La final con España terminó, pero la batalla política y mediática siguió en redes, en los medios y hasta en la calle. Entre falsedades, prejuicios y operaciones coordinadas, la Selección argentina volvió a quedar en el centro de una disputa mucho más grande que el fútbol.
Por Andrea Lanzette y Abril Ledesma
La campaña de odio contra Argentina
El Mundial terminó y ganó España. Argentina fue subcampeón. Pero, apenas apagado el eco de la final, buena parte de la conversación pública dejó de girar alrededor del campeón y se concentró en otra cosa: la insistente construcción de un supuesto “odio al segundo”, una narrativa que mezcla fakes, envidia, mala leche y una maquinaria de desinformación que ya no se contenta con ensuciar una jugada o exagerar una polémica. Ahora busca algo más ambicioso: convertir a un país entero en culpable de todo lo que molesta.
En esa operación, Argentina fue presentada como si fuera una identidad compacta y monstruosa, hecha de racismo, violencia, soberbia, trampas y desprecio por los demás. Una caricatura útil para las redes, rentable para los algoritmos y funcional para un poder que necesita un enemigo fácil. Como toda propaganda barata, se apoya en un puñado de imágenes descontextualizadas, videos recortados, mensajes repetidos en serie y una certeza de manual: si una mentira se multiplica lo suficiente, algunos terminan creyéndola aunque no resista el más mínimo contraste con la realidad. Si bien en ese escenario nuestro país parece el último lugar del mundo, con los 7 pecados capitales como alma constitutiva, uno de los argumentos más fuertes sobre nuestro pueblo, es el racismo y la violencia como característica innata del ADN argentino.
Lo que se desplegó no fue una discusión seria sobre el racismo, que existe y debe discutirse en todos los países, sino una campaña internacional para instalar la idea de que el racismo sería la esencia de la identidad argentina. El resultado fue una hostilidad digital que, en varios lugares, también se tradujo en agresiones concretas contra argentinos.
Una campaña que no nació de la nada
La expansión de estos discursos de odio por grandes medios de comunicación derivó a discusiones por X y rápidamente se extendió a Instagram, Facebook, Telegram y otras plataformas donde el contenido impactante viaja más rápido que cualquier desmentida. El debate dejó de ser deportivo y pasó a una zona más peligrosa: la de la desinformación internacional convertida en sentido común. No hace falta demostrar una autoría única para advertir que hubo una coordinación evidente. Cuando miles de cuentas repiten estructuras parecidas, los mismos videos, las mismas imputaciones y la misma lógica de linchamiento, ya no estamos ante una simple opinión.
Diversas hipótesis circularon sobre el origen de esta campaña: agencias de comunicación deportiva, estructuras de influencia digital, operaciones financiadas desde afuera, grupos especializados en manipular tendencias. También apareció el nombre del llamado “Team Jorge”, vinculado en investigaciones internacionales a campañas de desinformación y guerra sucia digital. Nada de eso, hasta el momento, fue probado de manera concluyente en relación directa con esta ofensiva contra Argentina. Pero la falta de una firma visible no vuelve inocente al fenómeno. Al contrario, es precisamente el anonimato de estas operaciones lo que las hace más efectivas.
Porque el objetivo no es solamente insultar. Es instalar un clima. Es condicionar la percepción global. Es sembrar la sospecha de que todo triunfo argentino es tramposo, que cada protesta es violenta, que cada gesto de orgullo nacional es una agresión. Y cuando esa idea logra imponerse, el siguiente paso llega solo: la deshumanización.
El blanco no fue solo la Selección
La campaña tomó impulso con el Mundial, pero no se limitó a la final. Se montó sobre una acumulación de prejuicios viejos: la rivalidad futbolera, la discusión sobre el estilo de juego argentino, la arrogancia que algunos adjudican al país, la dificultad histórica de aceptar la centralidad de la Selección como potencia futbolística. Desde el mundial anterior y frente a un equipo que tenía a uno de los mejores jugadores del planeta, Argentina pagó el costo de ser campeón del mundo.
A partir de ahí, y fundamentalmente en el transcurso de este mundial, el relato se fue engordando con acusaciones cada vez más grotescas: que Argentina “compra” partidos, que la FIFA la protege, que sus jugadores son violentos por naturaleza, que el país sería un enclave racialmente homogéneo por obra de una supuesta decisión histórica de blanqueamiento, que la medalla de plata no valía nada porque lo que se quería era castigar a una nación entera.
La Selección quedó en medio de una trama donde el fútbol fue apenas la superficie. Detrás apareció otro asunto mucho más profundo: la incapacidad de parte del establishment deportivo y mediático internacional para tolerar un equipo del sur del mundo que discute en la cancha, que gana, que incomoda y que además levanta banderas políticas que algunos preferirían dejar enterradas. Un sentimiento popular que abrazó este actuar de la selección, y que lo convirtió en consigna.
Malvinas: el gesto que nunca perdonaron
Hay un punto clave para entender por qué esta hostilidad se volvió tan intensa. Argentina no solo llegó a la final después de haber sido campeona en Qatar, sino que durante este mundial mostró una temple y un espíritu que llevó a ganar partidos que había empezado perdiendo. Pero además jugó una semifinal contra Inglaterra, que quedará en la historia y en la memoria colectiva. No solo por el partido sino por su significado histórico, y el emotivo festejo que provocó en el pueblo.
También por lo expuesto, no solo durante el partido, sino en la cancha, con gestos simbólicos y con memoria histórica, una herida que el poder británico nunca quiso ver reabierta: Malvinas.
El recuerdo del partido contra Inglaterra, el despliegue de la bandera con la consigna “Las Malvinas son argentinas”, la reacción furiosa del otro lado, los intentos de sanción, la presión diplomática, los rumores sobre visados y prohibiciones, todo eso formó parte de una misma disputa. El mensaje era claro: hay ciertas memorias nacionales que el sistema internacional tolera mientras están dormidas, pero que castiga cuando vuelven al centro de la escena.
No se trató solo de un partido , o de una bandera. Se trató de la irrupción de un sentimiento antiimperialista que atravesó al pueblo argentino y a muchos de los pueblos que luchan contra Inglaterra por la soberanía de sus territorios, mucho antes del Mundial y que el fútbol, una vez más, hizo visible. Por eso también hubo tanta incomodidad brutal del imperialismo. Porque cuando un seleccionado sudamericano llega a una final, después de haber puesto en discusión símbolos, poderes y relatos instalados, no sólo disputa una copa. Disputa una legitimidad que incomoda al poder.

Soberanía y antiimperialismo
La cuestión de Malvinas no quedó encerrada en las tribunas. La reivindicación de la soberanía argentina volvió a cruzarse con otro debate de fondo: la extranjerización de la tierra y el control de recursos estratégicos del país. En los días posteriores al partido, la discusión sobre la legislación que limita la compra de tierras por parte de extranjeros volvió a cobrar fuerza, y, en medio de ese clima, terminó cayéndose la sesión en el Congreso que buscaba avanzar sobre la modificación de la Ley de Tierras. La discusión puso nuevamente sobre la mesa una pregunta: ¿quién tiene derecho a decidir sobre el territorio argentino?
El caso del magnate británico Joe Lewis, propietario de extensas tierras en la Patagonia y protagonista de una larga disputa por el acceso al Lago Escondido, se convirtió en uno de los ejemplos más visibles de una problemática que sectores del poder prefieren mantener fuera de agenda.
En ese sentido, la defensa de Malvinas no puede separarse de una discusión más amplia sobre soberanía. Para una parte importante de la sociedad argentina, no se trata solamente de una disputa territorial con el Reino Unido, sino de cuestionar un modelo en el que grandes extensiones de tierra, recursos naturales y sectores estratégicos quedan bajo control extranjero. La bandera de Malvinas, entonces, adquiere una dimensión antiimperialista que va mucho más allá de una rivalidad futbolística.
Y no solo tuvo ese significado para nuestro país, sino para muchos que también levantaron la voz sobre sus territorios contra el imperialismo. Una foto, una sábana pintada a mano, nuestra memoria, Maradona, Las Malvinas, un pueblo celebrando, y un sentimiento anti imperialista que contagia son una combinación peligrosa para la FIFA, para el imperialismo y el poder que representan.
Mientras esa discusión volvía a aparecer, los festejos populares posteriores al partido en nuestro país, también fueron escenario de represión y controles policiales. Las imágenes de fuerzas de seguridad interviniendo en celebraciones masivas volvieron a mostrar una postal conocida: un Estado que tolera la fiesta mientras puede controlarla, pero que responde con violencia cuando las calles se convierten en espacios de expresión popular.
Una cancha inclinada y un clima condicionado
La final frente a España estuvo rodeada por un clima enrarecido. Desde días antes se multiplicaron teorías conspirativas, acusaciones de favoritismo arbitral, relatos sobre una supuesta protección de FIFA y descalificaciones sobre el juego argentino. Pero el contexto no puede separarse de lo ocurrido en semifinales: Argentina había eliminado a Inglaterra y, en ese mismo escenario mundial, volvió a levantar la bandera de Malvinas, reavivando una disputa histórica que excede largamente al fútbol. Para quienes preferían que Argentina no llegará a la cima, la derrota frente a España podría funcionar también como una forma de cerrar esa incomodidad política y simbólica y, de algún modo, castigar “al rebelde” y adoctrinar para adelante. En ese contexto, no sorprende que la discusión sobre el partido se haya convertido en una batalla paralela, jugada fuera del campo.
Es cierto que toda final mundial concentra tensiones, presiones y lecturas interesadas. Pero en este caso el escenario fue más pesado de lo habitual. Una parte de la prensa española alimentó la idea de que Argentina había llegado demasiado lejos gracias a un sistema armado para favorecerla. Desde las redes, esa hipótesis se repitió hasta el cansancio. Y en algunos tramos, incluso desde sectores vinculados al propio entorno del campeón, se instaló una supuesta superioridad moral basada en “ganar limpio”, como si del otro lado hubiera habido un equipo de tramposos por definición.
La realidad, sin embargo, es bastante menos novelera y bastante más política: el fútbol global está atravesado por intereses económicos, por disputas geopolíticas y por el enorme negocio que rodea a cada Mundial. Creer que la FIFA es neutral es una forma elegante de no ver lo que tiene delante. La FIFA administra el espectáculo, regula la rentabilidad y reparte legitimidades. No es árbitro de una competencia pura: es garante de un orden donde el poder económico decide mucho más de lo que admite.

El Mundial, Trump, Netanyahu y la paz de los negocios
También por eso el Mundial dejó una postal incómoda en el plano internacional. Mientras se celebraba el torneo, seguían los bombardeos en Gaza y continuaban las operaciones de lavado de cara para actores del poder mundial como Donald Trump y Benjamin Netanyahu que utilizan el deporte como vidriera para tapar el genocidio en curso. La gran fiesta del fútbol convive sin pudor con las guerras, con los negocios del saqueo y con la impunidad de gobiernos y dirigentes a los que la FIFA les sirve
Pero la crisis de legitimidad de la FIFA atravesó todo el Mundial. La organización pretende presentarse como una autoridad neutral, por encima de la política y de los conflictos internacionales, pero su historia demuestra lo contrario. La FIFA no es neutral: administra uno de los negocios más rentables del planeta y sus decisiones están atravesadas por intereses económicos, políticos y geopolíticos. Mientras busca convertir cada vez más al fútbol en un gran espectáculo global, controlado por sponsors, corporaciones, derechos televisivos y capitales multimillonarios, las hinchadas y los pueblos quedan relegados a ser consumidores de un negocio que se construye a sus espaldas.

En ese marco, la final no fue solo una final. Fue parte de una escenografía global donde el deporte funciona como anestesia, pero también como disputa simbólica. Por eso resulta tan pobre reducir todo al “odio al segundo”. Lo que hay de fondo es mucho más serio: una ofensiva mediática y digital contra un país que, con todos sus problemas y contradicciones, sigue siendo capaz de incomodar al poder cuando se organiza, cuando disputa y cuando no se arrodilla.
El fútbol puede ser un negocio para unos pocos, pero sigue siendo una pasión y una identidad para millones. Y justamente ahí reside su potencia: en que, por más que intenten convertirlo en una mercancía completamente controlada, las tribunas, las camisetas y las banderas todavía pueden expresar aquello que el poder preferiría que quedara fuera de la cancha.

Racismo: una historia compleja que no entra en una etiqueta
Hablar del racismo en Argentina exige reconocer una historia atravesada por contradicciones. Como el resto de América Latina, el país se construyó sobre la conquista y colonización europea, el sometimiento de los pueblos originarios y la esclavitud de personas africanas y afrodescendientes. La población negra tuvo una presencia mucho mayor de la que durante décadas admitió el relato oficial, y Argentina fue uno de los países donde primero llegaron los barcos con esclavos desde África, mientras que las campañas militares y las políticas de Estado provocaron el despojo y la marginación de comunidades indígenas. si es necesario aclarar que la tenencia de esclavos en las colonias del virreinato y en especial en la zona que hoy sería Buenos Aires, era de un costo altísimo, teniendo en cuenta la utilidad y formato económico de la época. A diferencia de otros lugares, como es Brasil, de a poco mermó el ingreso de esclavos desde África, y se aceleró la utilización de indígenas a tales fines.
A esto se sumó, durante los siglos XIX y XX, una inmigración europea masiva que transformó profundamente la sociedad y alimentó el proyecto de las élites de construir una nación con una identidad “blanca” y europeizada. Que con relatos y una historia oficial negó e invisibilizó parte del mestizaje y de la diversidad que también forman parte de nuestra historia. En ese sentido ya diferencia de otros países, en el nuestro no existió un proceso de segregación tan fuerte como por ejemplo en Estados Unidos, la fusión de las diferentes etnias en nuestro territorio, surgiendo los mestizos, mulatos, zambos, hace que el relato de una sociedad blanca y europeizada no sea real. Pero a su vez esa fusión construyó una identidad nueva. Que desde ya no puede negar sus orígenes.
La historia argentina es contradictoria, como lo son todas las sociedades en este sistema capitalista y estructuralmente opresor: está hecha de colonialismo y resistencia, de racismo y mestizaje, de exclusión y de integración, de desigualdades y también de luchas contra ellas. Comprender esa complejidad es mucho más serio que repetir etiquetas prefabricadas. Ese pasado dejó huellas que todavía persisten en formas de discriminación hacia pueblos originarios, afrodescendientes y migrantes. No lo desconocemos. por eso reconocerlas y combatirlas es una tarea necesaria. Pero la historia Argentina no puede reducirse a eso. Este análisis que promocionan es simplista pero además además xenofogo. Por otro lado tanto América como África son continentes sometidos por el imperialismo, subsumidos por años de genocidio en nuestra tierra de la mano blanca de Europa. Parece un chiste que desde ahí se alcen esas voces.
Argentina además es una sociedad tambien atravesada por las luchas contra la desigualdad y la discriminación. Fruto de eso es el preámbulo de la constitución argentina, la consagración de derechos de igualdad, o la ley de salud y educación gratuita para todos los que habiten el suelo argentino. Argentina durante muchos años albergó a jóvenes de todo el mundo que vienen a nuestro país a estudiar para recibir curación por alguna enfermedad. y hablar de racismo, es justamente poder entender que es una lucha de todos los días, no terminó con el fin de la colonia, o por tener logros y derechos constitucionales igualitarios, es un paradigma que debe ser todos los días construido. Y que va a terminar cuando se caigan los límites que nos dividan, y el mundo sea uno solo.
Por supuesto, en tiempos de Milei y ultraderecha todo eso conseguido en argentina está en juego. Los migrantes hoy en nuestro país están siendo atacados desde el propio gobierno. Y somos miles los que lo enfrentamos todos los días.
Por eso, discutir seriamente el racismo implica mirar la historia completa: reconocer las injusticias, desmontar los mitos sobre una supuesta Argentina homogéneamente blanca y entender que ninguna sociedad puede definirse por una sola característica. La Argentina real es mucho más compleja que la caricatura que algunos intentan construir sobre ella.

Argentina no es Milei
Conviene decirlo con claridad: el odio que circuló en redes no habla del pueblo argentino. Habla de otro país en el espejo, un país que algunos quieren identificar con el gobierno de turno, con su alineamiento internacional, con su desprecio por la soberanía y con su adhesión servil a los poderosos de siempre. Pero Argentina no es Milei. Argentina es también su historia de luchas, de memoria antiimperialista, de trabajadores, de estudiantes, de barrios, de hinchadas, de Abuelas, de migrantes, de mestizaje y de contradicciones que no se resuelven con una etiqueta.
Y hay una paradoja que tampoco puede ignorarse: más allá de las celebridades, influencers y medios extranjeros que se sumaron a la campaña antiargentina, como Rosalía que fue repudiada en redes por compartir un posteo contra Argentina, a 10 días de su primer concierto en el país, hay una campaña exagerada que busca mostrarnos como salvajes, que deben ser controlados. En ese sentido mientras nos agreden, quieren nuestra agua, petróleo, tierra, y llenarse de plata en espectáculos organizados para el pueblo. En definitiva instalar que somos viles, y una amenaza, parece habilitarlos a vaciarnos.
Ahora bien, si alguien atenta hoy contra los derechos y la soberanía de nuestro país es el propio presidente Javier Milei.
Es su gobierno el que reprime la protesta social, recorta derechos, entrega recursos estratégicos, avanza contra las condiciones de vida de las mayorías y sostiene un alineamiento internacional con gobiernos responsables de graves violaciones a los derechos humanos. Es también el gobierno que reivindica una política exterior subordinada a las grandes potencias mientras abandona históricas banderas de soberanía. Es tambien el gobierno mas sionista de la historia de nuestro pasi, lejos del sentir del pueblo. El más antiargentino, entonces, no está necesariamente en las redes de otro país: puede estar sentado en la Casa Rosada.
Sí, existe racismo en Argentina, como existe en toda sociedad atravesada por relaciones coloniales, esclavistas, migratorias y clasistas dentro del sistema capitalista. Pero una cosa es discutir ese problema con seriedad y otra muy distinta es montar una campaña mundial para presentar al país como una excepción moralmente corrupta. Esa operación no busca justicia: busca disciplinamiento.
El Mundial terminó con una medalla de plata para la Selección. Pero el verdadero partido, el más áspero, se jugó y se sigue jugando fuera de la cancha. Ahí están las redes, la propaganda, la presión política, los intereses económicos y las viejas cuentas pendientes del orden mundial. Ahí está también la pregunta que incomoda: ¿quién decide qué nación puede ser celebrada y cuál debe ser humillada?
Argentina, otra vez, eligió no callarse. Y por eso molestó tanto.

