Este artículo fue extraído del sitio web de la Liga Internacional Socialista
No han pasado ni cinco meses desde el llamado «alto el fuego» en Gaza -que, en realidad, no supuso más que una ralentización temporal del genocidio o limpieza étnica palestina- y, una vez más, las llamas de la guerra han estallado en Medio Oriente.
Se trata de una guerra cuya potencial devastación podría eclipsar todas las guerras y conflictos armados anteriores en la región. El tipo de destrucción presenciada en Irak, Libia y Siria se cierne ahora sobre Irán. Mientras tanto, a poca distancia, la destrucción causada por el conflicto entre Pakistán y Afganistán no cesa.
Según la hora local de Teherán, el ataque conjunto estadounidense-israelí contra Irán comenzó a las 9:45 de la mañana del sábado 28 de febrero. Sin embargo, en menos de veinticuatro horas, casi todos los Estados del Golfo se vieron arrastrados a la línea de fuego, y la crisis envolvió a toda la región. Las pérdidas humanas y materiales podrían ser catastróficas, no sólo para Medio Oriente, sino para todo el mundo. El transporte aéreo ya se ve gravemente afectado en todo el mundo. Las aerolíneas de Medio Oriente han cancelado más de mil vuelos, dejando a decenas de miles de pasajeros varados en los aeropuertos.
Al momento de escribir este artículo, Estados Unidos e Israel han atacado más de treinta emplazamientos en más de una docena de ciudades, entre ellas Teherán, Qom, Ispahán y Shiraz. Estos objetivos incluyen instalaciones militares clave, residencias de altos cargos del gobierno y oficinas estatales. Según los informes, en la ciudad de Minab fue bombardeada una escuela de niñas, donde murieron más de cien civiles, muchos de ellos estudiantes inocentes. También fue atacada una escuela en Teherán. Según la Media Luna Roja, más de doscientas personas han muerto hasta ahora en los ataques estadounidense-israelíes.
También se ha informado de la muerte de importantes figuras militares, como el comandante en jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, Mohammad Pakpour, y el secretario del Consejo de Defensa de Irán, Ali Shamkhani. Sin embargo, es muy probable que esto sólo sea el principio de un asalto imperialista y de un derramamiento de sangre que podría prolongarse durante días o incluso semanas.
Además del bombardeo físico, las infraestructuras, los sitios web gubernamentales y los sistemas de comunicación relacionados con la seguridad de Irán fueron objeto de continuos ciberataques. El sitio web del medio de comunicación estatal iraní Press TV salió del aire en repetidas ocasiones. De hecho, el sistema de Internet del país quedó prácticamente paralizado. El principal objetivo parece ser interrumpir las comunicaciones internas del ejército iraní y de la Guardia Revolucionaria. Israel lo describió como el mayor ciberataque de su historia.
El acontecimiento más importante desde el estallido de la guerra ha sido el asesinato del Líder Supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei. Las autoridades iraníes lo negaron inicialmente, pero el Consejo Supremo de Seguridad Nacional confirmó ahora que murió en el atentado mientras trabajaba en su despacho el sábado por la mañana. Las imágenes por satélite ya habían indicado graves daños en partes del complejo de la Casa de los Dirigentes en Teherán. En un comunicado, la agencia de noticias Tasnim, afiliada a los Guardianes de la Revolución, declaró que «el martirio de Jamenei en su despacho demuestra que los rumores de que se escondía formaban parte de la guerra psicológica del enemigo». Su muerte representa un duro golpe para el régimen iraní, aunque es posible que los dirigentes se hayan preparado mental y administrativamente para tales contingencias.
Sin embargo, el ayatolá Jamenei no era sólo un líder político. También era una autoridad religiosa venerada por millones de musulmanes chiíes de todo el mundo. Más allá de Irán, la población chií es mayoritaria en Azerbaiyán, Bahréin e Irak. Casi la mitad de la población de Líbano y Yemen es chií. En Kuwait, Turquía, Arabia Saudí, Siria, Afganistán y Pakistán, los chiíes constituyen minorías importantes, que oscilan aproximadamente entre el 15% y el 30% de sus respectivas poblaciones. En muchos de estos países, las comunidades chiíes han sufrido ataques, discriminación estatal o represión, lo que contribuye a una larga historia de tensiones entre suníes y chiíes y de levantamientos chiíes.
En este contexto, el asesinato de Jamenei podría enardecer a millones de seguidores y desencadenar rebeliones chiíes o actos de militancia individual. Esta era una de las principales razones por las que los Estados del Golfo se habían mostrado muy recelosos ante un ataque estadounidense contra Irán y la posibilidad de que el Ayatolá fuera el objetivo.
Ahora mismo, los informes indican que en Karachi los manifestantes que protestaban contra el asesinato de Jamenei han asaltado el consulado estadounidense. La policía -y, según algunos informes, los marines estadounidenses- abrieron fuego, matando al menos a ocho personas. Al parecer, continúan los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes, y las protestas se extienden a otras ciudades del país. Estos disturbios podrían extenderse al sur de Asia y a Medio Oriente, añadiendo una nueva y compleja dimensión a una situación ya, de por sí, volátil.
Incluso dejando a un lado el factor religioso, la reacción inmediata y las consecuencias indirectas de esta guerra podrían desencadenar protestas y levantamientos masivos, como ya hemos visto anteriormente en respuesta a los acontecimientos de Gaza.
En respuesta al ataque estadounidense-israelí, Irán no sólo ha atacado a Israel, sino también a todos los Estados del Golfo que albergan bases militares estadounidenses -incluida Arabia Saudí- mediante oleadas de drones y misiles. Al parecer, la mayoría de estos proyectiles están siendo interceptados en pleno vuelo por los sistemas de defensa antiaérea estadounidenses. Sin embargo, a pesar de su sofisticación tecnológica y su enorme costo, estos sistemas nunca podrán ser eficaces al cien por cien.
Además, tras la Guerra de los Doce Días del año pasado contra Israel, Irán ha perfeccionado tanto el diseño de sus misiles como sus tácticas operativas. Como resultado, el cuartel general de la Quinta Flota estadounidense en Bahréin fue atacado con éxito. También circulan informes y vídeos de ataques exitosos contra instalaciones estadounidenses en Qatar, incluido un sistema de radar avanzado y extremadamente caro. Según el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), ha lanzado ataques a gran escala con misiles y aviones no tripulados contra bases estadounidenses en toda la región, alcanzando 27 instalaciones estadounidenses.
También se han producido ataques contra el portaaviones estadounidense Abraham Lincoln, la base aérea israelí de Tel Nof, el cuartel general del ejército israelí en HaKirya (Tel Aviv) y un importante complejo industrial de defensa. Aunque estas afirmaciones bélicas son a menudo exageradas, suelen contener al menos algún elemento de verdad. Por ejemplo, Estados Unidos ha reconocido hasta ahora la muerte de tres de sus soldados y heridas graves a otros cinco. Mientras tanto, informes indican que nueve civiles israelíes murieron tras el impacto de un misil iraní en la ciudad de Beit Shemesh.
Tras la confirmación de la muerte de Jamenei, la Guardia Revolucionaria anunció una nueva fase de ataques contra Israel y las bases estadounidenses. Sin embargo, Irán no ha limitado sus ataques únicamente a instalaciones militares. También ha atacado aeropuertos de importancia internacional, grandes edificios y hoteles de lujo en Dubai, Abu Dhabi, Kuwait, Bahréin, Qatar e Irak.
Por un lado, esto refleja la estrategia iraní de agotar gradualmente los sistemas de defensa aérea estadounidenses en la región obligándoles a disparar grandes cantidades de costosos misiles defensivos en respuesta a drones y proyectiles de corto alcance relativamente baratos. En otro nivel, sirve como seria advertencia del régimen iraní: en caso de amenaza existencial, está preparado para generar la máxima destrucción e inestabilidad en toda la región.
En este contexto no se puede ignorar a los grupos armados alineados con Irán, como Hezbolá en Líbano, Ansarallah (los Houthis yemeníes) y numerosas pequeñas milicias en Siria e Irak. Aunque estos grupos se han debilitado significativamente en los últimos años debido a los sucesivos ataques israelíes, los asesinatos de líderes y el colapso del gobierno de Bashar al-Assad, y en la actualidad se basan más en la retórica que en la acción, conservan la capacidad de crear serias complicaciones para las fuerzas estadounidenses y sus aliados mediante la apertura de frentes adicionales.
Tras el ataque contra Irán, los Houthis anunciaron formalmente la reanudación de las operaciones militares contra Estados Unidos e Israel. Podrían operar principalmente de tres formas: interrumpir la navegación comercial en el mar Rojo y el estrecho de Bab al-Mandab, atacar activos navales estadounidenses, lanzar ataques con misiles contra Israel y atacar bases militares y portaaviones estadounidenses en la región. Poseen misiles balísticos y de crucero de medio alcance, drones y capacidades navales, que ya han desplegado anteriormente en operaciones contra Israel y otros países. Lo mismo puede decirse de Hezbolá y grupos similares. Aunque debilitados, su supervivencia tras la caída de Assad está ahora estrechamente ligada al destino del régimen iraní. Esta guerra es una cuestión de vida o muerte para ellos también.
Durante décadas, Irán ha amenazado con cerrar el estrecho de Ormuz en caso de agresión estadounidense. Tal vez por primera vez, esa amenaza parece materializarse. En la noche del 28 de febrero, la marina iraní anunció que no se permitiría a ningún buque transitar por el estrecho. Por este paso marítimo de 33 kilómetros de largo y unos tres de ancho transita aproximadamente entre el 20% y el 25% de los envíos mundiales de petróleo y alrededor del 30% de los suministros mundiales de gas. Casi 90 buques lo atraviesan a diario (unos 33.000 al año). El 80% del petróleo transportado por esta ruta se destina a los mercados asiáticos. China importa aproximadamente la mitad del petróleo que necesita a través de Hormuz, India alrededor del 60%, Corea del Sur el 70%, Pakistán el 80% y Japón el 90%.
El problema no afecta sólo a los países importadores. Arabia Saudí, Qatar, Kuwait e Irak exportan alrededor del 90% de su petróleo y gas por esta ruta. Estas cifras bastan para hacerse una idea de la gravedad de la potencial escasez, déficit de suministro de petróleo en los países importadores y caída de los ingresos en los exportadores, si el estrecho permanece cerrado. Esta es otra de las razones por las que los países del Golfo querían evitar esta guerra.
Además, no es difícil imaginar las consecuencias económicas mundiales de esta escasez masiva de petróleo en grandes economías como China (la segunda economía mundial por PBI y la mayor en fabricación), Japón e India.
Incluso antes de que comenzaran las hostilidades, los precios del petróleo habían tendido al alza debido a los crecientes riesgos de guerra. Ahora, los precios del crudo podrían pasar de 73 dólares por barril a 100 o incluso 150 dólares. Para una economía mundial que ya lucha contra el estancamiento y la inflación (estanflación), esto es señal de más destrucción y crisis. Su primera expresión aparecerá probablemente en los mercados bursátiles cuando vuelvan a abrir el lunes, después de que el capital huya rápidamente hacia activos relativamente seguros como el oro, seguido de fuertes caídas que podrían dar por tierra con billones de dólares en valor de mercado.
También existe la alarmante posibilidad de que Arabia Saudí, Qatar y otros se vean obligados a entrar directamente en la guerra para reabrir el estrecho de Ormuz. Algunos analistas sugieren que el gobierno de Trump podría incluso haber calculado este escenario -buscando provocar a Irán para que cierre el estrecho con el fin de presionar a China. Cabe señalar que, como medida extrema, Irán también podría atacar las infraestructuras petroleras de los Estados del Golfo, un escenario potencialmente aún más catastrófico que una mera interrupción de las rutas de suministro.
Otra elemento económico de esta guerra tiene que ver con el daño a la reputación de los Estados del Golfo como centros de inversión y turismo. Estos países son importantes centros de actividad económica, mercados financieros, inversión mundial, turismo y viajes. Su principal promesa al mundo ha sido: instala tus oficinas aquí, viaja, invierte- tu vida y tu propiedad estan aseguradas. Sus ciudades figuran entre las más concurridas del mundo, con modernas infraestructuras, vibrantes distritos y complejos comerciales, y lugares de ocio.
La exposición de estos centros supuestamente seguros del capital mundial a bombas, misiles y caos tendrá consecuencias de largo alcance. Incluso a corto plazo, sus economías sufrirán gravemente. Si persiste la inestabilidad, puede producirse una fuga de capitales a gran escala, y las perspectivas de inversión futura podrían disminuir considerablemente.
Esta guerra puede marcar el comienzo de profundas transformaciones en toda la región.
Existe otra complejidad que vale la pena mencionar: si, hipotéticamente, el actual régimen iraní fuera sustituido por un gobierno más liberal o alineado con Occidente, el petróleo iraní inundaría los mercados mundiales de forma masiva, un escenario difícilmente favorable para los Estados productores de petróleo del Golfo. Por tanto, aunque estos Estados mantienen su hostilidad hacia Irán (especialmente Arabia Saudí), tanto la inestabilidad asociada a los esfuerzos por derrocar al régimen iraní como las implicaciones económicas posteriores al cambio de régimen son motivo de preocupación.
El dirigente militar prusiano (alemán) del siglo XIX Helmuth von Moltke observó una vez con gran perspicacia que, una vez que se dispara el primer tiro, toda planificación bélica previa se derrumba. La guerra desarrolla su propia lógica. Puede iniciarse a voluntad, pero no terminarse a voluntad. Incluso los ejércitos más poderosos y aparentemente invencibles de la historia se han enfrentado a este tipo de dilemas. Esto no resta importancia a la planificación previa. Pero si esa planificación ya está viciada por la precipitación, la ambigüedad o la superficialidad, la probabilidad de derrota se multiplica, llegando a ser a veces inevitable. La arrogancia también ha resultado a menudo fatal.
Vietnam, Afganistán (y en gran medida Irak) son ejemplos del fracaso y la humillación de las ambiciones imperialistas estadounidenses. Estas derrotas deben entenderse en relación con el declive económico, industrial e ideológico más amplio del imperialismo estadounidense.
Con respecto a la guerra de Irán, observadores serios y responsables políticos dentro de los círculos imperialistas creen que a pesar de reunir la mayor concentración de poder militar estadounidense en Medio Oriente desde la guerra de Irak, Trump carece de un objetivo o estrategia claros. Incluso hay indicios de malestar dentro del ejército estadounidense. Han circulado informes sobre las dudas del jefe del Estado Mayor Conjunto de EEUU, el general Dan Caine, y sus advertencias a Trump.
Según los informes, sus preocupaciones se basan en realidades concretas:
- Los arsenales de misiles estadounidenses -incluidos los sistemas Patriot y THAAD- ya se agotaron debido a los repetidos enfrentamientos con Israel y a su uso continuo en la guerra de Ucrania. Una guerra con Irán podría reducir estos inventarios a niveles peligrosamente bajos, comprometiendo seriamente la capacidad de Estados Unidos para defender a los aliados regionales o enfrentarse a China o Rusia. Esta escasez también refleja debilidades industriales y económicas más profundas del imperialismo estadounidense.
- Una campaña militar contra Irán no sería tan sencilla como las operaciones en Venezuela. Podría provocar importantes bajas estadounidenses.
- Neutralizar el programa de misiles iraní requeriría cientos -posiblemente miles- de ataques, lo que enredaría a Estados Unidos en un conflicto prolongado y muy complejo.
- La mayoría de los aliados árabes no desean involucrarse y pueden negarse a permitir que su espacio aéreo o territorio sea utilizado para ataques estadounidenses. Esto también debe verse en el contexto más amplio de la parálisis de la OTAN, las fracturas internas dentro del imperialismo occidental y -a diferencia de las guerras anteriores- el creciente aislamiento estadounidense debido a lo que Trump ha estado haciendo desde que llegó al poder. En la actualidad, Estados Unidos e Israel parecen estar enjuiciando esta agresión en gran medida solos. Los aliados de la OTAN no han ido más allá de un apoyo retórico ligado a llamamientos a la moderación y las negociaciones. España y Noruega se han opuesto abiertamente al ataque estadounidense. Mientras tanto, incluso el país del «mariscal de campo favorito» de Trump lo ha condenado enérgicamente.
Algunos observadores sugieren que los publicitados problemas que rodean al USS Gerald R. Ford -incluido su lento despliegue e incluso informes sobre el mal funcionamiento de los aseos- pueden reflejar el malestar subyacente en el estamento militar estadounidense y las dudas del Pentágono respecto a esta guerra.
China y Rusia, como de costumbre, se han limitado a condenar verbalmente la agresión estadounidense. En las condiciones actuales, cabe esperar de ellos, a lo sumo, formas indirectas y pasivas de ayuda a Irán. La fuerza motriz de su política exterior no es ni la solidaridad de clase ni el antiimperialismo, sino sus propios intereses imperialistas. Rusia sigue empantanada en Ucrania, mientras que en China, Xi Jinping parece preocupado por remodelar y purgar su cúpula militar. En cualquier caso, China no tiene actualmente ningún deseo de verse envuelta en una guerra.
Un análisis desde una perspectiva estratégica sobre las declaraciones de guerra pronunciadas por Trump y Netanyahu también es esencial. Aunque ambos discursos crearon la impresión de que su objetivo era el cambio de régimen en Irán, su cuidadosa elección de palabras la mantuvo abiertas a otras opciones.
El discurso de Trump fue especialmente burdo en el sentido de que tuvo que justificar el ataque a Irán invocando sucesos de hace décadas -la toma de la embajada estadounidense en Teherán en 1979, el ataque a las tropas estadounidenses en Beirut en 1983, etc.- junto con referencias a la represión interna del régimen iraní. Como si, durante los dos últimos años, hubieran estado regando flores sobre Gaza, y como si sus campañas militares que han devastado países enteros estuvieran motivadas por una preocupación humanitaria.
Trump declaró: «Vamos a destruir sus misiles y arrasar su industria de misiles. Será totalmente aniquilada de nuevo. Vamos a aniquilar su armada… Y nos aseguraremos de que Irán no adquiera un arma nuclear. Este régimen pronto aprenderá que nadie debe desafiar la fuerza y el poder de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos«. Merece la pena destacar estas palabras. Trump habla de dar una lección al régimen iraní. Más adelante en el discurso, reconoce la posibilidad de que se produzcan bajas estadounidenses y pide efectivamente al público que esté mentalmente preparado para ellas. Esto es significativo en varios aspectos.
En primer lugar, Trump teme claramente que esta guerra no sea fácil y que Irán pueda responder con contundencia. En segundo lugar, reconoce que las tropas terrestres estadounidenses pueden ser necesarias en última instancia. En tercer lugar, y quizás lo más importante, llegó al poder con la promesa de no arrastrar a Estados Unidos a más guerras, en medio de un profundo cansancio público por las interminables intervenciones militares. Así que ahora parece preocupado por la reacción interna que se produciría tras el regreso de los soldados estadounidenses en ataúdes.
Para concluir, hizo el absurdo llamamiento a las fuerzas armadas, la Guardia Revolucionaria y la policía iraníes para que se rindieran, y al pueblo iraní para que se levantara contra su gobierno: «Cuando hayamos acabado, tomad vuestro gobierno…». En otras palabras, incluso en la propia formulación de Trump, el gobierno iraní seguiría existiendo después de que Estados Unidos e Israel hayan terminado de atacar a Irán. Como muchas de sus empresas, esta guerra y su declaración reflejaban su personalidad volátil, intolerante y poco seria, así como una incertidumbre fundamental sobre el resultado de la guerra.
Netanyahu, en su propia declaración, describió la llamada Operación «Rugido de León» de Israel como destinada a poner «fin a la amenaza del régimen de los ayatolás en Irán«. De nuevo, la redacción es reveladora: no eliminar el régimen en sí, sino eliminar las amenazas que plantea. Añadió que la operación continuaría «mientras sea necesario». Y lo que es más importante, respecto al cambio de régimen, esencialmente se hizo eco de la fórmula de Trump: «Junto con Estados Unidos, golpearemos duramente al régimen terrorista y crearemos las condiciones que permitan al valiente pueblo iraní deshacerse del yugo de este régimen asesino.«
Al igual que Trump, Netanyahu se mostró cauteloso ante las represalias iraníes y la posible reacción de la sociedad israelí ante unos contraataques sostenidos. Hizo un llamamiento a los ciudadanos israelíes para que afronten los «días difíciles que se avecinan» con paciencia y resistencia.
A juzgar por la retórica de estos dos belicistas, parece que su estrategia central se basa en la posibilidad extremadamente remota de que lo que normalmente requiere una invasión y ocupación terrestre sea logrado por el propio pueblo iraní. O tal vez les es indiferente lo que llene el vacío que pueda surgir de la fragmentación del régimen iraní, incluso si Irán desciende a condiciones parecidas a las de Irak, Libia o Siria, sumiendo a toda la región en una inestabilidad y un caos más profundos y condenando a millones de personas a la muerte, el desplazamiento, el hambre, la migración y la humillación sin fin.
Un tercer resultado posible podría parecerse al modelo venezolano, o al menos a un intento de diseñarlo. En escritos anteriores hemos destacado las graves debilidades del sistema de contrainteligencia iraní, las amplias redes del Mossad que operan en el país y las contradicciones internas del Estado iraní. La facilidad y precisión con la que los líderes iraníes han sido seleccionados y eliminados -y siguen siendo eliminados- sería imposible sin la facilitación desde dentro.
No se puede descartar la posibilidad de que ciertas facciones del régimen iraní hayan llegado a un entendimiento con Estados Unidos, allanando el camino para una configuración gubernamental más aceptable internacionalmente. El «éxito» percibido de las operaciones en Venezuela puede haber envalentonado a los estrategas estadounidenses. Sin embargo, este tipo de operaciones no pueden repetirse en todas partes con la misma rapidez y facilidad. Los elementos de línea dura dentro del Estado iraní -y no faltan- podrían oponerse, lo que podría desembocar en un enfrentamiento o incluso en una guerra civil.
Se puede extraer una analogía histórica parcial del colapso de la Unión Soviética, cuando -a pesar de la grave decadencia económica e ideológica- los elementos estalinistas de línea dura intentaron un esfuerzo poco entusiasta pero armado y violento para preservar el orden existente.
Israel y Estados Unidos parecen haber calculado que el régimen iraní se encuentra actualmente en una posición debilitada: lidiando con una profunda crisis económica, enfrentándose a las secuelas de la brutal represión de los manifestantes hace tan sólo unas semanas y sufriendo aún daños estructurales en su aparato de defensa por su anterior guerra con Israel. Por ello, creen que no debe desaprovecharse la oportunidad.
Lo que ocurra en los próximos días está por ver. Pero estas condiciones -e incluso la muerte de Jamenei- no implican automáticamente el colapso del Estado iraní. Ni siquiera la pérdida de varios altos mandos militares y políticos, como ahora parece posible, garantiza la desintegración. El resultado contrario es igualmente concebible, ya que hay indicios de que, en previsión de tales ataques, ya se ha establecido un mecanismo estructurado de sucesión, y que los asuntos militares y administrativos se han reorganizado de forma descentralizada. A diferencia del Irak de Sadam Husein o la Libia de Gadafi, la estructura estatal iraní -aunque diferente en muchos aspectos- se asemeja más a la de la Siria de Assad en términos de coherencia organizativa. También conserva ciertos fundamentos sociales. Además, está anclado ideológicamente -por muy religioso que sea- en narrativas de resistencia, aguante y perseverancia. Desde su creación, ha resistido crisis, sanciones, guerras y ataques externos. Por tanto, su resistencia y su capacidad de conflicto prolongado pueden superar las expectativas de sus adversarios imperialistas.
También desde el punto de vista militar, aunque la fuerza aérea iraní es prácticamente insignificante, estimaciones prudentes sugieren que posee unos 3.000 misiles de largo alcance capaces de alcanzar Israel, y decenas de miles de misiles de medio alcance capaces de alcanzar objetivos en países vecinos. Además, cuenta con un gran número de aviones no tripulados de diversos tipos, muchos de producción nacional y exportados al extranjero.
La fabricación de algunos de estos misiles y aviones no tripulados es relativamente barata, mientras que los interceptores estadounidenses utilizados para derribarlos son extremadamente costosos. Así, muchos proyectiles iraníes se lanzan no necesariamente para atacar objetivos directamente, sino para saturar y abrumar los sistemas de defensa aérea estadounidenses e israelíes, obligándoles a gastar tantos interceptores como sea posible. Para Washington, esto supone un serio desafío.
Como ya se ha señalado, durante el conflicto Irán-Israel del año pasado, se agotaron aproximadamente el 25% de las reservas estadounidenses de misiles THAAD. Se observaron patrones similares con otros sistemas de misiles. Se dice que sólo en esos doce días Israel gastó en defensa interceptores por valor de 12.000 millones de dólares. Estos misiles no sólo son caros, sino que su producción requiere un tiempo considerable. De hecho, Estados Unidos puede tardar años en reponer incluso los niveles de uso del año pasado.
Visto también desde esta perspectiva, esta guerra podría convertirse en un importante quebradero de cabeza estratégico para Washington, a menos que los arsenales de misiles iraníes sean destruidos a gran escala sobre el terreno. Pero eso, en sí mismo, está lejos de ser una tarea fácil.
Es igualmente importante subrayar que la desilusión popular con el régimen clerical de Irán no se traduce automáticamente en apoyo a Estados Unidos o en voluntad de unirse en torno a una figura despreciable y aduladora como Reza Pahlavi. Y menos en unas condiciones en las que se erigen en agresores extranjeros contra las masas iraníes, haciendo llover explosivos desde el cielo y matando a civiles inocentes.
Los estudiantes y trabajadores iraníes arrastran una orgullosa tradición de resistencia contra el imperialismo y de lucha por la transformación social revolucionaria. Esto deja igualmente claro que, aunque el Estado iraní se arrodillara o fragmentara bajo la presión, imponer un régimen títere o asegurar la ocupación imperialista no sería tarea fácil. Desde las fábricas y las universidades hasta las calles y los mercados, surgirían nuevas formas de resistencia, en forma de consignas, huelgas, protestas y, si fuera necesario, lucha armada.
El ataque a Irán se ha producido en un momento en el que estaban en curso las negociaciones sobre el programa nuclear. Tras las conversaciones concluidas en Ginebra el jueves 26 de febrero, había surgido una vaga pero tangible esperanza de que el asunto pudiera resolverse mediante el diálogo. Como lamentó tras el ataque estadounidense el ministro de Asuntos Exteriores de Omán, Badr bin Hamad -que había desempeñado el papel de mediador-, el compromiso había sido posible, pero se sabotearon las negociaciones serias. En un mensaje publicado en Twitter, expresó tanto impotencia como una sobria advertencia: «Ni los intereses de Estados Unidos ni la causa de la paz mundial están bien servidos por esto. Rezo por los inocentes que sufrirán. Insto a Estados Unidos a que no se deje arrastrar más. Esta no es su guerra».
Según algunos informes, Irán se habría mostrado incluso dispuesto a suspender el enriquecimiento de uranio durante varios años y a transferir el material ya enriquecido a un tercer país «neutral». Teherán lleva mucho tiempo utilizando su programa nuclear como moneda de cambio en las negociaciones con Washington: acelerando, ralentizando, deteniendo o reanudando las actividades según lo requieran las circunstancias.
Pero la cuestión ha ido ahora más allá de la cuestión nuclear. A la luz de los últimos acontecimientos, no sólo Israel sino también Estados Unidos perciben cada vez más el programa de misiles de Irán como una gran amenaza. Sin embargo, exigir el desmantelamiento de ese programa equivale a atar de pies y manos a Irán, tras lo cual se le podría abofetear a voluntad o ponerle un cuchillo en la garganta. En otras palabras, es una exigencia de rendición incondicional sin guerra. Por esta razón, a pesar de la insistencia estadounidense, Irán se ha negado categóricamente en las últimas negociaciones a hablar de sus capacidades de armamento convencional.
Desde esta perspectiva, es en gran medida acertado sugerir que Washington utilizó las negociaciones como un medio de ganar tiempo para preparar un ataque. Pero esto no es algo desconocido para Teherán, que probablemente utilizó el mismo periodo para preparar su propia respuesta.
Solo una semana después de inaugurar su llamado «Consejo de la Paz», Trump ha lanzado una gran guerra. Al hacerlo, ha señalado una vez más que desprecia todo el orden internacional liberal, incluidas las Naciones Unidas y la OTAN. El problema, sin embargo, es que un orden imperialista explotador está siendo sustituido por un desorden más explotador y destructivo.
Las guerras -no simples guerras, sino guerras de destrucción masiva, muerte e incluso genocidio- se están normalizando. Detrás de ellas se esconden no solo ambiciones imperialistas en el exterior, sino profundas crisis en el interior. La posición de Trump en Estados Unidos se debilita constantemente. Su nombre aparece decenas de miles de veces en los archivos Epstein. La economía estadounidense atraviesa dificultades. Los tribunales están anulando repetidamente sus acciones. Sus índices de aprobación siguen bajando. Las operaciones del ICE están generando una intensa ira y resistencia.
Al otro lado se encuentra el jefe del Estado sionista -un matón empedernido y criminal de guerra despiadado que se enfrenta a graves acusaciones de corrupción, soborno y fraude-, cuya supervivencia política parece cada vez más ligada a la apertura de una guerra tras otra.
Pero el problema no son sólo dos individuos. A su alrededor hay capas de figuras aún más despiadadas, codiciosas, viles, oportunistas, reaccionarias y autoritarias incrustadas en las estructuras estatales y gubernamentales, y por debajo de ellas, grupos sociales que sostienen y dan poder a tales fuerzas. Se trata de un reino de ignorancia y vulgaridad nacido del vientre putrefacto del capitalismo en descomposición, que se extiende de un país a otro.
Son heraldos de la ruina de la humanidad, generando condiciones que recuerdan a las presenciadas por última vez en la Alemania nazi. Si no se controla, el ciclo interminable de represión, guerra, devastación medioambiental y colapso económico arrastrará a la humanidad hacia la barbarie.
Como dijo Albert Einstein: «No sé con qué armas se librará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta Guerra Mundial se librará con palos y piedras». Lo que antes sonaba casi irónico ahora se lee como una grave advertencia.
Para evitar tales perspectivas catastróficas, es necesario abolir el sistema capitalista imperialista que conduce al mundo hacia el desastre. Armados con las ideas científicas del marxismo y del socialismo revolucionario -y con un claro programa clasista- debemos librar una implacable lucha ideológica, política y cultural contra el imperialismo y todo su sistema a todos los niveles y en todos los frentes.
Será una lucha larga, difícil y exigente.
Pero si no se combate, la aniquilación es segura.
Por Imran Kamyana

