Los fusilamientos de José León Suarez. Hay una memoria que vive

Se cumplen 65 años de uno de los capítulos negros de la historia argentina, antesala de la violencia que azotaría nuestro país por décadas y tendría su máxima expresión en 1976. El recuerdo histórico y las heridas en nuestra memoria.

La frase “hay un muerto que vive” fue el disparador para que Rodolfo Walsh se interesara en la historia de 12 obreros que fueron fusilados a instancias del gobierno militar de Aramburu, artífice de la autodenominada “Revolución  Libertadora”. Su obra Operación Masacre, que reconstruye las horas finales de algunos de estos obreros, es una brillante novela policial, pero más aún, es una reconstrucción descarnada de la etapa que se había abierto con el bombardeo a Plaza de Mayo un año antes, en junio de 1955, por parte de la aviación de Marina. La clase obrera, exigiendo venganza contra los asesinos de cientos de trabajadores, se chocó en primer lugar con la negativa de Perón a entregarles armas y así poder enfrentar a los golpistas. Luego con el golpe de septiembre del mismo año, que inició una campaña de “desperonizacion” de la sociedad argentina, prohibiendo y persiguiendo cualquier vestigio de la figura de Perón. Pero en realidad avanzaban sobre todos los derechos laborales que la clase obrera había conseguido.

La resistencia, Valle y esa casa de Florida

El gobierno golpista, que en un primer momento había tenido un discurso conciliador durante la breve dirección de Lonardi, había cambiado radicalmente con el control de Aramburu. El decreto 4161/56 establecía abiertamente la persecución de todos los dirigentes sindicales y su posterior encarcelamiento, la prohibición de toda simbología que aludiera a Perón o Eva Duarte y detenciones arbitrarias por ser militantes peronistas o “colaboracionistas”. Este proceso dio lugar a lo que se conoció como la “Resistencia Peronista”, que tuvo su centro en la pelea del movimiento obrero por la defensa de sus conquistas, de sus sindicatos y comisiones internas. Algunos sectores, sin embargo, se planteaban como objetivo inmediato socavar el poder del gobierno militar en atentados y pequeñas acciones de resistencia para ganar a las masas y lograr apoyo a un posible levantamiento.

Juan José Valle era un general del ejército que se había mantenido leal al gobierno de Perón, y había sostenido una débil crítica al golpe. El plan de la resistencia encabezado por Valle consistía en utilizar como disparador la intercepción de las señales de radio que esa noche iban a transmitir una pelea de boxeo por el título sudamericano -lo que garantizaba gran audiencia- con una proclama exigiendo elecciones libres, suspensión de los decretos persecutorios y  la preservación del patrimonio nacional. Acto seguido varios grupos de la resistencia debían salir para agitar a las masas a tomar las calles y garantizar la victoria.

Uno de esos grupos se iba a concentrar durante la noche del 9 de junio en una casa que se ubicaba en Hipólito Yrigoyen 4519, localidad de Florida, partido de Vicente López.

Entre el frio y la incertidumbre

La casa designada como centro de reunión estaba ubicada en un terreno con dos viviendas; adelante vivía Horacio Di Chiano, quien era dueño de ambas propiedades, y detrás alquilaba un joven de nombre Juan Torres, uno de los que organizaba la acción. La hora asignada para el comienzo de la movilización eran las 23 horas de ese sábado, que era el momento donde se iban a interceptar las comunicaciones para transmitir la proclama. Por eso con anticipación fueron llegando Nicolás Carranza y Francisco Garibotti, ambos obreros ferroviarios que vivían en el barrio obrero de Boulogne; el joven Carlos Lizsazo; el obrero portuario Vicente Rodríguez; Mario Brion que trabajaba en la fabrica SIAM; Norberto Gavino, quien era perseguido por el gobierno a instancias del decreto 4161; Rogelio Díaz y Juan Carlos Livraga. A ellos se les sumaban el inquilino Torres, y Horacio Di Chiano, que se había acercado a escuchar la pelea. Esa noche fue una de las más frías del año 1956.

Pasaba el tiempo y la proclama no ocurría, sabían que algo andaba mal. Lo que no sabían es que había fracasado la intercepción de la transmisión, pero que se había iniciado el levantamiento, había grandes enfrentamientos en la ciudad de La Plata y algunos menores en otros lados, los cuales fueron sofocados rápidamente. El gobierno había anticipado la sublevación, pero  dejó que ocurriera para justificar el accionar represivo.

A las 23.30 horas llegan 2 hombres más, que nadie conocía, están un rato y luego salen. Inmediatamente después ingresan al departamento varios militares buscando a uno de los generales que comandaba la sublevación, el general Raúl Tanco. En una distracción, Torres escapa por el fondo de la casa, crispando aun más los ánimos de los militares que deciden llevarse a todos los presentes a la unidad penitenciaria de San Martín. En el movimiento de traslado, un vecino llamado Miguel Ángel Giuntase se acercó a ver qué pasaba y también fue detenido.

Minutos más tarde, el ex policía Julio Troxler y Reinaldo Benavidez, dueño de un almacén cercano, llegan tarde a la cita en la casa y son emboscados por agentes que quedaron a la caza de rezagados. Así se completa el total de 12 detenidos en la unidad penitenciaria de San Martín.

La sentencia ya estaba dictada

Como mencionamos antes, el gobierno tenía conocimiento de la sublevación y la había permitido para legitimar una medida ejemplificadora. El vicealmirante Isaac Rojas, quien ejercía la presidencia por licencia de Aramburu, ya tenía firmados los decretos 10.363 y 10.364 del año 56, estableciendo la ley marcial y la pena de muerte. Ambos publicados con posterioridad a los fusilamientos. A las 5 de la mañana y luego del fusilamiento de 7 detenidos en la localidad de Lanús, se ordena también el fusilamiento de los detenidos en San Martín.

Para esa tarea se los sube a un camión celular de la policía con la excusa de traslado, llevándolos a los basurales de José León Suarez, a la vera del camino de cintura, actual autopista del Buen Ayre. La oscuridad de la noche y el terreno, dificultan la tarea, por lo cual deben mover a los detenidos a pie. Los bajan de a mitades, Carranza, Gariboti, Brion, Di Chiara, Giunta y Livraga son los primeros. En la incertidumbre, mientras caminan empiezan a separarse. Sin mucho preámbulo, comienzan los fusilamientos. Carranza y Garibotti, son los primeros en caer muertos, Brion sale corriendo pero es alcanzado por las balas y muere. Livraga se tira al piso y se hace el muerto, lo mismo que Di Chiara y Guinta. En el camión, Troxler comienza a pelear con los custodios y logra que los que habían quedado en el celular puedan escapar. Rodríguez es el primero en caer y es fusilado al intentar reincorporarse. Díaz y Gavino escapan a las corridas amparados en la oscuridad, lo mismo hace Troxler, mientras que el joven Lizaso es herido y posteriormente rematado. Di Chiara y Livraga se hacían los muertos. Di Chiara tuvo suerte y lo dieron por muerto sin más, Livraga en cambio recibiría dos disparos que le desfigurarían la cara de por vida, pero que no alcanzaron para matarlo. La madrugada terminaba con el saldo de 5 muertos: Brión, Carranza, Garibotti, Lizaso y Rodríguez.

El derrotero de los sobrevivientes, cuenta de pasar inmediatamente a la clandestinidad en algunos casos y en el asilo político en el extranjero, en otros.  Distinto fue el caso de Livraga, que por sus heridas sería recapturado, y del vecino Giunta que también sería detenido. Ambos recuperarían la libertad, pero las secuelas de esa noche en José León Suarez serían permanentes. El General Valle sería fusilado el 12 de junio.

Todo está guardado en la memoria

Los fusilamientos de José León Suarez no fueron un hecho aislado de la historia argentina, sino parte de los ataques de la burguesía contra la lucha de la clase trabajadora que enfrentaba a quienes atacaban sus conquistas y derechos democráticos, laborales o políticos,al tiempo que propiciaban la penetración del imperialismo yanqui en nuestro país.

Se suele identificar esta fecha con una acción mítica del movimiento peronista, pero el propio peronismo, o al menos sus dirigentes, han relativizado el sacrificio de sus propios luchadores. La bronca generada en el movimiento obrero rebautizó al gobierno como la “Revolución Fusiladora”. La clase obrera exigía venganza por la sangre derramada, pero se encontraba con un  Perón que desde el exilio consideraba que “había sido una acción poco planificada”, responsabilizando a los sublevados de su suerte.

En 1989, al asumir el gobierno, Carlos Menem visitó a Isaac Rojas, el poder ejecutor de los asesinatos, para buscar la “concordia” de los argentinos, ignorando la memoria de los fusilados. A 65 años de los fusilamientos, nunca se hizo justicia.

Germán Gómez

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