Elecciones UBA. Sin conflicto el rectorado avanza y la izquierda retrocede

Durante la semana del 20 al 24 de abril se desarrollaron las elecciones estudiantiles para consejeros directivos y conducciones de Centro de Estudiantes en las 13 facultades de la Universidad de Buenos Aires. En medio de un ajuste brutal a la Universidad pública, los resultados muestran un fortalecimiento de las agrupaciones del rectorado (ligado a la UCR y sectores del PJ), un estancamiento del kirchnerismo universitario y una izquierda que retrocedió y no logró capitalizar la oportunidad abierta.

En el marco del mayor ajuste que la Universidad en años, el rectorado definió adelantar para abril las elecciones que suelen ser en octubre. El objetivo fue claro: evitar que el proceso electoral coincidiera con una eventual profundización del conflicto universitario, contener la organización estudiantil y, al mismo tiempo, bloquear el avance de las agrupaciones libertarias del gobierno nacional que podían disputar votos por derecha.

A su vez, este año se realizará la Asamblea Universitaria para elegir al nuevo rector. El adelantamiento electoral respondió a la necesidad del oficialismo de ordenar sus propias fuerzas y llegar fortalecido a esa instancia clave de rosca institucional.

Un rectorado que se fortalece administrando la contención

Con una orientación clara de contención del conflicto —por izquierda, desalentando cualquier proceso de lucha que pudiera escalar junto a docentes y no docentes, y por derecha, marcando límites a las expresiones libertarias—, las agrupaciones que responden al rectorado fueron las principales beneficiadas.

Con sus aliados, lograron conquistar centros de estudiantes como Veterinaria y Sociales y mejorar su representación en consejos directivos en facultades como Farmacia y Medicina.

En un contexto de baja conflictividad relativa, la combinación de gestión cotidiana, aparato institucional y una política de falsa oposición al gobierno de Javier Milei vuelve a demostrar su eficacia electoral. Esta orientación no es contradictoria, sino profundamente funcional: mientras discursivamente se posicionan en defensa de la educación pública, en los hechos administran el ajuste negociando migajas del presupuesto universitario con el gobierno nacional.

Un ejemplo claro es la convocatoria a una movilización el 12 de mayo. Lejos de ser el resultado de un plan de lucha sostenido, aparece como un gesto aislado luego de semanas en las que, previo a las elecciones, las conducciones del rectorado se limitaron a declaraciones formales, sin impulsar asambleas, movilizaciones o ninguna política real para unificar a los distintos claustros en defensa de la universidad pública.

Sin embargo, estos resultados no significan un giro a la derecha del movimiento estudiantil. Expresan un fenómeno más general: una despolitización relativa en amplios sectores del estudiantado.

En este marco, agrupaciones como Nuevo Espacio logran consolidarse no tanto por una adhesión ideológica, sino por presentarse como opciones de “gestión”, desdibujando su pertenencia política partidaria y evitando aparecer como parte de un proyecto con diputados y senadores que le vota todo a Milei

Esta dinámica les permite capitalizar escenarios de baja movilización, donde la ausencia de una alternativa clara y visible por izquierda deja el terreno libre para quienes administran el orden existente.

Peronismo: estancamiento, adaptación y límites para disputar

El peronismo, que en 2024 había tenido un crecimiento importante, no logró sostener ese impulso. Si bien retuvo conducciones en FADU, Exactas y Filosofía y Letras, su campaña se centró en la gestión administrativa, abandonando cualquier perspectiva de confrontación real frente al ajuste.

Este corrimiento tuvo costos claros:

  • En Sociales, el kirchnerismo perdió el centro frente a la UES, expresión de un peronismo no K alineado al rectorado, golpeado por el inmovilismo y acuerdos explícitos con el radicalismo en la conducción académica.
  • En Medicina, La Cámpora retrocedió perdiendo el consejero de minoría frente a un Nuevo Espacio fortalecido, con el que comparten alianzas políticas a nivel de la Ciudad. El caso de Claudia Negri que es legisladora del PJ en CABA y vicedecana, expone con claridad estos vínculos.

Pero más allá de estos retrocesos, el dato político de fondo es otro: Lejos de consolidarse, el peronismo mostró un escenario de estancamiento: retuvo posiciones, tuvo avances parciales como en Derecho, pero también retrocesos importantes, como la pérdida del centro de Sociales, sin lograr capitalizar el descontento frente al ajuste. 

Su mejor resultado relativo se dio en la Facultad de Derecho, donde logró crecer algunos puntos. Sin embargo, este avance parcial no alcanza a revertir la tendencia general.

Lejos de aparecer como una alternativa al oficialismo universitario, el peronismo, como lo hace a nivel nacional mostró sus límites para disputar la conducción del proceso político y terminó funcionando, en los hechos, como un complemento del esquema que dice cuestionar parándose como una oposición “responsable” siendo cómplice tanto del autoajuste de las autoridades como del propio gobierno de Milei.

Libertarios: un límite claro (por ahora)

Un dato relevante fue el retroceso de las agrupaciones libertarias. La expresión estudiantil del gobierno nacional no logró hacer pie y fue rechazada en la mayoría de las facultades donde se presentó.

Esto marca que, al menos por ahora, existe un límite social dentro de la universidad hacia quienes defienden el ajuste y el desfinanciamiento. Sin embargo, su presencia no debe subestimarse: forman parte de una estrategia más amplia de avance sobre la educación pública. En este sentido es importante el repudio de su presencia en nuestras casas de estudio, no solo con declaraciones sino de manera concreta como lo hemos hecho en reiteradas ocasiones en Medicina, Sociales y Derecho.

La izquierda: una oportunidad desaprovechada con claros responsables

En este escenario, la izquierda no logró estar a la altura del momento. La combinación de fragmentación electoral en varias facultades y la ausencia de una orientación política común hizo que se desaprovechara una oportunidad importante.

Es necesario decirlo con claridad: la principal responsabilidad de esta situación recae en el PTS (En Clave Roja), que volvió a priorizar su propia construcción por sobre la posibilidad de una intervención unificada de la izquierda que permita disputar centros de estudiantes.

La división en gran parte de la UBA no fue inevitable ni abstracta. Fue el resultado de una política consciente de diferenciación permanente y un hegemonismo sin base real, que ya se había expresado en los principales hitos del año. Se vio el 24 de marzo, al negarse a construir una plaza unitaria con Abuelas, Madres y Organismos de Derechos Humanos, y el 1° de Mayo, dividiendo la jornada internacional de la clase obrera con un acto propio en Ferro, cuando desde el MST y otras fuerzas del FIT-U propusimos una convocatoria común en Plaza de Mayo. Lamentablemente, esta misma orientación se trasladó al terreno estudiantil.

Apoyado en su peso dentro del FIT-U y en figuras como Myriam Bregman, el PTS impulsó listas propias en distintas facultades, debilitando la posibilidad de que la izquierda se presentara como una alternativa real frente al rectorado y el peronismo, y sobre todo como una fuerza unitaria para enfrentar el ajuste de Milei. Si no es en momentos de esta crueldad organizada, ¿cuándo se construye la unidad?

Esta política no solo fue equivocada en términos generales, sino que tuvo consecuencias concretas. Allí donde el PTS decidió ir en soledad, como en Medicina y Psicología, pagó un costo político claro: las listas unitarias impulsadas por el MST y el Partido Obrero lograron superarlo, demostrando que existía otra orientación posible y más efectiva.

Estos resultados no son menores. Refuerzan una conclusión de fondo: la fragmentación no fortalece identidades, debilita al conjunto de la izquierda frente a sus adversarios.

En este marco aparece un problema más profundo: la dinámica de disputa fraccional por espacios y lugares en las listas, que termina operando como un verdadero factor de fragmentación. La pelea por hegemonizar sin una base real —incluso en escenarios de retroceso— no fortalece a ninguna fuerza en particular, sino que erosiona la posibilidad de construir una alternativa común.

Lejos de ordenar a la izquierda, esta lógica de competencia permanente termina derivando en una dinámica fratricida que la debilita frente a sus adversarios

Sin embargo, reducir el problema únicamente a la fragmentación sería insuficiente. Esto se expresó con claridad en el caso de Facultad de Filosofía y Letras, donde la izquierda se presentó de manera unitaria y aun así retrocedió respecto a 2024. Este dato muestra que el problema también es político y metodológico: incluso con unidad, si no hay una propuesta que logre ampliar y renovar la base estudiantil, la izquierda tiende a retroceder.

En este marco, el Partido Obrero tiene también una responsabilidad significativa al perder el último centro de estudiantes que dirigía, marcando el cierre de un ciclo y la necesidad de una revisión autocrítica de su orientación.

Otros espacios como el Nuevo MAS, con una política sistemáticamente por fuera de cualquier construcción común y particularmente en Filo con métodos burocráticos, estalinistas y macartistas que acumula decenas de denuncias de amenazas, abusos, hostigamiento permanente, violencia machista y contra las disidencias con una lógica nefasta totalmente alejada de un método sano para el movimiento estudiantil la cual le abre paso a la ultraderecha como fuimos testigos estos días en redes sociales, donde los fachos se suman a la campaña de violencia del Ya Basta. Con estos métodos volvieron a quedar al margen de los debates principales retrocediendo en Psicología, Sociales, Medicina y Derecho. 

Una orientación para reconstruir una alternativa 

Frente a este panorama, desde nuestras agrupaciones impulsamos otra orientación. Desde el inicio del proceso planteamos la necesidad de convocar a plenarios abiertos en todas las facultades para construir listas unitarias con independencia política real, integrando a activistas independientes y superando la lógica de acuerdos de aparato.

El caso de Sociales es ilustrativo. Mientras el PTS y el resto de las fuerzas se negaron a avanzar en este camino, no sólo bloquearon la posibilidad de una construcción común, sino que además nos expulsaron del frente. Lejos de replegarnos, decidimos dar la pelea igual: nos presentamos con una lista propia, instalando el debate de fondo —¿con qué método se construye la izquierda?— haciendo una muy buena elección superando a los libertarios y logrando instalación para sembrar a futuro.

Esta práctica no fue solo electoral, sino profundamente política. Apostamos a construir una izquierda basada en la democracia estudiantil, la participación desde abajo y un programa común para enfrentar el ajuste. Lo hacemos cotidianamente, por ejemplo, con la olla popular, que hoy se consolida como uno de los pocos espacios reales de autoorganización estudiantil en la facultad. En definitiva, se trata de impulsar una nueva cultura de la izquierda, a la altura del momento político nacional e internacional.

La izquierda aún no logra consolidarse como una referencia política estable para amplios sectores del estudiantado más allá de los momentos de alta conflictividad. En contextos donde el conflicto no termina de estallar, esta debilidad se vuelve más evidente y la fragmentación se paga más caro. Lejos de clausurar una etapa, este escenario abre un desafío enorme para nuestra generación.

Desde La Marea, Tesis XI, Inconciente Colectivo, La Colectiva y la Red Ecosocialista estamos convencidos de que es necesario dar un paso más: construir una alternativa estudiantil de peso, un gran movimiento en defensa de la educación pública que reúna a todos los luchadores y activistas que quieren pelear en serio, incluso a aquellos que hoy no se sienten parte de ninguna organización.

Tenemos la responsabilidad de impulsar un reagrupamiento amplio de la vanguardia estudiantil: unitario, diverso, de izquierda, democrático y no sectario. Terminar con la lógica de la rosca y el aparateo no solo es necesario: es posible. Y ya estamos dando esa pelea.

La izquierda que viene no se construye desde arriba: se construye desde abajo, en común y en lucha. Pero también exige un cambio metodológico y de perfil para enfrentar sin tibiezas a la burocracia estudiantil y volver a ser alternativa real para recuperar los centros de estudiantes.

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