En tiempos de ultraderecha, la universidad pública se desangra bajo el ataque libertario. Como respuesta, en 2024 protagonizamos las impresionantes Marchas Federales, cuya masividad es comparable solo a los festejos de la Copa Mundial. Ese tsunami fue clave para conseguir la aprobación de la Ley de Financiamiento Universitario. Sin embargo sigue sin aplicarse, y Milei prepara nuevas ofensivas.
En la comunidad universitaria martillean las preguntas: ¿Dónde está esa fuerza ahora? ¿Por qué las marchas más grandes de la historia no fueron suficientes para ganar? Si Milei fuese invencible, ¿cómo se explica que el Garrahan sí le ganó? A continuación presentamos una modesta exposición de los avatares en la Universidad Pública argentina, su movimiento estudiantil y la crónica pelea para dotarlo de una conducción a la altura de los desafíos.
¿Qué quiere Milei con la Universidad Pública?
Su accionar sobre la universidad no es una obsesión individual, forma parte integral del upgrade reaccionario con gran consenso burgués que sufre nuestro país. Sobre la educación superior cae un doble fuego libertario:
- Por un lado, un ataque ideológico, que busca desprestigiar a la universidad como institución. Desde la narrativa oficial, se la acusa de ser un nido de “adoctrinamiento” y de producir “ideólogos” en lugar de profesionales de calidad. Con esto pretende erosionar el consenso social sobre su gratuidad y su función social, allanando el camino para una transformación regresiva.
- Por otro lado, un ataque presupuestario, un ahogo financiero sistemático que busca asfixiar su funcionamiento para forzar negociaciones con la casta rectoral que la dirige y abrir mayor espacio al financiamiento y condicionamiento privado.
El proyecto liberfacho busca liquidar la universidad de acceso masivo, concluir el proceso iniciado en los ‘90s hacia la injerencia total del capital en la formación de grado, en la investigación y la extensión universitarias; y barrer con toda posible usina de pensamiento crítico y compromiso social para la juventud.
Su modelo a largo plazo contiene propuestas como el arancelamiento o los vouchers educativos. Sin embargo, son conscientes de que primero necesitan generar consenso social afuera -con su campaña ideológica- y acelerar un cambio en la composición universitaria con más elitización para lograrlo puertas adentro.

La Universidad como campo de disputa
Para abordar mejor los interrogantes de arriba es fundamental comprender que la universidad ha sido, desde sus orígenes, un campo de disputa. Como lo señala su raíz, Universitas scholarium o gremio de estudiantes, su surgimiento tuvo un carácter autónomo de las instituciones monárquicas y monásticas de entonces y, justamente esta naturaleza, ha despertado una permanente tensión con las iglesias y Estados que han intentado limitarla. En Argentina, esta disputa ha tenido hitos fundamentales que invitamos a recorrer.
La Reforma Universitaria de 1918
Es el punto de partida ineludible, ya que representa el paso de la universidad colonial y monástica a la del pensamiento liberal burgués. En un contexto mundial de ebullición con las revoluciones mexicana y bolchevique, sumado a una década de ascenso y luchas de los obreros migrantes en Argentina, la democracia burguesa daba sus primeros pasos.
Con este marco, los universitarios de Córdoba lanzaron su Manifiesto Liminar denunciando un “régimen monárquico” y una “universidad para una élite que mata el conocimiento”. Injustamente, sus protagonistas pasaron a la historia conocidos como los “reformistas del ‘18” a pesar de que la magnitud de los cambios y los métodos utilizados describen una verdadera revolución universitaria. Su herencia fue inmensa: contra el poder señorial de la élite y el clero, impusieron el cogobierno tripartito; contra el carácter vitalicio y hereditario, la periodicidad de las cátedras; contra el oscurantismo, la libertad de cátedra y cientificidad; se conquistó la autonomía respecto del Poder Ejecutivo, la extensión universitaria para poner el conocimiento al servicio de la sociedad, se fomentó la solidaridad latinoamericana y el acceso igualitario.
Sin embargo, la contrarreforma fue casi inmediata. Con la juventud ya desmovilizada, en 1923 el gobierno de Alvear y la Unión Cívica Radical (UCR) desplegó la restauración designando como interventor a Antonio Sagarna, quien sin eufemismos afirmaba que: “la participación del alumnado debe ser simplemente colaboradora desde el plano de relatividad que le marca su propia condición” y nunca “directora del gobierno y de la enseñanza”. Esta tensión entre democratización/restauración atravesará todo el siglo, y hoy cobra una espeluznante actualidad.
La dirección de la Reforma del ’18 logró conquistas históricas que cambiaron la Universidad argentina y de toda Latinoamérica pero, al carecer de un programa y organización que postule la transformación más general de la sociedad, las conquistas quedaron atrofiadas en los edificios y campus, oprimidas por el Estado burgués que comenzó a sofocarlas en su primera oportunidad.
De la experiencia de esta heroica juventud extraemos como aprendizaje que cada triunfo en el ámbito universitario necesita, para no perecer, ser superado por demandas que empujen más adelante el horizonte de aspiraciones; y que la transformación universitaria no puede pensarse aislada, sino como parte de un proceso más amplio. La universidad se convierte en un eslabón de una revolución que une demandas inmediatas (como las conquistadas por la Reforma del ‘18) con transformaciones estructurales (que quedaron pendientes y los reformistas no se las plantearon) como cambiar el modelo educativo, su vínculo con el poder político y económico; todo ello en una dimensión nacional e internacional, pues la universidad está inserta en un país y en un mundo atravesados por luchas de clases, por lo que su destino se encadena a esas batallas más grandes. La universidad del pueblo trabajador, autónoma y democrática, al servicio de las necesidades sociales, es impracticable en un país estructuralmente injusto, capitalista.
Entre conquistas y contradicciones: la universidad en tiempos de Perón
La segunda mitad de los ’40 comenzó con la derrota del nazismo por el Estado soviético. El prestigio comunista creció, aunque marcado por el termidor estalinista. La devastación europea posicionó a Estados Unidos como nuevo imperialismo dominante.
En Argentina, el golpe de 1943 y el bonapartista gobierno de Perón expresaron la resistencia de una débil burguesía, que necesitó apoyarse en los trabajadores frente a la penetración del capital norteamericano. Las conquistas laborales se acompañaron de propaganda de conciliación de clases que ató la conciencia obrera al reformismo y nacionalismo burgués.
La gratuidad universitaria de 1949 duplicó la matrícula en un año, incorporando estudiantes de familias trabajadoras, y siguió creciendo hasta el golpe genocida de 1976.
En 1955, el golpe pro-imperialista que derrocó a Perón profundizó las contradicciones entre la dirección burguesa y la base obrera, que luchó sin conducción contra la oligarquía pro-yanqui.
En las universidades, la alianza golpista eliminó el monopolio estatal y laico, habilitando instituciones religiosas. Hacia 1958, el proceso polarizó universidades y calles, y permitió a la ultraderecha ganar uniformidad organizativa y programática con su propuesta de una universidad y un país católicos y ultranacionalistas, opuesta a lo que llamaron sinarquía.
La Revolución Cubana impactó en la vanguardia. En la militancia universitaria se trasladaron los debates sobre la estrategia de transformación social. En el peronismo se profundizaron los antagonismos entre derecha e izquierda, donde esta última fue creando un sincretismo socialista-nacionalista. En el marxismo surgió el foquismo, enfrentado a los socialistas revolucionarios que apostaban por la inserción en la clase trabajadora y la lucha por su dirección.
La dictadura de Onganía y el Cordobazo
La dictadura aplicó un programa económico de ataque a los trabajadores, la soberanía y a la autonomía de la Universidad. La Noche de los Bastones Largos en 1966 sintetizó la represión e intervención de las universidades. Desencadenó quema de libros, destrucción de laboratorios y la emigración de 301 profesores, entre ellos 215 científicos. Sin embargo, la revancha no demoró en gestarse.
El contexto mundial estaba plagado de procesos revolucionarios y en Argentina el reguero de los “azos” provinciales (Cordobazo, Rosariazo, Viborazo, Tucumanazo, entre muchos otros) había comenzado a crear una alianza estratégica entre obreros y estudiantes. Serán estos mismos sujetos los que en Córdoba tomarán el Barrio Clínicas, desafiando al poder militar. Con sus barricadas, tomas y autodefensa lograron derrotar a la policía, pero finalmente la gesta fue sofocada por el ejército. Sin embargo, este proceso logró iniciar la caída de la dictadura de Onganía. El milico Elidoro Sánchez Lahoz, uno de los encargados de la represión, dijo: “Me pareció ser el jefe de un ejército británico durante las invasiones inglesas. La gente tiraba de todo desde sus balcones y azoteas”.
El Cordobazo demostró el poder de la unidad obrero-estudiantil pero también los límites de las semiinsurrecciones sin un partido que centralice la pelea nacionalmente, dé programa y plantee la toma del poder político. Las direcciones sindicales y estudiantiles combativas no bastaron, había que dar el salto a lo político para fusionarse con las masas hacia una revolución triunfante. Fue la primera vez, no la última, que las masas argentinas tiraron una dictadura, pero no pudieron colocar un gobierno propio, de los trabajadores y explotados.

La dictadura genocida de 1976
El golpe fue la respuesta de la burguesía para frenar el ascenso obrero y estudiantil. Con Perón y la derecha peronista se inició la depuración, empezando con la Triple A y finalmente el consenso para el genocidio. El 21% de los 30.000 desaparecidos eran estudiantes y el 5,7% docentes. Se cerraron carreras, se intervino la universidad y se persiguió la “subversión ideológica”, aunque la organización persistió en la clandestinidad. La confianza en un “Perón revolucionario” dejó a gran parte de la militancia sin preparación frente al golpe. La lección de los ’70 es clara: hace falta una dirección revolucionaria con independencia de clase, arraigo en las masas sin aislamiento vanguardista y táctica de frente único contra los fachos.
Lamentablemente como maldición persiste hoy en algunas organizaciones de izquierda el rechazo al frente único en el movimiento de Derechos Humanos, en el movimiento obrero, o incluso separan erróneamente la lucha sindical de la política.
La caída de la dictadura encontró en la universidad a la izquierda golpeada y al peronismo cuestionado, mientras la UCR capitalizó en gran medida el ascenso democrático. Desde entonces la Franja Morada hegemonizó las universidades con un modelo burocrático, alejado de las luchas. La misión republicana de esta organización fue realizada por las masas argentinas que tiraron la dictadura con una revolución. Tras esa conquista de la movilización, la razón de ser de los republicanos pasó de la borrachera democrática a garantizar el pacto con los milicos en Semana Santa y ser defensores de las privatizaciones, todo ello desde su ubicación en los cargos de gestión en universidades y otras instituciones.
El menemismo y la LES
Con la ofensiva neoliberal tras la caída de la URSS, Menem aplicó el ajuste y el arancelamiento universitario. La LES fue su herramienta: creó la CONEAU, limitó el cogobierno, habilitó aranceles y consolidó la mercantilización del conocimiento. La lucha contra la LES chocó con la hegemonía de Franja Morada y las burocracias del PJ, que terminaron aceptando la reforma.
La experiencia mostró que las direcciones ligadas a partidos patronales son un freno: negocian y convalidan las reformas del capital. Se evidenció la necesidad de una conducción estudiantil independiente, con un programa que vincule universidad y país, retomando las enseñanzas de la Reforma del ’18 y el Cordobazo.
La universidad del Argentinazo
La LES no se aplicó de inmediato: la resistencia se trasladó a cada universidad y en muchos casos logró frenar aranceles y adhesiones. La recesión de 1999-2001 potenció la reacción estudiantil y docente, forjando una nueva vanguardia que sería base del Argentinazo y de la recuperación de centros y federaciones combativas.
La Franja Morada se debilitó junto con la UCR, mientras el peronismo ocultaba su identidad por el repudio al menemismo. La Argentina moldeada por Menem y sostenida por De la Rúa era invivible, y el Argentinazo rompió el bipartidismo neoliberal, catapultando a la izquierda y a agrupaciones independientes.
En diciembre de 2001, la FUBA y la FULP fueron conquistadas por frentes de izquierda con independientes, aunque muchos de estos últimos terminaron cooptados por el kirchnerismo tiempo después. En paralelo, crecieron corrientes autonomistas que, confundiendo estalinismo con marxismo revolucionario, rechazaban la lucha por el poder y se encapsularon en resistencias particularistas, hasta ser absorbidas por el PJ o perecer.
La izquierda desde las conducciones transformó el movimiento estudiantil: frente al modelo burocrático de Franja, impulsó la politización, las asambleas, la independencia de las autoridades, lazos solidarios con la docencia y la lucha por conquistas como becas, comedor universitario y boleto educativo. También encabezó campañas por la democratización universitaria, mayor representación estudiantil y rechazo a la CONEAU.
El kirchnerismo y la “década desaprovechada”
El kirchnerismo surgió como respuesta de la democracia burguesa y el PJ al giro a izquierda tras el 2001, con la misión de la normalización capitalista del país y reinstalar la confianza en la institucionalidad burguesa. Para ello cooptó y fragmentó movimientos sociales —piquetero, de Derechos Humanos, feminista, LGBT y socioambiental—, institucionalizando para desactivar.
En la universidad, en 2015 reformó la LES asegurando gratuidad e ingreso irrestricto, pero mantuvo su núcleo duro: arancelamiento del posgrado, mayoría docente en el co-gobierno, el poder en las autoridades unipersonales, la CONEAU y vínculo con el extractivismo. Así, las universidades recibieron fondos de empresas contaminantes y crearon carreras adaptadas a la megaminería, el fracking y el monocultivo.
Un conflicto emblemático fue la Toma de la UNLaR en 2013, que expuso el régimen feudal y la necesidad de democratización profunda frente al unicato pejotista. Las universidades nacidas bajo el PJ mostraron su carácter monolítico, con patotas y listas únicas no solo en el NOA, también en el Conurbano.
En este período, el peronismo fortaleció sus conducciones y hasta creó una FUA paralela, aunque sin revitalizar las demandas estudiantiles. El recambio entre radicales y peronistas no implicó un avance de la organización estudiantil, y esas direcciones pronto revelaron sus límites frente al ataque macrista.
El conflicto de 2018 bajo Macri
La crisis mundial impactó en el país y el kirchnerismo profundizó el ajuste sobre los trabajadores. Vino Macri y con él la cooptación del pasado dio paso a un ataque frontal contra la universidad pública, mediante el ahogo presupuestario.
La pasividad de las conducciones ligadas al PJ se quedaron en la pasividad y apostaron a “aguantar” hasta el 2019, lo que desmovilizó y rompió la unidad docente-estudiantil. El movimiento estudiantil desbordó a esas burocracias y sostuvo la lucha por presupuesto y democratización en algunos lugares, mientras la izquierda avanzaba frente a las conducciones peronistas que respondieron con la única moción de levantar las tomas. Un frente diverso (PO, MST y organizaciones kirchneristas) recuperó la FUBA de las manos del macrismo, aunque en otras universidades no se consolidó un polo alternativo sólido. La falta de coordinación nacional entre las corrientes de izquierda e independientes debilitó la actuación de conjunto. El rol negativo del PTS fue significativo.
Volviendo a Milei
La historia no se repite, pero las carencias de ayer atormentan. En 2024/25, las conducciones peronistas y la Franja Morada volvieron a desmovilizar, dilapidando la fuerza de las marchas federales y negociando con Milei. Rectores, dirigencias estudiantiles y gremios docentes burocratizados frenaron la participación real y fragmentaron la movilización.
Sin embargo, experiencias como la del Hospital Garrahan muestran que con una conducción democrática e independiente de los partidos del sistema se puede ganar. Si el frente universitario hubiera contado con esa decisión, hoy tendríamos una vergüenza menos y una libertad más. La tarea pendiente sigue llamando desde las aulas: es hora de abrir la puerta.

Fuerza en las ideas, audacia en la organización. Por una corriente estudiantil internacionalista y ecosocialista
Cuando el movimiento universitario asciende, se abre un horizonte que exige una conducción firme, capaz de empujar la pelea hacia adelante, de transformar lo fragmentario en común, lo económico en político, lo inmediato en histórico. Una conducción que no se conforme con los límites, sino que los desborde, que convierta cada paso en un asalto al cielo. Y cuando ese ascenso aún no se ha manifestado, la tarea se vuelve más paciente: explicar, formar, sembrar ideas en aulas y pasillos, multiplicar fuerzas hasta que la chispa se encienda. Esa construcción sigue siendo la deuda histórica que nos convoca.
La unidad de la izquierda, que hoy se expresa en una alianza electoral, debe evolucionar hacia un partido unificado del FIT-U, con libertad de tendencias y vocación de futuro. Allí reside un potencial inmenso: organizar al activismo que simpatiza con nuestras ideas, irradiar conciencia en decenas de miles que buscan una salida frente al espejismo conciliador del peronismo. En las universidades, esa unidad abriría la posibilidad de congresos comunes, espacios colectivos para definir campañas y políticas que den forma a una corriente estudiantil con verdadera vocación de disputar centros y federaciones. Una corriente que se aparte de la agitación abstracta y del electoralismo vacío, y que se convierta en antídoto cultural e intelectual contra el posibilismo. Desde allí, levantar una plataforma sólida para convocar a un frente único que enfrente a la ultraderecha en las calles.Estas ideas no son meros pensamientos: son armas que reclaman brazos dispuestos y mentes hambrientas para transformarse en organización. Ese es el llamado. Esa es la invitación: a construir juntos la fuerza que aún falta, a levantar la marea que puede torcer el rumbo de la historia.


