Un estudio de la UCA expone el deterioro del mercado laboral entre los trabajadores de 18 a 25 años: apenas una minoría accede a un empleo formal, mientras crecen la informalidad y los trabajos precarios. El panorama muestra el costo social de un modelo que flexibiliza las condiciones laborales y descarga la crisis sobre quienes recién ingresan al mercado de trabajo.
Entrar al mercado laboral por la puerta de atrás
La crisis del mercado laboral tiene un rostro particularmente preocupante entre los jóvenes. Un estudio de la Universidad Católica Argentina (UCA) revela la profundidad del deterioro sociolaboral entre las personas de 18 a 25 años, con un dato que debería encender todas las alarmas: siete de cada diez jóvenes se encuentran fuera del empleo formal.
El informe muestra que la incorporación al mercado de trabajo está marcada por la precariedad. Un 22,5% de los jóvenes se desempeña en empleos irregulares, mientras una proporción mucho menor logra acceder a puestos registrados y con derechos laborales.
Detrás de estas estadísticas hay una generación que encuentra cada vez más dificultades para conseguir un trabajo que permita proyectar una vida independiente. El discurso empresarial y oficial suele presentar el empleo juvenil como un problema de “falta de experiencia” o de dificultades individuales para insertarse.
Pero los datos muestran algo diferente. Si la mayoría de los jóvenes que trabajan no consigue hacerlo bajo condiciones de formalidad, el problema no está solamente en sus capacidades o en su formación. Está en un mercado laboral que ofrece cada vez menos empleos estables y con derechos.
Para una persona de 18, 20 o 24 años, comenzar la vida laboral mediante changas, trabajos informales, plataformas o empleos sin estabilidad implica postergar proyectos fundamentales: independizarse, acceder a una vivienda, estudiar, formar una familia o simplemente contar con un ingreso que permita vivir dignamente. La precarización no es solamente una condición laboral. Es una forma de condicionar el futuro.
Una generación atravesada por la precarización
El deterioro del empleo juvenil también debe ser relacionado con las transformaciones que atraviesa el conjunto del mercado laboral. Durante los últimos años crecieron las formas de contratación precarias, el trabajo informal y las actividades de plataformas. El resultado es que cada vez más jóvenes deben aceptar condiciones que hace algunas décadas hubieran sido consideradas excepcionales.
La juventud aparece así como uno de los sectores más vulnerables frente a la pérdida de derechos. Menos antigüedad, menor capacidad de negociación y necesidad de conseguir el primer empleo conforman una combinación que facilita que los empresarios impongan peores condiciones. El mensaje implícito es brutal: para conseguir experiencia hay que aceptar precariedad.
La reforma laboral no es la solución
Este panorama adquiere especial importancia frente a los proyectos de reforma laboral impulsados por el gobierno de Javier Milei. El argumento oficial sostiene que flexibilizar las condiciones de contratación permitiría generar más puestos de trabajo, especialmente entre los jóvenes.
Pero la experiencia indica que la flexibilización no garantiza empleos de calidad. Por el contrario, cuando se reducen las protecciones laborales, quienes tienen menor poder de negociación son los primeros en quedar expuestos. Y los jóvenes están precisamente en esa situación.
No hay que aceptar la falsa elección entre desempleo o precarización. El derecho al trabajo debe significar empleo registrado, salario digno, estabilidad, cobertura de salud, aportes jubilatorios, vacaciones y organización sindical.
El problema no es la juventud
Hay una cuestión política que tampoco puede perderse de vista. Cuando un joven no consigue empleo formal, el problema suele presentarse como una falla individual: no tiene experiencia, no estudió lo suficiente, no se capacitó o no buscó correctamente.
Pero ¿qué ocurre cuando siete de cada diez jóvenes están fuera del empleo formal? Ya no estamos frente a problemas individuales. Estamos frente a una crisis estructural del mercado laboral.
Una economía que no genera empleos formales para quienes comienzan su vida laboral está hipotecando su propio futuro. Porque detrás de cada joven precarizado existe una persona que no puede proyectar.
Trabajar y seguir siendo pobre
Además, conseguir un empleo tampoco garantiza automáticamente salir de la pobreza. La combinación de salarios bajos, informalidad y trabajos inestables genera una situación en la que muchos jóvenes deben trabajar largas jornadas y, aun así, no logran alcanzar la independencia económica.
El fenómeno se vuelve todavía más grave cuando el primer empleo funciona como puerta de entrada a una trayectoria laboral marcada por la precariedad. El primer trabajo puede terminar determinando el resto de la trayectoria.
Si la entrada al mercado laboral se produce mediante empleos informales y mal remunerados, las posibilidades de acceder posteriormente a mejores puestos también se reducen.
¿Qué propone la izquierda?
Frente a este escenario, la respuesta no puede ser reducir derechos para hacer más “atractiva” la contratación juvenil. Hay que discutir qué tipo de economía y qué tipo de empleo queremos construir.
Desde el MST planteamos reducir la jornada laboral sin reducción salarial para repartir el trabajo existente, impulsar un plan de obras públicas y viviendas que genere empleo genuino, fortalecer la industria nacional y garantizar que toda nueva contratación sea registrada y bajo convenio colectivo.
También es necesario terminar con los mecanismos que utilizan a los jóvenes como mano de obra barata: pasantías eternas, contratos basura, tercerización y falsas formas de cuentapropismo. El Estado debe garantizar además una primera experiencia laboral formal, estable y con derechos, y no utilizar a los jóvenes como mano de obra precarizada. Porque no hay ninguna razón para aceptar que una generación tenga que elegir entre no conseguir trabajo o trabajar sin derechos.
Una generación que tiene derecho a futuro
Los números del estudio de la UCA deberían servir para discutir algo mucho más profundo que las estadísticas de empleo. ¿Qué futuro le está ofreciendo la Argentina a sus jóvenes?
Mientras el Gobierno insiste con reformas destinadas a reducir costos laborales para las empresas, la realidad muestra que quienes ingresan al mercado laboral ya lo hacen desde una posición profundamente desigual.
La crisis laboral juvenil no se resuelve haciendo más barato despedir, reduciendo indemnizaciones o debilitando convenios colectivos. Se resuelve creando trabajo genuino, registrado y con salarios que permitan vivir.
Porque una sociedad en la que siete de cada diez jóvenes quedan afuera del empleo formal no está ofreciendo libertad ni oportunidades. Está condenando a una generación a la precariedad.

