La libertad de los verdugos. El oxímoron del “feminismo” libertario

La reciente publicación del libro Sin padre, sin marido y sin Estado de las investigadoras Melina Vázquez y Carolina Spataro ha puesto sobre la mesa un fenómeno que, para quienes militamos en el feminismo de clase y desde una perspectiva de izquierda, resulta profundamente contradictorio. La investigación se adentra en las subjetividades de mujeres que militan la ideología “libertarias” y a su vez se autodenominan “feministas”. Sin embargo, más allá del interés sociológico que despierta el mapeo de estas “hermanas bastardas” —como las investigadoras las denominan—, es imperativo realizar un análisis político y conceptual que desmonte la trampa tras el rótulo del “feminismo libertario”.

Hoy sabemos que las identidades no se construyen en el vacío, sino en marcos históricos de opresión. Lo que hoy se presenta como una “nueva combinatoria” o una “reacción al punitivismo progresista” es, en realidad, una capitulación ideológica ante el verdugo. En esto somos claras: No estamos ante una nueva rama del feminismo, sino ante una avanzada de la extrema derecha que intenta cooptar un lenguaje de emancipación para vaciarlo de contenido y ponerlo al servicio de sus intereses.

El oxímoron: ¿Libertad de mercado o libertad de las mujeres?

El término “feminismo libertario” es, en su raíz, un oxímoron. No se puede ser feminista y defender un sistema que entrega la regulación de la vida al mercado. La premisa de estas agrupaciones es “sin Estado”, pero lo que omiten deliberadamente es que ese vacío no lo ocupa la autonomía personal, sino la dictadura del mercado y la ley de la selva económica.

El feminismo históricamente ha denunciado que la opresión de las mujeres no es solo un asunto de “malos tratos” individuales o de maridos autoritarios, sino que es estructural. El patriarcado no es una suma de prejuicios; es un sistema que se sostiene en la división sexual del trabajo. Cuando las libertarias dicen “todo lo que el Estado toca lo contamina” están firmando el certificado de defunción de los escasos derechos conquistados que permiten, precisamente, amortiguar la opresión patriarcal en el marco de este sistema. Paradojicamente sus premisas abonan al sistema capitalista que es el primer defensor del mercado y de la anulación de derechos. Por supuesto podemos también discutir los problemas de “este estado”, pero en pos de una estructura social mas justa e igualitaria y no para entregarle el destino al mercado lisa y llanamente.

Para una mujer trabajadora, el Estado no es solo un ente burocrático; es (o debería ser) el hospital público donde pare, la escuela donde educa a sus hijos y el sistema de salud que debe garantizar su acceso a la interrupción del embarazo o a métodos anticonceptivos. Vaciar el sistema de salud, como propone el modelo de extrema derecha actual, no “libera” a la mujer. Al contrario, la encadena. Si no hay salud pública, la crisis de cuidados recae íntegramente sobre los hombros de las mujeres. Ante la ausencia de jardines maternales, centros de día o asistencia estatal, somos nosotras quienes debemos abandonar empleos o precarizarnos aún más para cuidar. El mercado no cuida; el mercado explota. Por lo tanto, defender la ausencia del Estado en una sociedad capitalista es defender que, en los efectos, la mujer regrese a la servidumbre doméstica privada, ahora bajo la presión de la supervivencia económica más descarnada.

La trampa de la representación: el caso Bullrich y la “Dama de Hierro”

El libro de Vázquez y Spataro señala que muchas de estas jóvenes y señoras libertarias encuentran sus referentes en figuras como Patricia Bullrich o Diana Mondino. El argumento es la supuesta “meritocracia” y el carácter “aguerrido” de estas mujeres que ocupan espacios históricamente masculinizados. Aquí es donde la confusión conceptual alcanza niveles peligrosos.

¿Se puede defender a una figura antifeminista en nombre del feminismo solo porque es mujer? La respuesta política debe ser un “no” rotundo. El hecho de que una mujer ocupe un lugar de poder no garantiza una política de género; muchas veces, garantiza la ejecución más eficiente de las políticas misóginas de su clase. Patricia Bullrich ha cuestionado sistemáticamente el concepto de femicidio y ha culpado al propio feminismo por la violencia de género (bajo la narrativa de que la “provocación” o la “partidización” generan rechazo) y ha promovido políticas represivas que afectan mayoritariamente a las mujeres más pobres y a las disidencias. Nada más lejos del feminismo.

Levantar a Bullrich como un ícono de empoderamiento es el grado máximo de alienación. Es confundir el ascenso individual de una mujer dentro de la estructura jerárquica y violenta del capital ( y en este caso en particular un ascenso por méritos patriarcales en todos los aspectos) con la liberación colectiva del género. Si una mujer encarna las ideas más reaccionarias de la historia, si defiende el ajuste que hambrea a las madres de los barrios populares, no es una “referente feminista”; es una pieza fundamental del engranaje patriarcal. El feminismo libertario, al celebrar a estas figuras, demuestra que no le interesa desafiar el orden, sino apenas ganar el derecho a ser tan opresoras como sus pares varones.

De la burguesía al verdugo: más allá del carácter policlasista

Es cierto que el feminismo ha sido históricamente un movimiento policlasista. Las corrientes burguesas y liberales siempre han existido, planteando exigencias coyunturales (el voto, el acceso a la universidad, el techo de cristal) pero sin cuestionar el sistema de raíz. A ese feminismo liberal le hemos criticado siempre su miopía: ven al varón como el enemigo único y no analizan cómo el sistema capitalista utiliza el patriarcado para extraer plusvalía.

Sin embargo, lo que hoy vemos con el fenómeno libertario va un paso más allá. Ya no es solo un feminismo que ignora la clase; es un movimiento que se convierte en defensor directo del verdugo. Mientras el feminismo burgués pide “igualdad de oportunidades” dentro del sistema, las libertarias defienden la destrucción de cualquier red de seguridad, abrazando el punitivismo individualista y defensa personal. Su respuesta a la violencia es “armarse”, lo cual es una transferencia de la responsabilidad de la seguridad pública al individuo, una privatización de la vida misma que solo beneficia a quienes pueden pagar por esa seguridad.

Esta postura ignora que la estructura patriarcal es la que fundamenta el machismo que ellas mismas dicen padecer. No hay “autonomía” posible cuando se defiende un modelo que precariza la vida hasta el límite. En un país con niveles de inflación y pobreza galopantes, donde el acceso a la vivienda es una utopía para la clase trabajadora, hablar de “independencia económica” mediante el emprendedurismo libertario es una burla cruel. La mayoría de las mujeres hoy cumplen jornadas imposibles, con empleos informales y salarios de miseria. El modelo libertario solo profundiza esa brecha: elimina las protecciones laborales y deja a la mujer a merced de la arbitrariedad patronal.

La estructura patriarcal y la necesidad de una perspectiva de clase

Para entender por qué no alcanzan las consignas superficiales del “empoderamiento” debemos ser claras en qué consiste la estructura patriarcal. No es solo que un varón sea violento o que una mujer no pueda ascender en su empresa. La estructura patriarcal es el marco que permite que el capitalismo se ahorre billones de dólares en tareas de reproducción y cuidado, tareas que son realizadas mayoritariamente de forma gratuita o precarizada por mujeres. Cuando se invisibiliza la desigualdad, todo les parece ideología, pero no lo es.

El feminismo libertario no menciona el trabajo doméstico no remunerado ni la brecha salarial como producto de una explotación sistémica; lo ven como “elecciones individuales” o “problemas de mercado”. Al no cuestionar el modelo que sostiene la opresión, sus consignas se vuelven funcionales a la extrema derecha. No desafían el marco de la opresión; lo decoran con estética rebelde.

Desde el feminismo socialista, sostenemos que el único feminismo capaz de frenar a la extrema derecha es aquel que tiene una clara perspectiva de clase. No podemos enfrentar a la reacción con un feminismo “light” o descafeinado que teme hablar de capitalismo. La extrema derecha avanza porque capitaliza el desencanto de sectores que sienten que el Estado los ha abandonado; pero nuestra respuesta no puede ser abandonar el Estado, sino exigir su responsabilidad y, fundamentalmente, construir una alternativa política que no se arrodille ante los mercados.

Cómo frenar a la extrema derecha: sin lugar para la reacción en nuestras filas

El debate que identifican Vázquez y Spataro sobre si el feminismo libertario debe tener “una silla en la mesa” del movimiento es, para nosotras, algo que no está planteado en la realidad política. No se puede dar espacio dentro del feminismo a quienes defienden activamente las ideas de ultraderecha que atentan contra nuestros derechos básicos.
¿Cómo vamos a sentarnos a debatir con quienes celebran el cierre de instituciones que atienden a víctimas de violencia? ¿Cómo vamos a considerar “hermanas” a quienes militan en un espacio que aplaude el ajuste en la educación pública, que es el principal terreno de disputa por la Educación Sexual Integral y la desnaturalización del machismo?

La unidad de las mujeres y las disidencias debe ser una unidad para la lucha, no un amontonamiento de identidades contradictorias. La extrema derecha no es un “matiz” dentro del movimiento; es su antítesis. Frenar a la extrema derecha implica delimitar con claridad: no hay feminismo posible que no sea antifascista, anticapitalista y que no defienda los derechos de las trabajadoras.

Las “feministas libertarias” pueden decir que no son “femibolches” y que odian la partidización, pero lo cierto es que están haciendo la política más partidaria y regresiva de todas: la que beneficia al 1% más rico de la población. Su “libertad” es la libertad de los dueños del capital para explotarnos sin límites; su “autonomía” es la soledad de la mujer frente a un sistema que la expulsa.

Frente a su “sin Estado y con mercado”, nosotras oponemos una organización colectiva que pelee por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres. Pero esa libertad solo será posible si barremos con el patriarcado y con el sistema capitalista que hoy lo utiliza como su mejor herramienta de control. A la extrema derecha no se la integra, se la combate. Y eso empieza por no regalarles ni un centímetro de nuestras banderas.

Cómo frenar la avanzada y el debate que sí debemos dar

Para frenar a la extrema derecha, entendemos que es necesario ir más allá de consignas abstractas. Necesitamos una línea política que hable del bolsillo, de la vivienda y del tiempo. En ese sentido, aportamos algunos ejes:

  • Desmontar la meritocracia: mostrar que el “éxito” de las libertarias es el privilegio de unas pocas construido sobre la explotación de muchas.
  • Recuperar lo público como espacio de deseo: el Estado que defendemos no es el Estado burocrático actual, sino una estructura de lo común que garantice que el cuidado no sea una condena biológica.
  • Politizar el malestar: la “piba libertaria” que está enojada con el Estado tiene razones legítimas (servicios que no funcionan, burocracia paralizante). Nuestra tarea es demostrarle que la solución de mercado es “un remedio que mata al paciente”.

El feminismo será de clase o será una nota al pie en el manual de instrucciones del neoliberalismo. Nuestra apuesta no es por una silla en la mesa de los poderosos, sino por tirar la mesa y construir una forma de vida donde la autonomía no sea sinónimo de soledad y armamento individual, sino de interdependencia y derechos garantizados. Contra la libertad de los verdugos, oponemos la potencia de nuestra organización.

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