Hoy, bajo la consigna “Las Malvinas son argentinas, la industria nacional también”, la CGT volvió a movilizarse, esta vez frente a la Secretaría de Industria en el microcentro porteño. Con la premisa de defender el entramado productivo ante la crisis, la principal central obrera del país montó una nueva escena que queda muy por detrás de lo que se necesita para enfrentar verdaderamente el ajuste.
Mientras las fábricas cierran, los despidos se multiplican y miles de trabajadores quedan en la calle siendo las principales víctimas de este industricidio, la burocracia sindical se limita a caminar unas cuadras y leer un documento. Lo realizado es una acción realmente pobre frente a un atropello de dimensiones históricas. Incluso, para dejar en claro su posicionamiento, la cúpula sindical no tiene reparos en movilizarse levantando como bandera los márgenes de ganancia del empresariado, en lugar de poner toda su fuerza estructural al servicio de defender incondicionalmente los puestos de trabajo.
En la previa de la marcha, la CGT difundió un documento que parece una burla, porque parece describir un país al borde del abismo, pero cuyas conclusiones prácticas son nulas. En el texto aseguran que estamos ante un gobierno que “lleva adelante un modelo político, económico y social monitoreado por el Fondo Monetario Internacional”, denuncian el “fanatismo ideológico”, la “insensibilidad” y la “falta de empatía” de Javier Milei. Incluso reconocen de forma certera que “no hay dos velocidades en este programa económico vigente: hay dos economías”, exponiendo que mientras los sectores concentrados se llevan todo, la gran mayoría sufre los bajos salarios, el desempleo y la miseria.
Pero frente a estas palabras, la pregunta es inevitable: ¿de qué sirve un diagnóstico tan descarnado si no hay voluntad de enfrentarlo? Describen a la perfección la violencia del ajuste, la pobreza creciente y la entrega de soberanía, pero a la hora de la verdad se niegan a convocar a acciones combativas que estén a la altura de las circunstancias. Diagnostican la enfermedad, alertan sobre los síntomas, pero le niegan deliberadamente el remedio a la clase trabajadora.
Lo que la realidad exige de manera urgente es que todas las centrales sindicales, tanto la CGT que hoy paseó por el centro, como las dos CTA, llamen a un paro general. Sin una acción callejera real, combativa y encausada dentro de un plan de lucha diseñado para derrotar a este gobierno, no vamos a poder sacarnos de encima este brutal ataque.
Ya sabemos cómo opera esta burocracia. Lo demostraron cuando negociaron la reforma laboral que el gobierno aplicó a principios de año. Llamaron a un paro aislado, sin continuidad y, para fingir resistencia, decidieron depositar toda su estrategia en la vía judicial. ¿El resultado? Pasó lo que tenía que pasar. Ese poder judicial, viciado y siempre servil al poder de turno, falló a favor del gobierno de Milei. La dirigencia de la CGT podrá hacerse la sorprendida, pero no hay ingenuidad en sus actos: saben perfectamente que, sin el acompañamiento de la movilización masiva en las calles, cualquier medida institucional se choca contra la pared y la clase trabajadora retrocede.
El próximo desafío ineludible aparece en breve: el jueves 15 de octubre. Ese día, en una sesión especial en Diputados, se tratará el DNU 70/23 con la posibilidad de tumbarlo de una vez por todas. Este decreto no solo habilita la extranjerización indiscriminada de nuestras tierras, sino que es parte de la matriz programática fundacional que sostiene la política económica y de saqueo del gobierno libertario. Su caída representaría un golpe durísimo, casi letal, para la gestión de Milei.
Frente a esta oportunidad histórica, la CGT avisó que movilizará al Congreso, pero sigue dándole la espalda al reclamo de las bases. No llaman a ningún paro general. Harán lo que se acostumbraron a hacer para seguir negociando el ajuste: movilizan con tibieza, se sacan la foto de rigor para decir que “estuvieron ahí” y luego se retiran. Y cuando la situación se tensa, cuando el gobierno desata su feroz represión contra los sectores que verdaderamente nos quedamos luchando, ellos desaparecen.
Es momento de redoblar la exigencia a la CGT y a las CTA para que convoquen a un paro nacional el 15 de octubre. Necesitamos que en todo el país y fundamentalmente en las puertas del Congreso, aquellos que levantan la mano y negocian a espaldas del pueblo sientan la presión arrolladora de la clase trabajadora. Solo desde las calles, paralizando la producción y los servicios, podremos terminar de tumbar ese DNU que sigue marcando el ritmo del saqueo, y empezar a construir la derrota definitiva del plan de Milei.

