El 14 de febrero se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de Carlos Menem, una figura central para comprender la transformación regresiva que sufrió la Argentina en las últimas décadas. Lejos de tratarse de una efeméride neutral, la fecha obliga a revisar críticamente el legado de quien condujo uno de los procesos de reestructuración neoliberal más profundos de la historia nacional.
Carlos Menem asumió la presidencia argentina en julio de 1989 en medio de la hiperinflación más devastadora que el país había atravesado hasta entonces. El colapso del gobierno de Raúl Alfonsín abrió paso a una transición anticipada y a un discurso de “salvación nacional” que preparó el terreno para un giro estructural.
Lo que se presentó como una respuesta de emergencia frente a la inflación se convirtió rápidamente en un proyecto de transformación integral del capitalismo argentino. El resultado fue un país más dependiente, más desigual y estructuralmente más débil.
Dicho de otro modo, el menemismo no fue un gobierno de estabilización y prosperidad, como Javier Milei y sus defensores intentan reinstalar en el sentido común. Fue la consolidación de un nuevo bloque de poder asentado en la financierización, la apertura irrestricta al capital internacional, la privatización de activos estratégicos y la reconfiguración regresiva de las relaciones laborales.
Su experiencia, en sintonía con otros gobiernos neoliberales que avanzaron sobre América Latina y el mundo, alteró de manera duradera la estructura productiva argentina. Es imposible comprender la crisis de 2001, e incluso la actual agenda ultraliberal de Javier Milei, sin analizar el ciclo abierto en los años noventa.
Lo que representa Milei hoy es una nueva fase del experimento neoliberal, más extrema y descarnada, aun cuando su gobierno enfrenta crisis constantes desde el inicio.
¿Quién fue Menem?
Carlos Menem fue el dirigente que encabezó la transformación neoliberal del Estado argentino en un momento de crisis profunda, y lo hizo desde el corazón mismo del peronismo. Nacido en La Rioja y formado políticamente en el Partido Justicialista, heredero del movimiento fundado por Juan Domingo Perón, llegó a la presidencia en 1989 capitalizando el colapso económico y el desgaste del gobierno radical.
Su campaña prometía “Revolución Productiva” y “Salariazo”, apelando a la tradición industrialista y redistributiva que había estructurado la identidad peronista durante el llamado “primer peronismo”. Sin embargo, una vez en el poder, esas promesas fueron rápidamente desplazadas por un programa de reformas estructurales alineado con la ofensiva neoliberal que atravesaba América Latina.
Bajo la conducción económica de Domingo Cavallo, impulsó el Plan de Convertibilidad en 1991, que fijó la paridad entre el peso argentino y el dólar como eje de la política económica. La estabilidad cambiaria fue presentada como un logro histórico tras años de inflación crónica, pero esa aparente solución implicó la renuncia a instrumentos fundamentales de soberanía económica y consolidó una dependencia estructural de los flujos financieros externos.
La disciplina monetaria funcionó como soporte de un proceso más amplio de liberalización, endeudamiento y subordinación al capital transnacional.
El menemismo avanzó, además, con un programa masivo de privatizaciones, desregulación y apertura comercial que alteró de manera profunda la estructura productiva del país. Empresas estratégicas pasaron a manos privadas, en muchos casos extranjeras, y el Estado fue el garante de rentabilidad para grandes grupos económicos libre de eufemismos.
El saldo de esa experiencia fue una economía más dependiente, una industria debilitada, mayores niveles de desempleo y precarización laboral, y una estructura social fragmentada.
¿Por qué Milei reivindica a Menem?
Pese a haber sido peronista, Carlos Menem es uno de los principales referentes políticos de Javier Milei, al punto de tener un busto suyo en la Casa Rosada.
No se trata solo de un gesto simbólico, sino de una reivindicación explícita del programa de liberalización profunda de los años noventa. Para Milei, Menem fue el dirigente que tuvo la decisión de privatizar, reducir el peso del Estado en las políticas sociales y alinear al país con el imperialismo yanqui.
El actual presidente sostiene que el fracaso del menemismo no se debió al liberalismo en sí, sino a su supuesta interrupción y a la persistencia de estructuras corporativas y estatistas. De este modo, al reivindicar a Menem, intenta legitimar un nuevo ciclo de shock económico basado en el ajuste fiscal, la desregulación y una apertura todavía más radical.
Esto revela una continuidad histórica entre ambos proyectos. El menemismo mostró cómo las crisis pueden utilizarse como ventanas de oportunidad para imponer reformas estructurales regresivas. El programa actual busca profundizar ese camino, eliminando incluso los mecanismos de contención social que aún subsistían.

Menemismo y peronismo
Menem fue presidente del Partido Justicialista entre 1990 y 2001. No gobernó contra el peronismo, sino desde el peronismo. El PJ le garantizó mayoría legislativa, gobernadores alineados y una base sindical suficiente para aprobar reformas estructurales y la reforma constitucional de 1994 que habilitó su reelección.
Incluso después de dejar la presidencia, fue elegido senador por La Rioja y permaneció en el cargo durante décadas. Enfrentó procesos por corrupción y tráfico ilegal de armas, pero su posición institucional le aseguró fueros e impunidad. Su permanencia en el centro del sistema evidencia que el PJ, como estructura partidaria, nunca realizó una ruptura real con el ciclo neoliberal de los años noventa.
Aunque gobiernos posteriores, como los de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, construyeron un discurso crítico del neoliberalismo, Menem jamás fue expulsado del campo peronista. Murió siendo senador integrante de las mismas listas oficiales del PJ, plenamente integrado a la institucionalidad que ayudó a transformar.

La política como forma de garantizar la impunidad
El recorrido institucional de Menem tras la presidencia ayuda a comprender uno de los rasgos más persistentes del sistema político argentino. Después del ciclo de privatizaciones, endeudamiento y desmantelamiento productivo, permaneció en el centro del poder como senador por La Rioja hasta su muerte.
Las acusaciones en su contra fueron graves. El caso más emblemático fue el tráfico ilegal de armas a Croacia y Ecuador, por el cual fue condenado en 2013. Sin embargo, la combinación de recursos judiciales interminables y fueros parlamentarios impidió que la condena se tradujera en prisión efectiva.
La institucionalidad que él mismo contribuyó a moldear operó también como red de protección. Incluso cuando en 2017 el MST impulsó la impugnación de su candidatura al Senado basándose en esa condena, la iniciativa -llegó hasta la Corte Suprema macrista- no prosperó y Menem renovó sus fueros, electo por la minoría.
El episodio dejó al descubierto los límites institucionales para enfrentar el blindaje construido durante décadas. Recordar su muerte no implica solo revisar un modelo económico fracasado. Implica reconocer que el ciclo abierto en los años noventa consolidó no solo una matriz neoliberal, sino también una forma específica de administrar la responsabilidad política, en la que las consecuencias recaen sobre la sociedad mientras los dirigentes preservan su lugar dentro del sistema.
Marcela Gottschald

