Hace 30 años, el Cutralcazo marcó un antes y un después en la historia de las luchas populares en Argentina. La pueblada que estalló en Cutral Co y Plaza Huincul, al calor de las privatizaciones, la desocupación y el ajuste de los años 90, puso en pie a toda una comunidad que encontró en las asambleas populares y los cortes de ruta una forma de organización y de resistencia. Aquella experiencia inauguró un nuevo ciclo de rebeliones populares en la Argentina y se convirtió en una referencia ineludible para comprender los grandes procesos de lucha que atravesaron el país en los años siguientes.
A 30 años de aquellos acontecimientos, Periodismo de Izquierda conversó con protagonistas de esa experiencia para reconstruir su legado desde distintas miradas. En esta entrevista, Lita Alberstein ofrece un balance político de aquellos años. En 1996 era docente, militaba en ATEN y en el MST, y siguió de cerca el desarrollo de la pueblada. Desde esa experiencia, reflexiona sobre el impacto que tuvo el Cutralcazo en la izquierda argentina, recuerda la intervención de Gustavo Giménez y analiza qué enseñanzas deja aquella experiencia para enfrentar los desafíos políticos y sociales de la Argentina actual.

Desde tu militancia en la izquierda durante los años 90 en Neuquén, ¿cómo se vivió políticamente la irrupción del Cutralcazo y qué debates abrió?
Lita: El Cutralcazo en junio de 1996 no fue un conflicto más; fue un cimbronazo que nos conmovió profundamente y transformó para siempre los cimientos de la sociedad neuquina. Para quienes militábamos en el MST y la izquierda en esos años noventa, vivir esa lucha triunfante fue una escuela de vida y política que nos marcó a fuego, dejando aprendizajes que cambiaron la dinámica de la protesta en todo el país.
Veníamos de sufrir el feroz plan de privatizaciones de Menem. Al liquidarse YPF, pueblos enteros petroleros, como Cutral Co y Plaza Huincul quedaron con la mayoría de su población despedida de un día para el otro. El empobrecimiento era general, pero la respuesta fue una pueblada histórica, masiva y con una potencia explosiva inédita. Por primera vez en ese período, la gente salió a cortar la ruta. Lo valioso de ese momento fue ver cómo esos nuevos desocupados retomaron herramientas históricas de la tradición obrera —como el piquete y las asambleas masivas— y las trasladaron a la pelea por recuperar su dignidad y un trabajo genuino. Ahí nacía, ante los ojos de todo el país, la lucha piquetera.
Enfrentamos al gobierno de Felipe Sapag y a un MPN que venía manejando Neuquén casi como un feudo desde hacía décadas. Se generó una crisis provincial inédita y no le quedó otra al gobernador que sentarse a negociar. La pueblada tenía una determinación inquebrantable: ni la orden de desalojo de la jueza sobre la Ruta 22, ni la represión pudieron frenarla. Al contrario, se organizaron piquetes de autodefensa donde la comunidad entera estuvo dispuesta a poner el cuerpo frente al gobierno, la policía y el Poder Judicial.
Las repercusiones de esa victoria abrieron debates políticos nacionales fundamentales para enfrentar la entrega menemista. La primera gran conclusión que nos dejó es que, cuando la autoorganización es democrática masiva y radicalizada, se puede luchar y se puede ganar. Golpeamos directo al corazón del plan económico nacional y quebramos la hegemonía del MPN.
La segunda conclusión es que el piquete se instaló y se contagió como un método de lucha masiva a lo largo y ancho del país. Lo vimos replicarse primero en General Mosconi en Salta con los ex petroleros, y después en Jujuy, en Ledesma. La protesta se generalizaba cortando rutas con este nuevo actor, los piqueteros, combinando el viejo método de la huelga, la asamblea y el piquete, pero ahora para contener a sectores desocupados y empobrecidos por el modelo. Surgieron organizaciones en varias provincias que asumieron la enorme tarea de organizar a miles de compañeros. Ese fue el nacimiento de nuestro MST Teresa Vive.
Por supuesto, esto también abrió un debate teórico y político muy profundo dentro de la izquierda. Sectores como el PO salieron a caracterizar a los desocupados como un “nuevo sujeto social”, una lectura que nosotros no compartimos. Para nosotros, los desocupados en lucha y el movimiento piquetero expresan a un sector de nuestra propia clase trabajadora que fue despojado de su empleo, empobrecido de forma permanente y empujado a sobrevivir de la changa o el trabajo precario. Es la clase obrera peleando por trabajo genuino, asistencia social y alimentos. Una fuerza que ayer y hoy sigue enfrentando a todos los gobiernos de turno —sean peronistas, radicales, del PRO o libertarios— porque, más allá de los discursos, todos terminaron aplicando los mismos planes de ajuste, despidos y pobreza contra nuestro pueblo.
Gustavo Giménez fue uno de los referentes de la izquierda que participó activamente del Cutralcazo. A partir de su experiencia, ¿qué papel desempeñó la militancia de izquierda en aquellas jornadas y qué importancia tuvo el trabajo previo de organización para el desarrollo de la pueblada?
Gustavo Giménez, con esa pasión y ese compromiso inquebrantable que hicieron de su vida militante un ejemplo, cumplió un rol fundamental en este hito histórico. Pero Gustavo no era solo un dirigente para mí; era mi compañero de vida y de militancia. Tiempo antes del Cutralcazo, tomamos juntos la decisión de armar las valijas y mudarnos a Neuquén. Dejamos nuestros trabajos docentes, nuestra casa y a nuestras familias para asumir un desafío gigante: apoyar y desarrollar la nueva experiencia sindical de ATEN Capital. Por primera vez, una lista de oposición de toda la izquierda le ganaba la conducción de un gremio clave a la lista Celeste. Llegamos con la militancia a flor de piel para construir el MST ante semejantes desafíos y aprendizajes. En ese proceso de convertir al sindicato en un polo de referencia para las luchas, y en una provincia con una combatividad tremenda, en la que estaba gestando una crisis social, es que estalla la rebelión.
Apenas empezó todo, Gustavo viajó inmediatamente a Cutral Co junto a otros compañeros del partido para ponerse a disposición de una lucha que recién nacía. Fue fundamental estar ahí, poniendo el cuerpo en las barricadas y participando de las asambleas para extender el conflicto a toda la provincia. En esa época no había celulares; la comunicación dependía de los pocos teléfonos fijos que conseguíamos. Por eso, recibir la información y la vivencia que Gustavo nos transmitía era clave. Nos contaba cómo el pueblo entero había salido a la ruta, bloqueando el paso de los camiones con combustible y gas de YPF mediante barricadas imponentes hechas con alambres de púas, cubiertas, palos y autos viejos. Los fogones que encendían para combatir las temperaturas bajo cero teñían de negro los rostros y las ropas de todos los que bancaban la parada. Era una postal impactante. Todavía recuerdo cuando lo vi a Gustavo después de esos días: estaba irreconocible, completamente cubierto por el hollín de los piquetes.

Él nos transmitía cómo el hambre y el frío se habían transformado en una bronca colectiva que hermanaba a desocupados, docentes y comerciantes. Desde el MST y ATEN Capital nos pusimos a la cabeza de organizar colectas y enviar alimentos a la comarca. Había que defender con uñas y dientes la legitimidad de la lucha frente a la campaña del gobernador y de la jueza Margarita Gudiño, quienes nos acusaban de “sedición” y pedían a gritos la intervención de la Gendarmería. Contra ese discurso, nosotros impulsábamos paros en las escuelas y acciones solidarias, mientras los cortes empezaban a multiplicarse en Añelo y otros pueblos. La amenaza estatal se concretó cuando el ministro de Menem, Carlos Corach, mandó a 400 gendarmes con carros hidrantes y perros para levantar las barricadas.
En ese momento de máxima tensión, la postura que defendimos desde el MST fue crucial: planteamos que el corte no se levantaba. Rechazamos la moción de un sector que quería liberar la ruta y mandar una delegación a negociar a la capital, y propusimos, en cambio, exigir que el propio gobernador Felipe Sapag viniera en persona a poner la cara ante la pueblada. Esa resolución, ganada en las asambleas, fue la clave de la victoria.
Me acuerdo perfectamente de cuando Gustavo nos contó, todavía emocionado, lo que pasó ante el primer intento de represión de la Gendarmería en los piquetes más alejados. Llegó la jueza federal Gudiño, se subió al capó de su auto y, megáfono en mano, pretendió que la gente liberara la Ruta 22. La respuesta del pueblo fue histórica: salieron todos a la ruta. Llegó a haber 20.000 personas —la mitad de la población de la comarca— rodeando el auto de la jueza en una gigantesca asamblea popular. La rodearon y le advirtieron con firmeza que, si no se retiraba y frenaba la represión, le daban vuelta el auto ahí mismo. La jueza no tuvo otra opción que declarar su incompetencia por “sedición” y retirarse junto a la Gendarmería. Ese hecho lo sentimos como un triunfo emocionante. Ya nada detenía a la pueblada. Plantados en el asfalto, exigieron que nadie se movía hasta que llegara el gobernador.
Sapag, completamente derrotado por la movilización, tuvo que viajar a Cutral Co a escuchar el reclamo popular. El 26 de junio, en medio de un temblor político que sacudía a toda la provincia, el gobernador se instaló en la intendencia y recibió a una delegación de unos treinta piqueteros y piqueteras. Tras una reunión durísima y tensa, se llegó a un acuerdo. Los pobladores exigieron que todo quedara por escrito, y así nació el acta histórica de trece puntos que se votó en las asambleas. En ella, el gobierno neuquino tuvo que declarar a la región en “emergencia ocupacional y social”, ordenar la reconexión en 48 horas de los servicios cortados por falta de pago, establecer un plan inmediato de obras públicas, duplicar los bonos para garrafas de gas y enviar 650 cajas de alimentos, sumadas a las 40.000 raciones que ese mismo día tuvo que mandar el gobierno nacional.
Gustavo colaboró activamente en la elaboración de ese pliego y de los nuevos puestos de trabajo que luego se incluyeron en la Ley 2128. Con toda su formación y su entrega militante, aportó en cada proceso asambleario y de autodefensa, sembrando siempre la idea de que solo se podía confiar en la fuerza de la movilización. Así se arrancaron esas conquistas.
La lucha piquetera en el país había nacido con un triunfazo inolvidable, una experiencia histórica que tuve el orgullo de compartir con Gustavo y con todos los compañeros del MST. Por eso, a 30 años del Cutralcazo, lamento enormemente que Gustavo no esté presente para transmitirnos esa gran actividad militante de la que fue protagonista con tantos compañeros. Pero su memoria y su lucha siguen vivas en cada piquete y en cada luchador que no baja los brazos.
El Cutralcazo suele considerarse un antecedente de las grandes rebeliones de fines de los 90 y del 2001. ¿Qué continuidades observás entre esas experiencias?
Lita: Las puebladas de Cultral Co y Plaza Huincul, fueron dos, la primera fue en 1996 y la segunda en abril de 1997, esta última se combinó con una heroica huelga docente de 45 días, donde murió producto de la represión Teresa Rodríguez, asesinato que generó una profundización de las luchas y huelgas, que se fueron extendiendo a todo el país.
El piquete, muchas veces por tiempo indeterminado, fue incorporado en las acciones de protesta, que se dieron cada vez con más contundencia y masividad, en la Argentina no solo en las luchas de desocupados, sino como forma de acciones gremiales, vecinales, etc. Se consiguieron planes sociales luego del Argentinazo del 2001 en forma más generalizada, ante el hambre creciente y la unidad de las protestas, donde en los cortes de calle o ruta, participaban no solo desocupados, sino diferentes sectores, docentes, estatales, movimiento de mujeres, jubilados, luchas populares contra las subas de servicios, logrando potenciar en un piquete común, la fuerza de la calle.
Hoy atravesamos un nuevo ciclo de ajuste. ¿Qué similitudes y diferencias encontrás entre el contexto de los años 90 y la Argentina actual?
Lita: Desde el punto de vista del plan de ajuste, entrega y privatizaciones, el gobierno de Milei generó con su brutal motosierra, una ola de despidos, desmantelamiento del estado, derechos gremiales y sociales, y pobreza extrema, que impuso muchas veces con represión y judicialización de los luchadores, pero fundamentalmente con el apoyo del PJ y la CGT en un pacto de gobernabilidad al servicio de Trump, la banca y empresas imperialistas contra la clase obrera, la juventud, y las mujeres.
En ese sentido, es similar a los 90. La traición de los dirigentes sindicales y el PJ permitió que Menem golpeara derechos históricos de la clase obrera y privatizara nuestras empresas públicas hundiendo a los trabajadores y el país.
Pero hay una diferencia importante, en el proceso de luchas, necesaria para analizar y comprender el presente, el movimiento piquetero, fue vanguardia contra el ajuste, y tuvo gran apoyo social en ese periódo de los 90, que permitió unir las luchas, y se expresó en el 2001, con la consigna “piquete y cacerola, la lucha es una sola”
Hoy las luchas de desocupados, demonizadas por este gobierno de ultraderecha y sus cómplices, perdieron apoyo social, quedaron aisladas, hecho que permitió liquidar parte importante de los subsidios, alimentos y ayuda social. También algunas de las organizaciones sociales, fueron cooptadas por los diferentes gobiernos, para sacarlas de la calle.
Las protestas más masivas, abarcan hoy a los trabajadores docentes, de la salud, y los jubilados, a pesar de que la desocupación se ha convertido en un problema estructural.

Si el Cutralcazo fue una demostración de que un pueblo puede irrumpir y cambiar la situación política, ¿qué enseñanzas deja para construir una alternativa de los trabajadores y la izquierda en la actualidad?
Lita: El rol de la clase trabajadora en cada proceso histórico de lucha es la columna vertebral de cualquier transformación real. Pero para que esas grandes acciones no se diluyan o pierdan, el rol del partido es clave: nuestra tarea es dar la pelea adentro de los conflictos por el método asambleario, por la masividad, por la combatividad y por extender la solidaridad a nivel provincial y nacional con un plan de lucha y un programa económico alternativo bien claro, que demuestre que la plata está y que la crisis la tienen que pagar ellos, la burguesía, y no los trabajadores. El Cutralcazo nos demostró que, cuando nos organizamos con esa perspectiva, la lucha puede arrancar conquistas que parecían imposibles.
Esas enseñanzas nos marcaron el camino para lo que vino después. En 1997, durante el Segundo Cutralcazo y la histórica huelga docente, me tocó vivir todo esto. Yo trabajaba en un jardín de infantes en Plottier, y esa experiencia me marcó a fuego para siempre; fue un aprendizaje colectivo que me formó como militante y como persona. Organizamos paros, asambleas democráticas y marchas multitudinarias. Pusimos el cuerpo en el corte del puente Neuquén-Cipolletti, sufriendo una represión brutal de la policía que nos tiró encima los carros hidrantes y los perros.
Aquella gesta, profundamente hermanada con las primeras lecciones del primer Cutralcazo, salió adelante gracias a la inmensa fuerza de los docentes y la solidaridad de toda la comunidad. En un escenario tan doloroso, la unidad de toda la izquierda y del activismo fue fundamental para plantarse contra la impunidad ante el asesinato de la compañera Teresa Rodríguez, y para enfrentar tanto la violencia del Estado como la traición de los dirigentes sindicales de ATEN que querían entregarnos. En medio de esa tremenda crisis política y social, no nos achicamos: llamamos a un paro provincial y exigimos un paro nacional a la CTERA y a la CTA. La movilización fue tan gigante que blindó nuestra lucha y logramos que el gobierno retrocediera, conquistando el aumento salarial y la devolución de cada uno de los días que nos habían descontado por luchar. La enseñanza que nos queda hoy es esa: que no hay aparato ni represión que pueda parar a un pueblo consciente cuando decide tomar el destino en sus manos, cuando la izquierda se une junto a todos los que luchan, podemos cambiar la historia.
Actualmente ante un gobierno de ultraderecha de Milei, con un peronismo en crisis, que apoya muchas de sus medidas y leyes antiobreras, es más imprescindible que nunca avanzar en la coordinación, solidaridad, unidad en las luchas y construir una alternativa política unificada de la izquierda, que se prepare para las próximas batallas para derrotar a Milei y levante un programa anticapitalista y socialista para que gobernemos los que nunca lo hicimos, los trabajadores.
Entrevistó: Jere Zalazar


