Ni sotanas ni gobiernos ajustadores. No necesitamos al Papa para combatir la pobreza 

El Papa viene a la Argentina con un supuesto discurso contra el hambre y el ajuste, aunque ni a Milei ni a Petovello le gusten, pero llega de la mano de su anfitrión, Alberto Bochatey, obispo auxiliar de La Plata, protector de pedófilos. Mas allá de los feriados, la visita del Papa expone a la Iglesia en el discurso por los pobres, los privilegios de casta religiosa, la disputa política y un conservadurismo anti feminista y protector de pedofilia. 

Su llegada y las expectativas 

La llegada del Papa León XIV a la Argentina, prevista para el 8 de noviembre, reabre debates que van mucho más allá de una visita religiosa. En un país atravesado por la pobreza, la precarización laboral, los despidos, el hambre y el deterioro de la salud y la educación públicas, la presencia del máximo representante de la Iglesia católica adquiere inevitablemente una dimensión política. 

Aunque desde el gobierno y las autoridades eclesiásticas insistan en presentarla como una visita exclusivamente pastoral, y formal, sería ingenuo desconocer el peso político de una institución que durante siglos intervino en las relaciones entre el poder económico y el Estado. 

Desde varios referentes del PJ, ven en esta visita , la voz de la oposición a la ultraderecha, dicen que todo el recorrido del Papa expondrá al ajuste de Milei. Muchos de esos referentes peronistas buscarán la foto con el Papa, apelando a ganar cuerpo contra el gobierno nacional, en las supuestas expresiones sobre la pobreza que tendrá el Papa. Es muy probable que la iglesia como viene haciendo de discursos o tenga declaraciones que intenten criticar la pobreza, el ajuste, la crueldad. Sin jugarse mucho, ni poniendo nombre a sus responsables. 

Ni Milei ni el PJ tienen autoridad para apropiarse de la voz de los pobres. El ajuste , la pobreza y la crueldad no son potestad solo del gobierno nacional. Milei tiene cómplices, gobernadores, legisladores e intendentes del propio PJ que replican o desarrollan ajustes en sus territorios. No necesitamos bendiciones ni discursos de compasión: necesitamos derechos, organización y una transformación social de fondo. 

Y para ello mas que rezar, hay que luchar. Seguramente estará toda la cúpula sindical en primeros asientos, y referentes de todos los partidos políticos haciendo la señal de la cruz. Pero las bendiciones, ni las fotos oportunistas convierten en buenas las intenciones. Contra la pobreza, solo la organización de la bronca, la lucha en las calles y la pelea contra todo el plan de Milei será la solución. 

Una institución al servicio del poder 

Respetamos la libertad de culto y las creencias individuales, pero rechazamos los privilegios de las jerarquías religiosas y su pretensión de influir sobre los derechos y las libertades del conjunto de la sociedad. Una Iglesia que habla de los pobres, pero no puede eludir su propia responsabilidad 

León XIV llega con un discurso que cuestiona las desigualdades, la concentración de la riqueza y un sistema económico que descarta a millones de personas. Y por mas que sus planteos sobre la pobreza y la justicia social entran en contradicción con el individualismo extremo que reivindica Milei, también entran en contradicción con años de privilegios religiosos. Hay una pregunta que también debemos hacernos: ¿desde qué lugar habla la Iglesia? 

La institución que hoy se presenta como voz de los sectores vulnerables tiene una historia atravesada por alianzas con los poderes dominantes, silencios y complicidades frente a las injusticias sociales y políticas. En nuestro país, la jerarquía católica tiene una enorme deuda histórica con la sociedad por su actuación durante la última dictadura cívico-militar. Tampoco puede desligarse de su responsabilidad en la defensa de un orden patriarcal que durante décadas negó derechos a las mujeres y las diversidades. Y aun hoy sigue sosteniendo. 

No se trata de episodios aislados ni de errores de algunos representantes. La Iglesia Católica construyó históricamente una relación privilegiada con el poder político, económico y militar. En Argentina, acompañó distintos procesos de concentración del poder, resistió conquistas laicas en materia educativa y civil y obtuvo beneficios institucionales y económicos de gobiernos democráticos y dictatoriales. Durante la última dictadura, mientras miles de personas eran secuestradas, torturadas y desaparecidas, la jerarquía eclesiástica tuvo responsabilidades políticas y silencios cómplices que todavía reclaman memoria y justicia. Por eso, no alcanza con reconocer excepciones individuales: hay que discutir el papel histórico de la institución. 

Jorge García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires, viene describiendo una Argentina herida y con millones de personas que atraviesan situaciones de pobreza. Es un diagnóstico que no podemos desconocer. Pero tampoco alcanza con describir el sufrimiento: hay que señalar las responsabilidades y abandonar cualquier expectativa de que la caridad religiosa pueda reemplazar derechos garantizados por el Estado. 

La caridad puede aliviar necesidades urgentes, pero no transforma las condiciones que producen la pobreza. Los comedores, las parroquias y las organizaciones comunitarias muchas veces terminan cubriendo necesidades que el Estado abandona, mientras las grandes fortunas y los sectores empresarios siguen concentrando la riqueza. No queremos desconocer la tarea de quienes, desde sus creencias, acompañan a los sectores más golpeados. Lo que cuestionamos es que la solidaridad y la asistencia se presenten como una respuesta suficiente frente a un sistema que produce desigualdad. La pobreza no se resuelve con beneficencia, sino con derechos, salarios dignos y una transformación de las relaciones sociales y económicas. 

No alcanza con hablar de los pobres, visitar hogares o convocar a la solidaridad. Hay que discutir las causas estructurales de la pobreza y también las responsabilidades de las instituciones que ayudaron a sostener ese orden social. Y la iglesia es parte de ese entramado. 

Hay además una contradicción material que no puede quedar afuera del debate. Mientras millones de personas sufren el recorte de políticas sociales, la Iglesia conserva privilegios económicos, jurídicos y fiscales. Aunque la Conferencia Episcopal anunció la renuncia a las asignaciones mensuales para obispos, eso no terminó con el conjunto de beneficios que recibe la institución. Siguen pendientes la derogación de los decretos de la dictadura que establecieron distintos mecanismos de financiamiento estatal, las exenciones impositivas y los privilegios sobre sus propiedades y actividades. No puede haber igualdad de derechos mientras una institución religiosa conserve prerrogativas especiales a costa de los recursos públicos. Por eso levantamos una consigna histórica del movimiento laicista y de la izquierda: Iglesia y Estado, asuntos separados. 

Milei y el PJ se disputan las palabras del Papa, pero ¿quién se hace cargo de la pobreza? 

La previa de la visita abrió otro escenario: el cruce entre el gobierno nacional y el peronismo por las posiciones de León XIV sobre la justicia social y la pobreza. 

Milei, que llegó a calificar la justicia social como una aberración y un robo, ahora intenta mostrar una relación amable con el Pontífice. Su gobierno busca evitar que la visita se convierta en una impugnación de su política económica. Incluso sus funcionarios insisten en que el Papa no viene a hacer política. 

Pero la pobreza sí es política. El hambre, los salarios que no alcanzan, las jubilaciones de miseria, el ajuste sobre la discapacidad y el desfinanciamiento de la educación y la salud públicas no son fenómenos naturales: son consecuencias de decisiones económicas y políticas. 

El Gobierno puede intentar mostrar indicadores macroeconómicos favorables, pero no puede esconder el deterioro de las condiciones de vida de millones de personas. Tampoco puede utilizar la visita papal como una oportunidad de legitimación mientras aplica un ajuste que golpea a quienes menos tienen. 

Del otro lado, el PJ pretende encontrar en las críticas del Papa una confirmación de sus propias posiciones. Pero tampoco puede presentarse como defensor consecuente de los sectores populares. Los gobiernos peronistas que administraron el país tuvieron responsabilidades en la persistencia de la pobreza, la precarización laboral, la desigualdad y el endeudamiento. También sostuvieron acuerdos con las jerarquías eclesiásticas y nunca avanzaron en una separación efectiva entre la Iglesia y el Estado. 

No alcanza con citar al Papa para cuestionar a Milei. El peronismo no puede borrar su propia historia ni utilizar el sufrimiento popular como una herramienta de disputa electoral. La discusión no debería ser quién se queda con las palabras del Pontífice, sino quiénes generan las condiciones para que millones de personas no puedan vivir dignamente y qué intereses defienden los distintos proyectos políticos. 

La iglesia y su cruzada anti derechos 

La Iglesia continúa defendiendo posiciones reaccionarias sobre el aborto, la autonomía de nuestros cuerpos, la educación sexual y los derechos de las diversidades. Su doctrina sigue colocando barreras a la igualdad real de mujeres y personas LGBTIQ+. 

La oposición de la jerarquía católica a estos derechos no es una discusión exclusivamente religiosa ni una cuestión de conciencia individual. Es una intervención política concreta para intentar imponer al conjunto de la sociedad una moral conservadora. La Iglesia fue uno de los principales pilares de la campaña contra el aborto legal y de las movilizaciones del pañuelo celeste. También cuestiona la Educación Sexual Integral y se opone a una educación pública, científica y laica. Frente a esas posiciones, los derechos conquistados por el movimiento feminista y de la diversidad son resultado de años de organización y lucha en las calles, no concesiones de ninguna institución. 

No podemos aceptar que una institución religiosa pretenda convertirse en árbitro de nuestros derechos. Y justamente su llegada, ponía en riesgo la Marcha del Orgullo, Jorge Macri, pretendía posterga la fecha de la marcha, lo que fue rechazado por el enorme repudio que causó en el sector. 

Y esto también interpela a quienes reciben al Papa. El anfitrión religioso y las autoridades de la Conferencia Episcopal Argentina, encabezadas por Marcelo Colombo, no pueden limitarse a organizar ceremonias y reclamar diálogo social. La Iglesia argentina debe responder por sus privilegios, su patrimonio, sus vínculos históricos con el poder y su propia responsabilidad frente a las desigualdades que dice combatir. 

El obispo auxiliar de La Plata arrastra un extenso historial de encubrimiento y protección a integrantes de la Iglesia denunciados —y en algunos casos condenados— por abusos sexuales contra niños, niñas y adolescentes. Su responsabilidad quedó expuesta en episodios como el del Instituto Próvolo y el del capellán penitenciario Eduardo Lorenzo, quien terminó suicidándose. La próxima semana, este obispo acompañará al Papa durante su recorrido por el país. 

El Papa resalta que tiene amigos en la Argentina, entre ellos se mencionan a: Fray Jorge Antonio Gil Solórzano, vicario de la Orden de San Agustín (a la que pertenece el papa) en Argentina; Alejandro Moral Antón, un cura que fue durante años colaborador suyo; y Alberto Germán Bochatey Chaneton, desde hace años obispo auxiliar de La Plata y también un reconocido “agustino”. 

Bochatey viene cumpliendo en los últimos años una función central en la trama de encubrimiento institucional a curas y obispos denunciados y, en algunos casos, condenados por haber cometido crímenes sexuales contra niñas, niños, adolescentes e incluso adultos. Varios de estos condenados fueron ayudados a salir a Europa y estar lejos de los procesos. 

La iglesia que condena los derechos feministas que obtuvimos y no acepta a las identidades, o si lo hace, solo es con discurso sobre humanidad, defiende a pedófilos y los protege, y ese costado parece que no se menciona. 

Una visita poco necesaria 

El Papa llega además en un contexto donde la creencia religiosa católica cristiana ha decaído. Los creyentes disminuyen, tampoco se abre camino la iglesias evangélicas. Argentina es uno de los países con mas cantidad de ateos, y agnósticos de toda la región, junto con Uruguay. Por lo que mas allá de la devoción que seguramente se verá de los fieles por su llegada, para la iglesia hay una tarea pendiente que es recuperar ese lazo con la comunidad. 

Su discurso entonces también busca empatizar con quien sufre, con quien no da mas, pero siempre desde la resignación. Pero el pueblo no quiere resignación. 

Necesitamos trabajo genuino, salarios y jubilaciones que alcancen, vivienda, salud y educación públicas, presupuesto para discapacidad y políticas integrales contra las violencias. Necesitamos que la riqueza producida por las mayorías trabajadoras deje de concentrarse en una minoría de empresarios, banqueros y grandes propietarios. 

Desde una perspectiva socialista, entendemos que la pobreza no es una falla individual ni una cuestión de falta de solidaridad: es una consecuencia de un sistema capitalista que produce riqueza social mientras condena a millones a vivir en condiciones de explotación y desigualdad. 

También defendemos un Estado laico, sin privilegios económicos ni políticos para ninguna institución religiosa. La libertad de creer o no creer debe estar garantizada, pero ninguna iglesia puede decidir sobre nuestras leyes, nuestros cuerpos, nuestra educación ni nuestros derechos. Ni contar con nuestros recursos. 

Por una salida independiente de los gobiernos y de las jerarquías religiosas, feminista, anticapitalista y socialista. Porque no queremos que nos tengan compasión: queremos terminar con las condiciones que producen la pobreza y la desigualdad. 

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