante años presentado como ejemplo de “crecimiento” y “modernización”. Pero ese crecimiento tuvo un patrón muy claro: el desarrollo de grandes emprendimientos privados, con Nordelta como caso emblemático.
No se trató solo de un barrio cerrado más. Fue una transformación profunda del territorio: urbanización de humedales, infraestructura concentrada, valorización del suelo y llegada de sectores de altos ingresos. Todo eso no ocurrió de manera espontánea. Fue promovido desde el Estado, particularmente durante la gestión de Sergio Massa como intendente.
Se habló de progreso, de inversión, de generación de empleo. Pero lo que quedó es una ciudad con fuertes contrastes. Mientras algunos sectores acceden a servicios, seguridad y condiciones de vida de primer nivel, otros siguen enfrentando problemas estructurales que nunca se resolvieron.
La pregunta entonces no es si Tigre creció. La pregunta es cómo creció y para quién.

Zamora y la continuidad de un rumbo
Lejos de haber un cambio de orientación, la gestión del actual intendente Julio Zamora aparece como continuidad de ese proceso. El avance de proyectos inmobiliarios, ahora bajo la forma de torres, no rompe con el modelo anterior: lo profundiza.
La diferencia es de forma, no de fondo. Si en los 2000 el crecimiento se dio hacia los bordes, sobre humedales, hoy se intenta avanzar sobre las zonas urbanas ya consolidadas. Pero la lógica es la misma: priorizar el negocio inmobiliario por sobre una planificación integral.
Esto empieza a generar tensiones cada vez más visibles. Vecinos que ven cómo su barrio cambia sin que mejoren los servicios. Calles más congestionadas. Sistemas de cloacas que no dan abasto. Centros de salud y escuelas que no acompañan el aumento de población.
Entonces, la pregunta vuelve: ¿esto es desarrollo o es crecimiento sin control?

Una ciudad fragmentada
El resultado de este proceso es una ciudad cada vez más desigual. Por un lado, urbanizaciones cerradas con infraestructura propia, seguridad privada y acceso a servicios de calidad. Por el otro, barrios populares que siguen con problemas de acceso a agua, cloacas, pavimento y vivienda. Con inundaciones y con una vida cada día mas precaria.
Y en el medio, sectores que hace décadas viven en Tigre y que hoy empiezan a ver cómo su entorno se transforma sin que eso implique una mejora en sus condiciones de vida. Esta fragmentación no es solo económica. Es territorial. Es cotidiana. Se expresa en cómo se vive, en cómo se circula, en cómo se accede (o no) a derechos básicos.
Rovira y los límites de la crítica
En este escenario, aparece la figura de Sebastián Rovira, hijo político de Sergio y Malena Massa en Tigre, posicionándose contra las torres y denunciando negociados inmobiliarios. Es un planteo que conecta con un malestar real. Cada vez más vecinos empiezan a cuestionar este tipo de desarrollos. Pero la discusión no puede quedarse ahí.
Porque el espacio político del que forma parte Rovira (el Frente Renovador) es el mismo que impulsó el modelo que hoy está en crisis. Nordelta no fue un accidente. Fue una política deliberada que transformó Tigre. Acaso cambiaron de postura o es puro oportunismo?
Entonces, la contradicción es evidente:
¿se puede denunciar la especulación actual sin cuestionar el proceso que la hizo posible? Si la crítica no avanza sobre ese punto, corre el riesgo de quedar en un cuestionamiento parcial, que señala efectos pero no discute causas. O mas bien ¿ es todo parte de un viejo doble discurso al cual nos tiene acostumbrados el peronismo?

Los barrios populares: siempre del mismo lado
Hay un sector que sistemáticamente queda relegado en este esquema: los barrios populares. Mientras se habilitan nuevos desarrollos, muchos de estos barrios siguen sin acceso pleno a servicios básicos. La falta de infraestructura, el déficit habitacional y la precariedad urbana no son problemas nuevos, pero tampoco han sido prioridad.
A esto se suma un factor clave: el impacto ambiental. La urbanización sobre humedales y la modificación del sistema hídrico no son neutras. Alteran el comportamiento del agua, aumentan el riesgo de inundaciones y afectan directamente a las zonas más vulnerables.
En otras palabras, el crecimiento de unos sectores se apoya en costos que terminan pagando otros.
Las torres y el impacto en la vida cotidiana
El avance de torres no afecta solo a los barrios populares. También impacta en sectores medios y barrios tradicionales. Más densidad sin planificación significa:
- más tránsito
- mayor presión sobre servicios
- deterioro de la infraestructura existente
Muchos vecinos empiezan a ver que su barrio cambia, pero no mejora. Y eso genera un cuestionamiento cada vez más extendido.

Ambiente y territorio: un límite real
Tigre no es cualquier municipio. Su geografía, marcada por humedales, tiene límites concretos. Ignorar esos límites tiene consecuencias. Los humedales cumplen funciones esenciales: absorben el agua, regulan inundaciones, sostienen biodiversidad. Avanzar sobre ellos o sobrecargar el territorio sin planificación no es gratis. Es un problema que aparece hoy, pero que se va a profundizar en los próximos años.
Qué se decide
Lo que se discuta en el Concejo Deliberante no es un detalle menor. Se trata de definir si se continúa con un modelo de crecimiento basado en el negocio inmobiliario o si se abre la posibilidad de pensar otra forma de desarrollo. Una que ponga en el centro:
- el acceso a la vivienda
- la infraestructura pública
- la planificación urbana
- el cuidado ambiental
La necesidad de organizarse
Rechazar el proyecto de torres es un paso importante. Pero no alcanza con eso. Si no se discute el modelo de fondo, el problema va a reaparecer. Con torres, con barrios cerrados o con cualquier otro formato.
Por eso, la clave está en la organización. En que vecinos, trabajadores y sectores populares puedan intervenir en este debate y disputar qué ciudad se quiere construir. Pero también hace falta decir con claridad: ¿qué alternativa hay?
Una salida desde la izquierda: otra forma de planificar Tigre
Si el problema es que el crecimiento está guiado por el negocio inmobiliario, la salida no puede ser “ordenarlo un poco”. Tiene que ser cambiar quién decide y con qué criterios. Desde una perspectiva de izquierda, eso implica medidas concretas:
- Planificación urbana bajo control social
Que las decisiones sobre qué se construye, dónde y para quién no queden en manos de desarrolladores y funcionarios de turno. Asambleas de vecinos, trabajadores y especialistas con poder real de decisión sobre el uso del suelo.
- Prioridad absoluta a los barrios populares
Un plan integral de urbanización que garantice: Acceso a agua potable y cloacas. Pavimentación y conectividad. Regularización dominial. No como parches, sino como política central.
- Banco de tierras públicas y freno a la especulación
Relevamiento y recuperación de tierras ociosas para destinarlas a vivienda social. Impuesto fuerte a la vivienda vacía y a la tierra especulativa. Porque hoy el problema no es que falte tierra: sobra, pero está concentrada y al servicio del negocio.
- Vivienda como derecho, no como mercancía
Construcción de viviendas públicas de calidad, con financiamiento estatal y control de costos, esto además generaría muchísimo empleo y trabajo genuino para los miles de desocupados. Acceso a alquileres regulados para evitar la expulsión de familias por aumento de precios.
- Protección real de los humedales
Prohibición de nuevos emprendimientos en zonas sensibles. Plan de recuperación ambiental y obras hidráulicas pensadas para proteger a los sectores más vulnerables. No se puede seguir construyendo como si el territorio no tuviera límites.
- Infraestructura primero
Cualquier desarrollo urbano debe estar condicionado a la existencia previa de: Cloacas, Transporte, Servicios básicos y no al revés, como viene pasando.
Cambiar el rumbo
Nada de esto va a salir de quienes gobernaron Tigre en las últimas décadas, ni de quienes hoy administran este modelo con distintos matices. Hace falta una fuerza social y política que plantee otra lógica: una ciudad pensada desde las necesidades de la mayoría y no desde la rentabilidad de unos pocos. Por eso, organizarse no es solo para frenar las torres. Es para empezar a discutir en serio qué Tigre queremos y que modelo de sociedad queremos.

