Rentabilidad y misoginia. ¿Nadie mira el fútbol femenino? 

En las últimas semanas, dos escenas aparentemente distintas volvieron a poner al fútbol femenino en el centro de la discusión. En México, una goleada 10-0 terminó desencadenando una catarata de comentarios misóginos contra las jugadoras de Cruz Azul. En España, la falta de ofertas suficientes para los derechos televisivos de la Liga F alimentó titulares que volvieron a instalar una vieja sentencia: “a nadie le interesa el fútbol femenino”.

Entre ambas situaciones hay una relación que merece ser pensada. Porque mientras unos utilizan la falta de rentabilidad para cuestionar la existencia misma de las competiciones femeninas, otros convierten una derrota deportiva en una excusa para recordarles a las mujeres que, para ellos, el fútbol sigue sin ser un lugar que les pertenece.

“Que se vayan a trabajar a un boliche”

Hay momentos en los que una polémica deportiva deja de ser solamente deportiva. El episodio ocurrido en México después de la derrota de Cruz Azul Femenil frente al América es uno de ellos. El 10-0 fue, por supuesto, una catástrofe deportiva para el equipo. Se puede discutir el planteo táctico, el rendimiento de las futbolistas, la responsabilidad del cuerpo técnico, la planificación del club o cualquier otro aspecto estrictamente futbolístico. Pero los integrantes del podcast Pláticas del Mal eligieron otro camino: sexualizaron y degradaron a las jugadoras, sugirieron que fueran despedidas y que se dedicaran a trabajos sexuales. El episodio provocó el repudio de Cruz Azul, de la Liga MX Femenil y de la Secretaría de las Mujeres, y el club anunció que se reservaba la posibilidad de iniciar acciones legales.

La diferencia entre una crítica deportiva y una agresión misógina no es una sutileza académica. Una crítica puede ser dura, incluso despiadada, y seguir hablando de fútbol. Una goleada puede generar preguntas sobre la preparación de un equipo, sus futbolistas o sus dirigentes. Pero cuando el género de las protagonistas aparece como argumento para decirles qué deberían hacer con sus cuerpos, qué trabajo deberían realizar o por qué deberían abandonar el fútbol, ya no estamos frente a una discusión sobre rendimiento. Estamos frente a una operación de disciplinamiento.

Y justamente ahí aparece la dimensión estructural de la misoginia. El mensaje no es solamente “jugaste mal”. El mensaje es: “este espacio no te pertenece y, cuando fracases, podemos recordarte cuál creemos que debería ser tu lugar”. La sexualización funciona entonces como una forma de expulsión simbólica. No se cuestiona solamente a una deportista; se cuestiona la legitimidad de una mujer para ser deportista.

Por eso el episodio mexicano resulta particularmente significativo en un momento en que vuelve a instalarse, en diferentes países y desde distintos sectores, la idea de que el fútbol femenino no despierta suficiente interés.

¿Nadie mira el fútbol femenino o nadie lo quiere mostrar?

La discusión española sobre los derechos televisivos de la Liga F es un buen ejemplo. La primera ronda de comercialización no recibió ofertas que alcanzaran los precios de reserva establecidos y DAZN había decidido poner fin anticipadamente a su acuerdo anterior. Algunos medios utilizaron esa situación para hablar de un producto “dudoso”, “ruinoso” o directamente de un fútbol que nadie quiere ver. Sin embargo, después de esa primera ronda fallida hubo una segunda negociación y finalmente los derechos fueron adjudicados para las próximas tres temporadas a DAZN, TVE y TV3/3Cat: DAZN emitirá los ocho partidos de cada jornada y cuatro podrán verse en abierto. La propia Liga F definió el nuevo modelo como una apuesta por combinar visibilidad y crecimiento de audiencias.

Este dato es importante porque obliga a discutir la frase “nadie mira” con algo más de rigor. La situación de la Liga F presenta problemas reales. Hay dificultades de gestión, diferencias enormes entre clubes, una asistencia a los estadios que todavía está lejos de la del fútbol masculino y una fuerte dependencia de determinadas instituciones y figuras para concentrar público y atención. Pero ninguna de estas dificultades autoriza a convertir una fotografía de mercado en una teoría sobre la naturaleza del fútbol femenino.

Porque una cosa es decir que una competición todavía no tiene el volumen de audiencia o ingresos necesario para sostener determinados precios. Otra muy diferente es afirmar que no interesa. La primera es una afirmación económica que puede ser comprobada, discutida y modificada. La segunda es una conclusión cultural que pretende cercenar el derecho de las mujeres a jugar profesionalmente al deporte.

¿Cómo se construye una audiencia?

Las audiencias deportivas no son fenómenos naturales. No aparecen espontáneamente alrededor de un campo de juego. Se construyen mediante inversión, televisión, periodismo, publicidad, infraestructura, horarios, relatos, figuras reconocibles, rivalidades, archivos, escuelas, comunidades y generaciones enteras que aprenden a reconocer un deporte como propio.

El fútbol masculino no llegó a ser la industria cultural más poderosa del deporte mundial porque un día millones de personas decidieron, simultáneamente, que querían mirarlo. Hubo un proceso histórico de construcción económica, institucional y cultural detrás de esa audiencia. Y hubo, además, una estructura de poder que permitió que ese proceso se desarrollara durante décadas con recursos muy superiores a los destinados a las mujeres.

Esta es una de las grandes trampas del argumento de “nadie lo mira”: transformar una desigualdad histórica en una supuesta preferencia natural del público.

Si durante décadas un deporte tiene mejores estadios, mejores horarios, mayor cobertura, más publicidad, más figuras instaladas en el imaginario colectivo, mayor inversión y una presencia cotidiana en televisión, es lógico que acumule una audiencia mayor. Eso no demuestra que exista una esencia masculina del interés deportivo. Demuestra que las instituciones construyen hábitos culturales

Y esa construcción tampoco es neutral. UNESCO ha advertido que el fútbol continúa siendo un ámbito fuertemente masculinizado: alrededor del 95% de los entrenadores y el 91% de los árbitros son hombres, mientras persisten desigualdades en representación mediática, patrocinio, salarios y acceso a posiciones de decisión. La organización identifica estas desigualdades como parte de barreras estructurales y no simplemente como diferencias de preferencias individuales.

Esto permite entender por qué el problema del fútbol femenino no puede reducirse a cuántas personas compran una entrada. La pregunta también es quién administra los clubes, quién decide los horarios, quién ocupa los micrófonos, quién dirige, quién arbitra, quién define los presupuestos, que hacen para fortalecer la disciplina las instituciones deportivas y quién construye el relato alrededor de las futbolistas.

El patriarcado estructural en el deporte y la ofensiva conservadora

Pero para comprender por qué estas discusiones aparecen con tanta fuerza hay que retroceder un poco más. No alcanza con mirar las estadísticas actuales, porque el fútbol femenino no entra al mercado desde un punto de partida neutral. Entra a un espacio construido históricamente sobre una estructura patriarcal, donde los varones ocuparon durante más de un siglo las posiciones de jugadores, dirigentes, entrenadores, árbitros, periodistas, propietarios y protagonistas legítimos del espectáculo. Las mujeres no solamente llegaron más tarde a esa estructura: durante largos períodos fueron directamente expulsadas de ella.

La historia del fútbol femenino en Inglaterra resulta paradigmática. A comienzos del siglo XX, los equipos de mujeres habían conseguido una enorme popularidad y algunos partidos llegaron a reunir hasta 45.000 espectadores. En 1921, sin embargo, la Football Association prohibió que las mujeres jugaran en los terrenos pertenecientes a sus clubes afiliados, argumentando que el fútbol era “inadecuado” para las mujeres. La prohibición relegó durante casi medio siglo a las futbolistas a espacios secundarios y recién fue levantada en 1971. Es decir: hubo un momento en que el problema no era que las mujeres no consiguieran público. El problema fue que las instituciones que controlaban el fútbol decidieron que ese público no debía traducirse en un desarrollo equivalente del deporte femenino.

La historia argentina también obliga a desmontar la idea de que las mujeres llegaron recientemente al fútbol. En 1971, las pioneras de la Selección Argentina viajaron al Mundial de México sin entrenador, con apenas 17 jugadoras y con enormes carencias materiales. Aquel equipo venció 4-1 a Inglaterra en el Estadio Azteca, con cuatro goles de Elba Selva. Sin embargo, la selección femenina recién quedó formalmente bajo la órbita de la AFA en 1993. La propia historia institucional de nuestro fútbol muestra, entonces, que entre las primeras experiencias de las mujeres con la camiseta argentina y su incorporación efectiva a una estructura oficial pasaron décadas.

Esto importa porque modifica completamente la discusión actual. Cuando hoy alguien compara las audiencias del fútbol masculino con las del femenino como si ambas disciplinas hubieran tenido las mismas condiciones de desarrollo, está borrando una parte fundamental de la historia. No estamos frente a dos “productos”, como lo ven los que hacen del fútbol un negocio, que comenzaron simultáneamente y compiten libremente por la preferencia de los “consumidores”. Estamos frente a un deporte que durante décadas concentró infraestructura, capital, medios de comunicación, formación, dirigencia y reconocimiento alrededor de los varones, mientras las mujeres debían construir su práctica en los márgenes.

Ese es el patriarcado estructural aplicado al deporte: no solamente una suma de hombres que tienen prejuicios contra las mujeres, sino un sistema histórico que distribuye de manera desigual los recursos, la autoridad, la visibilidad y la legitimidad. El patriarcado no necesita que todos los hombres sean individualmente misóginos para producir desigualdad. Alcanza con que las instituciones hayan sido organizadas durante décadas bajo una determinada idea de quién representa la norma y quién aparece como excepción. Y el fútbol es uno de los territorios donde esa norma se volvió particularmente poderosa.

Durante mucho tiempo, el fútbol masculino no necesitó llamarse “masculino”. Era simplemente fútbol. El femenino, en cambio, tuvo que cargar con el apellido que lo señalaba como una variante, una derivación, una categoría especial. Esa diferencia aparentemente lingüística contiene una relación de poder: el varón aparece como medida universal y la mujer como una especificidad que debe justificar su existencia.

La lógica mercantil y patriarcal del deporte

Una mirada puramente mercantil no ve: que las condiciones desde las cuales las mujeres participan de este deporte fueron históricamente desiguales.

Un futbolista puede jugar mal. Puede tener una temporada pésima, perder una final, descender con su equipo o protagonizar una goleada histórica. Su fracaso pertenece a él y a su equipo. Raramente alguien utiliza ese resultado para demostrar que los hombres no sirven para jugar al fútbol. En cambio, cuando se trata de mujeres, una derrota puede convertirse rápidamente en una prueba contra todo el género. Un equipo juega mal y aparece “el fútbol femenino es malo”. Un partido tiene poca audiencia y aparece “a nadie le interesa”. Una liga atraviesa una crisis económica y aparece “esto no vende”. El individuo desaparece y queda solamente la categoría. Esta diferencia no es casual. Es una consecuencia de haber construido al hombre como sujeto universal del deporte. Por eso, cuando una mujer fracasa, muchas veces no se interpreta como el fracaso de una deportista sino como una confirmación de un prejuicio previo sobre las mujeres.

El patriarcado funciona también así: convierte a las mujeres en representantes de su género y a los hombres en individuos. El varón puede ser un mal futbolista. La mujer corre el riesgo de convertirse en prueba de que “las mujeres no saben jugar”. El fútbol femenino queda atrapado entonces en una doble exigencia. Tiene que competir deportivamente y, al mismo tiempo, demostrar que merece competir. Los varones simplemente compiten.

Esta diferencia explica también la obsesión por la comparación. Incluso cuando las futbolistas alcanzan el máximo nivel, aparece la necesidad de medirlas con una referencia masculina: si juegan “como los hombres”, si son “tan buenas como” determinado jugador, si tienen la intensidad suficiente, si podrían competir con determinado equipo masculino. La comparación permanente parece objetiva, pero reproduce una jerarquía: el fútbol masculino funciona como unidad de medida y el femenino como objeto a evaluar. El fútbol femenino no necesita convertirse en masculino para adquirir legitimidad. Necesita ser reconocido como una práctica deportiva propia, con su historia, sus protagonistas, sus códigos, sus niveles de competencia y sus públicos.

La realidad, además, contradice el relato de que no existe interés. El Mundial de Australia y Nueva Zelanda 2023 registró más de 1,8 millones de entradas vendidas y FIFA informó una asistencia cercana a los dos millones de personas. La propia FIFA señaló posteriormente que el torneo alcanzó alrededor de 2.000 millones de espectadores globales y generó ingresos por unos 570 millones de dólares. Estos números no permiten afirmar que todas las ligas femeninas sean automáticamente rentables, pero sí destruyen la idea mucho más amplia de que el fútbol femenino carece de capacidad para generar interés masivo.

Es cierto que un Mundial no puede utilizarse como medida automática para evaluar una liga nacional. Sería metodológicamente incorrecto. Un Mundial concentra selecciones nacionales, figuras globales, una enorme campaña publicitaria y una estructura de producción excepcional. Pero tampoco puede utilizarse el argumento contrario: que esos datos no sirven porque se trata de un evento extraordinario. Sirven para demostrar algo más acotado pero fundamental: existe una audiencia potencial enorme para el fútbol femenino cuando se combinan competencia, visibilidad, inversión y desarrolllo.

La discusión debería desplazarse entonces desde la pregunta “¿a alguien le interesa?” hacia una cuestión mucho más seria: ¿qué condiciones hacen posible ese interés?

La trampa de la rentabilidad

La propia decisión reciente de la Liga F de garantizar cuatro partidos por jornada en abierto resulta significativa. Si el acceso gratuito aumenta, también aumentan las posibilidades de que una persona que todavía no consume fútbol femenino pueda conocer equipos, jugadoras y rivalidades. La televisión abierta no es simplemente una concesión sentimental frente a una disciplina supuestamente deficitaria. Puede ser una herramienta para visibilizar el deporte. Y aquí aparece otra paradoja. Se dice que las mujeres no generan audiencia, pero al mismo tiempo se les ofrece históricamente mucha menos exposición. Se dice que no existen figuras capaces de convocar, pero se construyen muchos menos relatos alrededor de sus carreras. Se dice que no hay rivalidades, pero se invierte mucho menos en narrarlas. Se dice que no existe interés, pero se dedica mucho menos espacio mediático a generar ese interés.

La visibilidad produce familiaridad. La familiaridad produce identificación. La identificación puede producir audiencia. No es una fórmula automática, pero sí una dinámica conocida. Lo que ocurre con el fútbol femenino es que todavía se pretende que ese circuito funcione sin que existan condiciones ni recursos equivalentes para ponerlo en movimiento. El argumento de que “no vende” puede ser particularmente tramposo. La falta de inversión produce poca audiencia, la poca audiencia vuelve a utilizarse como justificación para no invertir. El círculo se cierra.

No hay nada particularmente nuevo en esa lógica. Es la misma estructura que históricamente permitió relegar a las mujeres a los márgenes del deporte: primero se las excluye de los espacios de decisión, después se les ofrece una estructura menor, luego se observa que esa estructura tiene menos recursos y finalmente se utiliza su menor rendimiento para demostrar que la exclusión original estaba justificada.

Y hay algo todavía más básico: garantizar que niñas y adolescentes puedan jugar, formarse y soñar con ser futbolistas no debería depender de que ese sueño resulte rentable para nadie.

El desafío es construir un deporte profesional con condiciones materiales dignas, estructuras competitivas sólidas, derechos laborales, inversión y una industria audiovisual capaz de ampliar su público, sin aceptar que la rentabilidad sea el criterio que determine su existencia. Porque también aquí hay que discutir una idea central del capitalismo deportivo: si algo no produce suficiente ganancia, se lo descarta.

Ese principio puede parecer neutral, pero no lo es cuando se aplica sobre estructuras históricamente desiguales. Si un deporte masculino cuenta con cien años de acumulación de capital, infraestructura, audiencias y legitimidad, mientras otro fue sistemáticamente marginado, medir ambos exclusivamente por su rentabilidad presente equivale a convertir la desigualdad histórica en criterio de mercado. No es que las mujeres hayan demostrado ser menos capaces de construir un espectáculo. Es que durante mucho tiempo no se les permitió construirlo en las mismas condiciones.

Y esta diferencia importa porque el deporte no es solamente una mercancía. Es también trabajo, cultura, identidad, sociabilidad y un espacio de disputa por el reconocimiento. En el caso del fútbol femenino, cada espacio conquistado modifica los límites de aquello que una sociedad considera posible para las mujeres..

Porque pueden ser admitidas formalmente y seguir ocupando una posición subordinada. Pueden tener una liga profesional y continuar recibiendo menos atención. Pueden tener derechos televisivos y seguir siendo relegadas a horarios marginales. Pueden ser contratadas y continuar sometidas a comentarios sobre sus cuerpos. Pueden convertirse en estrellas y seguir teniendo que demostrar que merecen serlo.

Entre la industria, el machismo y el derecho a jugar

El episodio de Cruz Azul muestra el extremo más brutal de esa contradicción. Los conductores no dijeron solamente que el equipo había jugado mal. Dijeron que las jugadoras debían abandonar el fútbol y las ubicaron, mediante referencias sexuales, en otro lugar social. La derrota deportiva fue utilizada como una oportunidad para restituir simbólicamente una frontera: hasta acá llega una mujer dentro del fútbol.

Por eso no alcanza con pedir respeto. Hay que entender qué expresa esa violencia. Expresa que todavía existen sectores para los cuales la presencia femenina en el fútbol es una anomalía tolerable mientras no desafíe demasiado las jerarquías existentes. Y expresa también que la misoginia encuentra nuevas formas de circulación en un ecosistema mediático donde cualquier persona con una cámara, un micrófono y un público puede convertirse en productor de discurso deportivo.

La cuestión también interpela al periodismo. Durante demasiado tiempo, el fútbol femenino fue tratado como una sección secundaria, un contenido especial para determinadas fechas o un fenómeno al que se prestaba atención cuando aparecía una gran victoria internacional. Esa lógica impide construir continuidad. Y sin continuidad no hay memoria, no hay rivalidades consolidadas, no hay conocimiento de las plantillas, no hay seguimiento cotidiano y, finalmente, tampoco hay audiencia estable.

Las mujeres futbolistas tienen derecho a ser narradas también cuando pierden, cuando cambian de club, cuando se lesionan, cuando atraviesan conflictos laborales, cuando cuestionan a sus dirigentes, cuando juegan mal y cuando juegan extraordinariamente bien. Tienen derecho a ser protagonistas de una conversación deportiva completa, no de una sección de color sobre “el avance de las mujeres”.

El problema es justamente pensar el fútbol como una industria cuyo único criterio es la rentabilidad. No queremos que el fútbol femenino tenga que demostrar cuánto dinero puede producir para justificar su existencia. Queremos discutir quiénes pueden jugar, en qué condiciones y con qué derechos. Porque el deporte también es cultura, pertenencia y un derecho que no puede quedar subordinado a las ganancias. Si consigue llenar estadios, será una buena noticia. Si consigue grandes contratos televisivos, también. Si consigue atraer sponsors, mejor todavía. Pero ninguno de esos resultados debería ser el certificado que determine si las mujeres tienen derecho a jugar.

Porque esa es la trampa más profunda de la discusión sobre el fútbol femenino: hacer creer que estamos hablando solamente de consumidores, rating y rentabilidad cuando en realidad también estamos discutiendo poder, cultura, trabajo, género y ciudadanía deportiva.

La pregunta, entonces, no debería ser si las mujeres lograron construir un fútbol suficientemente rentable para que el mercado decida conservarlo. La pregunta debería ser qué tipo de deporte queremos construir.

Y si la respuesta es que solo merece existir aquello que vende, entonces el problema ya no es el fútbol femenino. Es el modelo de deporte que estamos defendiendo. Porque después de más de un siglo de fútbol organizado alrededor de los hombres, quizás ya sea hora de dejar de pedirles a las mujeres que demuestren que merecen estar en la cancha.

Que jueguen.

Que compitan.

Que ganen.

Que pierdan.

Que sean buenas o malas.

Que llenen estadios o que todavía tengan que construir su público.

Pero que puedan hacerlo sin que cada derrota sea utilizada para expulsarlas simbólicamente del lugar que conquistaron. Sin que cada dificultad económica vuelva a convertirse en una excusa para decirles, como en México, que su lugar está en otra parte. El fútbol femenino no está pidiendo permiso para existir. Está disputando las condiciones materiales, culturales y políticas para poder hacerlo plenament

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