Los ataques estadounidenses en territorio iraní ya empezaron a mostrar las consecuencias en la economía a nivel global, haciendo que el mercado energético sea uno de los campos con mayor volatilidad. Argentina no escapa de esta realidad, en donde ya se empieza a sentir con los aumentos en los surtidores de las estaciones de servicio.
El temor real a una guerra mucho más duradera, junto a un cierre prolongado del estrecho de Ormuz, empujó al precio del barril de petróleo por encima de la barrera de los U$S100, una cifra que altera cualquier proyección económica para este año. Para el gobierno de Javier Milei, este escenario representa una trampa que pone en duda la viabilidad de lo que era uno de sus principales caballitos de batalla desde que llegó al gobierno, la reducción de la inflación.
El pasado domingo, el mandatario libertario aseguraba en una charla con el periodista Luis Majul, que los precios seguirían un camino descendente hasta alcanzar el nivel cero. Sin embargo, ese optimismo choca de frente con la realidad de un mercado de combustibles que ya empezó a remarcar sus valores. Las estaciones de servicio muestran incrementos que rondan el 5%, llevando la nafta súper por encima de los $1.700 y el diésel premium superando los $2.000 por litro. Estos movimientos muestran el traslado directo de una crisis externa que el presidente ha decidido abrazar de manera explícita al alinearse incondicionalmente con uno de los bandos en conflicto. Su declaración de ser el líder “más sionista del mundo” y la afirmación de que “vamos a ganar la guerra” lo colocan en una posición de vulnerabilidad total ante los vaivenes de un conflicto que no puede controlar.
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La suba del barril de crudo es un fenómeno que perfora cualquier intento de contención de precios porque el combustible funciona como la sangre que mueve todo el sistema productivo. Cuando el combustible aumenta, el impacto se traslada inmediatamente al transporte de carga, a la generación de energía eléctrica y a la producción agroindustrial. En una economía tan sensible y golpeada como la nuestra, un salto en los costos logísticos garantiza que la desinflación prometida se convierta en una utopía de corto plazo. El equipo económico intenta ahora equilibrar la necesidad de no pisar los precios para sostener el superávit fiscal con el miedo a que un nuevo salto de los combustibles hunda el consumo y reavive la espiral inflacionaria, esa que a base de tanto ajuste costó amesetar.
El combustible por las nubes para salvar a las petroleras
Un informe reciente de JP Morgan ha encendido las alarmas tanto en Wall Street como en la Casa Rosada al señalar que el alza del crudo pone a prueba todo el programa económico de Milei. A pesar de que la Argentina cuenta hoy con el respaldo de la producción en Vaca Muerta, lo que permite generar divisas por exportaciones, el mercado interno ha quedado atrapado en una posición de extrema debilidad. El aumento del petróleo a nivel mundial amplía la brecha entre los precios internacionales y lo que se paga en los surtidores locales. El director de YPF frente a esta situación, ha tratado de maniobrar con ajuste graduales, pero con la extensión de este escenario de guerra los precios pueden terminar derivando en un aumento mucho más violento.
Cualquier decisión que tome el gobierno tendrá consecuencias devastadoras para las mayorías populares. Si el gobierno decide postergar los aumentos para intentar salvar sus índices de inflación, lo hará a costa de seguir aumentando la deuda cuasifiscal o sacrificando otras partidas presupuestarias para sostener la rentabilidad de las empresas del sector. En cambio, si opta por permitir que los precios internacionales se trasladen sin ningún tipo de filtro a las estaciones de servicio, el resultado será un nuevo tarifazo salvaje que terminará de asfixiar a los trabajadores y a los sectores de la producción que ya están operando al límite. Esta descarga del costo de la crisis sobre la espalda de las mayorías muestra que la supuesta libertad de mercado se traduce siempre en un golpe al bolsillo popular para blindar las ganancias de las grandes petroleras.
La dependencia de la economía argentina respecto a los destinos de Estados Unidos agrava este cuadro de incertidumbre generalizada. La inflación ya no es solo un problema local derivado de alguna herencia, de un fenómeno monetario o de las propias limitaciones impresas por el plan de Caputo, sino que se está convirtiendo en un fenómeno a escala mundial impulsado por la guerra, que profundizará todos los descalabres existentes.
Si el escenario de conflicto en Medio Oriente se prolonga, los planes de Milei para llegar a una inflación cercana a cero quedarán enterrados por la dinámica de un mercado energético que impone sus propias reglas por encima de los deseos del presidente. El incremento de los combustibles pega de lleno en el costo de vida y garantiza que la mentira de la estabilidad se derrumbe frente a la evidencia de los hechos.
El costo de arrodillarse ante Washington
Finalmente, el atarse a los intereses de Donald Trump se ha convertido en una paradoja para el libertario argentino en este 2026. Mientras Milei lo señala como su principal aliado y referente ideológico, la realidad de la gestión trumpista puede representar hoy el golpe más duro para el programa económico local.
Las políticas estadounidenses, que se desprenden a causa del recrudecimiento de la tensión bélica con Irán, son un peso insoportable para una economía como la nuestra. Las tasas de interés y el precio de la nafta son los elementos centrales de la política argentina, y hoy ambos se deciden por orden directa de los Estados Unidos.
Esta alineación incondicional de Milei con la política exterior de Trump genera que la Argentina sea arrastrada a una crisis de la cual no tiene ninguna posibilidad de salir intacto. La suba de la tasa de interés en los Estados Unidos, decidida por la Reserva Federal para combatir su propia inflación, provoca que el capital huya de los mercados emergentes hacia los bonos del Tesoro yanqui. Esto encarece enormemente cualquier intento del ministerio de Economía por renegociar la deuda externa y cierra las canillas del crédito necesario para el tipo de reactivación que piensa este gobierno ajustador.
Al atar el destino del país a las guerras de Trump, el gobierno de Milei hipoteca la poca estabilidad que pretende vendernos en sus discursos. Mientras el presidente insiste en su épica de cruzada internacional, el trabajador argentino paga en cada carga de combustible el costo de una dependencia que solo promete más ajuste y carestía. En este escenario de crisis importada y sumisión local, la única salida soberana pasa por romper con este esquema de entrega que pone las ganancias de las petroleras y las ambiciones imperiales por encima del plato de comida de las mayorías.

