La nueva etapa política con el gobierno de Milei tiene un campo especial de disputa en los Derechos Humanos. Para su programa de reestructuración del capitalismo, necesitan restaurar la legitimidad social de las fuerzas represivas y para eso suprimir la memoria histórica del genocidio en Argentina. Es una línea de acumulación ideológica de la fracción empresarial que representa La Libertad Avanza. El próximo 24 de marzo se cumplirán 50 años del golpe criminal y el plan de exterminio de 1976. No será una fecha más: va a constituir una prueba de cómo están las relaciones de fuerza entre el plan anti-obrero que está al comando del país y las fuerzas sociales que se le oponen. Esa es la escala del desafío que está planteado
La interpretación del pasado es un terreno de lucha política por la hegemonía del relato oficial. Así la clase social dominante construye identidad colectiva, la impone y le da sentido a las cosas. Es lo que se llama el sentido común. Después esa minoría que manda usa diversos dispositivos de difusión e institucionalización de ese relato del pasado: los medios de comunicación que financia, sus voceros a sueldo, las redes sociales a full hoy en día, los libros que se siguen produciendo, e incluso la educación pública, fomentando unos discursos y estigmatizando otros.
El gobierno libertario se propuso como tarea reponer una versión de la última dictadura militar tal como la justificó el golpe previamente: organizaciones subversivas y anti-nacionales, violentas y criminales, pretendieron tomar el poder para imponer el comunismo y en ese camino mataron, robaron y nos conducían como pueblo a la peor pesadilla. Las fuerzas armadas intervinieron para salvar al país de esa pesadilla. No fue genocidio. No fueron 30 mil. Eso es relato de izquierda, manipulación e invento amparado por la cobardía de la casta política cómplice. Así lo explica el negacionismo.
Como se ve es una narrativa a la derecha de la teoría de los dos demonios y la interpretación de que hubo dos minorías enfrentadas a izquierda y derecha que cometieron excesos: las organizaciones político-militares y las fuerzas represivas del Estado. El negacionismo es otra cosa. Reivindica el genocidio al negarlo, exalta el rol mesiánico y salvador de la represión estatal. Evidentemente, la ultraderecha actúa políticamente sobre un terreno de confusión ideológica alimentado por la decepción con los gobiernos del llamado progresismo que terminaron con un desastre en el plano económico-social y que esa experiencia material en la conciencia de una franja masiva del pueblo, deslegitima todo lo que ese progresismo usó y abusó como el intento por estatizar y apropiarse partidariamente de los Derechos Humanos como patrimonio exclusivo de esa fuerza. Su caída en desgracia arrastra en el descrédito de la experiencia colectiva todo lo que tocó el progresismo, inclusive los DDHH. De paso, la ultraderecha en su operación cultural aprovecha de forma interesada para amalgamar toda esa frustración social con la izquierda en general como identidad política, como si el progresismo hubiera sido eso. Los dos primeros años de gobierno de Milei no lograron sepultar la memoria histórica del genocidio aunque sigue combatiendo y procurando formatear su propia base social en el negacionismo. Este 24 de marzo, al cumplirse 50 años del golpe genocida, tenemos la responsabilidad de contribuir a desplegar en las calles de toda la Argentina una acción de masas histórica que sea trinchera de resistencia contra la pesadilla gobernante.
No se fueron, los fuimos revolucionariamente
Los capitalistas como clase dominante no ejercen su poder de forma directa, sino con la mediación de instituciones e ideologías. En Argentina durante parte del siglo XX la burguesía controló la situación apelando a dos regímenes dialécticamente relacionados. Es decir: a dos sistemas combinados de instituciones. Por un lado, el bipartidismo entre la UCR y el PJ. La alternancia de uno u otro fue puntal durante décadas de falsas ilusiones entre los trabajadores e incluso en la juventud y los sectores medios, con el radicalismo. Cuando las luchas, revueltas y el ascenso de la movilización era incontrolable, antes que las masas barrieran con un gobierno de la alternancia radical-peronista, las fuerzas armadas daban un golpe de estado. El golpe aunque formalmente era contra un gobierno radical o peronista, en realidad era para salvar a unos y otros de la experiencia completa de la población, del movimiento de masas. El gobierno militar que asumía tenía siempre un objetivo económico de recortar derechos y garantizar transferencia de recursos y más rentabilidad capitalista, y políticamente darle tiempo a radicales y peronistas que se rehicieran para volver a iniciar el ciclo de la alternancia, una vez despejado el camino de activismo, izquierda y organización obrera.
Lo distinto que ocurrió en 1982 con la última dictadura argentina es que por primera vez desde 1930, un gobierno militar no se iba cuando pactaba hacerlo con el gran empresariado nacional e incluso con el imperialismo dominante, sino corrido por la movilización independiente y revolucionaria de masas. La caída de la dictadura genocida en el país no fue el resultado de una planificación capitalista: fue una imposición forzada por la movilización obrera y popular multitudinaria. El desprestigio, la bancarrota política total de las FFAA como opción o recurso de poder para la burguesía la dejaba a ésta con una sola salida: arreglarse con la alternancia radical-peronista sin poder volver a apelar a un golpe como salida de salvataje.
El fracaso de la democracia capitalista
El efecto impresionante de esa revolución contra la dictadura fue tan fuerte que incluso obligó a un gobierno como el de Alfonsín (1983-1989), de la reaccionaria UCR, a juzgar a los comandantes de las FFAA responsables de la represión. El informe Nunca Más elaborado por una comisión de “notables” presidida por el escritor Ernesto Sábato fue el relato estatal del genocidio que atribuyó a la existencia de “Dos Demonios” -guerrilla y militares- la tragedia social. Era el primer intento de encubrir, de construir sentido con una falsa ideología. A la vez ese intento fue la manera de intentar cerrar el proceso de revolución permanente canalizando ilusiones en la democracia radical y peronista. Lograron atemperar el impulso, desviarlo, pero la lucha siguió. Después vino la Semana Santa de 1987, la extorsión carapintada (un levantamiento de oficiales que reclamaban impunidad para sus crímenes) y la claudicación total del alfonsinismo con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Los 24 de Marzo se transformaron de a poco en la acción de masas más concurrida de todo el año. Increíble pero cierto. La fecha de una contrarrevolución, de una derrota, fue desde entonces la más convocante de todo el calendario de luchas. El menemismo (1989-1999) fue un salto de calidad en la impunidad: dio el indulto a todos los genocidas dejándolos en libertad. Esta decisión lejos de desmovilizar incentivó el fortalecimiento de los organismos de DDHH y la lucha democrática de otras organizaciones políticas, sociales y estudiantiles.
La crisis social del capitalismo neoliberal en los ’90 arrastró a millones. Son esos los que explotaron en diciembre de 2001, los que echaron 5 presidentes pocas semanas y liquidaron el bipartidismo conocido hasta entonces. ¿Qué había pasado? La imposibilidad de dar un golpe e impedir la desilusión con los dos partidos capitalistas mayoritarios terminó ayudando a una experiencia a fondo y una conclusión colectiva mayoritaria: se tienen que ir todos, son lo mismo, sin ellos vamos a vivir mejor. Esa simple (pero profundísima) lección motorizó el Argentinazo. Ahora era el bipartidismo el que volaba por el aire, una de las últimas balas de las corporaciones para controlar el país.
La década desaprovechada, la revancha de los derrotados
Nuestra corriente marxista en Argentina elaboró un enfoque global ubicando el significado de la dictadura y su caída en el contexto del Plan Cóndor y Sudamérica. Por un lado, la caída revolucionaria del plan genocida en nuestro país a diferencia del continuismo pactado en Chile con Pinochet, en Paraguay con Stroessner o en Brasil en los 80 con su propia dictadura inhabilitó cualquier golpe o salida autoritaria para las crisis capitalistas recurrentes. A la vez, el proceso de ajuste y reconversión de las décadas posteriores licuó cualquier ilusión en los partidos tradicionales, todos antipopulares al final. Eso explica el 2001.
A partir de entonces, el régimen político asumió una forma novedosa anclada primero en el kirchnerismo, que como variante del progresismo en esta parte del continente fue un proyecto que intentó recomponer la normalidad burguesa desde una narrativa o discurso que combinó cosmética antiimperialista, concesiones económicas parciales y a la vez compromiso con las corporaciones de no provocar cambios anticapitalistas estructurales. De allí su límite y fracaso final: el agotamiento del ciclo de precios altos de las commodities, el endeudamiento asfixiante y el ajuste por inflación, terminaron evaporando las expectativas acumuladas en los primeros años. A este armado la fracción más concentrada del capital le opuso una coalición de centro-derecha, que probó la fórmula del ajuste gradual en materia económica y un relato ideológico conservador sin llegar al carácter fascistoide del gobierno actual. Todo fracasó y en especial el progresismo tal como explicamos arriba. Ahora, el círculo rojo de las corporaciones y el gobierno ultraderechista sostenida por el trumpismo se juega a un corte completo con el pasado y una reconversión reaccionaria del capitalismo. Para lograrlo requiere dos cosas:
- Derrotar en las calles al polo social que resiste
- Construir su propia base social ideológicamente homogénea en condiciones de ser dominante y mayoritaria como sentido común.
Para eso, sepultar el 24 de marzo como emblema de lucha por Memoria, Verdad y Justicia es tan importante para ellos como sostenerlo para nosotros.
Una trinchera
Por todo lo dicho, el próximo 24 de marzo nos jugamos mucho. La fecha va a estar atravesada por un febrero caliente con una ofensiva parlamentaria a fondo del oficialismo intentanto imponer la legalización de la esclavitud laboral y borrar de un plumazo conquistas de décadas del movimiento obrero cristalizadas en leyes que todavía preservamos. Van por eso. Van por la Ley de Glaciares y habilitar el saqueo sin obstáculos por parte de las megamineras, inclusive de las pocas reservas de agua que todavía nos quedan en este tiempo de cambio climático y calentamiento global. Van por una Reforma Penal que libere de inhibiciones el gatillo fácil y la represión a la protesta. Van por la Reforma Jubilatoria y la Inocencia Fiscal: legalizando la extensión de la explotación laboral hasta casi el final de la vida y la exención de impuestos (de los poquísimos que pagan) para las grandes patronales.
Es una remodelación a derecha de la economía, las relaciones sociales y la política. Eso incluye sepultar la memoria histórica de nuestro pueblo. Todo esto está en juego el próximo 24. Por eso, tenemos como desafío construir una acción masiva e inolvidable. Que sea unitaria sin diluir las identidades, matices o diferencias que tuvimos y tenemos. Pero como en 2025 dar un mensaje contundente a la ultraderecha y también, un incentivo enorme de moral militante y de lucha a todos los que no se rinden a que ya está dicha la última palabra. No hay margen para sectarismos, chiquitaje ni tampoco imposiciones aparatistas. La izquierda tiene que ser protagonista de esa unidad en la diversidad. Que plantee a fondo que no olvidamos, ni perdonamos. Que queremos la apertura de los archivos de la dictadura. Que los queremos a todos en cárcel efectiva y común. Que en el presente rechazamos el co-gobierno de Milei, Trump y el FMI. Que decimos que no se puede esperar a 2027 porque nuestros derechos no conocen de calendarios electorales. Que hace falta ahora paro general y plan de lucha hasta ganar. Que hace falta ahora decir con fuerza que no queremos injerencismos imperialistas ni en Venezuela ni en América Latina. Que son 30 mil. Que fue genocidio. Que vamos a activar, militar y luchar por construir ese mundo que nos merecemos. Sin capitalismo. Sin explotación. Sin opresiones. Socialismo de verdad y democracia de los de abajo, de los trabajadores y el pueblo.

