La Albiceleste logró un hito en su historia tras igualar 2-2 ante su par brasileño en Recife, después de arrancar dos goles abajo y jugar más de media hora con una futbolista menos.
Por Gabriel Guiguez
Hay partidos en los que el resultado no alcanza para contar todo lo que pasó adentro de la cancha. El 2-2 de la Selección femenina ante Brasil, en Recife, es uno de estos casos. Porque Argentina estuvo contra las cuerdas, se levantó del 2-0, encontró los caminos para empatar y, cuando parecía que la noche empezaba a teñirse de tonos albicelestes, una expulsión la obligó a aguantar con diez jugadoras frente a un rival que quería perpetuar su racha de triunfos en el Superclásico.
El arranque fue cuesta arriba para las dirigidas por Germán Portanova. Las brasileñas salieron decididas a imponer condiciones empujadas por su gente en la Arena de Pernambuco, y golpearon primero a los 12 minutos con un cabezazo de Bia Zaneratto. La Verdeamarela manejaba los tiempos y encontró el segundo a los 27, cuando Gio Garbelini aprovechó un rebote en el área para poner el 2-0. El panorama pintaba complicado y el equipo nacional necesitaba reaccionar rápido para no quedar muy lejos en el marcador.
Y la reacción llegó: la Selección empezó a encontrar espacios y a animarse a jugar. A los 34 minutos, Agostina Holzheier participó de una buena combinación que terminó con Daiana Falfán definiendo para descontar. El gol fue un envión anímico para las nuestras, que se fueron al entretiempo con vida y con la sensación de que todavía había partido.
En el complemento, las pibas salieron a buscar el empate con el cuchillo entre los dientes. Y lo encontró temprano. A los ocho minutos, Holzheier recibió una infracción dentro del área y la árbitra sancionó penal. Florencia Bonsegundo agarró la pelota, se hizo cargo de la responsabilidad y sacó un remate potente para establecer el 2-2. En cuestión de minutos, Argentina había pasado de correr de atrás a poner a transpirar a la Canarinha.

Pero la inercia se frenó cuando, a los 12 minutos del segundo tiempo, Sofía Domínguez fue expulsada por tirarle del pelo a Kerolin. La Albiceleste se quedaba con diez futbolistas y tenía por delante más de media hora de sufrimiento ante una Brasil que, con superioridad numérica y el aliento de su gente, fue a buscar el triunfo.
Ahí empezó otro partido. Argentina tuvo que cerrar espacios, retroceder algunos metros y multiplicarse para tapar los huecos. Brasil acumuló llegadas y buscó aprovechar la ventaja, pero se encontró con una muralla que aguantó como pudo y con una Lara Esponda que respondió cuando la exigieron. Cada intervención y cada pelota despejada era agua en el desierto. El reloj parecía jugar para las locales y corría lento, pero las pibas supieron resistir hasta el pitazo final y se llevaron un empate trabajado a puro esfuerzo.
No hubo festejo de victoria, pero sí motivos para valorar el resultado. Porque levantar un 0-2 en territorio brasileño ya era una tarea difícil. Entonces, hacerlo y después sostener la igualdad con una jugadora menos le agregó un grado de exigencia todavía mayor que se cumplió y con honores.
Mucho más que un empate
Para dimensionar lo ocurrido hay que entender quién estaba enfrente. Brasil es una potencia histórica del fútbol femenino sudamericano, con una trayectoria internacional que incluye múltiples títulos continentales y participaciones mundialistas. Sacar un resultado en su casa, después de semejante remontada, no borra las diferencias de estructura que todavía existen entre ambas selecciones, pero demuestra que Argentina tiene argumentos para competir y plantarse ante rivales de primer nivel.
El empate también tuvo un valor particular por el contexto. La Albiceleste venía de perder 3-1 el primer amistoso de la serie y necesitaba una respuesta para cerrar la doble fecha con otra imagen. La consiguió en un escenario exigente y ante un rival que será local en el próximo Mundial de 2027, para el que Argentina ya aseguró su clasificación tras terminar segunda en la Liga de Naciones sudamericana.

Por eso, lo de Recife puede considerarse un hito por la forma en que se dio. No porque un empate resuelva las dificultades históricas del fútbol femenino argentino ni porque alcance para hablar de una “nueva era”, sino porque el equipo mostró carácter para levantarse cuando estaba dos goles abajo y personalidad para resistir cuando las circunstancias se pusieron todavía más bravas.
El desafío, claro, será sostener ese nivel. Para que estos partidos no sean apenas una noche memorable, sino parte de un crecimiento que se traduzca en resultados. Hace falta continuidad, competencia internacional y que la AFA ofrezca mejores condiciones para las futbolistas y corte de una vez la brecha de “mimos” que hay entre la Selección femenina y la masculina. El desarrollo de un combinado nacional no depende solamente de lo que ocurre durante los noventa minutos, sino también del trabajo y los recursos que existen detrás de cada convocatoria.

