Este artículo fue publicado originalmente en el sitio web de la Liga Internacional Socialista.
Hace treinta días que los alumnos secundarios están poniendo en crisis al gobierno de Macron movilizándose cantando y bailando, y llamando a la unidad de estudiantes y obreros para la huelga general.
Virginia de la Siega
Es una movilización rara para los viejos argentinos setentistas. Una movilización con disfraces de hombre araña, fanfarrias y disc jockeys en los cortejos, y una orquesta sinfónica de jóvenes que se llama “Del Nuevo Mundo” y que toca en la explanada de la alcaldía de París de la música de Star Wars a la Sinfonía del Nuevo Mundo, de canciones de Charles Aznavour hasta la Marcha de la Unidad Popular. Y una juventud que las canta y que corea a todo pulmón: “El pueblo unido jamás será vencido.” Una movilización en la que los cortejos de jóvenes marchan unidos a los chalecos amarillos, la CGT y demás sindicatos, reclamando poder estudiar en condiciones decentes y en contra de la carestía de la vida.
Vista desde afuera es una movilización esquizofrénica. Para los que participan es cientos de miles de personas que marchan por el centro de París y de las grandes y pequeñas ciudades de Francia cantando, bailando y coreando consignas ingeniosas en contra del gobierno. Para los que lo siguen por televisión, es diez segundos de gente que marcha alegremente, diez minutos de personas encapuchadas quemando tachos de basura y pillando y quemando negocios frente a dueños desesperados, y unos segundos de los ataques brutales de la policía que se ensaña con los jóvenes. En las redes, mientras tanto, circulan las filmaciones de un policía que le tira una granada lacrimógena a la cara a un joven de 14 años y luego lo detiene por “ataque a las fuerzas del orden”; de esas “fuerzas del orden” yendo al choque contra los últimos cortejos de las marchas con la excusa de que “hay que dispersarse, la movilización terminó,” o de que hay “casseurs” (vándalos y ladrones) en sus filas. Hay jóvenes de entre 14 y 17 años que han perdido una mano o un ojo por las granadas utilizadas sólo por la policía francesa porque son consideradas armas de guerra. En lo que va desde el inicio de la movilización han interpelado cerca de 10.000 personas. De los que quedaron detenidos (alrededor de 6000 desde el inicio de las movilizaciones), el 85% fueron menores sin antecedentes penales. Hasta ahora, sólo 1.250 fueron encontrados culpables, la mayoría adultos jóvenes que aceptaron el “juicio inmediato”, que consiste en aceptar ir a un juicio al terminar la detención, lo que no les da tiempo a organizar una defensa con sus abogados. Por eso los abogados aconsejan no aceptar este sistema.
En el inicio fue la bronca
El 18 de septiembre, los docentes del liceo Saint-Exupéry de Creteil hicieron huelga por las malas condiciones de trabajo. Los alumnos se sumaron a su huelga y el día siguiente utilizaron el arma tradicional de lucha de los secundarios: el bloqueo del establecimiento. El 21 de septiembre, dos diputados de La France Insoumise (LFI) se presentaron en el colegio y dieron a conocer el bloqueo en sus redes sociales. Esto llamó la atención de los medios y a partir de ese día los alumnos secundarios del Gran París y a toda Francia bloquearon colegios y liceos.
La Unión Sindical de Estudiantes Secundarios llamó a participar el 29 de septiembre en una jornada de movilización nacional de los empleados estatales—categoría que incluye a docentes y no docentes de los tres niveles—. Los cortejos estudiantiles se unieron a las marchas sindicales en todo el país. La represión policial contra los secundarios fue brutal, a pesar de las columnas de protección que establecieron padres y docentes. Fueron tantas las quejas que la Inspección General de la Policía Nacional se vio obligada a intervenir y abrirle causas a varios policías.
Ante esta situación, el 1 de octubre, los sindicatos de estudiantes universitarios bloquearon 30 campus universitarios, llamando a la unidad de la lucha con los secundarios. Los incidentes y enfrentamientos violentos con la policía continuaron. Según el Ministro del Interior, de los 3700 liceos de Francia, 400 estaban bloqueados y 560 afectados por “acciones diversas”. Para frenar la movilización, el Ministro de Educación pidió que los cursos se dieran a distancia para que no se impidiera la continuidad de las clases. El Primer Ministro Lecornu, hizo un llamado a frenar la lucha prometiendo mejorar los problemas de los edificios con la ayuda de los Concejos Regionales, completar los puestos docentes vacantes y mejorar el Parcoursup[1] , una de las principales quejas de los alumnos secundarios. A cambio, exigió que se levantara la huelga y se retomaran las clases.
El martes 6 de octubre se realizó una movilización nacional llamada por los sindicatos de estudiantes secundarios y universitarios a la que se unieron hasta los liceos de élite que nunca participaron en movilizaciones estudiantiles. Su consigna fue: “Somos privilegiados. Queremos compartir nuestro presupuesto con los otros estudiantes.” La Federación de Concejos de Padres de Alumnos, la Intersindical de la Educación Nacional y otras organizaciones sindicales y sindicatos de agricultores se unieron a la marcha para proteger a los jóvenes de la policía levantando su propia reivindicación: la carestía de la vida. Participaron también personalidades políticas como Jean-Luc Melenchon (LFI), Marine Tondelier (Verdes) y Bally Bagayoko, el alcalde LFI de Saint-Denis que tuviera una gran participación defendiendo a los alumnos de su municipio frente a la policía. Brillaron por su ausencia los dirigentes del Partido Socialista –a pesar de que defendieron el accionar de los estudiantes—, y los partidos del centro, la derecha y la ultraderecha, que por el contrario, se dedicaron a atacar al movimiento y llamar a la represión policial. Según los organizadores, participaron 450.000 personas en todo el país. Sólo en París hubo 100.000. Frente al éxito, docentes y estudiantes llamaron a una nueva jornada de huelga y movilización dos días después. Y a una nueva el 13 de octubre.
El gobierno, desesperado, prometió llenar 3.000 de los cargos docentes vacantes. La CGT respondió que era una gota en el desierto. Los sindicatos de estudiantes secundarios exigieron la anulación del Parcoursup y un plan de 10.000 millones de euros para mejorar los colegios. Según los organizadores, el 13 de octubre, 480.000 personas participaron en la marcha en todo el país. Los Chalecos Amarillos, que habían desaparecido de la escena, llamaron a una marcha el 17 de octubre. Los estudiantes decidieron continuar los bloqueos y unirse a la movilización del 17.
El 17 de octubre
Esta movilización llevó al paroxismo la crisis de la sociedad. El movimiento estudiantil fue el catalizador de la bronca social que se siente desde hace mucho tiempo en el país. Los diez años de gobierno macronista llegan a su término con un balance catastrófico para los trabajadores y la sociedad francesa. La promesa del “derrame” que sería la consecuencia de más y más concesiones al gran capital financiero fracasó estrepitosamente. La deuda pública de Francia subió del 98,80% del PBI en 2017 a 119,10% en el segundo trimestre de este año. Sin embargo, los servicios públicos nunca han estado peor. Los alimentos están por las nubes. Y los salarios hace años que están congelados. A eso se agrega la suba del combustible. Pero la gota que desbordó el vaso fue el inicio de la discusión del nuevo presupuesto para 2026/2027. Las propuestas sobre salarios de los trabajadores del estado, que no alcanzan y no van a aumentar, y el congelamiento de las jubilaciones, crispó a la sociedad. Esa suma de factores hizo que el 17 de octubre se alinearan las quejas de los trabajadores y de los chalecos amarillos (trabajadores marginalizados y mucho más explotados del interior del país) que se dieron cuenta de que están pagando la deuda de una fiesta a la que no fueron invitados, y las de los estudiantes secundarios y universitarios, que ven que los “cortes necesarios” que “exigen los mercados” les están robando su futuro.
Pensando que el movimiento ya estaba acabado porque el viernes 16 se iniciaban las vacaciones escolares, la policía se había preparado para una movilización pequeña. Sin embargo, tanto los organizadores como el Ministerio del Interior coinciden en que hubo 110.000 manifestantes en París. Y según los organizadores, más de medio millón en todo el país. La policía en todas las grandes ciudades se vio sobrepasada por los manifestantes.
Y aquí aparece la primera indicación de que se está produciendo un cambio social. El grueso de los manifestantes correspondió con el de las marchas sindicales tradicionales. Estudiantes y trabajadores marcharon pacíficamente encuadrados por el servicio de orden de los sindicatos. Esa marcha sin escándalo mereció algunos minutos en la televisión oficial.
Mientras tanto, las marchas caóticas jugando al gato y el ratón con la policía, o enfrentándola en los Champs Elysées merecieron muchos minutos más. Pero el “premio al vándalo” lo merecieron otros tres grupos, algunos ya conocidos y otros nuevos, que confluyeron al margen de la movilización aprovechando el mal cálculo policial que dejó sin control secciones enteras alrededor de la movilización. Por un lado los black blocs, o autonomistas, que ya existían desde antes. En las movilizaciones de hace unos años, participaban al inicio de la columna y eran fácilmente identificables por la policía. Su objetivo “ideológico” es “enseñar con el ejemplo” y “atacar las instituciones”. Son los que destruyen los McDonalds, rompen vidrieras, tiran molotovs contra la policía y escapan. Su objetivo no es robar sino destruir. Detrás de ellos, aparecieron los ladrones experimentados, actuando con total libertad dado el error de cálculo de la policía. Estos sectores, que además están habituados a enfrentarse con la policía, son los que organizaron el pillaje. Era clarísimo ver cómo en el revoltijo, un sector vestido igual que los black blocs entraba en los negocios y armaba y tiraba hacia afuera paquetes con mercaderías que eran tomados por otros que los estaban esperando y salían corriendo. Y el tercer grupo están los jóvenes “ni-ni” (ni trabaja ni estudia) de los barrios populares, que son los que se cayeron de la red de seguridad de un sistema de bienestar en quiebra, para quienes el único futuro es vender droga o ser desempleados a vida. Ellos, que nunca van a tener la oportunidad de acceder a una cartera Louis Vuitton o a un par de zapatillas de lujo, aprovecharon para atacar a una sociedad a la que nunca van a tener acceso. Por eso se filmaban orgullosos agarrando lo que podían al mismo tiempo que lo transmitían por tik tok, o vendieron lo que habían robado en e-bay o Vintage. La mayoría de los que cayeron detenidos fueron ellos. En Francia no hay estadísticas de raza, pero cuando se leen las listas de detenidos y condenados el 75% tiene nombres árabes o africanos. Esta sobre representación de ese grupo es además la confirmación del racismo estructural de la policía y de un estado que están organizados en su contra.
Las movilizaciones que ustedes consideran terminadas gozan de buena salud
Contra toda expectativa, los sindicatos de trabajadores y los chalecos amarillos llamaron al “Acto II” de la movilización contra la carestía de la vida para el sábado 24 de octubre. El gobierno intentó prohibir las manifestaciones e imponer el toque de queda. El Tribunal Administrativo se lo impidió.
Dado que los estudiantes secundarios y universitarios se encontraban en medio de las vacaciones, el Primer Ministro intentó suspender el acceso a las redes sociales para impedir su auto organización. La tormenta que se desató nada más que ante el anuncio de la medida, hizo que Lecornu desistiera. Los cortejos estudiantiles se multiplicaron en todo el país.
El Ministerio del Interior hizo todo lo posible para invisibilizar la protesta. Primero, modificó el recorrido de la marcha: en lugar del habitual recorrido Plaza de la Bastilla – Plaza de la Nación, impusieron una marcha por el Bulevar de los Mariscales, un bulevar que rodea París del lado interno del Bulevar Periférico. Luego, aumentó la cantidad de efectivos que “controlaron” las manifestaciones. En otras ciudades se prohibieron las manifestaciones–aunque se hicieron a pesar de todo—.
Según la CGT el 24 de octubre hubo 150.000 participantes en París y 800.000 en todo el país. Las redes transmitieron la manifestación casi en directo. Mientras la manifestación de París se produjo en la más perfecta calma, en la dispersión hubo escenas de pillaje y lucha con la policía. Obviamente, esas fueron las escenas que la televisión oficial se encargó de publicitar.
Lo mismo se repitió el 31 de octubre. Nuevamente se modificó a último momento el recorrido de la movilización, pasándola una vez más del recorrido pedido por los sindicatos de trabajadores y estudiantes al Bulevar de los Mariscales. Nuevamente la gente concurrió. Dada la fecha de Halloween, los estudiantes concurrieron disfrazados, danzando y cantando al son de orquestas de Tortugas Ninja o de personajes de Marvel. Sin embargo, hubo un cambio en el ambiente. Entre las dos movilizaciones se produjo el atentado racista de Trappes, ciudad icónica de la inmigración. En ese atentado un racista fascista atacó a tiros a siete hombres, mujeres e incluso a una niña por ser negros, negras y árabes, o sea “musulmanes”—aunque el joven negro que fue asesinado, resultó ser católico—. Si siempre la juventud se movilizó con cantos antifascistas, esta vez se le sumaron las consignas y cantos antirracistas en repudio al atentado. A las 16.30, cuando la cabeza de la movilización llegó a su destinación, en la Plaza de la República cientos de personas se seguían amontonando en los vagones de la línea 3 (único medio de transporte hasta el inicio de la marcha) para poder desfilar. Al caer la noche, el punto de dispersión de la manifestación se transformó en una ratonera para los manifestantes que al llegar se encontraban con los gases de la policía. En medio del caos, una bomba molotov salida de la manifestación cayó sobre un grupo de policías tocando a uno de ellos. El gobierno inició acciones por intento de asesinato.
La lucha continúa
El lunes 2 de noviembre, se reiniciaron las clases. Hubo 40 colegios bloqueados. El día siguiente, según los sindicatos secundarios, hubo 440 escuelas bloqueadas, y la UNEF, el sindicato de los estudiantes universitarios, hizo, junto con los secundarios, a una nueva marcha que fue reprimida porque los estudiantes se negaron a aceptar el recorrido determinado por la prefectura.
Hoy, 5 de noviembre la CGT, la CFDT, SUD y FO llaman a la huelga general con movilización. El Concejo Nacional de los Chalecos Amarillos, que también participa, llamó a continuar la huelga general el 6 y el 7 de noviembre con una gran movilización para el sábado 7. La CGT presentó un recorrido Bastilla—Plaza de la Concordia y conminó a la Prefectura de París a dar su respuesta. En las palabras de su secretaria general, Sophie Binet, “No nos pueden seguir invisibilizando.” Hoy a la mañana, horas antes de la movilización, el Tribunal Administrativo regló que la manifestación deberá hacerse por el nuevo recorrido propuesto por la Prefectura de París: Plaza de la República—Plaza Nación.
Mientras tanto, el PS, los partidos del centro y de la derecha “presentable” han desaparecido. El candidato electo en las primarias socialistas, Rafael Glucskman dice que apoya los pedidos de los secundarios pero no participa en las movilizaciones porque “tiene miedo” de que lo saquen a empellones como ya ocurrió otras veces—aunque prometió participar de la marcha del 5—. Los candidatos macronistas y Republicanos (LR) no sólo no participan sino que se quejan de la violencia de los estudiantes y llaman a reiniciar las clases.
Los dos sectores políticos que se benefician con esta movilización son, por un lado, el RN, el partido de Marine Le Pen, que está violentamente en contra y acusa al gobierno de “tibieza” y de “permisividad” y elogia a la policía que golpea a los manifestantes, juntando así votos de los desencantados de la derecha y el centro. Por el otro, LFI, a quien el gobierno responsabiliza de las movilizaciones y que participa en todas con su dirigente y candidato presidencial Jean-Luc Melenchon marchando siempre en la cabecera junto con los dirigentes estudiantiles que lo aclaman y los dirigente sindicales que lo miran “con cariño”. La LFI se está transformando en el partido de la juventud de los centros urbanos y de los barrios populares. Como todo reformista “sincero”, llama a esperar a abril e ir a votar para que Melenchon llegue a la segunda vuelta y venza a Le Pen. Por ahora las encuestas lo dan lejos de Le Pen, que lo supera, según las últimas encuestas, por el 68% en la segunda vuelta.
Estamos presenciando una profunda crisis del gobierno y del régimen francés a seis meses de las elecciones presidenciales, con un gobierno incapaz de dar ninguna solución. No sólo sus propuestas han sido rechazadas, sino que la Asamblea rechazó su propuesta de presupuesto, que acaba de pasar ahora al Senado. Si el bloqueo de las dos cámaras continúa, tendrá que pasar el presupuesto por decreto, arriesgando la caída del ejecutivo por un voto de no confianza de la Asamblea. Ya hay sectores dentro del partido de Macron que le dicen que será imposible llegar a las elecciones de abril en este caos y le piden que renuncie y llame a elecciones anticipadas. Por ahora se niega.
Si la huelga general de hoy se convierte en huelga por tiempo indeterminado como piden los chalecos amarillos, se puede abrir una profunda crisis nacional. La burguesía francesa está aterrada pensando en una repetición de la Navidad y Año Nuevo caóticos de 2022, durante la lucha contra la reforma jubilatoria, que finalizó con el entierro de la reforma macronista.
La burguesía europea está también intranquila. La revuelta de la generación Z que ya se hizo sentir en Asia—alzamientos de Nepal, Bangladesh, Indonesia e India, con el movimiento de las “cucarachas”—, y en otras partes del tercer mundo, llegó a Europa. Las reivindicaciones emanadas del fracaso del modelo neoliberal por la ruptura del pacto social: “si estudias y trabajas bien tendrás un buen empleo” se declinan en problemáticas diversas en cada país. En España y Portugal son los problemas de la vivienda. En Alemania es el no al servicio militar y a la reducción del presupuesto educativo en beneficio del militar. En Francia e Italia es la falta de condiciones para estudiar correctamente y la carestía de la vida. Y en Hungría y Serbia—que hicieron punta—las movilizaciones juveniles contra la censura, la limitación de los derechos, el desmantelamiento de la educación pública y la corrupción gubernamental llevaron a la caída de los gobiernos—.
Si a eso le sumamos la derrota catastrófica de Trump en las elecciones legislativas en las que las minorías y la juventud tuvieron un rol esencial, tal vez podamos decir por primera vez después de tantos años de fracasos, que empieza a surgir una pequeña luz de esperanza. Y ahora los dejo porque tengo que ir a la movilización.
[1] Parcoursup es la plataforma nacional oficial en Francia para la preinscripción en el primer año de la enseñanza superior. Su funcionamiento es muy poco transparente.

