Ya salió el número 863 del periódico impreso Alternativa Socialista, que podés conseguir en cualquier local del MST en el FIT-Unidad. El artículo que publicamos a continuación forma parte de esta edición.
Entre los días 26 y 29 de marzo se llevará a cabo en Porto Alegre, Brasil, una conferencia antifascista. La misma es organizada por los compañeros del MES-PSOL de ese país, junto a organizaciones del SU (IV) de diferentes países: el PT de Porto Alegre, el PCdB local, el movimiento de los sin tierra (MST) de esa región y otros sectores sindicales y sociales locales. Diferentes organizaciones y referentes de otros países también participarán como invitados. Lo mismo haremos desde el MST en el Frente de Izquierda, quienes hemos recibido la invitación a participar y asistiremos para plantear nuestras propuestas y opiniones sobre qué hacer frente al ascenso de nuevas fuerzas y gobiernos de extrema derecha en sentido neofascista. No debemos subestimarlas, por el contrario, tenemos que asimilar su peligrosidad, y a la vez tampoco debemos verlas como fenómenos invencibles. Hay muchas experiencias y debates en curso y una urgente necesidad de derrotar estos proyectos de ultraderecha. Dejamos en este trabajo algunas opiniones y propuestas al respecto.

Razones de un ascenso político extremo
En los últimos años, casi se ha empezado a ver con cierta naturalidad la llegada al gobierno —o la posibilidad de que puedan hacerlo— de fuerzas políticas de extrema derecha en diferentes países. Es un proceso que tiene sus orígenes o causas en la crisis previa de partidos y regímenes tradicionales, tanto en países centrales como en periféricos. Dicho de otro modo, la irrupción de personajes disruptivos al frente de fenómenos de ultraderecha en sentido neofascistas es un subproducto de la crisis más general del sistema capitalista mundial, desde la crisis general de 2008. También de la brutalidad del ajuste y corrupción con que fuerzas políticas históricas respondieron los años siguientes desde los gobiernos, y de la decepción que millones vivieron en ese período, abriéndose a la búsqueda de nuevas experiencias opuestas a todo lo anterior. El nuevo ascenso de esta ultraderecha, que logra en algunos países peso electoral en franjas de masas, hace parte de una situación internacional que tiene esta y otras características, como la polarización asimétrica en un proceso de lucha de clases -que resiste y enfrenta sus proyectos y a otros burgueses que gobiernan en el mundo- con fuertes expresiones en diferentes países, pero sin una dirección política con peso en las masas que se plantee una salida alternativa al capitalismo.
La existencia de expresiones encabezadas por Trump, Milei, Modi, Meloni, Bolsonaro, entre otros ejemplos, coloca en modo de urgencia política y social la necesidad de la clase trabajadora y la juventud de enfrentarlos y luchar por derrotarlos en la calle, para evitar que avancen con sus planes de ataque directo a derechos sociales y democráticos. Se vuelve evidente que su programa es liquidar derechos obreros y populares, facilitar las ganancias del poder económico corporativo imperialista más concentrado, y solidificar regímenes mucho más autoritarios como sostén represivo indispensable para el desarrollo de sus planes de fondo ultrarreaccionarios. A lo cual hay que sumar a Netanyahu, con su gobierno y régimen de características fascistas, con genocidio y limpieza étnica contra el pueblo palestino.

Es en este contexto que surge la necesidad imperiosa de debatir a fondo cómo enfrentarlos y derrotarlos, y de ubicar la importancia estratégica de construir alternativas de izquierda anticapitalistas y socialistas, diferentes a todos los modelos posibilistas-reformistas del periodo anterior. Particularmente porque no podemos ignorar que en los años previos al surgimiento de estos fenómenos de derecha extrema hubo un ciclo de gobiernos llamados progresistas o posibilistas-reformistas, o del movimiento bolivariano en nuestro continente, que reflejaban en la superestructura política una primera búsqueda a izquierda de sectores de la población, pero llegados al gobierno la mayoría no pasó de ser administradores del capital y sus ajustes, o en el mejor de los casos no se animó a tomar medidas de fondo y anticapitalistas. Con lo cual, en los hechos terminaron jugando el negativo rol de profundizar el proceso de decepción de millones, facilitando así las confusiones y el atraso en la conciencia de una parte importante de la población. Este proceso culminó en el ascenso final de alternativas de impronta neofascista que se apoyan en esa realidad de crítica a todas las experiencias anteriores, para el desarrollo de sus políticas e ideologías nefastas que hoy enfrentamos. Valga el ejemplo de Venezuela, donde hoy repudiamos y enfrentamos el injerencismo de Trump y su ofensiva contra la soberanía venezolana, sin perder de vista que el régimen madurista había mutado en forma muy regresiva mucho tiempo antes del ataque de EE. UU., sembrando el país de autoritarismo, persecuciones, miseria y pérdida de conquistas sociales anteriores y generando una situación de debilidad, desmovilización y falta de apoyo social para enfrentar la embestida imperialista.
Causas de la ofensiva imperialista en la región
La cuestionada hegemonía estadounidense —que se vino deteriorando las últimas décadas, dando un salto mayor tras la crisis mundial de 2008— habilitó un nuevo intento imperialista, a través de Trump en su segundo mandato, de reconfigurar todo el andamiaje de la arquitectura política internacional, apoyado en nuevos cimientos que garanticen la hegemonía yanqui. Lo que vimos en 2025 y estamos viendo en 2026 es la bajada a tierra de este intento, que está a medio camino y con pronóstico indefinido en cuanto a sus resultados finales y duraderos. Esta política es ahora encabezada por la parte más visible de este ascenso de extrema derecha, por el peso específico de ser la principal potencia imperialista, en disputa con los imperios emergentes de China y Rusia.
Trump se involucra directamente en diferentes regiones y en sus conflictos, como en Medio Oriente, primero en Gaza y ahora con sus bombardeos criminales junto a Israel sobre Irán. Se involucra en las negociaciones en Ucrania, por Groenlandia, en Venezuela intervino directamente, y en paralelo hostiga a Cuba. El nefasto presidente de EE.UU. pega, avanza y a la vez frena y negocia, porque también es consciente de sus límites. Y en ese contexto de búsqueda de afianzar sus objetivos y defender sus intereses, necesita recomponer su control regional sobre el continente latinoamericano. De ahí deviene su necesidad de controlar todo el negocio petrolero venezolano; su pretensión de control total del Canal de Panamá; sus amenazas sobre Colombia, donde mantiene bases militares que Petro permite; su apoyo total a Milei para que los productos estadounidenses puedan invadir Argentina sin obstáculos impositivos y a la vez sus corporaciones se queden con nuestros bienes comunes, saqueen, destruyan y también adquieran las llamadas tierras raras. Para esta política regional cuenta, además de Milei en Argentina, con gobiernos y aliados directos en países como Ecuador, Paraguay, Panamá y Honduras, entre otros, que reflejan cambios políticos regionales a tono con la situación internacional. La necesidad de enfrentar todos sus planes políticos y económicos es una bandera y tarea urgente, que se juega en las calles de cada país latinoamericano, y en gran parte se juega en las calles del país del norte.

Su casa no está en orden
En medio de los intentos de avances de Trump sobre lo que equivocadamente considera su patio trasero, se da una situación particular y alentadora: el pueblo estadounidense le está desordenando su propia casa. Un fuerte ascenso alrededor de la lucha contra ICE y otros reclamos se fue radicalizando y tendiendo a la nacionalización, con fuerte protagonismo obrero, activismo e influencia de posiciones a izquierda. Marcan una situación objetiva en la lucha de clases de ese país con elementos muy progresivos que definen su situación actual como respuesta a la política profundamente reaccionaria e imperialista de Trump, quien atraviesa en su propio país momentos de crisis y debilidad que, además, a futuro podrían tener su correlato en el plano electoral. Es un régimen que a la vez que tiene que sostener la política internacional del gobierno, cruje por dentro con perspectivas inciertas y cada vez más tensiones sociales y polarización, con un movimiento de lucha que se encamina a preparar un 1° de mayo que será emblemático y de alta combatividad, en medio de asambleas que preparan esta y otras acciones previas. Toda esta situación hace imprescindible desplegar internacionalmente un fuerte apoyo y solidaridad con las y los trabajadores y la juventud que lucha contra Trump y su proyecto dentro de las fronteras estadounidenses, donde puede llegar a estar planteado que nuestra clase le aplique un golpe certero a todo el plan trumpista, y donde es necesario, como plantean nuestros camaradas de Socialist Horizon en la LIS, fortalecer una organización revolucionaria y un frente único de organizaciones socialistas.

Importancia del debate
En estos tiempos que vivimos, las convocatorias a eventos de debate frente a estos fenómenos de derecha extrema y frente a las agresiones de Trump —como la Conferencia que va a realizarse en Porto Alegre, otros foros anteriores en los cuales también participamos y otros que seguramente se realizarán el tiempo que viene— son expresiones necesarias de esta urgencia de intercambios políticos para precisar qué rumbo político tenemos que recorrer. Por esa razón desde el MST en el Frente de Izquierda Unidad de Argentina y como parte de la LIS, vamos a todo encuentro de intercambio a expresar nuestras opiniones, sabiendo que siempre encontraremos puntos de acuerdo que permitan empalmar y acordar tareas, y también matices y diferencias con la mayoría de las organizaciones participantes, ya que en el debate se expresarán diferentes políticas y estrategias.
Asumimos los debates colectivos como algo muy necesario y por lo tanto los alentamos. Somos impulsores de intercambiar a fondo y de poner sobre la mesa todas las cuestiones que hacen a definir cómo enfrentar y derrotar a todas las derechas extremas que expresan un enorme peligro para la humanidad, sin que esto elimine la necesidad de también enfrentar en otros países a los demás gobiernos capitalistas que de una u otra forma atacan derechos de la población trabajadora, mientras impulsamos acciones con la mayor unidad de acción ante cualquier agresión que EE.UU. decida realizar en nuestro continente o en otros lugares del mundo.

Contra la extrema derecha: dos tareas diferentes y relacionadas
La lucha contra los gobiernos y nuevas expresiones neofascistas requiere, en primer lugar, una estrategia de lucha en cada país donde han llegado al gobierno y se encuentran aplicando planes salvajes de ajuste, cambios estructurales y modificaciones hacia nuevos regímenes altamente autoritarios y represivos. No se frenan estos planes con medidas aisladas, acciones sin masividad ni con viejas direcciones sindicales y políticas que simulan un enfrentamiento mientras negocian parte del plan aplicado. Frente a la monstruosidad de extremas derechas, se necesita el mayor protagonismo de la clase trabajadora, la utilización de sus armas como la huelga general, convocatorias a paros generales activos, con impulso a autoconvocatorias genuinas y con necesarias movilizaciones masivas donde también participe la juventud y sectores populares y medios castigados. En resumen, hace falta poner la fuerza de toda la clase obrera y la mayor unidad de acción para derrotarlos, así como impulsar la táctica de frente único en toda circunstancia que lo haga necesario.
Valga el reciente ejemplo de Argentina, para tomar nota de los problemas reales que existen y que van más allá de la propia existencia de este ascenso ultraderechista. En nuestro país la mayoría de las direcciones sindicales, en particular la cúpula burocrática de la CGT, estuvo negociando abiertamente la reforma laboral esclavista, dejaron pasar la primera votación en el Parlamento, luego solo convocaron a un paro sin movilización en la segunda sesión y finalmente el día final de la tercera sesión en el Congreso, directamente no convocaron a nada. Mientras tanto, un sector sindical disidente convocó ese día a una movilización, pero sin el paro de 36 horas que había anunciado previamente. Así las cosas, se generó un marco de cortes y acciones de lucha callejera centralmente impulsado desde la izquierda, algo positivo, pero ciertamente más débil de lo necesario para frenar a Milei, quien lógicamente pudo avanzar con su reforma laboral que quita derechos de décadas y que ahora habrá que enfrentar en su intento de aplicación. Una vez más, viejos dirigentes sindicales agrupados políticamente en el peronismo permitieron el avance de la ultraderecha, confirmando por enésima vez la relación directa que existe, en este caso muy negativa, entre direcciones sindicales y políticas que no van más y necesitan ser superadas por algo nuevo.


La segunda tarea que tenemos por delante, y que lógicamente es tema de debate e intercambio en la Conferencia de Porto Alegre y en todo evento de estos tiempos, se desprende y combina con las conclusiones de la anterior, pero tiene sus propios caminos y tareas. Hablamos de la urgente necesidad política de construir y fortalecer alternativas políticas anticapitalistas y socialistas que se jueguen a adquirir peso en franjas de masas y fuerte inserción social. No hay ninguna posibilidad de volver a generar entusiasmo en franjas de la población trabajadora y en la juventud si la receta política es volver sobre los mismos pasos programáticos y de proyecto de los partidos que han sido parte de los regímenes capitalistas y han decepcionado previamente a millones, que bajo sus gobiernos empeoraron sus condiciones de vida. Tomando de nuevo el ejemplo argentino, senadores y diputados que responden a gobernadores peronistas le acaban de dar quórum y votos a Milei para que pueda sacar su reforma laboral. De eso estamos hablando. En este sentido creemos que lo peor que puede hacer la izquierda es quedar enchalecada políticamente en alianzas con estos sectores corresponsables de la situación que hoy padecen millones en el continente.
Quienes seguimos creyendo en la necesidad de construir partidos y organizaciones revolucionarias en todo el mundo bregamos a la vez por desarrollar fuertes alternativas políticas junto a quienes también lo consideren necesario y urgente. La mayor unidad de acción en la calle contra las nuevas ultraderechas es decisiva, solo que esta no implica un calco de esa unidad en el plano político, donde lo que determina una construcción para jugar un rol progresivo es su contenido político-programático, que en esta etapa tiene que ser de fondo, en clave antiimperialista y anti Trump, con la necesaria combinación en clave anticapitalista por el carácter de las medidas que se deben tomar si queremos no solo derrotarlos, sino también poner en pie un nuevo proyecto en cada país y en todo el continente.

En este plano conviven dentro de la izquierda diferentes concepciones y orientaciones. Las hay tendientes a desdibujarse dentro de alianzas donde predominan las políticas posibilistas que no responden a la situación actual y hacen de freno. Las hay en el plano del sectarismo vegetando en cerradas construcciones sin abrirse a convocar audazmente a millones que rompen con los viejos partidos dándoles un lugar activo y protagónico. Y de nuestra parte, bregamos por un tercer camino; que en base a un programa antiimperialista, anticapitalista y socialista, impulsemos la unidad de las fuerzas que compartan un proyecto así. Que forjemos alternativas que den pelea política en todos los terrenos de la lucha política y de clases y no solo en el plano electoral. En Argentina, desde el MST damos este debate dentro del Frente de Izquierda, que es un frente electoral que ocupa un espacio político importante, pero debería ser mucho más que eso, avanzando a ser un partido común de tendencias organizadas democráticamente, abierto a intelectuales, referentes sociales y otros sectores de trabajadores y jóvenes que nos apoyan. En concreto, la unidad antifascista que necesitamos e impulsamos combina tareas callejeras, en la lucha de clases y en la lucha política. Son tareas relacionadas y a la vez diferentes. Al final del camino, lo decisivo será si desde la izquierda podemos construir alternativas que tengan peso en franjas de masas y se jueguen a disputar el poder. Por ese objetivo luchamos. Para que alguna vez las y los trabajadores gobernemos. Y seguimos creyendo que podemos hacerlo.


