Este artículo fue publicado originalmente en el nuevo número de la revista impresa Alternativa Socialista en colaboración con Periodismo de Izquierda.
Hay generaciones que llegan a la vida política en tiempos de relativa estabilidad y otras que son arrojadas de golpe a una época de crisis. La nuestra claramente pertenece al segundo grupo.
Post caída del Muro de Berlín, el capitalismo nos prometió que estudiar nos garantizaría un futuro, que trabajar duro alcanzaría para progresar, que la democracia occidental resolvería todos los problemas y que el capitalismo era el único horizonte posible. Nada de esto ocurrió: en el 2008 la crisis global volvió a conmocionar las bases del sistema y terminó de clarificar que, por el contrario de lo que prometían, la vida se hace imposible dentro de los límites de este sistema
Entonces la pregunta no es si hay bronca. La pregunta es quién la organiza, hacia dónde y para qué. Porque la bronca sola no alcanza. Puede convertirse en solidaridad o en odio; puede apuntar contra los responsables de la crisis: capitalistas, banqueros, las corporaciones y el FMI; o descargar su frustración contra un migrante, una mujer, una disidencia o un trabajador estatal. Puede abrir una rebelión o terminar llevándonos todavía más a la derecha como con Milei.
Nuestro desafío como jóvenes socialistas, consiste en comprender, disputar y transformar ese descontento en una fuerza consciente. Para eso hay que volver a unir cuatro elementos que suelen aparecer separados: memoria histórica, teoría revolucionaria, estrategia de poder y organización.
Se trata de recuperar una memoria de lucha que quisieron arrancarnos. De discutir quién está educando políticamente a la juventud. De volver a Octubre y a la pregunta que incomoda a todos los administradores de lo posible: ¿podemos gobernar nosotrxs? Y de defender una conclusión que para nosotrxs sigue siendo fundamental: sin la irrupción de las masas no hay revolución, pero sin un partido revolucionario esa fuerza puede dispersarse, ser derrotada o terminar, como en el 2001, detrás de quienes gobiernan para el capital.

Recuperar una memoria que quisieron arrancarnos
La buena noticia es que no empezamos de cero. Antes que nosotrxs hubo generaciones enteras que se negaron a aceptar el mundo que les ofrecían. Hablamos de ellas no para sacar una foto romántica del siglo XX, sino para recuperar una experiencia que necesitamos conocer si no queremos cometer una y otra vez los mismos errores.
Fueron jóvenes quienes integraron organizaciones obreras y socialistas perseguidas por el fascismo; quienes participaron de la resistencia clandestina y de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española; quienes organizaron solidaridad y prensa ilegal frente al nazismo. Fueron estudiantes Hans y Sophie Scholl y sus compañeros de la Rosa Blanca, ejecutados por distribuir propaganda contra Hitler. Fueron jóvenes trabajadores quienes enfrentaron en las calles a las bandas fascistas que atacaban sindicatos, locales obreros, etc.
Conviene recordarlo porque el antifascismo no nació como una pose cultural. En determinadas circunstancias significó poner el cuerpo y la vida. También significó comprender que no se derrotaba al fascismo confiando en las clases dominantes que lo financiaban, toleraban o utilizaban contra el movimiento obrero.
La tradición juvenil revolucionaria fue mucho más amplia: la Revolución Rusa, las luchas anticoloniales, la Revolución cubana, la resistencia contra la guerra de Vietnam, Mayo del 68, los derechos civiles y el nuevo feminismo transformaron la idea misma de juventud. En Argentina, la Reforma Universitaria de 1918 desafió a la universidad clerical y oligárquica; el Cordobazo de 1969 condensó la unidad obrero-estudiantil contra Onganía. La Noche de los Lápices y el terrorismo de Estado son parte de una memoria inseparable de los proyectos políticos que la dictadura quiso exterminar.
No todas esas tradiciones fueron iguales ni defendieron la misma estrategia. Hubo heroísmo y también sustitucionismo; democracia desde abajo y aparatos burocráticos; organizaciones que ayudaron a las masas a confiar en sus propias fuerzas y otras que intentaron subordinarlas al poder.
¿Qué nos queda de estas experiencias? Que la organización es indispensable; por eso mismo importan tanto su programa, sus métodos, su democracia interna y su vínculo real con la clase trabajadora. Las grandes transformaciones no nacieron del aislamiento de una minoría esclarecida, sino del encuentro entre universidad y fábrica, estudiantes y trabajadores, lucha contra las opresiones y combate contra la explotación. Recuperar esa memoria no significa copiar el pasado, sino impedir que cada generación deba empezar desde cero. La burguesía no lo hace porque posee empresas, medios, universidades, fundaciones y Estados para formar a quienes administrarán y defienden su orden. Las juventudes explotadas también necesitan acumular experiencia. En su mejor sentido, un partido revolucionario es esa memoria colectiva organizada.

La batalla por la cabeza de una generación
Vivimos una época donde la juventud está en disputa. La precarización y la falta de futuro no la empujan de manera automática hacia la izquierda. La ultraderecha construye organización mientras predica el individualismo. Necesita individuos aislados para que el poder económico permanezca organizado. Su crecimiento se alimenta de experiencias reales de frustración. Combatirla exige más que indignarse con sus seguidores: exige explicar mejor las causas de esa experiencia y ofrecer una salida capaz de modificarla.
Pero ojalá la disputa fuera solamente con la ultraderecha. Existen direcciones juveniles que funcionan como prolongación de partidos patronales. Pueden incorporar demandas democráticas y participar de movilizaciones, pero enfrentan un límite estratégico: no pueden llevar la lucha más allá de lo tolerable para las fuerzas que administran el capitalismo y de las cuales dependen.
De allí surge un radicalismo bastante particular: intenso en las redes, pero extremadamente prudente cuando una movilización amenaza con desbordar los calendarios electorales. Nos invitan a “organizar la esperanza”, pero la traducción práctica suele ser organizar la espera: aguantar hasta 2027, seguir la próxima interna y confiar en el próximo candidato. Mientras tanto, Milei gobierna ahora, ajusta ahora y destruye derechos ahora.
La independencia política no significa sectarismo. Podemos compartir luchas con jóvenes de otras corrientes, pero no entregar nuestra estrategia a organizaciones cuyo horizonte no es dar vuelta el tablero. La juventud del PJ/k puede hablar con un lenguaje combativo; el límite aparece cuando la lucha choca con los gobernadores, las autoridades universitarias o las burocracias que sus partidos conducen. Ahí la rebeldía encuentra un techo.
El 15 de octubre, la quinta Marcha Federal Universitaria volverá a poner esta discusión en las calles. Vamos a movilizarnos por el cumplimiento de la Ley de Financiamiento, por salarios, becas y presupuesto. Pero no alcanza con marchar y volver a esperar la próxima convocatoria desde arriba. Necesitamos superar a las direcciones que administran el conflicto, coordinar desde las bases y disputar los centros de estudiantes para que dejen de ser escaleras hacia algún cargo y vuelvan a ser organismos de organización, deliberación y lucha.
Defender la universidad pública tampoco significa defenderla tal como está. Esta universidad expulsa a quienes deben trabajar, reproduce privilegios, mantiene estructuras antidemocráticas y demasiadas veces pone su conocimiento al servicio de empresas y negocios extractivos. Queremos presupuesto para abrir sus puertas a las mayorías, pero también queremos discutir otro modelo: una universidad gobernada democráticamente, con mayoría estudiantil, ligada a la clase trabajadora y a las necesidades sociales, que produzca conocimiento para transformar el país y no para alimentar la ganancia privada. Disputar los centros es también animarnos a plantear esa alternativa.
Frente a las salidas individuales necesitamos una organización revolucionaria que sea escuela de pensamiento crítico, historia, economía, ecología, feminismo, internacionalismo y estrategia. Militantes capaces de pensar, discutir, rectificar y actuar colectivamente; no obedientes, sino revolucionarios capaces de construir democráticamente una decisión común y ponerla a prueba en la experiencia.

Octubre y la pregunta decisiva: ¿podemos gobernar?
Cada vez que llega octubre corremos el riesgo de hacer dos cosas igual de inútiles: convertir la Revolución Rusa en una ceremonia o dejarla enterrada como si ya no tuviera nada para decirnos. Nosotros queremos otra cosa: estudiarla para prepararnos.
¿Qué puede decirle Petrogrado de 1917 a una juventud que vive entre aplicaciones, redes sociales y crisis climática? Para nosotros, mucho más de lo que cree quien da por muerto todo proyecto revolucionario. Porque la pregunta fundamental de Octubre sigue abierta: ¿puede la clase trabajadora, aliada con todos los sectores explotados y oprimidos, gobernar la sociedad? Dicho sin vueltas: ¿podemos gobernar nosotrxs?
La Revolución de Febrero derribó al zarismo, pero no resolvió el poder. Coexistieron un Gobierno Provisional comprometido con la guerra y la propiedad capitalista, y los soviets de trabajadores y soldados nacidos de la movilización. Las Tesis de Abril de Lenin reorientaron al Partido Bolchevique, combatieron la adaptación al gobierno burgués y propusieron explicar pacientemente la necesidad de que el poder pasara a los soviets.
Retengamos esta parte: la palabra “pacientemente” importa. En abril los bolcheviques eran minoría y debían ganar a millones mediante la experiencia. Meses después, la demora podía ser fatal. Una organización revolucionaria debe distinguir cuándo explicar y acumular fuerzas, cuándo impulsar la iniciativa, cuándo retroceder para no quedar aislada y cuándo una oportunidad exige decidir. Sí, muy difícil todo. Por eso hace falta un partido.
Trotsky insistió en Las lecciones de Octubre en que una situación favorable no garantiza su desenlace. Las masas pueden desplegar una energía extraordinaria y crear organismos nuevos; pero el problema de la dirección, el programa y el momento político se vuelve decisivo. Sin una organización preparada durante años, ligada a sectores reales de la clase y capaz de cambiar su orientación ante los acontecimientos, la oportunidad puede perderse.
Y esto nos trae de lleno a la Argentina de hoy. La polarización también empieza a expresarse hacia la izquierda; hay trabajadores y jóvenes que luchan, sectores que se radicalizan y miles de personas defraudadas con un peronismo que gobernó, ajustó, pagó al FMI y preparó el terreno para Milei. No significa que una mayoría revolucionaria ya esté conquistada. Electoralmente seguimos siendo una minoría. Pero, por primera vez en mucho tiempo, existe una izquierda revolucionaria con presencia nacional, un programa anticapitalista común y una referencia reconocible como es el Frente de Izquierda Unidad. La posibilidad existe; aprovecharla depende de lo que hagamos.
Hay un dato que no debemos minimizar: distintas encuestas ubican a Myriam Bregman, dirigente del PTS y referente del FIT-U, entre las figuras con mejor imagen del país. Imagen positiva no significa intención de voto ni que millones se hayan vuelto socialistas de un día para otro. Pero expresa una apertura política, una simpatía hacia una voz anticapitalista y un espacio potencial muchísimo más amplio que nuestros resultados electorales anteriores. No es patrimonio de un solo partido: es una oportunidad y una responsabilidad para todo el Frente de Izquierda Unidad.
Ahí se ubica uno de los debates estratégicos dentro del FIT-U. El Frente expresa años de acumulación, militancia, representación parlamentaria y una importante conquista unitaria. El problema es que sigue encorsetado en un funcionamiento principalmente electoral, que se activa alrededor de las candidaturas y después vuelve a fragmentarse. Así no alcanza para organizar a los miles que rompen con el peronismo, participan de las luchas y buscan una alternativa, pero no quieren incorporarse a ninguno de los cuatro partidos tal como existen hoy.
Desde el MST venimos insistiendo en que hay que rectificar ese rumbo: transformar al FIT-U en un partido unificado de la izquierda y de los luchadores, con funcionamiento permanente, un programa anticapitalista y socialista, apertura a activistas, referentes e independientes y libertad de tendencias para que cada corriente conserve su identidad y sus posiciones. No proponemos borrar diferencias ni decretar una unidad ficticia. Proponemos una organización común que debata democráticamente, busque acuerdos y actúe de manera centralizada frente a los grandes hechos políticos y de la lucha de clases. También permitiría transformar la enorme simpatía que hoy despierta una figura como Bregman en fuerza militante y organización duradera, en lugar de dejarla limitada a una candidatura cada dos años.
La experiencia reciente de la Marcha de la Bronca mostró que es posible coordinar desde abajo y a la izquierda a sectores distintos, sin pedirles que abandonen su identidad. Ahora ese método tiene que crecer. La izquierda no puede conformarse con representar electoralmente el descontento. Tiene que organizar una fuerza con vocación de poder.
Éste es el corazón de la discusión sobre el partido. No lo construimos únicamente para obtener bancas, conducir centros de estudiantes, dirigir sindicatos o hacer mejores movilizaciones. Todo eso importa, obvio, pero construimos un partido porque las crisis capitalistas pueden abrir situaciones en las que millones de personas irrumpan en la vida política y pongan en discusión quién debe gobernar. La tarea es prepararnos antes, no improvisar después.
Imaginemos que una crisis provoca la caída del gobierno de Milei. Se multiplican las huelgas, se ocupan facultades y lugares de trabajo, aparecen asambleas y las direcciones tradicionales son desbordadas. ¿Qué hacemos al día siguiente?
¿Quién tiene un programa para los bancos? ¿Qué hacemos con la deuda externa? ¿Cómo reorganizamos el comercio exterior? ¿Cómo garantizamos alimentos, energía, transporte, educación y salud? ¿Cómo planificamos una transición ecológica sin descargar sus costos sobre el pueblo trabajador? ¿Qué instituciones permitirían una democracia superior a votar cada algunos años? ¿Cómo enfrentamos una reacción de las fuerzas capitalistas?
El partido, lxs cuadros y una juventud aguerrida son la preparación anticipada para una crisis cuya fecha nadie conoce. Prepararse significa elaborar un programa para una sociedad compleja, aprender de la tradición internacional y ayudar a que quienes producen todo adquieran la experiencia de decidir sobre todo. La juventud es clave porque podemos aportar audacia, energía y una menor adaptación a lo establecido; pero necesita historia, teoría y organización para no empezar siempre desde cero.
Reivindicar Octubre también exige estudiar su degeneración. El trotskismo nació contra la burocratización estalinista, en defensa de la democracia obrera, la revolución permanente y el internacionalismo. Una juventud trotskista distingue revolución de burocracia, poder obrero de dominio de una casta y planificación democrática de imposición administrativa.
Por eso Octubre del 17 plantea una pregunta profundamente argentina y actual: ¿queremos ser una fuerza de protesta permanente o nos preparamos para gobernar? No para administrar el capitalismo con un lenguaje más humano, sino para construir junto a millones una democracia de trabajadores, socializar las palancas fundamentales de la economía y reorganizar la producción según las necesidades sociales y los límites ecológicos.
El peronismo convirtió al 17 de Octubre en el gran mito de incorporación política de la clase obrera argentina. Reconocemos la irrupción obrera y las conquistas que marcaron aquella etapa, pero discutimos su límite estratégico: la clase trabajadora fue organizada detrás de una dirección nacionalista burguesa y dentro del Estado capitalista. Octubre de 1917 planteó otra perspectiva: que la clase obrera no sea la columna vertebral de un proyecto dirigido por otros, sino la clase que gobierne junto a todos los explotados y oprimidos.

Organizar la bronca, preparar el futuro
Una generación no se convierte en sujeto político solamente por compartir una edad. Tiene que encontrarse en la lucha, comprender las relaciones sociales que la atraviesan y construir una voluntad colectiva. Quienes resistieron al fascismo tuvieron que elegir. La generación del Cordobazo tuvo que encontrarse. Los revolucionarios rusos discutieron, se dividieron, se equivocaron y rectificaron antes de Octubre. Nuestra generación tampoco llegará terminada a la historia: se formará interviniendo en ella.
Pero toda construcción colectiva comienza también con una decisión personal. Quizá la definición individual más importante de nuestra vida sea dejar de mirar la historia desde afuera, animarnos a dar el primer paso y construir una organización revolucionaria. No hace falta llegar con todas las respuestas ni estar de acuerdo en todo. Se trata de hacer la experiencia: militar, estudiar, debatir, equivocarse, rectificar y transformar la bronca en una fuerza común.
No importa de qué tradición política vengas. Si alguna vez confiaste en el peronismo, participaste de otro espacio, militaste una causa sin partido o ésta es tu primera experiencia. Tampoco importa si recién estás empezando a hacerte preguntas. Te necesitamos. No como espectador ni como un número, sino como parte activa de una generación capaz de cambiarlo todo.
No hay tarea más noble que organizarse para terminar con una sociedad que condena a millones a la explotación y la opresión y poner nuestras capacidades al servicio de construir otra. Construir un partido es prepararnos para que, cuando millones entren en escena, la bronca no vuelva a ser desviada, derrotada o convertida en una nueva frustración.
Y si todavía no te animás a dar ese paso, acercate a La Zurda. Es un espacio para encontrarnos en cada facultad, escuela y lugar de lucha; para hacer una primera experiencia, actuar juntos y discutir sin miedo palabras que muchos quisieron declarar pasadas de moda: socialismo, revolución, antifascismo y partido.
En diciembre vamos a reunirnos en el campamento nacional de La Zurda con jóvenes de distintos puntos del país. No para contemplar derrotas ni repetir fórmulas, sino para compartir nuestras luchas, estudiar las experiencias que nos precedieron y prepararnos para las que vienen.
Mientras unos nos dicen que esperemos a 2027 y otros quieren convencernos de que militar pasó de moda, nosotros elegimos organizarnos ahora. Hay bronca, hay motivos y hay una generación que no tiene nada que perder y todo para ganar. Esa generación no es una abstracción: sos vos, somos nosotrxs, son los miles que todavía no dieron el primer paso.

