La caída del poder adquisitivo, el endeudamiento de los hogares y el estancamiento salarial configuran un escenario de crisis social que se extiende. El consumo interno no repunta y deja al descubierto los límites de un modelo económico que ajusta sobre trabajadores y sectores populares.
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Cada vez más familias financian alimentos y bienes básicos con crédito, mientras crece la morosidad y se debilita el mercado interno.
En un contexto de deterioro sostenido de los ingresos reales, el consumo interno atraviesa uno de sus momentos más críticos. Lejos de mostrar signos de recuperación, los últimos indicadores confirman que la crisis económica no solo persiste, sino que se profundiza, impactando de lleno en los hogares trabajadores.
Las ventas en supermercados y comercios de cercanía continúan en retroceso, reflejando una realidad cotidiana cada vez más extendida: llegar a fin de mes se vuelve una tarea imposible sin endeudarse. Para sostener el consumo básico, una porción creciente de la población recurre a las tarjetas de crédito, transformando al financiamiento en una solución momentánea que, en muchos casos, deriva en un problema estructural.
Hoy, el 44% de las compras en supermercados se realiza con tarjeta de crédito, un dato que lejos de expresar una expansión del consumo evidencia la pérdida de capacidad de compra de los salarios. La consecuencia inmediata es el aumento de la morosidad y el agotamiento de los ahorros familiares, utilizados como último recurso para cubrir necesidades esenciales.
El escenario expone los efectos de una política económica basada en el ajuste, la contención salarial y la liberalización de precios. Mientras la inflación continúa erosionando los ingresos, los salarios y jubilaciones permanecen rezagados. El consumo, históricamente uno de los principales motores de la economía argentina, aparece paralizado.
La caída del consumo también golpea al entramado productivo. Las pequeñas empresas, dependientes del mercado interno, enfrentan menores ventas, mayores costos y un horizonte incierto. Sin demanda, la recuperación económica se vuelve inviable.
Esta situación no es coyuntural. Sin una recomposición real de los ingresos populares, la recesión tenderá a profundizarse y la desigualdad a ampliarse. El endeudamiento masivo de los hogares funciona como una señal de alarma: cuando el crédito reemplaza al salario, la crisis deja de ser un problema macroeconómico y se convierte en una emergencia social.


