Por una fotografía al servicio de la lucha de clases

Argentina, como el resto del mundo, atraviesa un momento de fuerte polarización a raíz del avance de una ultraderecha que busca destruir, a su paso, todo derecho conquistado por la lucha popular. La única resistencia —la piedra en el zapato— es un pueblo que la enfrenta.

Esta lucha del pueblo contra las políticas de Milei —en el caso argentino— se conoce a nivel regional e internacional, en parte, gracias al trabajo documental de periodistas, cronistas, reporteros gráficos y realizadores audiovisuales, quienes, día tras día, cubrimos las marchas y movilizaciones. Y que, a su vez, nos hemos convertido también en un objetivo de la represión: primero, por el intento del gobierno de amedrentar y censurar la libertad de prensa; segundo, porque nosotros también formamos parte de ese pueblo.

Las respuestas a esta pregunta son variadas. Hay quienes subsisten del fotoperiodismo —como un obrero de fábrica o un maestro: es su oficio—; hay quienes lo hacen por convicción militante y han encontrado en la cámara una forma de estar en la calle, como exige el momento histórico. El detrás de cámara está lleno de porqués, pero todos nacen de nuestra experiencia y del lugar que ocupamos en esta sociedad.

“En una sociedad en que la lucha de clases se define y se agudiza, el arte necesariamente será la expresión de cada una de esas clases en lucha. No hay arte neutral; el arte no está por encima de las clases sociales”, sostiene el Manifiesto del Cine de la Base, la agrupación militante de los años 70 encabezada por el cineasta desaparecido Raymundo Gleyzer, que proponía una visión marxista del arte.

Foto: Ariel Esposito

Hoy, como en todo momento histórico, existe una búsqueda constante de la foto de impacto: la foto de una plaza llena de trabajadores, el tacho quemado, la molotov en el aire o en el instante de su estallido.

Fotos que pueden ser útiles —o no— para la lucha de clases. Fotos que pueden —o no— garantizar el pan del trabajador detrás de la cámara. Una dimensión no excluye la otra. Porque sabemos que la ideología dominante, el conjunto de ideas de la clase capitalista, nos atraviesa, incluso cuando nos asumimos militantes revolucionarios.

La precarización del periodismo en Argentina en 2026 es crítica: salarios mayoritariamente por debajo de la línea de pobreza, multiempleo, informalidad y la reciente derogación del Estatuto del Periodista Profesional (Ley 12.908). A esto se suma la violencia física y la represión estatal durante coberturas en la vía pública, consolidada tras la creación, en diciembre de 2023, del Protocolo Antipiquetes impulsado por la entonces ministra de Seguridad, Patricia Bullrich.

El protocolo represivo dejó, en menos de una semana desde su implementación, una treintena de fotoperiodistas heridos durante trabajos de cobertura. Las fuerzas de seguridad dispararon gases y balas de goma directamente a cámaras y rostros.

Foto: Alejandro Wall

Dos años más tarde, el miércoles 12 de marzo de 2025, mientras cubría una protesta por mejoras en las jubilaciones, el fotoperiodista independiente Pablo Grillo, de 35 años, fue alcanzado por una cápsula de gas lacrimógeno frente al Congreso Nacional. El disparo, efectuado por un agente de la Gendarmería Nacional Argentina (GNA), fue recto y directo a la cabeza. Gracias al trabajo de colectivos como Mapa de la Policía —en coordinación con reporteros gráficos presentes en el lugar— se logró desmentir el discurso de la propia Bullrich, quien había asegurado que los proyectiles se dispararon en un ángulo de 45 grados.

La cruzada contra fotógrafos tiene antecedentes dolorosos en la historia argentina: el asesinato de José Luis Cabezas en 1997 y, recientemente, en 2023, el caso de Facundo Morales, militante y fotógrafo que perdió la vida durante un operativo policial frente al Obelisco.

Desde la llegada al poder de Javier Milei, en diciembre de 2023, la hostilidad hacia la prensa se convirtió en política de Estado, con especial foco en los reporteros gráficos.

Según el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), en el primer año de presidencia de Milei se registraron 179 agresiones a periodistas en 2024, y el 52,5 % fueron perpetradas por el poder político. La estigmatización oficial, el desmantelamiento de medios públicos y el uso de la publicidad estatal como herramienta de disciplinamiento provocaron que Argentina cayera 47 puestos en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa de Reporteros Sin Fronteras (RSF), ubicándose en el puesto 87, entre países con “problemas significativos” en la materia.

El capitalismo opera mediante la saturación, la descontextualización y la edulcoración de las imágenes, convirtiendo la lucha popular en un producto digerible para la reproducción del sistema.

La legitimación, normalización y racionalización de la violencia institucional son una estrategia histórica y política de los grandes medios. Mecanismos estudiados en profundidad por el sociólogo británico John B. Thompson, desde el análisis del discurso, y que pueden trasladarse sin dificultad al campo de la fotografía. Si solo mostramos el golpe, el cuerpo en el piso, el chorro del hidrante, ¿qué relato estamos construyendo?

Tal vez convenga responder con otra pregunta: ¿es siempre el fotógrafo o cronista quien decide qué se publica? La realidad es que el periodista raso no define la línea editorial. Entonces, ¿Quién decide qué, cómo y cuándo se publica? Por encima están editores, directores y dueños: quienes aportan el capital.

Pensar que el fotógrafo en la calle es el responsable estructural del funcionamiento mediático implica desconocer cómo operan hoy los medios. Eso no elimina la responsabilidad social ni la ética profesional, que deben cargarse con el mismo peso que las baterías de la cámara. Pero ubica el problema en su verdadera dimensión.

Una y otra vez se intentó abrir espacios en grandes medios para narrar la organización, el encuentro, la humanidad. Y, sin embargo, lo que encuentra lugar es la sangre. Habría que preguntarse por qué casi no vemos qué sucede quince minutos después de la represión en el Congreso: el regreso a casa de los jubilados, cómo se sienten, qué piensan, cómo los impacta. Hay dimensiones de empatía que pueden interpelar más profundamente que la imagen espectacular del estallido. Y, muchas veces, no hay dónde publicarlas.

Entonces la pregunta vuelve: ¿qué estamos produciendo? ¿Denunciamos o contribuimos, sin quererlo, a normalizar la violencia?

“Por un cine hecho desde el punto de vista del proletariado, que sirva como arma de combate para impulsar sus luchas, su toma de conciencia como clase. Cine de base que se inscriba en la perspectiva de la lucha revolucionaria y ataque frontalmente a su enemigo, la clase explotadora”, continúa el Manifiesto del Cine de la Base.

El periodismo no siempre se ha asumido como parte de la clase trabajadora, gracias a una política que convierte en figura a quienes sobresalen en defensa de las políticas burguesas.

Nosotros nos paramos del otro lado: somos trabajadores y queremos pensar cómo impulsamos la lucha por cambiar esta sociedad con nuestras herramientas. En ese sentido, fotografiar luchas que ganan, luchas que muestran cómo impulsar la pelea como sucedió con las y los trabajadores del Garrahan que lograron un aumento histórico del 61%. Imágenes que emocionan, que impactan y que le duelen a la derecha.

Foto: Maia Pauro

En este contexto, y en el marco de una reforma laboral regresiva, quienes integramos Periodismo de Izquierda tenemos una posición clara: somos trabajadores. Podemos o no vivir de nuestras coberturas, pero concebimos el registro de la calle como una herramienta política al servicio de la lucha.

Abrimos, entonces, una discusión fraternal con quienes ven en sus fotografías y videos una herramienta revolucionaria. ¿Qué imágenes fortalecen la organización popular? ¿Cuáles construyen empatía y conciencia? ¿Cuáles ayudan a sumar y no solo a impactar?

Este es un debate legítimo sobre el rol del fotoperiodismo, nuestras prácticas, nuestras estrategias de seguridad y la manera en que narramos la conflictividad social. También sobre cómo recuperar la fotografía como arma de lucha y de justicia social, tal cual ocurrió con las imágenes que demostraron los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, o con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo durante la dictadura cívico-militar-eclesiástica. Convertir nuevamente la imagen en una herramienta que despierte a las masas y contribuya a la liberación colectiva.

Si el objetivo es discutir las prácticas del fotoperiodismo en contextos de represión, convoquemos ese debate. Reunamos a fotógrafos, manifestantes, organizaciones políticas y colectivos de derechos humanos. Pensemos en conjunto cómo cubrir, cómo denunciar sin reproducir la espectacularización y cómo cruzar los límites que el cerco informativo nos impone para mostrar la realidad desde nuestro lado. 

Ese debate es urgente. Pero el enemigo no está dentro de la propia clase trabajadora. El enemigo es otro.

Te invitamos a sentarnos a pensar cómo fortalecer la lucha contra este gobierno y a construir un espacio anticapitalista y socialista como parte de Periodismo de Izquierda.

Foto: Marcos Sierra
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