Mientras el gobierno de Javier Milei celebra el crecimiento de las exportaciones, el consumo interno de carne vacuna continúa derrumbándose. Durante el primer semestre de 2026, el consumo cayó más de un 11% respecto del mismo período del año anterior, una nueva muestra del deterioro del poder adquisitivo de millones de trabajadores y jubilados. El modelo económico libertario vuelve a mostrar quiénes ganan y quiénes pierden.
Según los últimos datos del sector, la menor demanda interna convive con un fuerte impulso de las exportaciones. La combinación de salarios pulverizados, caída del consumo y una política orientada a favorecer los negocios exportadores genera una paradoja cada vez más evidente: Argentina, uno de los mayores productores de carne del mundo, ve cómo ese alimento deja de estar al alcance de una parte creciente de su población.
Un alimento cada vez más inaccesible
La caída del consumo no responde a un cambio de hábitos alimentarios. La explicación es mucho más simple y dramática: millones de familias ya no pueden pagar la carne vacuna.
El ajuste permanente sobre salarios, jubilaciones y programas sociales redujo el poder de compra de los hogares. Aunque la inflación desaceleró respecto de los picos de años anteriores, los ingresos continúan muy por detrás del costo de vida. Como consecuencia, cada vez más trabajadores reemplazan la carne vacuna por alimentos de menor calidad o directamente reducen la cantidad de comidas.
La situación también impacta sobre las carnicerías de barrio y pequeños comercios, que enfrentan una caída sostenida en las ventas mientras aumentan sus costos operativos.
Un modelo pensado para exportar
Lejos de considerar este fenómeno como un problema, el Gobierno presenta el crecimiento de las exportaciones como una señal positiva. La lógica oficial privilegia el ingreso de divisas por encima del abastecimiento del mercado interno.
El esquema beneficia principalmente a los grandes frigoríficos exportadores y a los sectores concentrados de la cadena agroindustrial, que encuentran mejores márgenes vendiendo al exterior que abasteciendo el consumo local. Mientras tanto, el acceso de la población a alimentos básicos queda librado a las reglas del mercado.
No es una política nueva, pero bajo Milei se profundiza. La desregulación, la eliminación de controles y la prioridad absoluta otorgada al negocio exportador consolidan un modelo donde producir más no implica necesariamente que el pueblo pueda consumir mejor.
Los grandes ganadores
Entre los principales beneficiarios aparecen los grandes grupos exportadores de carne, que aprovechan la demanda internacional y un tipo de cambio favorable para incrementar sus ventas.
Mientras tanto, el Gobierno insiste en que el mercado resolverá los desequilibrios por sí solo, aun cuando los indicadores sociales muestran un deterioro persistente de las condiciones de vida. La consecuencia es que el crecimiento de las exportaciones convive con una caída histórica del consumo interno.
La contradicción resulta evidente: un país capaz de producir alimentos para cientos de millones de personas tiene dificultades para garantizar que su propia población acceda a ellos.
Otra política es posible
El problema no radica en exportar, sino en que las necesidades de la población quedan subordinadas a la rentabilidad de un puñado de grandes empresas. La producción de alimentos no puede organizarse exclusivamente según las ganancias del mercado internacional mientras millones de personas reducen el consumo de productos esenciales.
Garantizar salarios que cubran el costo de vida, recuperar el poder adquisitivo de jubilaciones y programas sociales, controlar a los grandes formadores de precios y priorizar el abastecimiento del mercado interno aparecen como medidas necesarias para revertir una situación que se agrava mes a mes.
Porque detrás de cada punto que cae el consumo de carne no hay una estadística fría: hay familias que modifican su alimentación porque ya no les alcanza el salario. Y esa es una de las expresiones más claras del modelo económico que impulsa el gobierno de Javier Milei: más negocios para los grandes exportadores y menos alimentos en la mesa de quienes viven de su trabajo.

