Deuda que asfixia. La morosidad familiar se dispara y expone el costo social del ajuste

El endeudamiento de los hogares volvió a deteriorarse en febrero y ya alcanza niveles críticos. Detrás de los números, crece una realidad marcada por salarios en caída, crédito caro y familias que usan la deuda para sobrevivir.

Salarios en baja, deudas en alza

La morosidad de las familias volvió a subir en febrero y alcanzó el 11,2%, marcando el decimosexto mes consecutivo de aumento y cuadruplicando los niveles registrados a fines de 2024. El dato, elaborado a partir de información del Banco Central, confirma una tendencia alarmante: cada vez más hogares no logran cumplir con sus compromisos financieros.

El deterioro no es homogéneo: mientras la mora empresaria se mantiene relativamente estable, el golpe recae con fuerza sobre los hogares. En apenas un año, el incumplimiento pasó de niveles cercanos al 2,5% a cifras de dos dígitos, un salto que no se veía desde principios de los 2000.

Lejos de tratarse de un fenómeno financiero aislado, el crecimiento de la morosidad refleja una crisis más profunda: la pérdida del poder adquisitivo.

Con salarios que acumulan caídas reales y tasas de interés aún elevadas, el crédito dejó de ser una herramienta de consumo para transformarse en un salvavidas de corto plazo.

Cada vez más familias se endeudan para cubrir gastos básicos como alimentos, servicios o alquiler. El resultado es un círculo vicioso: se toma deuda para llegar a fin de mes y luego se vuelve impagable.

Jóvenes y jubilados, los más golpeados

El impacto del sobreendeudamiento no afecta a todos por igual. Entre los jóvenes, los niveles de morosidad rozan el 40%, mientras que en jubilados se multiplicaron en el último año, evidenciando cómo los sectores más vulnerables quedan atrapados en una dinámica de crédito caro y ingresos insuficientes.

Además, gran parte de las deudas en mora corresponden a montos relativamente bajos, lo que expone una realidad contundente: no se trata de grandes deudores, sino de trabajadores que ya no pueden sostener gastos cotidianos.

Un modelo que crece sin distribuir

El aumento de la morosidad ocurre en un contexto paradójico. Algunos indicadores macroeconómicos muestran recuperación, pero el crecimiento se concentra en sectores con bajo impacto en el empleo, como el agro o la energía.

Mientras tanto, el desempleo crece y los ingresos pierden contra la inflación, generando una economía dual: expansión en los números agregados y deterioro en la vida cotidiana.

La deuda como síntoma social

La suba de la morosidad no es un accidente sino una consecuencia directa del rumbo económico.

El ajuste sobre los ingresos, combinado con tasas elevadas y un sistema financiero que promueve el crédito de consumo, empuja a millones a endeudarse para sostener niveles mínimos de vida.

En este escenario, la deuda deja de ser una elección y se convierte en una imposición: una forma de financiar la supervivencia en un contexto donde el salario ya no alcanza.

Un límite cada vez más cerca

El crecimiento sostenido de la morosidad anticipa tensiones mayores. No solo compromete la estabilidad del sistema financiero, sino que también revela un deterioro social profundo.

Cuando pagar la tarjeta o un préstamo se vuelve imposible, lo que está en juego no es solo una variable económica: es la capacidad de las familias para sostener su vida cotidiana. Y ese, más que cualquier indicador, es el verdadero termómetro de la crisis.

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