“Polaco” Goyeneche. Un ídolo con pies de barrio

El 29 de enero se cumplieron 95 años del natalicio de Roberto “Polaco” Goyeneche. Es necesario hacer una breve semblanza de este entrañable cantor de tango y tan particular ídolo de la cultura popular porteña y nacional. Un artista que vale la pena conocer.

Orlando Restivo

Roberto Goyeneche conocido como el “Polaco Goyeneche” fue uno de los cantantes más célebres de tango de todos los tiempos. Aunque no gozó de la mitología de Gardel y toda la iconografía gardeliana, ni del registro barítono prolijo y elegante de cantantes como Fiorentino, Corisini, Vargas, Rufino, ni del “varonil” estilo de Sosa, Rivero y Podestá, el Polaco supo cómo arreglárselas para crear algo que ninguno logró: transformarse en un objeto de culto, en el emblema de los personajes populares, querido por su humildad, su perfil bajo y su consecuencia con su vida, con sus orígenes y con todos aquellos a los que de un modo u otro su canción representó: los y las amantes del tango.

El polaco logró esto con una fórmula muy sencilla: un particular e inteligente fraseo —único en la canción porteña—, un estilo pulcro sin estridencias (“Naranjo en flor”), una alta dosis de sentimiento y emoción en el decir (ej. su hondo sentimiento en el tema “Garúa”, su dramatismo en “La última curda”) y algo pocas veces apreciado en artistas o showmans de su talla y con su éxito: una fidelidad absoluta a su origen, a su barrio Saavedra del cual no se separó hasta su muerte igual que de su compañera y su familia, a su casa de Melián y Tamborini, al club de sus amores, Platense “el Calamar” (recientemente vuelto a 1era “A”), y al tango.

Nació el 29 de enero de 1926, dicen los historiadores de tango que en Saavedra pero algunas fuentes indicaron que habría nacido en el pueblo de Urdinarrain en Entre Ríos porque su madre tuvo que bajar del tren proveniente del norte para dar a luz a su hijo Roberto y dado que en esos tiempos no había muchos registros civiles fue anotado unos días después en Saavedra y así figuró en su partida de nacimiento. Más allá de la anécdota todos coinciden en que el Polaco es de Saavedra, al punto que hoy este cálido y apacible barrio porteño, una de cuyas grandes avenidas lleva su nombre, es identificado inevitablemente con su figura. Pero ese muchacho de barrio, modesto, cariñoso y pintón que supo ser primero colectivero y después taxista, un día de 1944 se “subió” con solo 18 años al carro de la fama —que a muchas y muchos literalmente destruye— debutando en la orquesta de Raúl Kaplún y, navegando con su estilo peculiar, pasó por dos de las más célebres y notables orquestas “típicas”, la de Salgán (1952) y la de Troilo (1956) y más adelante por la colaboración con uno de la más grandes músicos de todos los tiempos: Astor Piazzolla. También colaboró en la década del 60 con célebres directores de manera independiente tal el caso de Pontier, Baffa-Berliengieri y Garello.

Su amistad con cada uno de ellos y las enseñanzas de estos fueron puntos de inflexión en la carrera del Polaco. Aprendió el tango, el compás y el canyengue, el rubato y el fraseo pero luego, como solista, y siempre acompañado de excelentes músicos, le dio un vuelo propio, un estilo que fue su marca registrada hasta sus últimos días. En 1963 formó un cuarteto junto con un trío de músicos consagrados: Armando Cupo, Luis Stazo y Mario Monteleone. Grabó versiones de tangos célebres con directores como Atilio Stampone y Raúl Garello.

Mientras todos los “varones” del tango lucían formales trajes con corbata, él usaba un corbatín muy característico y el “pañuelito de seda” en la mano para secarse el sudor y la sialorrea (salivación) producida por la cocaína. En la versión del tango “Griseta” Roberto le pone un halo de nostalgia y bohemia de los años 1920, mostrando versatilidad interpretativa y en el clásico gardeliano “mano a mano” le pone un cariz de conventillo, más porteño que en la versión del Zorzal.

No hay tango famoso que no lo haya subvertido, quizás con el placer infantil de jugar con el fraseo y el rubato con tanta maestría que parece que nadie antes o después lo haya cantado como la de los citados “La última curda” o “Naranjo en flor”. Sus versiones transformadas entre tantas fueron: Afiches, Balada para un loco, Cafetín de Buenos Aires, Desencuentro, Tinta roja, Garúa, Gricel, La última curda, Malena, Maquillaje, Tú, El último café, María, Uno, Naranjo en flor, Barrio de tango, Pompas de jabón, Chiquilín de Bachín, Sur, etc. Su extenso e interminable repertorio se desplegó durante más de 50 años. En los films de Pino Solanas fue banda de sonido en El exilio de Gardel (1985) interpretando Solo (Solanas-Piazzolla)y actor-cantante en Sur (1988)interpretando varios temas con Nestor Marconi y Raúl Luzzi. Tuvo conciertos memorables con Salgán (Teatro Colón,1972) Piazzolla (Teatro Regina, 1982) y hasta una breve pero inolvidable participación con Pugliese (1989).

El estilo “Polaco” se consolidó definitivamente en 1969 grabando “Balada para un loco” incluso antes que apareciera el simple de Amelita Baltar, a pocos días del “escándalo” sufrido por Piazzolla en el Festival Iberoamericano de la Canción en el que le arrebataron al músico y la cantante el primer puesto. Todo un desafío a lo establecido. Pero Goyeneche no le temía a los desafíos. 

El polaco llegó a lo más alto de su carrera. El muchacho del barrio de Saavedra, el pibe del barrio, un día en 1985, llegó a donde llegan los grandes artistas del mundo y llegaron los próceres del tango de los años veinte: a París. Cantó en el Teatro Châtelet con Horacio Salgán, el Sexteto Mayor, Jovita Luna, Elba Berón y seis parejas de bailarines.  Allí tocó el cielo con las manos. Recibió excelentes críticas. Después hizo giras por otros países, entre ellos España, Holanda, Alemania, Estados Unidos y Japón. Pero Roberto Goyeneche no se deslumbraba con las luces del éxito y la fama. Odiaba los viajes y ansiaba volver a su patio de malvones, a tomar unos amargos con su compañera, comer los tallarines de los domingos con su familia y sentarse en la vereda a conversar con sus vecinos. Y así fue toda la vida. Algunos reprochaban su adicción a la cocaína y al whisky, pero ninguno de sus valores; la amistad, el barrio, la humildad, se alteraron en lo más mínimo ni por estos ni por la fama y el “show bussiness”. Era tan imperfecto como cualquier ser humano y eso lo hacía justamente más cercano a la gente.

Su amistad con Piazzolla lo llevó a concebir un nuevo estilo de interpretación de la canción tanguera y a enfrentarse al establishment y romper el círculo sectario del tango arrabal para merodear con el rock y el pop y aunque nunca perdió su identidad tanguera, en sus trabajos con Litto Nebbia y otros rockeros le abrió la puerta a algo que hoy parece casi normal: el tango-fusion.

Los años, sus enfermedades respiratorias, el stress de las largas giras, fueron mellando su salud y su voz se fue quebrando, pero el Polaco —lejos de recluirse y retirarse y sin ningún síntoma de decadencia— se reinventó a fines de los setenta y los ochenta y mostró que aunque se tenga una gran voz, solo es un o una gran cantante de tango quien sabe administrar la emoción con oficio y con pasión. Y entonces entró en la sala de los cantantes clásicos y los sucesos perdurables de nuestra cultura popular como es el caso de la Tana Rinaldi, el negro Lavié, Pugliese, Mercedes Sosa, Eduardo Falú, Horacio Guaraní, etc.

La partida, primero de Troilo (1975) y después de Piazzolla (1992) lo dejaron en soledad. Su salud muy deteriorada y una grave neumonía dijeron basta y murió el 27 de agosto de 1994 a los 68 años. 

Admirado por Troilo y Piazzolla (este dijo que tocar con Goyeneche era para él “el sueño del pibe”), respetado por sus pares, idolatrado por bailarines de la talla de Jorge Donn y por cineastas como Pino Solanas, el Polaco fue convirtiéndose, ya en vida, en un objeto de culto popular con su legado, su tradición y su ejemplo de persona bonachona que le dio la espalda a los cantos de sirena del éxito y prefirió ser lo que tiene que ser un artista popular: uno de nosotros, del pueblo y de la clase trabajadora.

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