Recuperamos nuestra identidad, nuestra memoria, para continuar luchando. Mónica O ‘Kelly, ¡presente!

Esta semana se cumplen 50 años del golpe genocida. Hace pocos días el Equipo Argentino de Antropología Forense junto a los organismos de derechos humanos anunciaron que en el ex campo de concentración de La Perla, en las afueras de la ciudad de Córdoba, se encontraron y lograron reconocer 12 cuerpos de detenidos-desaparecidos asesinados por la dictadura genocida. La verdad y el horror siguen asomando. Una compañera de la dirección de la LIS y familiar de Mónica O ‘Kelly, una de las víctimas, nos envió esta emotiva reseña.

Recuperamos nuestra identidad, nuestra memoria, para continuar luchando

Mónica O ‘Kelly, ¡presente!

Hace unos días recibo una llamada de mi papá, Raúl, que con la voz entrecortada me da la noticia que desde hace 50 años espera toda una familia: Mónica (Moniquita, como la llamaban en la intimidad familiar) es una de las 12 personas identificadas en las excavaciones de la Loma del Torito, en La Calera (Córdoba, Argentina).

Así, como en una especie de viaje en el tiempo, volvemos a ese nefasto 21 de abril de 1976, cuando fue secuestrada de su casa, cuando los milicos entraron cobardemente en la casa de ella y de su mamá, Amalia, mientras dormían, para llevársela. A partir de ahí, no se supo más nada, aunque la búsqueda nunca paró.

1976. A un mes del golpe genocida del 24 de marzo, con el comienzo de la dictadura, se la llevan, la “desaparecen”.

1982. En el año en que los milicos son derrotados y la dictadura cae, nazco yo. Yo nunca pude ver ni hablar con Mónica, pero su existencia es parte de mi identidad.

Ella y Horacio (“Horacito”), su único hermano, eran primos de mi viejo, Raúl, de una familia bastante pequeña. La ausencia de ellos fue uno de los primeros hechos familiares que me impactaron de una manera muy particular.

Horacito desapareció en el ’75, seguramente en manos de los milicos, porque él era del brazo armado del ERP. Ya había pasado a la clandestinidad incluso”, se decía en la familia. “Con Moniquita fue diferente. La sacaron en plena madrugada, mientras dormía en su casa de la calle San Alberto, en barrio San Vicente. Desde ese día no supimos nunca más nada. Amalia no para de buscarlos.

Tenía 12 años cuando, en una consulta médica, la profesional que me atendió, al ver mi apellido, me preguntó: “¿Tenés algo que ver con Mónica?”. A lo que respondí, con mucho orgullo: “¡Claro! Es mi tía”. Entonces ella me contó que siempre recordaba a Mónica con mucho cariño porque había sido su compañera en un trabajo voluntario que hacían en la Casa Cuna (hospital público pediátrico de Córdoba). Mónica, en esa época, tenía 15 años.

Salí de ahí y le pedí a mi mamá que me llevara a la Casa Cuna porque quería ser voluntaria. Lamentablemente, mi corta edad fue un impedimento y no me permitieron hacerlo en ese momento. Pocos años después entré en el MST (Movimiento Socialista de los Trabajadores). Hoy continúo militando, en otro país, pero con las mismas convicciones y objetivos.

En estos días de emoción y felicidad (una triste felicidad), me llegaron muchos relatos, muchas historias de mi tía. En 2019, cuando recuperamos a Horacio, pasó igual. ¡Es tan hermoso eso!

Una amiga me cuenta que odiaba su primer nombre, Elsa. También que de ninguna manera quería usar los dos apellidos, O’Kelly Pardo, porque eso era cosa de “burgueses”. Nada de ropa de marca ni cosas parecidas: ropa simple, sencilla, pero colorida y, en lo posible, floreada. Hacía dietas. Jugaba al carnaval. Pintaba. Tejía al crochet. Que era una mujer extremadamente solidaria y sensible. Que para ella era imposible quedarse quieta frente a la desigualdad, la pobreza, la violencia de este sistema podrido. Esta amiga me dijo que me parezco a Mónica.

Mi papá siempre contó que “Moniquita” era temeraria y corajuda. Que no le tenía miedo a los milicos y que andaba gritando a los cuatro vientos que ellos habían desaparecido a su hermano, Horacio. Pocas cosas me llenan más de orgullo que saber esto.

Llegó a empezar la facultad de Arquitectura en la Universidad Nacional. Me dijeron que pensaba en pasar a la clandestinidad. Los milicos genocidas le truncaron sus planes.

50 años de impunidad se terminan ahora. Recuperamos la historia de los últimos días de Mónica, sabemos dónde la mataron y quién lo hizo. Es material, tan real y concreto, que duele.

Los negacionistas como Milei podrán guardar sus discursos de odio: quienes luchamos por la verdad y contra la impunidad acabamos de ganar una batalla. Continuamos luchando por los que faltan y para hacer “aparecer” a aquellos que pretendieron “desaparecer”. Este 24, que se escuche más fuerte que nunca nuestro grito en las calles: ¡Nunca más!

Por Verónica O’Kelly

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