La industria utilizó apenas el 58,5% de su capacidad instalada en agosto, según el INDEC. La metalmecánica y el sector automotor registraron fuertes retrocesos, en un escenario de caída de la producción y dificultades para el mercado interno. Los datos vuelven a poner en discusión el impacto del programa económico de Milei sobre la producción nacional y el empleo.
La crisis industrial sigue mostrando sus consecuencias. Según el último informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la utilización de la capacidad instalada de la industria manufacturera se ubicó en el 58,5% durante agosto. Esto significa que el sector trabajó con poco más de la mitad de su potencial productivo, mientras que el 41,5% de la capacidad disponible permaneció sin utilizar.
El indicador quedó por debajo del 59,6% registrado en agosto de 2025, aunque mostró una leve mejora frente al 58,2% de julio. El repunte mensual no alcanza para revertir el deterioro interanual ni para modificar el panorama de una industria que acumula dificultades para recuperar sus niveles de actividad.
Los números reflejan las consecuencias de una economía atravesada por el debilitamiento del consumo, las dificultades para sostener la producción y una política de apertura comercial que expone a numerosos sectores industriales a la competencia de productos importados. Para los trabajadores, el deterioro productivo también representa una amenaza sobre los puestos de trabajo, los salarios y las condiciones laborales.
La metalmecánica y las automotrices, entre los sectores más golpeados
Uno de los datos más preocupantes corresponde a la metalmecánica, excluida la industria automotriz. Este sector utilizó apenas el 35,9% de su capacidad instalada, frente al 44,6% registrado en agosto del año pasado. La caída está vinculada con la menor fabricación de maquinaria agropecuaria y aparatos de uso doméstico.
La industria automotriz también mostró un retroceso significativo: operó al 46,2% de su capacidad, frente al 53,3% de agosto de 2025. La menor cantidad de vehículos fabricados explica parte de este deterioro, que golpea a una actividad con una extensa cadena de proveedores y miles de puestos de trabajo directos e indirectos.
La situación también afecta a otros sectores. Los productos minerales no metálicos, vinculados con la construcción, trabajaron al 54,5% de su capacidad; los textiles, al 44,6%; y los productos de caucho y plástico, al 40,9%.
Estos números muestran que las dificultades no se limitan a una actividad puntual. Una parte importante del entramado manufacturero trabaja muy por debajo de sus posibilidades, en un contexto en el que la demanda interna no alcanza para impulsar una recuperación sostenida.
El modelo de la motosierra
El Gobierno de Javier Milei presenta la desregulación económica y la apertura comercial como herramientas para mejorar la competitividad. Sin embargo, los indicadores industriales muestran las dificultades que atraviesan numerosas actividades para sostener sus niveles de producción.
La combinación de menor consumo, costos elevados y competencia de productos importados plantea un escenario complejo para las fábricas locales. Cuando cae la demanda y las empresas reducen su actividad, las consecuencias se descargan sobre los trabajadores y se traducen en suspensiones, despidos, cierres de establecimientos y pérdida de capacidades productivas.
El problema no se limita a cuántas máquinas permanecen inactivas. También importa qué ocurre con quienes dependen de esas fábricas para vivir y con las economías regionales que se articulan alrededor de la producción industrial.
Mientras algunas actividades, como la refinación de petróleo, operaron al 88,8% de su capacidad, otras ramas vinculadas con la producción de bienes de consumo y maquinaria quedaron muy rezagadas. Esta diferencia evidencia una recuperación desigual, que no alcanza de manera uniforme al conjunto de la industria.
La crisis industrial también se mide en puestos de trabajo
La capacidad instalada ociosa expresa una parte del problema, pero debe analizarse junto con la evolución de la producción, el empleo y los salarios.
Frente a este escenario, resulta fundamental defender los puestos de trabajo, rechazar los despidos y las suspensiones y exigir medidas que sostengan el empleo. También es necesario discutir un plan de producción que priorice las necesidades sociales, en lugar de dejar el destino de miles de trabajadores sujeto exclusivamente a las decisiones de las empresas y las fluctuaciones del mercado.
La crisis industrial vuelve a plantear una discusión de fondo: qué producir, para quién y bajo qué condiciones. La recuperación no puede medirse solamente por los indicadores financieros o las cuentas fiscales. También debe evaluarse por la capacidad de generar empleo digno, sostener los salarios y garantizar una estructura productiva que responda a las necesidades de la mayoría de la población. Para cambiar hace falta un modelo de producción conducido y controlado por la clase obrera.

