Los suicidios, la peor cara del ajuste. Por un Plan de Emergencia Nacional en Salud Mental

El aumento de los suicidios y la exigencia de un Plan de Emergencia en Salud Mental frente al ajuste

Por Sebastián Soto-Lafoy. Equipo de Salud Mental CABA.

Los últimos datos sobre suicidios en Argentina debería encender todas las alarmas. Durante 2025 se registraron 5.209 suicidios en nuestro país: un 22,6% más que el año anterior. La tasa alcanzó los 11,8 suicidios cada 100.000 habitantes[1]. Detrás de estos números hay una crisis de salud mental que atraviesa a toda la sociedad, pero golpea con particular fuerza a adolescentes y jóvenes de los sectores populares.

No estamos frente a un fenómeno que pueda explicarse simplemente desde lo individual. La propia Ley Nacional de Salud Mental (2010) define la salud mental “como un proceso determinado por componentes históricos, socioeconómicos, culturales, biológicos y psicológicos. Su preservación y mejoramiento implica una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona”.[2] Es decir, no se puede pensar la salud mental por fuera de las determinaciones sociales y del acceso a derechos, por lo que es un proceso necesariamente colectivo y comunitario.

Por tanto, no es posible reducir el suicidio —un fenómeno complejo y multicausal— a una única explicación. Significa comprender que el sufrimiento psíquico ocurre bajo las condiciones en las que vivimos, estudiamos, trabajamos, nos vinculamos y proyectamos nuestro futuro. Son estas determinaciones sociales las que contribuyen en la producción de salud o padecimiento.

En el marco de la crisis un sistema capitalista que prioriza el lucro y la acumulacion de ganancias de una minoría, deteriora las condiciones de vida de las mayorías populares(trabajo, vivienda, transporte, etc.), privatiza los servicios públicos, genera crisis ecológicas, promueve guerras imperialistas, precariza las condiciones laborales y arroja a millones a la miseria, el carácter opresivo y explotador del sistema, es un determinante fundamental en la producción de padecimientos mentales en el conjunto de la clase trabajadora. En esa línea, la grave crisis de salud mental que estamos atravesando en este contexto, es un síntoma social de la descomposición de un sistema político, económico y social que no tiene nada bueno para ofrecernos en términos de una vida digna para las masas obreras.

En un contexto de una crisis anímica colectiva, la salud mental es un terreno más de disputa en la lucha de clases. Si el sufrimiento psíquico está atravesado por las estructuras de opresión de este sistema, resulta indispensable politizar el dolor subjetivo y transformarlo en organización y lucha colectiva que combata las causas estructurales. Asimismo, es fundamental que desde la clase trabajadora construyamos un programa de salud mental, en el marco de un Sistema Único de Salud, gestionado por sus trabajadorxs, usuarixs, familiares y la comunidad.

El gobierno nacional y la política del desamparo

Hay una escena que, vista desde el presente, resulta brutalmente ilustrativa. En agosto de 2023, cuando Javier Milei todavía era candidato a presidente, afirmó durante una entrevista: “Si vos te querés suicidar, no tengo problema, siempre que no le generes un gasto al Estado”[3].

No fue solamente una provocación de campaña. Una vez en el gobierno, aquella concepción encontró una traducción política: frente a una sociedad atravesada por un sufrimiento creciente, la respuesta oficial fue profundizar el ajuste y debilitar las políticas públicas destinadas a garantizar atención, prevención y acompañamiento.

La salida de Argentina de la Organización Mundial de la Salud, el vaciamiento del Hospital Nacional en Red Laura Bonaparte, los recortes que afectaron dispositivos asistenciales y residencias, el cierre de espacios de atención comunitaria y el deterioro de las condiciones laborales de quienes sostienen el sistema público forman parte de una misma orientación: reducir la responsabilidad estatal frente a necesidades sociales cada vez mayores.

El ajuste de Milei, además, no comenzó sobre un terreno sano. Profundiza una crisis de larga data del sistema público de salud: falta de profesionales, escasez de camas, infraestructura deteriorada, bajos salarios, falta de medicamentos y enormes dificultades para acceder rápidamente a tratamientos.

En salud mental, estas falencias adquieren una gravedad particular porque la demora en la atención muchas veces significa dejar a una persona atravesando una crisis sin una red suficiente de acompañamiento. El vaciamiento de dispositivos comunitarios golpea especialmente a los sectores más vulnerables, que dependen de estos espacios para acceder a tratamientos, sostenerlos en el tiempo y construir redes de contención.

El sistema privado tampoco constituye una alternativa para las mayorías. La precarización laboral de lxs trabajadorxs atraviesa clínicas y sanatorios, mientras cada vez más personas encuentran dificultades para costear medicamentos psiquiátricos o sostener las cuotas de prepagas y obras sociales. Muchas terminan migrando hacia un sistema público ya saturado.

El relato del “sálvese quien pueda” tiene entonces consecuencias concretas: quien tiene dinero puede buscar respuestas en el mercado; quien no, debe intentar conseguirlas en un sistema público debilitado, saturado y desfinanciado. Eso es el desamparo convertido en política de Estado.

En definitiva, la crisis generalizada de salud mental que atraviesa nuestra sociedad —y que se ha agudizado en el último tiempo— no puede pensarse por fuera del deterioro de las condiciones de vida y de la retirada de políticas públicas capaces de prevenir, acompañar y atender el sufrimiento psíquico. Lejos de ofrecer una respuesta frente a una demanda creciente, el gobierno profundiza el desfinanciamiento, debilita los dispositivos comunitarios y traslada cada vez más la responsabilidad hacia individuos y familias. La política de desamparo no crea por sí sola esta crisis, pero sí la profundiza y deja a miles de personas más expuestas frente a ella.

Dolor país: la otra cara del ajuste

La reconocida psicoanalista argentina Silvia Bleichmar utilizó, después de la devastación neoliberal de los años noventa y la crisis de 2001, una expresión particularmente potente: frente al “riesgo país” que obsesionaba a los mercados y el FMI, ella utilizó la expresión “dolor país”. Es decir, medir aquello que los indicadores económicos tradicionales esconden: cuánto sufrimiento produce una determinada organización de la sociedad. En el caso de la salud mental, las estadísticas no son simplemente números. Son un modo de reflejar la cuota diaria de padecimiento subjetivo que atraviesan cada vez más sectores de la sociedad, especialmente las mayorías populares y trabajadoras.

En un estudio del Observatorio de Psicología Social de la UBA[4], se releva el estado más general de la salud mental de la población argentina. Los resultados son elocuentes: cuadros depresivos, ansiosos, trastornos del sueño y riesgo suicida son las formas más comunes en las que se expresa el malestar subjetivo. Para este estudio, el rango etario y la condición de clase son determinantes: el riesgo suicida es más frecuente en personas más jóvenes y de niveles socioeconómicos más bajos. Ser joven y pobre, en este sistema capitalista, es una condena.

Una de las conclusiones de lxs investigadorxs al respecto es: “El factor de la crisis económica tiene un lugar muy importante en todos los estudios que venimos haciendo. Si no aparece como la primera causante de malestar emocional, aparece segunda. El desempleo y la incertidumbre económica suelen explicar muchos problemas de salud mental“.

Si bien, toda problemática de salud mental responde a factores multidimensionales y nunca a una sola determinación, en este contexto en particular, en el que las condiciones materiales se van deteriorando de manera significativa, el factor socioeconómico adquiere una relevancia particular. Los bajos salarios y jubilaciones, aumento del transporte y los servicios, la desocupación, los problemas habitacionales, son dimensiones de la vida cotidiana que tienen un impacto importante en la estabilidad psíquica de cualquier persona. A esto hay que sumarle un dato que las últimas semanas ha tomado relevancia pública: El sobreendeudamiento de las familias trabajadoras para costear gastos básicos de supervivencia como comida y servicios. Una problemática que cada vez apremia más, generando altos montos de sufrimiento subjetivo.

En relación al suicidio, según la Asociación Argentina de Salud Mental, acorde a los datos publicados por el Observatorio de Política Criminal (OPC) y del Ministerio de Salud, la Argentina registra una tasa de 11,8 suicidios cada 100.000 habitantes, la más alta de su historia y, por primera vez, superando las producidas por otros hechos violentos y, por encima del promedio mundial estimado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Estos datos representan una crisis tanto sanitaria como social nunca antes vista.

Este es un fenómeno que hoy en día afecta sobre todo a adolescentes y adultxs jóvenes, y  que comenzó a aumentar desde la pandemia, siendo desde el año 2022 en adelante, una tendencia al alza.[5]La precarización económica, fragmentación de los vínculos comunitarios y la dificultad en el  acceso a los servicios de salud mental, son algunos de los factores determinantes. A esto hay que sumarle la falta de perspectiva de futuro que este sistema no ofrece a lxs jóvenes. Estudiar una carrera universitaria ya no es garantía de una movilidad social ascendente, adquirir una vivienda es prácticamente imposible, alquilar se ha vuelto muy difícil, la mayoría de los trabajos ofrecen condiciones laborales precarias, etc.

Ante un gobierno que promueve una forma de vida individualista y meritocrática, y al mismo tiempo que desmantela las instituciones sociales y los espacios comunitarios que sirven de soporte subjetivo, vincular y simbólico, las adolescencias y juventudes se ven enfrentadas a un desamparo que, muchas veces, viven en soledad: Lo que es un fracaso sistémico se vive como una falla individual. Si no conseguís trabajo, no te esforzaste lo suficiente. Si no podés alquilar, no progresaste. Si estás agotado, deberías organizarte mejor. Si tenés ansiedad, hay que aprender a administrarla individualmente.

Lo que constituye un problema social termina experimentándose como una falla personal. Mark Fisher llamó a este mecanismo “privatización del estrés”: causas económicas, políticas y sociales del malestar son desplazadas hacia el individuo, que aparece como único responsable de poder adaptarse a condiciones que no controla. Esta lógica no solamente oculta las causas estructurales del sufrimiento. También debilita los vínculos colectivos y profundiza la sensación de soledad.

Por eso necesitamos exactamente el movimiento contrario: volver colectivo aquello que nos enseñaron a padecer en soledad.

Colectivizar el malestar, organizar la bronca

Ana María Fernández recupera en su libro Política y subjetividad. Asambleas barriales y fábricas recuperadas una experiencia ocurrida durante las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001: mientras las calles se llenaban de cacerolazos, piquetes y asambleas, prácticamente no se habrían registrado llamados al servicio telefónico de Atención al Suicida del Gobierno de la Ciudad.

No podemos convertir aquella experiencia en una relación causal sencilla ni concluir que movilizarse reemplaza un tratamiento psicológico o psiquiátrico. Pero sí hay algo que merece ser tomado en cuenta: El encuentro con otrxs, los vínculos comunitarios, la organización, la participación social y la posibilidad de reconocer que aquello que nos ocurre no constituye exclusivamente un problema individual, pueden convertirse en factores de protección y en herramientas para reconstruir sentidos y proyectos colectivos.

La salida no consiste en -únicamente- decirle a quien está sufriendo simplemente que “se organice”. Quien atraviesa una crisis necesita atención profesional, redes de acompañamiento y políticas públicas que garanticen respuestas inmediatas. Pero tampoco alcanza con multiplicar respuestas individuales mientras permanecen intactas las condiciones que generan sufrimiento colectivo. No se trata de pensarlo en términos opuestos de “terapia o militancia”. Necesitamos ambas cosas: más salud pública y más comunidad; más atención y más prevención; más profesionales y más organización social y política desde abajo.

En este sentido, la Marcha de la Bronca del 19 de septiembre puede ser también una oportunidad para poner en común y canalizar políticamente una parte de ese malestar que cada vez más sectores de la sociedad lo vive en soledad.

El desafío de la izquierda socialista y anticapitalista es denunciar y develar a los responsables de nuestros malestares y precarización psíquica: La clase capitalista. Porque la crisis de sufrimiento colectivo que estamos viviendo, producto del deterioro de las condiciones de vida, es directamente proporcional al bienestar socioeconómico de la burguesía. El bienestar y la comodidad material de una minoría, necesariamente se sostiene en el malestar social y anímico de las masas trabajadoras. En ese sentido, la salud mental también es un terreno de disputa política e ideológica, no sólo una cuestión sanitaria y de políticas públicas.

Se necesita urgente un Plan Nacional de Emergencia en Salud Mental

Los números exigen una respuesta urgente. El crecimiento de los suicidios y los intentos de suicidio, las autolesiones, los padecimientos depresivos y ansiosos y los consumos problemáticos, conviven con un sistema de atención saturado, trabajadores y trabajadoras precarizados y enormes dificultades para acceder oportunamente a tratamientos en los hospitales y centros de salud. Eso sumado a la disminución del presupuesto en general para la política y los programas de salud mental, lo cual ha afectado particularmente a los dispositivos comunitarios que trabajan en el ámbito de la prevención, promoción, rehabilitación y reintegración psicosocial.

Por eso proponemos declarar la Emergencia Nacional en Salud Mental y poner en marcha un plan inmediato, con presupuesto extraordinario y participación de trabajadorxs, usuarixs, familiares y organizaciones de la comunidad.

Exigimos:

  • Aplicación efectiva, integral e inmediata de la Ley Nacional de Prevención del Suicidio N.º 27.130.
  • Aplicación integral de la Ley Nacional de Salud Mental N.º 26.657 y cumplimiento efectivo del presupuesto establecido por la ley, priorizando los dispositivos comunitarios, la atención primaria y los espacios destinados a infancias, adolescencias y juventudes.
  • Incorporación urgente de psicólogxs, psiquiatras, trabajadorxs sociales, enfermerxs, terapistas ocupacionales y demás profesionales necesarios en todo el sistema público.
  • Fortalecimiento y ampliación de los equipos interdisciplinarios en hospitales, centros de salud y dispositivos territoriales.
  • Gabinetes y equipos interdisciplinarios suficientes en todas las instituciones educativas.
  • Acceso gratuito a tratamientos y medicamentos para quien los necesite.
  • Ampliación de los dispositivos públicos destinados a consumos problemáticos.
  • Creación y fortalecimiento de espacios públicos y gratuitos de participación cultural, deportiva, recreativa y comunitaria para niñas, niños, adolescentes y jóvenes en todos los barrios.
  • Aumento salarial y mejores condiciones laborales para quienes trabajan en salud, tanto en el sistema público como privado.
  • Producción sistemática, pública y federal de estadísticas sobre suicidios, intentos de suicidio y salud mental que permitan orientar políticas de prevención.

No podemos naturalizar que cada vez más jóvenes sientan que no tienen futuro.

Defender la salud mental no significa solamente garantizar atención cuando el padecimiento ya apareció. También significa disputar las condiciones materiales, sociales y comunitarias que hacen posible una vida digna. Frente a la magnitud de esta crisis, se necesita una respuesta de emergencia ahora.


[1] https://www.perfil.com/noticias/sociedad/suicidios-en-argentina-alcanzaron-un-record-en-2025-y-son-la-principal-causa-de-muerte-en-jovenes.phtml.

[2] Artículo 3.

[3] https://www.politicargentina.com/notas/202308/52828-milei-mosto-su-postura-en-salud-mental-si-vos-te-queres-suicidar-no-tengo-problema.html.

[4] Se puede encontrar la nota periodística sobre este estudio en el siguiente enlace: https://www.pagina12.com.ar/2026/06/22/radiografia-de-una-epidemia-de-salud-mental-en-argentina/.

[5] Revisar nota en: https://chequeado.com/el-explicador/el-suicidio-ya-es-la-principal-causa-de-muerte-entre-adolescentes-y-jovenes-adultos-en-argentina/.

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