En Argentina, casi el 20% de niñas, niños y adolescentes dejó de acceder a controles de salud por motivos económicos. El dato expone el impacto directo de la crisis social sobre derechos básicos y revela un sistema cada vez más excluyente.
La salud como un privilegio
El dato surge de un informe realizado en base a la Encuesta periódica que realiza el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica. El mismo sostiene que uno de cada cinco chicos en Argentina no puede ir al médico por falta de dinero. Aquella situación muestra con crudeza cómo la crisis económica impacta directamente en el acceso a la salud.
La situación no se limita a consultas médicas generales: la atención odontológica es la más postergada, evidenciando una deuda histórica del sistema sanitario y el deterioro de las condiciones de vida.
Una crisis más profunda
El problema no puede entenderse de forma aislada. Se inscribe en un cuadro más amplio: en Argentina, más de la mitad de los niños y adolescentes viven en situación de pobreza.
Además, casi un 30% no se alimenta de forma regular y millones de familias enfrentan dificultades para cubrir necesidades básicas.
En ese contexto, la salud deja de ser una prioridad posible para convertirse en un gasto que muchas familias no pueden afrontar.
Ajuste y deterioro del sistema
El aumento de estas cifras no es casual. El deterioro del acceso a la salud está directamente vinculado a políticas de ajuste, caída de ingresos y debilitamiento del sistema público.
A esto se suma una oferta sanitaria insuficiente, con hospitales y centros de atención atravesados por recortes, falta de recursos y sobrecarga laboral.
Infancias atravesadas por la desigualdad
Los datos muestran que la pobreza infantil no es solo una cuestión de ingresos, sino una privación múltiple de derechos: alimentación, vivienda, educación y también salud.
En 2025, casi el 42% de los chicos vive en hogares sin acceso adecuado a saneamiento, mientras que una parte significativa sufre hacinamiento o condiciones habitacionales precarias.
La imposibilidad de ir al médico es, en ese sentido, una expresión más de una desigualdad estructural.
Cuando enfermarse es un problema económico
Para miles de familias, llevar a un hijo al médico implica elegir entre pagar un tratamiento o cubrir otras necesidades básicas como alimentos o transporte.
Esto no solo agrava enfermedades existentes, sino que también impide la prevención, profundizando problemas de salud a largo plazo.
Un modelo que recorta derechos
Estos datos reflejan un modelo donde los derechos básicos dejan de estar garantizados y pasan a depender de la capacidad de pago. La salud, lejos de ser un derecho universal, se convierte cada vez más en un privilegio.
Cuando un chico no puede ir al médico por falta de plata, no estamos ante una estadística: estamos frente a un sistema que falla en lo más elemental. No es una excepción, es el resultado de un modelo que ajusta sobre las mayorías y descarga la crisis sobre las infancias. Frente a esto, no alcanza con diagnósticos: hace falta organización y lucha para defender la salud pública, gratuita y con el presupuesto necesario como un derecho y no como un negocio.

