Este sábado 17 de enero, el presidente Javier Milei aterrizará en Asunción para participar de una ceremonia que el oficialismo vende como un hecho histórico de su gestión: la firma del acuerdo de libre comercio entre el MERCOSUR y la Unión Europea. En el Gran Teatro José Asunción Flores, los mandatarios del bloque regional — todavía con la duda sobre la presencia del brasileño Lula da Silva— rubricarán un tratado que arrastra veinticinco años de negociaciones y que recién esta semana obtuvo la luz verde del Consejo Europeo.
Para la administración libertaria, se trata de un hito que el canciller Pablo Quirno ya empezó a festejar en redes sociales, asegurando que la Argentina ahora “decide competir y crecer en libertad“, omitiendo deliberadamente que esa competencia se da en condiciones de asimetría total frente a las potencias del viejo continente. Por ahora, de parte de la Unión Europea, el acuerdo se encuentra firmado por su presidenta, Ursula von der Leyen, aunque el camino institucional para su aplicación efectiva es todavía muy largo. El pacto debe atravesar un complejo andamiaje legal y ser ratificado no solo por los parlamentos de cada país europeo, sino que también deberá pasar por el filtro del Parlamento Europeo.
Detrás de toda la parafernalia de la diplomacia, el acuerdo nace rodeado de incertidumbres y resistencias que ponen en duda su aplicación efectiva en el corto plazo. En Europa, la situación está rodeada de contradicciones; no solo por la posición reticente de mandatarios como el francés Emmanuel Macron, sino fundamentalmente por las masivas movilizaciones de agricultores que denuncian que el tratado destruirá la producción interna europea mediante el ingreso de productos sudamericanos a bajo costo. Esta resistencia obligó a la Unión Europea a dividir el acuerdo para intentar esquivar el rechazo de los parlamentos nacionales, activando una “vía rápida” comercial que deja en suspenso los pilares políticos y de cooperación, los cuales seguirán sujetos a la voluntad de legislaturas europeas que hoy ven en el MERCOSUR una amenaza.
Otro saqueo y un nuevo show en Davos
Desde la perspectiva argentina, el optimismo de Quirno suena más a una confesión de parte que a un análisis económico serio. No hay que olvidar que el actual canciller ya cuenta en su historial con la firma de acuerdos de entrega absoluta con los Estados Unidos, y este pacto con la Unión Europea sigue la misma lógica de subordinación.
Mientras el funcionario festeja que se eliminarán aranceles para el 99% de las exportaciones agrícolas del MERCOSUR, lo que está firmando en realidad es la sentencia de muerte para gran parte del entramado manufacturero nacional. Economistas y sectores industriales ya advierten que el ingreso masivo de maquinaria, químicos y automóviles europeos, con aranceles reducidos, neutralizará cualquier beneficio marginal para el agro y profundizará el perfil primarizado de nuestra economía, convirtiéndonos definitivamente en una colonia proveedora de materias primas y minerales críticos.
Una vez cumplido el trámite en Asunción, la agenda de Milei continuará su curso hacia el Foro Económico Mundial de Davos, un escenario que el presidente libertario utiliza como vidriera para su cruzada ideológica contra los derechos más elementales. Todavía resuena su intervención a comienzos de 2025, donde desplegó un discurso cargado de odio contra las disidencias sexuales y un negacionismo ambiental que desafía cualquier evidencia científica. Resulta indignante que el presidente disponga de tiempo y recursos para este tour internacional entre Asunción y Davos, pero nunca haya viajado a los incendios que hoy azotan la Patagonia. Casi como un chiste de mal gusto o una burla a los brigadistas que hoy son una variable de ajuste mientras arriesgan su vida, Milei se limitó a realizar un saludo en sus redes sociales mediante el uso de una imagen generada por Inteligencia Artificial donde se lo ve saludando a un brigadista; una ficción digital que intenta ocultar la desinversión real.
En esta nueva edición, es de esperar que el presidente intente alardear sobre los supuestos éxitos de su modelo, intentando vender como una victoria una “inflación controlada” que, en la realidad de las góndolas, lleva siete meses de incrementos ininterrumpidos. Milei viaja a Suiza para ser aplaudido por el capital financiero internacional mientras en el país el salario real se licúa ante una carestía de vida que su gestión se empeña en maquillar estadísticamente.
El contenido del acuerdo que se firma este sábado es, en esencia, un esquema de intercambio desigual diseñado para favorecer al agronegocio exportador y a las multinacionales europeas que buscan nuevos mercados para sus excedentes industriales. El MERCOSUR cede protección en sectores clave como el automotriz, donde los aranceles del 35% irán desapareciendo, dejando a los trabajadores de las fábricas locales a merced de la competencia desleal. A cambio, se prometen cuotas de exportación de carne vacuna y azúcar que solo beneficiarán a los grandes terratenientes y a las empresas concentradas que ya manejan el comercio exterior. Es un modelo que no contempla la creación de empleo genuino ni el desarrollo de valor agregado, sino que apuesta a la consolidación de un hemisferio sur estancado en la extracción de recursos y la importación de tecnología.
Este viaje a Paraguay no es más que la formalización de un nuevo saqueo. La urgencia por firmar un tratado que Francia y otros países europeos todavía rechazan internamente demuestra que el gobierno de Milei actúa como el mejor alumno del neoliberalismo, dispuesto a entregar la industria nacional para satisfacer las demandas del libre mercado global.
No habrá “reglas claras” ni “libertad” para los trabajadores argentinos si el resultado de este pacto es el cierre de talleres y la pérdida de soberanía económica. La verdadera respuesta frente a esta avanzada debe darse en las calles, rechazando un tratado que hipoteca nuestro futuro para alimentar las ganancias de las patronales agrarias y los intereses imperiales de la Unión Europea. Mientras Milei se prepara para su show en Davos, la tarea urgente es frenar este desguace antes de que las consecuencias sobre nuestra estructura productiva sean irreversibles.

