Mientras Milei insiste en que la economía se recupera, las familias recortan hasta las compras más básicas. En septiembre volvieron a caer las ventas y se desplomó el consumo de bebidas, productos de limpieza e higiene personal.
Menos compras y más privaciones
La crisis del bolsillo vuelve a quedar expuesta en las góndolas. Un relevamiento de Scanntech sobre el consumo masivo muestra que las compras son cada vez más pequeñas y que los hogares priorizan lo indispensable para llegar a fin de mes. El ticket promedio ronda los $8.000 y alcanza para apenas tres unidades. Al mismo tiempo, retroceden las ventas de productos básicos, incluso de aquellos vinculados con la higiene cotidiana.
El panorama contrasta con el discurso del presidente Javier Milei, que niega la profundidad de la crisis social. Mientras el Gobierno exhibe sus indicadores macroeconómicos como señales de recuperación, para millones de trabajadores y trabajadoras el problema sigue siendo concreto: los ingresos no alcanzan para sostener el consumo habitual.
La caída no se limita a los productos considerados prescindibles. Las bebidas, los artículos de limpieza del hogar y los productos de cuidado personal registran retrocesos. Uno de los datos más elocuentes es la baja de casi el 8% en las ventas de desodorantes, un producto de uso cotidiano que también empieza a quedar relegado cuando el dinero no alcanza.
Cuando las familias deben elegir qué llevarse y qué dejar en la góndola, la caída del consumo deja de ser una estadística y se convierte en una señal del deterioro de las condiciones de vida. Comprar menos unidades, reemplazar marcas o postergar productos básicos son algunas de las estrategias a las que recurren los hogares para estirar ingresos cada vez más ajustados.
La tendencia coincide con otros relevamientos sobre el comercio minorista, que vienen registrando retrocesos en los volúmenes vendidos pese a los aumentos nominales de la facturación. Es decir, que los comercios recauden más pesos no significa necesariamente que vendan más productos: los precios suben, pero las cantidades compradas se reducen.
El ajuste se siente en la vida cotidiana
La política económica del Gobierno tiene consecuencias que se expresan en la mesa familiar, el changuito del supermercado y el almacén del barrio. La pérdida de poder adquisitivo, el peso de los gastos fijos y el endeudamiento empujan a una parte de la población a recortar consumos que antes formaban parte de su rutina.
El problema también repercute sobre los pequeños comercios, que dependen de las compras cotidianas de los barrios. Si las familias compran menos, la caída de las ventas afecta sus ingresos y puede profundizar las dificultades de una economía que ya muestra fuertes desigualdades entre sectores.
Frente a este escenario, la discusión no puede reducirse a los números de inflación o a los anuncios oficiales sobre el rumbo económico. La pregunta central es qué capacidad real tienen los salarios y las jubilaciones para cubrir las necesidades básicas y por qué el supuesto orden macroeconómico no se traduce en una mejora de las condiciones de vida.
¿Recuperación para quién?
El Gobierno presenta el ajuste como el camino hacia una economía ordenada, pero los datos del consumo muestran una realidad que no encaja fácilmente en ese relato. Si las compras se achican y hasta los productos de higiene pierden ventas, resulta difícil hablar de una recuperación que llegue al conjunto de la población.
Los costos del programa económico recaen sobre quienes viven de su trabajo, mientras las necesidades cotidianas quedan subordinadas a las metas fiscales y financieras. Frente a esta situación, hacen falta salarios y jubilaciones que alcancen, trabajo con derechos y medidas que garanticen el acceso a los bienes esenciales.
Porque una economía no puede medirse solamente por sus cuentas: también debe medirse por la posibilidad de comer, higienizarse y vivir dignamente. Si cada compra obliga a hacer cuentas y dejar productos en la góndola, la crisis sigue presente, por más que el discurso oficial intente negarla.

