En 1872, bajo la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, Argentina creó el Servicio Meteorológico Nacional.
No fue un dato menor: fuimos uno de los primeros países del mundo en organizar un sistema meteorológico estatal. En un país atravesado por el agro, la navegación y un territorio inmenso, entender el clima no era un lujo: era una necesidad estratégica.
Desde entonces, el SMN construyó algo mucho más importante que pronósticos: una red federal de observación, más de 150 años de datos climáticos, y un sistema de alertas que hoy salva vidas.
Además, desde 1904 sostiene el observatorio de las Islas Orcadas, la presencia científica permanente más antigua de la Argentina en la Antártida. Ese dato no es simbólico: es uno de los pilares materiales de los reclamos de soberanía en el continente blanco.
Durante décadas, el SMN fue uno de los servicios meteorológicos más importantes del hemisferio sur. No estamos hablando de una oficina más del Estado. Estamos hablando de infraestructura científica y soberana: porque implica controlar los datos sobre nuestro territorio, garantizar sistemas críticos como las alertas y la aviación, y sostener una memoria climática propia. Sin eso, el país queda dependiente de actores privados o externos para decidir sobre su propia realidad.
Y cuando los datos pasan al mercado, la soberanía también se vende.
¿Para qué sirve el SMN en la vida cotidiana?
Antes de discutir, hay que hacer una pregunta básica:¿qué hace el SMN para la gente común?
Alertas por tormentas e inundaciones: permiten suspender clases, evacuar zonas o prevenir daños.
Seguridad aérea: cada vuelo depende de información meteorológica precisa. No es opcional.
Producción agropecuaria: siembra, cosecha, heladas, sequías. Todo depende del clima.
Gestión de incendios y emergencias: sin datos meteorológicos, la respuesta estatal queda a ciegas.
Cambio climático: sin registros históricos, no hay forma de medir qué está pasando ni planificar políticas.
El SMN no es solo un servicio técnico: es una herramienta para cuidar vidas, producir y planificar el país.
El ajuste: no es modernización, es recorte
Según datos relevados por Chequeado, el presupuesto del SMN cayó un 43% en términos reales desde la asunción del gobierno de Javier Milei.
A eso se suma: despidos de trabajadores, reducción de personal técnico, menor capacidad operativa.
En varias estaciones del país, hoy hay baches de hasta 12 horas sin observación. Eso tiene nombre: apagón meteorológico.
El relato de la “modernización”
El ministro Federico Sturzenegger planteo en un hilo de X que el problema es simple: sobran trabajadores y falta tecnología. Y propone reemplazar personas por estaciones automáticas.
Pero esto es técnicamente incorrecto. Las estaciones automáticas: no reemplazan la observación humana, fallan en condiciones extremas, no registran variables clave como nubes o visibilidad, requieren mantenimiento y validación constante.
En todo el mundo, los sistemas son mixtos. Decir que se puede pasar de 1000 trabajadores a 150 sin perder calidad no es modernización. Es desmantelamiento.

Del conocimiento científico a la lógica militar: qué está pasando en el SMN
En 2007, el SMN dejó de depender de la Fuerza Aérea y pasó a la órbita del Ministerio de Defensa. Esto no lo convirtió en un organismo “civil puro”, pero sí marcó un cambio importante: salió de la estructura militar directa y pasó a tener conducción política civil, reafirmando su carácter de herramienta estratégica del Estado. Sin embargo, la orientación actual del organismo también se expresa en quién lo conduce. Hoy el SMN está dirigido por Antonio Mauad, cuya designación fue cuestionada por sectores de la comunidad científica y trabajadores del área.
No es un dato menor: no es meteorólogo. Proviene del ámbito militar, en un organismo cuya función central es producir conocimiento científico complejo y garantizar información crítica para la población. Esto abre una pregunta inevitable: ¿qué implica que un organismo científico estratégico esté dirigido por alguien sin trayectoria en la disciplina?
Distintos especialistas vienen señalando que la conducción del SMN requiere experiencia específica en meteorología, no solo por una cuestión académica, sino por el impacto directo que sus decisiones tienen en áreas sensibles como la seguridad aérea, la gestión de emergencias y las alertas tempranas.
En ese marco, la designación no aparece como un hecho aislado, sino como parte de un cambio más profundo: el desplazamiento de una lógica científica hacia una lógica política orientada al ajuste.
Cuando “ahorrar” cuesta caro
El problema no es solo laboral. Es social. Menos personal y menos presupuesto significan: datos incompletos, alertas tardías, mayor margen de error. Y en meteorología, eso puede traducirse en: pérdidas económicas, desastres mal gestionados, vidas en riesgo. El propio gobierno menciona tragedias como La Plata o Bahía Blanca. Pero esas tragedias no muestran que haya que achicar el sistema. Muestran exactamente lo contrario: hay que fortalecerlo.
El fondo del problema: quién controla la información
Acá aparece el punto más importante. El SMN produce datos públicos, abiertos y estratégicos. Debilitarlo no solo afecta su funcionamiento: abre la puerta a que esa información quede en manos privadas o fragmentadas.
Esto se profundiza con medidas como el DNU 274/2026, que habilita la participación de actores privados en servicios meteorológicos clave, especialmente en el ámbito aeronáutico. El resultado no es más eficiencia, sino más fragmentación.
Y en un mundo donde los datos son poder, eso no es un detalle es una decisión politica. En este contexto, no es casual la influencia de figuras como Peter Thiel y empresas como Palantir Technologies, que promueven modelos donde la información se centraliza en sistemas privados.
Mientras se debilita un organismo público que produce datos para todos, se abren las puertas a esquemas donde la información se convierte en mercancía.
Negacionismo en la práctica: medir para no ver
No se puede gestionar lo que no se mide. En un mundo que atraviesa una crisis climática sin precedentes, el vaciamiento del SMN funciona como una forma de negacionismo operativo. Mientras el discurso oficial evita términos como “cambio climático” o “calentamiento global”, el recorte presupuestario desarticula las herramientas científicas que permiten documentar sus efectos en nuestro suelo.
Sin una Red de Observación robusta y federal, perdemos la capacidad de mapear cómo están cambiando las zonas de riesgo en Argentina. No se trata solo de saber si mañana llueve; se trata de entender por qué las sequías son cada vez más extremas o por qué las olas de calor ahora duran semanas. Al romper la continuidad de los datos históricos, el Estado no solo ahorra dinero: también borra la evidencia científica necesaria para exigir políticas de mitigación y recambio productivo.
El desmantelamiento del SMN es, en el fondo, la decisión de quedar ciegos ante la emergencia. Quitarle recursos a quienes miden el clima es la forma más efectiva de evitar las responsabilidades políticas que el cuidado de la vida y el territorio exigen.
No están modernizando el Servicio Meteorológico Nacional. Lo están achicando. Y cuando se achican las herramientas para anticipar el clima, no se achican las tormentas. Se achican nuestras defensas
Red Ecosocialista AMBA

