jueves, 3 abril 2025 - 18:57

Tecnología y capitalismo. La inteligencia artificial y la crisis de hegemonía imperialista

Este artículo fue publicado originalmente en la edición impresa de marzo de Alternativa Socialista.

La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en uno de los campos de batalla más significativos en la disputa geopolítica y económica del siglo XXI, producto de la crisis de hegemonía imperialista. En manos de los monopolios y corporaciones, lejos de ser una herramienta neutral o un mero avance técnico, la IA es un producto del sistema capitalista, un reflejo de sus contradicciones y un instrumento de poder en la lucha por la hegemonía global.

Desde una perspectiva marxista, la IA no puede entenderse separada de las relaciones de producción, la explotación laboral, el extractivismo y la concentración de poder en manos de unas pocas corporaciones y los Estados. La obra de Kate Crawford, Atlas de la Inteligencia Artificial, y la reciente competencia entre las IA de Estados Unidos y China, ejemplificada por el auge de DeepSeek, ofrecen un marco crítico para analizar cómo la tecnología se ha convertido en un campo de disputa entre las potencias imperialistas y un mecanismo de perpetuación de las desigualdades globales.

La materialidad de la IA: explotación y extractivismo

En su obra, Kate Crawford desmonta la narrativa dominante que presenta a la IA como una entidad etérea, abstracta y autónoma. Por el contrario, la autora subraya que la IA es un sistema profundamente material, dependiente de recursos naturales, mano de obra precarizada y una infraestructura global que perpetúa la explotación y el saqueo. En base a diversa fuentes Crawford revela cómo la extracción de minerales como el litio y el cobalto, esenciales para la fabricación de hardware, está vinculada a la devastación ambiental y a la explotación de comunidades en el sur global. Esta materialidad de la IA expone las contradicciones del capitalismo: mientras se promueve la idea de un progreso tecnológico beneficioso para todos, la realidad es que este supuesto progreso se sustenta en la explotación de los más vulnerables.

La huella ecológica de la IA es otro aspecto crucial. Crawford denuncia cómo las corporaciones tecnológicas, bajo la bandera de la innovación y la sostenibilidad, ocultan el impacto ambiental de sus operaciones. La minería de recursos, el consumo energético masivo y la contaminación asociada a la producción y el funcionamiento de los sistemas de IA, contradicen las narrativas de responsabilidad ambiental promovidas por estas empresas.

Queda en evidencia que esto no es más que una manifestación de la lógica del capital, que prioriza la acumulación de ganancias sobre la sostenibilidad y el bienestar colectivo. Como señala Crawford, “la IA no es artificial ni inteligente. Más bien existe de forma corpórea, como algo material hecho de recursos naturales, combustibles, mano de obra (casi siempre precarizada), infraestructuras, logísticas, historias y clasificaciones” (Crawford, 2022)

La mano de obra invisible: precarización y explotación

Uno de los mitos más persistentes sobre la IA es que elimina la necesidad del trabajo humano. Crawford y otros autores desmontan esta idea, mostrando cómo la IA depende de una fuerza laboral precarizada y mal remunerada. Desde los mineros que extraen minerales en condiciones peligrosas hasta los trabajadores de crowdsourcing 1 que etiquetan datos en países con economías dependientes, la IA está lejos de ser un sistema autónomo. Estas tareas, invisibles pero esenciales, están marcadas por la explotación y la falta de derechos laborales.

La automatización, lejos de liberar a la clase trabajadora, ha externalizado y desvalorizado el trabajo humano. En manos de las corporaciones y los magnates autoritarios, en lugar de reducir las desigualdades, la IA ha ampliado la brecha entre las y los trabajadores bien remunerados en el sector tecnológico y aquellos que realizan tareas repetitivas y mal pagadas.

Esta dinámica refleja la esencia del capitalismo: la concentración de la riqueza en manos de unos pocos, mientras la mayoría se ve obligada a vender su fuerza de trabajo en condiciones cada vez más precarias.

Como afirma Crawford, “los sistemas de IA no son autónomos, racionales ni capaces de discernir algo sin un entrenamiento intensivo” (Crawford, 2022).

El extractivismo digital: datos y control

Al analizarlo, vemos cómo la recopilación masiva de información personal se ha convertido en una forma de extractivismo digital. Las corporaciones tecnológicas, bajo la apariencia de ofrecer servicios gratuitos, saquean los espacios públicos y privados para alimentar sus sistemas de IA. Este proceso no solo erosiona la privacidad, sino que también consolida el poder de estas empresas, que utilizan los datos para influir en el comportamiento de las y los usuarios y maximizar sus ganancias (Crawford, 2022).

Desde una perspectiva marxista, el extractivismo digital es una extensión de la lógica del capital, que busca apropiarse de todos los aspectos de la vida humana para convertirlos en mercancías. Los datos, como los recursos naturales, son explotados para beneficio de las élites, mientras que los costos sociales y ambientales son externalizados. Esta dinámica refuerza las estructuras de poder existentes y perpetúa las desigualdades (Eira Charquero, 2022).

Capitalismo de plataformas

Los datos generados en la actualidad por los usuarios en Internet constituyen una materia prima y las plataformas son las que extraen la plusvalía de estos.

Este planteamiento intenta desentrañar los mecanismos del capitalismo en el siglo XXI, fundamentalmente después de la crisis financiera de 2008. Esta mirada contribuye a la comprensión del funcionamiento del mundo virtual en tanto éste impregna casi todos los aspectos del mundo actual.

El punto central de esta acumulación, que algunos autores denominan capitalismo de plataformas, es el incremento de usuarios y, por ende, la producción masiva de datos. Cuanto mayor sea el número de personas en una plataforma, proporcionalmente aumentará el prestigio, reconocimiento y ganancias de esta. Es así como las plataformas funcionan a partir del aprovechamiento de los datos de los cuales obtienen utilidad.

Las empresas como Amazon, Google, Apple, Uber, Microsoft, AirBnb y X de Elon Musk, están generando un nuevo proceso de acumulación a partir de la
deslocalización del trabajo y de las y los trabajadores e incrementando así la explotación laboral y la maximización de ganancias.

La incorporación de las reglas del mundo digital a las relaciones laborales y de producción incrementan un proceso de precarización que conlleva la ruptura del tejido social, político y cultural de la población, retrocediendo de manera inédita los derechos de la clase trabajadora conquistados en el siglo XX (Gómez, 2022).

Por otro lado, la mercantilización de los datos trae a colación el fetichismo de la mercancía, concepto con el cual Marx objetaba la paradoja del diamante y el agua de Adam Smith señalando que la magnitud del valor de una mercancía es el trabajo socialmente necesario para su producción, que no está determinado en lo absoluto por el valor de uso, valor ligado al uso concreto que se da posteriormente a esa mercancía

La disputa geopolítica: EE. UU. vs. China

La competencia entre Estados Unidos y China en el campo de la IA es un reflejo de la crisis de hegemonía imperialista. El reciente auge de DeepSeek, una IA china que rivaliza con las desarrolladas por empresas estadounidenses como OpenAI, ha puesto en evidencia la fragilidad de la supuesta superioridad tecnológica occidental. DeepSeek no solo ha logrado resultados comparables a un costo menor, sino que también ha expuesto las contradicciones del modelo capitalista estadounidense, basado en la competencia voraz y la privatización de la innovación.

En China, el desarrollo de la IA está estrechamente vinculado al Estado en manos del partido único, que administra los recursos y establece metas estratégicas a largo plazo. Esto contrasta con el modelo estadounidense, donde las corporaciones privadas dominan el sector tecnológico y compiten entre sí por el control del mercado. Esta diferencia refleja dos visiones diferentes del capitalismo: una basada en la planificación estatal burocrática y autoritaria y, otra apoyada en la supuesta libre competencia de las corporaciones. Sin embargo, ambas comparten un objetivo común: la acumulación de poder y la dominación global al servicio de la ganancia, la concentración del capital y la maximización de la explotación, a fin de afrontar la caída tendencial de la tasa de ganancia.

La IA como arma de control y vigilancia

Párrafo aparte merece el uso de la IA por parte de los gobiernos para la vigilancia y el control social. Desde el reconocimiento facial hasta los algoritmos predictivos, estas herramientas están dirigidas, desde sus primeros desarrollos, a reforzar el poder estatal y criminalizar a las comunidades marginadas. Bajo las condiciones en que las corporaciones y servicios de seguridad de los Estados la han desarrollado, la IA no es neutral: está diseñada para servir a los intereses de las élites y perpetuar las dinámicas de opresión.

En el contexto de la disputa entre EE. UU. y China, la IA también se ha convertido en un arma geopolítica. Las tecnologías de vigilancia y control desarrolladas por ambos países no solo se utilizan para reprimir disidencias internas, sino también para proyectar poder en el escenario internacional.

La militarización de la IA, como en el caso de los sistemas israelíes Habsora y Lavender, es un recordatorio de que esta tecnología no está al servicio de la humanidad, sino de los intereses imperialistas.

¿Tecnofeudalismo?

El auge de las IA en el contexto de la actual coyuntura política económica ha revitalizado el concepto de tecnofeudalismo. Este término sugiere que hemos pasado del capitalismo a algo aún peor: una nueva era con inquietantes características feudales. La tesis central es que las grandes corporaciones tecnológicas actúan como nuevos señores feudales, controlando los medios de producción y extrayendo rentas de los usuarios y trabajadores (Varoufakis, 2024).

Yanis Varoufakis, nacido en 1961 en Atenas, es una figura prominente en el ámbito de la economía política y un crítico del neoliberalismo. Fue ministro de Finanzas de Grecia durante la crisis de la deuda europea en 2015 en el gobierno de la coalición Syriza. Además de su carrera política, Varoufakis es profesor de economía y autor de varios libros, donde explora alternativas al capitalismo contemporáneo. Su tesis del tecnofeudalismo ha sido expuesta en artículos y conferencias y en su último libro Tecnofeudalismo: el sigiloso sucesor del capitalismo (2024).

A diferencia del capitalismo industrial, donde la competencia y la propiedad privada eran los pilares del sistema, el tecnofeudalismo se basa en la extracción de rentas y la monopolización de los datos. Estas empresas no producen bienes materiales, sino que actúan como intermediarios, controlando el acceso a los mercados y cobrando por su uso. En este modelo, los usuarios y trabajadores son tratados como siervos digitales, que
ceden sus datos y su fuerza de trabajo a cambio de acceso a las plataformas.

Varoufakis afirma que “el tecnofeudalismo es un sistema en el que la riqueza no se genera a través de la producción, sino a través de la extracción de rentas y el control de los flujos de información”. Aunque la tesis del tecnofeudalismo parece ofrecer una crítica potente al capitalismo digital, denota un marcado escepticismo y expresa un neo reformismo. Esta tesis puede ser refutada desde la perspectiva del análisis marxista. En primer lugar, las plataformas tecnológicas no son señores feudales, sino empresas capitalistas que operan en un mercado capitalista. En segundo lugar, el planteo de tecnofeudalismo exagera el poder de las corporaciones tecnológicas y subestima o ignora el rol de los conflictos sociales, es decir la lucha de clases, y su influencia en la dinámicas político-económicas y por ende tecnológicas.

Las y los trabajadores precarizados de las plataformas digitales no son pasivos, sino que están organizándose y luchando por sus derechos tal como lo demuestran las últimas luchas en USA. Movimientos como las huelgas de repartidores de Uber o las protestas de los trabajadores de Amazon son ejemplos de cómo la lucha de clases se expresa en las nuevas condiciones del capitalismo digital.

Reflexiones finales: ¿hacia dónde va la IA?

La IA no es un fenómeno aislado, sino un producto del sistema capitalista y un reflejo de sus contradicciones. Lejos de ser una fuerza liberadora, la IA ha exacerbado las desigualdades, perpetuado la explotación y consolidado el poder de las élites. La disputa entre EE. UU. y China por la hegemonía tecnológica no es más que una manifestación de la crisis del capitalismo, que busca nuevos campos de acumulación y control.

Desde una perspectiva revolucionaria, es imprescindible cuestionar las narrativas dominantes que presentan a la IA como un avance inevitable y beneficioso. Bajo el capitalismo, esta tecnología no es neutral: está moldeada por las relaciones de poder y las estructuras económicas. Para construir un futuro tecnológico más justo y sostenible, es necesario transformar el sistema que sustenta a la IA. Esto implica no solo regular el desarrollo y el uso de estas tecnologías, sino también cuestionar las bases del capitalismo.

La IA, como cualquier tecnología, puede ser una herramienta de liberación o de opresión. La elección depende de quién la controle y para qué fines se utilice. En un mundo marcado por la explotación y la desigualdad, la lucha por una tecnología al servicio de la humanidad es, en última instancia, una lucha por la transformación radical del sistema.

Referencias

  • Crawford, K. (2022). Atlas de la Inteligencia Artificial.
  • Bustamante, D. (2024). La disputa geopolítica entre EE. UU. y China y el auge de DeepSeek. Periodismo de Izquierda.
  • Gómez, R. Á. (2022) Capitalismo de Plataforma en Breve diccionario Psicológico-Político de redes sociales y la era digital. 1ra. Ed, Editorial UNC.
  • Eira Charquero, G. (2022). Capitalismo Cognitivo en Breve diccionario Psicológico-Político de redes sociales y la era digital. 1ra. Ed, Editorial UNC
  • Varoufakis, Y. (2024). Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo. Barcelona: Ediciones Deusto.
  1. Técnica que consiste en que un grupo de personas contribuyan con ideas, contenido, servicios o financiación. La palabra proviene de la palabra proviene de la combinación de “crowd” (multitud) y “outsourcing” (subcontratación).

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