Por: Lola Melero Aguilar, estudiante de Fotoperiodismo de la Escuela Municipal de Medios Audiovisuales (EMMA) en Lomas de Zamora
A las ocho de la mañana, Monte Chingolo —partido de Lanús— ya late con el ritmo del conurbano sur. La gente corre hacia los colectivos y los comercios levantan sus persianas. Pero dentro del taller de Mónica, marroquinera de 64 años, el movimiento sigue otra lógica: el tiempo parece ir más despacio.
Nacida en Caballito, pero instalada desde hace cuarenta años en el sur del Gran Buenos Aires, el taller de Mónica es un lugar especial que huele a cuero. Los rayos de sol entran por las ventanas e iluminan las paredes, donde hay viejos moldes de cartón. En los estantes, frascos de tinturas esperan su turno. Las mesas de trabajo están llenas de vida, con apliques en forma de mariposas y flores. Por todos lados hay pequeños carteles que dicen “Son 30.000”.

En un mundo capitalista donde lo descartable, la rapidez y la producción en masa son reyes, ella eligió otro camino. Se define como una “militante de la artesanía”, porque este oficio no es solo un trabajo, sino una forma de vida.
Sus primeros pasos en el mundo artesanal los dio a los 18 años, cuando su hermana le regaló herramientas para moldear metal. Pero no fue hasta 1982 —sobre el final de la última y más sangrienta dictadura cívico-militar— cuando decidió vivir de lo que sus manos podían crear. En aquellos años formaba parte de la coordinación de la primera feria de artesanos en Morón.
Eran tiempos en que la calle no era un lugar seguro, pero la feria funcionaba como un refugio de resistencia cultural. Las discusiones entre compañeros no pasaban por márgenes de ganancia; eran más profundas: vivir para la artesanía o simplemente de la artesanía.
Con los años, su vida cambió. Se casó y dejó atrás el metal para sumergirse en el cuero. Su casa se convirtió en un espacio de producción. Hoy reflexiona: “El artesanato fue el primer home office”, dice con una sonrisa.


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El recorrido profesional de Mónica también está marcado por una herida personal. En su piel lleva tatuado el nombre de su tío, Jorge Norberto Caffatti, a quien todos conocían como “El Turco”. Caffatti fue secuestrado y confinado en el centro clandestino de detención de la ex ESMA durante la última dictadura cívico-militar. Hasta el día de hoy continúa desaparecido.
La artesana lo menciona siempre, no como un recuerdo pasivo, sino como un método de memoria que guía sus acciones diarias. Cuando habla de él, hace una aclaración que considera vital: no le dejó dinero ni propiedades. Subraya este punto para desmontar ese mito perverso que durante años intentó instalar que los desaparecidos “hacían todo por plata”. No, de su tío heredó algo mucho más valioso e inquebrantable: la pasión por defender lo que uno siente.


Esa pasión se tradujo en una ética laboral estricta en su taller. Mónica se prometió a sí misma que su espacio de trabajo debía ser un lugar digno, donde no se reprodujeran las lógicas de explotación. Su taller, que hoy sostiene con un compañero, llegó a tener siete empleados, todos amigos de sus hijos. A todos les pagó lo que correspondía, asegurándose de que el trabajo les sirviera para progresar. Ninguno de ellos se quedó treinta años estancado en la misma silla; todos pudieron estudiar, recibirse y construir sus propios futuros.
Hoy la protagonista da vida a carteras y billeteras bajo la marca “Espejismo”. Un nombre que nació de un chiste familiar: una promesa de su exmarido tucumano de “llegar a ser alguien” en la gran ciudad. El proceso es metódico. Cortan el cuero, lo prensan y luego lo tiñen. Es un trabajo en serie, adaptado a la demanda.
La técnica de teñido a “muñeca alzada” es antigua, física, casi en desuso. Requiere poner el cuerpo y garantiza que jamás existan dos piezas idénticas. Para Mónica, teñir es un acto de liberación. Allí es donde la rutina de la producción en serie se quiebra para darle paso a la creatividad.
“Cuando tiño, dejo una parte de mí”, admite.


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Mónica observa con preocupación los cambios en el ecosistema artesanal. La crisis económica empuja a miles de personas a volcarse a las ferias para intentar sobrevivir. Antes, acceder a un puesto gratuito en una feria exigía cumplir con rigurosas condiciones de calidad, técnica y diseño. Hoy proliferan las “ferias de emprendimientos”, que devalúan la artesanía real.
Entiende que la situación es “desesperante” y que la gente necesita vender para comer, pero lamenta profundamente que ya no se fomente el estudio ni la formación en los oficios.

Entonces, ¿qué depara el futuro para la cultura artesanal en Argentina? La lógica de lo inmediato atenta contra los tiempos de la artesanía. Mónica reconoce que quedan pocos compañeros de la “vieja escuela” y que, comercialmente, el horizonte es duro. Aun así, se mantiene firme y asegura que la verdadera artesanía jamás puede ser masiva. En todo caso, requeriría de una “industria artesanal” fomentada por el Estado, un modelo de apoyo gubernamental del que Argentina carece casi por completo.
Producir menos, pero mantener intactas la técnica y la línea estética que la definen.
Y ante la pregunta de qué es lo que realmente permanece, no habla de la durabilidad del cuero, sino de la dignidad y de los derechos humanos.
En un mundo donde casi todo se descarta, Mónica sigue sosteniendo el suyo con las manos.


