lunes, 22 julio 2024 - 04:18

Todas las vanguardias todas. Primera parte

En su ensayo “Las tres vanguardias” Ricardo Piglia analiza una corriente literaria argentina de la época posterior al “boom latinoamericano[1]conformada por tres prominentes escritores: Rodolfo Walsh, Manuel Puig y Juan José Saer quienes instalaron en las letras argentinas nuevos estilos, nuevas temáticas y sobre todo una nueva perspectiva, desde un lugar particular de la historia del país: los años de las dictaduras militares; 1955, 1966 y 1976. No es casual. Aunque Piglia no lo menciona como factor común porque analiza los aspectos técnicos, filosóficos y semiológicos de esta corriente es evidente que este factor es parte integrante del sentido de esas obras. Una contracultura en tiempos de la opresión cultural, la censura, la persecución y el exilio. Me propongo hacer un paralelismo con este método de Piglia y analizar en un breve paneo las “vanguardias” literarias al menos desde el comienzo del siglo XX hasta hoy. Por la extensión del tema lo desarrollaré en tres entregas.

La vanguardia porteña vs la literatura gauchesca

La primera controversia que mostró la historia literaria argentina fue la confrontación de dos tendencias muy fuertes entre lxs escritorxs de las dos primeras décadas de la anterior centuria: una tendencia centrípeta y otra centrífuga. O podríamos decir una nacionalista, tradicionalista y conservadora y otra internacionalista, modernizante y renovadora. Por supuesto no pueden tomarse estos aspectos centrales de estas tendencias como absolutos; son relativos. Pero tienen peso a la hora de separar y analizar este periodo de nuestras letras.

La primera tendencia estaba representada por la corriente de los escritores “gauchescos” porque aludían a la tradición de la llanura pampeana, del país semicolonial residuo de la colonia española, y sobre todo, particularmente, de los gauchos ─sector social desclasado del interior bonaerense en el siglo XIX─. Aunque el siglo XX trajo la modernidad y la industria, los medios de comunicación, la unidad nacional burguesa bajo la Constitución de 1853 y la “seriedad” de la democracia burguesa argentina con la ley Sáenz Peña (1912) de sufragio universal[2], estos autores continuaron por largo tiempo expresando y reflejando esas tradiciones ya superadas. En esta corriente se inscribieron Ricardo Guiraldes, Benito Lynch, Roberto Payró y Leopoldo Lugones, este último más aggiornado y líder del grupo. 

Todos eran diferentes porque expresaban distintos ángulos de esta cultura tradicional. El más gauchesco sin dudas era Güiraldes con su célebre obra “Don Segundo Sombra”. Payró y Lynch reflejaban una tradición más reciente y el incipiente desarrollo de las ciudades que brotaban de los pueblos rurales de la provincia de Bs. As. cuando aún no estaba desarrollado el conurbano bonaerense pero sí estaba mezclada la población original de la colonia (criollos, mestizos, indios) con la fuerte inmigración europea de 1870 a 1910.

Lugones es el que más francamente expresa esta realidad. Aunque fue un personaje muy polémico por su giro del progresismo e izquierdismo estudiantil a la ultraderecha y finalmente su adhesión al fascismo, como escritor fue lúcido y de una gran calidad técnica. No obstante, sus tendencias fascistas sin duda derivaron de su extrema y radical tendencia tradicionalista cultural.

La segunda tendencia, la centrífuga, estaba expresada por la corriente de los escritores del Grupo de Florida[3] aunque también paradójicamente por el Grupo de Boedo[4] y era encabezada por Borges, aunque allí militaron entre otros Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal, Eduardo González Lanuza, Adolfo Bioy Casares y Jacobo Fijman. Esta corriente llegaba al público a través de una literatura técnicamente más desarrollada incorporando las novedades que los movimientos vanguardistas europeos ponían a la orden del día como los ultraístas, dadaístas y surrealistas. Expresaban la realidad del mundo capitalista moderno, de los impactos que la primera guerra mundial, la revolución rusa, el desarrollo industrial y técnico producían en la cultura y sobre todo en la cultura de masas y reflejaban también la fuerte inmigración y sus consecuencias en la sociedad argentina y porteña, los sectores populares derivados de ellas, los fenómenos culturales como el tango, la modernidad de Bs. As. con su creciente industria y por ende un incipiente pero vivaz proletariado con una fuerte conciencia de clase.

También en esta época y a través de esta corriente se destacan mujeres escritoras muy notables: Victoria y Silvina Ocampo, Alfonsina Storni, Julieta Lanteri y algunas más. A la prosa moderna, al ritmo y el pulso de los tiempos que corrían le agregaron la perspectiva femenina y la lucha por la emancipación del machismo y el patriarcado que también era fuerte en la comunidad de escritorxs.

El grupo de Boedo falsamente antagonizado al de Florida (ver periodismodeizquierda. com/grupo-de-boedo-vs-grupo-de-florida-la-falsa-antinomia-de-la-literatura-argentina/) también expresaba desde un localismo porteño, barrial y tanguero una realidad del Buenos Aires de los años 20 y 30 con geniales expositores como Raúl González Tuñón (que alternó entre los dos grupos), Leónidas Barletta, César Tiempo, Álvaro Yunque, Macedonio Fernández y Roberto Arlt.

El intenso enfrentamiento entre Borges y Lugones se dio entre los años 20 y 30 y sintetizó estas dos tendencias opuestas.

Todo empezó con las discrepantes perspectivas sobre la poesía gauchesca que tenían los dos escritores y que mostraban la diferencia entre el modo de pensar del nacionalismo y el internacionalismo -al menos en lo literario-. En PDI del 18/10/20 escribí: “[…] El escritor aquí describe una diferencia sustancial entre lo que es un proceso social, étnico, histórico-cultural legítimo, espontáneo de una construcción deliberada de un grupo de élite o incluso de un mercado proclive a crear ídolos y mitos. Y con la “poesía y la literatura gauchesca” la burguesía naciente y pujante de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX creó un gran mito: el mito de la “argentinidad”. Para Borges ese carácter inmanente de lo argentino no resulta de la pretensión de popularizar textos, poesías o supuestas tradiciones seculares que no son tales; para él el propio proceso de asimilación de culturas extranjeras en una nación joven y reciente es el origen mismo de aquello concebido como acervo cultural nacional y/o popular. Borges huye del populismo como de la peste, pero también del nacionalismo a ultranza […](Literatura. Borges y la argentinidad).

Las tendencias en sentidos opuestos no son expresadas conscientemente sino a través de la espada de las palabras como en la crítica de Borges al Romancero de Lugones: “Esta cuarteta indecidora, pavota y frívola, es un resumen del Romancero. El pecado del libro está en el no ser; en el ser casi libro en blanco, molestamente espolvoreado de lirios, moños, sedas, rosas y fuentes y otras consecuencias vistosas de la jardinería y la sastrería; de los talleres de corte y confección, mejor dicho» […] «No hay una idea que sea de él; no hay un solo paisaje en el universo que por derecho de conquista sea suyo […]” y también la flamea Lugones contra el autor de El Aleph.

Dice La Nación[5]: “[…] La respuesta inesperada de Lugones a la aparición conjunta y simultánea de El tamaño de mi esperanza y de Don Segundo Sombra , apenas un mes después, el 12 de septiembre de 1926, es pasar por alto a Borges -evidentemente, el más peligroso del dúo- y premiar a Güiraldes con el indudable espaldarazo de un extenso artículo, laudatorio y consagratorio, en la primera página de La Nación […] En su artículo consagratorio sobre Güiraldes, Lugones no pierde la oportunidad de hacer la apología del gaucho simbolizado en Don Segundo Sombra , pero luego se vuelve sugestivamente contra los que enarbolan «un gracejo de arrabal» y contra aquellos que quieren instalar en un país canalla «la trastienda clandestina de la mixtura de ultramar, donde el fraude de la poesía sin verso, la estética sin belleza y la vanguardia sin ejército, adereza el contrabando de la esterilidad, la fealdad y la vanagloria.» Que yo sepa, nadie hasta ahora ha leído en estas líneas un implícito rechazo a la estética de Borges -pero la sospecha cabe. Mixtura de ultramar, vanguardia sin ejército y poesía sin verso caracterizan ciertamente a la obra de Borges por esos días, del mismo Borges que, en Luna de enfrente, solicita que sus versos «no sean persistencia de hermosura, pero sí de certeza espiritual». […] (el resaltado es mío).

En la crítica ácida y malintencionada de Lugones, no obstante, se verifican las características centrales de la tendencia centrífuga en las letras argentinas, una huida progresiva y progresista del tradicionalismo gauchesco y una asociación libre y adaptada a los usos y costumbres porteños con la vanguardia europea y norteamericana.

Esta tendencia y no la tradicionalista fue la verdadera vanguardia de los años de 1910 a 1930/40. En ellas se expresó la nueva y sólida argentinidad literaria que luego iba a derivar en otros próceres de las letras.

Con plena independencia de los géneros: fantástico, policial, drama, humor, terror o realismo social y crítica literaria todos estos grupos, coincidan o no en estilos o perspectivas sociopolítico-culturales, mantienen una cohesión que pocos han apreciado, muchas veces contaminados por sus sesgadas visiones ideológicas. Estas corrientes y sus autorxs han puesto a la literatura argentina en el circuito mundial, sacándola del polvo y el barro del Martín Fierro y paseándola por el mundo la erigieron en un pedestal.

Un caso particular en la vanguardia de 1920: Horacio Quiroga

Horacio Quiroga no era argentino, era uruguayo. Sin embargo, la mayor parte de su obra transcurrió en Argentina y sobre todo en el litoral misionero, podríamos decir que fue un escritor rioplatense. Un personaje sombrío que acabó (igual que su contemporáneo Lugones) suicidándose en 1937 fue, no obstante, un escritor brillante, una pluma soberbia que dejó obras memorables como “Cuentos de la Selva”, “Cuentos de amor y locura”, “Los perseguidos”, “Anaconda”, etc. Dice Wikipedia “Fue uno de los maestros del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista. Sus relatos a menudo retratan a la naturaleza con rasgos temibles y horrorosos, como enemiga de las circunstancias del ser humano. Ha sido comparado con el escritor estadounidense Edgar Allan Poe”.

La obra de Quiroga es tan espeluznante como hermosa, tan inquietante como asombrosa, tan poética como simple y contundente. El naturalismo de Quiroga es una especie de realismo mágico pero orientado a la fantasía y el terror. Debería inscribirse entre las vanguardias argentinas o rioplatenses ya que él mismo es una corriente literaria. Casi en soledad. Su amante Alfonsina Storni escribió tras su muerte: “Morir como tú, Horacio, en tus cabales, y así como siempre en tus cuentos, no está mal; // un rayo a tiempo y se acabó la feria …//Allá dirán. // No se vive en la selva impunemente, //ni cara al Paraná. //Bien por tu mano firme, gran Horacio …// Allá dirán. // “No hiere cada hora –queda escrito─, nos mata al final.” // Unos minutos menos … ¿Quién te acusa? // Allá dirán[6]

Por ser un escritor particular que emuló a Poe, Kipling, Lovecraft es de por sí vanguardista. No tengo dudas que fue el antecesor de lxs grandes escritorxs del género en Argentina: Bioy Casares, Julio Cortázar, Alberto Laiseca, y más cercanamente Mariano Quirós, Federico Falco, Luciano Lamberti, Agustina Bazterrica, Mariana Enríquez y Samantha Schweblin.

Quiroga fue la vanguardia “maldita”; se suicidó él y sus tres hijos, su amante, uno de sus maestros (Lugones) y su padrastro; ¿la vida como ofrenda del arte?

Estas vanguardias a comienzos del siglo XX estuvieron muy emparentadas con su época y su realidad histórica, social y cultural. La ligazón con el devenir histórico y los movimientos de las masas ha sido sin duda una de las cosas que ha destacado a la literatura del cono sur (incluye Brasil, Chile y Uruguay) de otras en el mundo. En las próximas entregas abordaremos el Boom latinoamericano en Argentina, Las vanguardias de los 60 y 70, y la Nueva Narrativa Argentina del siglo XXI.

Orlando Restivo


1 Se denominó “Boom latinoamericano” a un fenómeno editorial y también cultural que ocurrió en la década de 1950 con 4 escritores maravillosos: Gabriel García Márquez (Colombia), Carlos Fuentes (México), Julio Cortázar (Argentina) y Mario Vargas Llosa (Perú). La característica central y común de estos escritores era el progresismo e izquierdismo de sus obras, aunque Vargas Llosa giró ostensiblemente a la derecha en los años 80 y 90.

2 La ley Sáenz Peña de 1912 instituyó el voto o sufragio universal ya que antes el voto era “calificado”, los analfabetos no votaban y además estaba permitido el “voto cantado”. No obstante, las mujeres no podían votar y recién en 1951 se estableció el voto femenino.

3 Se denominaba así ya que se reunían en la editorial “Martín Fierro” en la calle Tucumán a metros de Florida en el centro porteño e iban a realizar “tertulias” literarias en la confitería Richmond en esa calle.

4 El grupo Boedo o grupo de Boedo fue un agrupamiento informal de artistas de vanguardia de la Argentina durante la década de 1920. Tradicionalmente, la historiografía cultural argentina lo opuso al Grupo de Florida. Recibieron ese nombre porque uno de sus puntos de confluencia era la Editorial Claridad, ubicada en calle Boedo 837, y el Café El Japonés, en Boedo 873. La zona era por entonces eje de uno de los barrios obreros de Buenos Aires. El grupo se caracterizó por su temática social, sus ideas de izquierda y su deseo de vincularse con los sectores populares y en especial con el movimiento obrero.

5 https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-duelo-entre-lugones-y-borges-nid214817/

6 Storni, Alfonsina, Poesías Completas, Sociedad Editora Latino Americana, Buenos Aires, 1968.

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