CGT. Movilización sí, paro todavía no

 La Confederación General del Trabajo (CGT) anunció una movilización frente al Congreso cuando comience el debate por la reforma laboral, pero no convocó a un paro general ni a medidas de lucha contundentes. 

Tiempos timoratos

La CGT confirmó en su cumbre que movilizará a sus columnas sindicales este miércoles ante el Congreso Nacional, en el marco del inicio del debate parlamentario por la reforma laboral impulsada por el Gobierno de Javier Milei. El comunicado oficial plantea la protesta como una forma de expresar rechazo al proyecto, pero omitió cualquier llamado a medidas de fuerza efectivas como un paro general, bloqueos estratégicos o una huelga de actividades clave.

La decisión de la central obrera tradicional confirma una tendencia ya observada en pasadas contiendas: movilizar sin parar ha dejado de ser una herramienta capaz de frenar políticas regresivas. Las marchas ante este tipo de circunstancias, sin impacto económico, se transforman en gestos rituales que no interrumpen la ganancia ni la producción, y por ende no obligan al gobierno a retroceder.

¿Por qué es importante un paro?

  1. La reforma laboral no es un cambio menor:
    El proyecto en discusión apunta a abaratar despidos, debilitar la negociación colectiva, flexibilizar derechos y ampliar las formas precarias de contratación. No se trata solo de un ajuste técnico: es una transformación estructural de las relaciones de trabajo que afecta directamente la vida de millones de trabajadores.
  2. Movilizar sin parar no pone en riesgo la producción:
    Una marcha ante el Congreso puede ser numerosa y ruidosa, pero no detiene la economía, no quiebra rutinas empresariales ni obliga a los sectores patronales a repensar sus cálculos de rentabilidad. La CGT opta por la protesta simbólica mientras la reforma avanza con velocidad en los despachos oficiales.
  3. Historial de acciones insuficientes:
    La central ya viene de ofrecer respuestas tímidas ante iniciativas que implicaron retrocesos sociales. Movilizaciones sueltas, actos públicos y comunicados de repudio han sido su respuesta típica, mientras que los sectores más beligerantes del movimiento obrero —como la CTA y las organizaciones combativas— empujan por paros rotativos y huelgas efectivas.

CGT y la correlación de fuerzas

La decisión de no convocar a un paro no es casual: refleja la debilidad interna de la CGT, donde sectores burocráticos prefieren el diálogo institucional y las negociaciones discretas con el empresariado antes que confrontar con acciones contundentes. Esta dinámica reproduce un patrón histórico donde la central termina siendo más un socio rutinario del poder que un organizador de resistencia activa ante políticas regresivas.

Mientras tanto, sectores combativos, como los reunidos en el Cabildo Abierto en el Garrahan, entre otros impulsan medidas más duras, destacando que solo la interrupción de la producción y la unidad de acción puede frenar la arremetida contra los derechos laborales. También sectores, como la UOM, Aceiteros y ATE que se han reunido, han lanzado la movilización que se realizó en Córdoba, en Rosario, y están llamando a parar y movilizar a Plaza Congreso.

Movilizar ante el Congreso puede ser un gesto relevante en términos de visibilidad política, pero no es equivalente a poner en jaque la reforma laboral. Si la CGT no plantea herramientas que interrumpan la normalidad económica del país, su papel corre el riesgo de convertirse en acompañante testimonial de un proceso que ataca los derechos de los trabajadores.

La ausencia de un llamado a paro general no es una falla táctica menor: es una capitulación anticipada ante un proyecto de país que prioriza el capital por encima del trabajo. La lucha real por frenar la reforma laboral requeriría algo más que una marcha.

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