La industria se derrumba. Febrero marcó la peor caída en casi dos años

La crisis industrial suma un nuevo capítulo. Según un informe de la consultora Orlando Ferreres, la producción manufacturera registró en febrero una caída interanual del 7,9%, la peor en los últimos 20 meses. Lejos de ser un dato aislado, el desplome confirma una tendencia de deterioro sostenido que ubica a la industria como uno de los sectores más golpeados por el rumbo económico del gobierno.

El retroceso no fue homogéneo, pero sí generalizado. Las ramas más afectadas muestran el impacto directo del freno económico: la producción de maquinaria y equipo se desplomó un 23,9%, los plásticos un 16,9% y los alimentos un 16,3%. Dentro de estos sectores, la industria automotriz volvió a ser uno de los epicentros de la crisis, con una caída superior al 30%, evidenciando el freno del consumo y la paralización de la actividad.

Detrás de estos números aparece un problema estructural: la caída del mercado interno. El propio informe advierte que no se espera una recuperación en el corto plazo, justamente porque los ingresos de las familias siguen deprimidos. Es decir, el ajuste no solo impacta en los salarios, sino que termina retroalimentando la recesión productiva.

El panorama se agrava si se lo vincula con el empleo. Distintos estudios ya estiman que la caída industrial provocó más de 100.000 despidos entre puestos directos e indirectos, afectando no solo a las fábricas, sino a toda la cadena productiva. Cuando una industria cae, no lo hace en soledad: arrastra proveedores, transporte, comercio y economías regionales.

Lejos del discurso oficial que prometía una rápida reactivación, lo que se consolida es un proceso de desindustrialización. La combinación de apertura económica, caída del consumo y políticas de ajuste configura un escenario donde producir en el país se vuelve cada vez más difícil, mientras se favorece la importación y la especulación financiera.

El dato es claro: el costo de este modelo lo pagan los trabajadores. Menos producción implica menos empleo, peores salarios y mayor precarización. Mientras tanto, los sectores concentrados encuentran nuevas oportunidades en la valorización financiera y en un esquema económico que prioriza la rentabilidad por sobre la producción.

La caída industrial no es un accidente. Es la consecuencia directa de un modelo económico que desarma el entramado productivo. Por eso, discutir la industria es discutir qué país se quiere construir: uno basado en el trabajo y la producción, o uno subordinado a los intereses del capital concentrado.

Frente a este escenario, la salida no puede venir de las mismas recetas que generaron la crisis. Se vuelve necesario poner en pie una alternativa que defienda el trabajo y las condiciones de vida de las mayorías, enfrentando tanto el ajuste del gobierno como los intereses de las grandes patronales que se benefician de este rumbo.

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