El partido que nunca fue. Inter de Milán contra el EZLN

Fútbol, política y utopía se cruzaron en una historia que nunca llegó a jugarse: a mediados de los 2000, el Inter de Milán aceptó disputar un partido con el EZLN en Chiapas, con Diego Maradona propuesto como árbitro. El encuentro, pensado como un gesto de solidaridad y diálogo entre mundos opuestos, quedó atrapado entre el simbolismo y los límites del poder.

El partido del siglo

La escena parecía salida de una fábula latinoamericana: el Inter de Milán, uno de los gigantes del fútbol europeo, frente a un equipo integrado por miembros del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en algún punto de la selva chiapaneca. En el centro del campo, como árbitro, Diego Armando Maradona. No era una metáfora ni una provocación literaria: fue una invitación real, aceptada formalmente, que sin embargo nunca llegó a concretarse.

Corría mediados de la década del 2000, el fútbol ya era uno de los deportes más vistos y  de los negocios más rentables en el mundo, siendo el récord de transferencia hasta el momento había sido el de Zinedine Zidane del Real Madrid a la Juventus por 77 millones, previo al mundial de Corea Japón. 

 En ese mismo escenario, el Internazionale de Milán, desarrollaba su programa social Inter Campus, una iniciativa orientada a utilizar el fútbol como herramienta de inclusión en comunidades vulnerables. En ese marco, una delegación del club visitó Chiapas, una de las regiones más postergadas de México y bastión histórico del zapatismo. Allí, el contacto con organizaciones locales y con referentes del EZLN derivó en una propuesta que desbordaba lo deportivo.

El subcomandante Marcos, vocero del movimiento, envió una invitación formal al club italiano para disputar un partido simbólico. No se trataba de una competencia convencional: el encuentro era pensado como un gesto político-cultural, una puesta en escena donde el fútbol funcionara como lenguaje común entre mundos opuestos. La lista de árbitros propuesta reforzaba ese carácter: Maradona como juez principal, acompañado por figuras como Jorge Valdano, Javier Aguirre y Sócrates, todos referentes del pensamiento crítico dentro del fútbol.

El Inter respondió afirmativamente. La aceptación no fue menor: un club europeo de élite, que contaba con jugadores como el emperador Adriano, el chino Recoba y Marco Materazzi, entre otros, validaba, al menos simbólicamente, un diálogo con un movimiento insurgente que cuestionaba de raíz el orden político y económico dominante. En ese gesto tuvo peso la figura de Javier Zanetti, entonces capitán del equipo, quien había manifestado públicamente su interés por las causas sociales y su cercanía con los valores de inclusión que el zapatismo decía representar.

Sin embargo, lo que parecía una postal histórica comenzó a chocar con la realidad. La logística de trasladar a un plantel profesional, la complejidad política de organizar un evento con el EZLN, las tensiones diplomáticas implícitas y la dificultad de garantizar seguridad y viabilidad institucional terminaron por enfriar la iniciativa. El partido quedó atrapado entre la voluntad simbólica y los límites concretos del poder.

Nunca hubo fecha, nunca hubo cancha. Maradona jamás tomó el silbato, aunque su sola mención terminó de convertir la historia en leyenda. El episodio quedó relegado a cartas, comunicados y recuerdos fragmentarios, pero persistió como una rareza potente: un momento en el que el fútbol pareció dispuesto a salirse de su guión habitual y dialogar, aunque fuera por un instante, con una de las experiencias políticas más singulares de América Latina.

Mas allá, de nuestras profundas diferencias con el experimento zapatista es innegable que años después, el relato sigue circulando como una anécdota improbable, pero también como una señal de algo más profundo: la capacidad del fútbol para convertirse en territorio de disputa simbólica, donde se cruzan identidad, poder y resistencia. El partido entre el Inter y el EZLN nunca se jugó, pero dejó una pregunta abierta que todavía resuena: ¿hasta dónde puede llegar el deporte cuando se atreve a incomodar al orden establecido?

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