sábado, 13 julio 2024 - 00:19

Libro Pardo. La fallida táctica homófoba de la izquierda contra el nazismo

Compartimos a continuación el artículo del sociólogo marxista Pablo Francescutti, periodista y profesor de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, quien nos invita a revisar en la historia un debate de la década del ’30. Agradecemos a Pablo por compartirnos este material, publicado originalmente en Viento Sur.

En agosto de 1933 se publica en París el Libro Pardo del incendio del Reichstag y el terror hitleriano. Editado por un grupo de alemanes exiliados e inspirado por Willi Münzenberg, el dotado propagandista de la Komintern, mostraba en su portada un montaje del ilustrador John Heartfield con una fotografía de Hermann Göering chorreando sangre y en el fondo el Reichstag en llamas. En él se afirmaba que Marinus van der Lubbe, un albañil holandés, era el autor del incendio del parlamento germano ocurrido el 27 de febrero de ese año, tal como sostenía el régimen nazi, pero se achacaba su acción a una conspiración de falsa bandera fraguada por Göering y su camarada Joseph Goebbels. Saliendo al paso de la conjura comunista denunciada por Hitler, el Libro Pardo aseguraba que en realidad se trataba de un atentado perpetrado con el propósito de culpar a la izquierda y disponer de una excusa para el golpe de Estado que otorgó al Führer la toma del poder público.

No era un detalle menor que sus autores calificaran a Van der Lubbe de “esclavo del amor” y “chico del placer” de Ernst Röhm, el caudillo de las SA (siglas de los vocablos Sturm Abteilung: las fuerzas de choque del nacionalsocialismo). También incluían en la trama a George Bell, un exsecretario de Röhm que supuestamente le procuraba muchachos. Aunque en ese momento muchos creyeron estas afirmaciones, los archivos demostraron a posteriori su mendacidad. Hoy sabemos que Van der Lubbe era un militante comunista que por su cuenta prendió fuego al parlamento en protesta contra el acceso de Hitler a la cancillería, sin prever que este se valdría de ella para acelerar sus designios totalitarios. Y se verificó que no sentía atracción por los hombres. No obstante ello, los comunistas lo convirtieron en el chivo expiatorio de su aplastante derrota a manos de las camisas pardas. En vano el Libro Rojo, publicado el mismo año por un grupo de izquierdistas, anarquistas y personalidades, refutó su presentación como un agente provocador y un prostituto. Estigmatizado por la Komintern, el albañil fue guillotinado por incendiario en Leipzig.

Responder a una teoría conspirativa con una contra-teoría de similar cuño fue una ocurrencia de Münzenberg que tuvo gran éxito propagandístico (del libro se editaron 500.000 ejemplares en 26 países, informa Anson Rabinbach en su estudio Staging Antifascim: the Brown Book of the Reichstag Fire and Hitler Terror). Pero ¿por qué falsear los gustos sexuales de Van der Lubbe y su pretendido cómplice Bell? La misma obra responde: “La tarea que se ha fijado este libro exige que la vida de Van der Lubbe sea expuesta hasta el último detalle. Junto a su impulso por la fama, la homosexualidad de Van der Lubbe influenció su vida de modo decisivo. Esta cuestión es por consiguiente mucho más que un asunto privado”. La pregunta entonces puede plantearse de manera más precisa: ¿por qué la sexualidad de estos supuestos secuaces del nazismo importaba tanto?

Explicarlo requiere remontarse a la campaña de difamación emprendida por la izquierda alemana en 1931, cuando Hitler nombró a Ernst Röhm jefe supremo de las SA. Sus inclinaciones sexuales más o menos conocidas tentaron a los antifascistas a emplearlas para ridiculizar la ética y estética hípermachista de sus enemigos jurados. Consecuentemente, el periódico socialdemócrata Müncher Post informó con tono despectivo acerca de una camarilla homosexual que buscaba controlar las SA, apoyándose en correspondencia falsificada por adversarios de Röhm. A continuación, afirmó que éste había pagado los servicios de un prostituto. En 1932, la agencia de prensa socialista destapó —esta vez con fundamento— que pertenecía a la asociación de homosexuales más importante de Alemania, Bund für Menschenrecht. Por raro que hoy parezca, esta adscripción no desentonaba en la mescolanza ideológica que distinguía a su cuerpo paramilitar, en donde el anticapitalismo y el anticlericalismo se codeaban con el nacionalismo más radical y un visceral antibolchevismo.

Pero el eje de los ataques izquierdistas no pasaba por la denuncia de la doble moral ni de los discursos de odio del nazismo, ni por exhortar a los homosexuales simpatizantes de Hitler a que rompiesen con una doctrina que los satanizaba. A Röhm, el militante por los derechos homosexuales, se lo criticaba con la intención de encarcelarlo apelando al artículo 175 del Código Penal que castigaba su condición. En breve: se lo sacaba del armario con la finalidad de meterlo entre rejas. Actuando de tribuno de la moral pública, el periodista socialista Helmuth Klotz advirtió que si no se actuaba pronto contra ese estado de cosas se produciría “un envenenamiento de la vida nacional” y “la desmoralización de los poderes éticos y morales”. Y sus correligionarios alertaron de que los jóvenes que ingresasen a las SA y a la Juventud Hitleriana podían ser víctimas del desenfreno de Röhmn y sus esbirros, como si la pedofilia fuera compulsiva en sus filas. En las calles, los militantes de izquierdas provocaban a las tropas de asalto sustituyendo el saludo habitual “¡Heil Röhm!” por el burlón “¡Geil Röhm!” (en alemán, “¡Röhm el caliente!”). Una y otra vez, la propaganda agitaba al estereotipo del nazi abusador de menores inocentes.

Sin embargo, esta táctica, adoptada para frenar al fascismo, no ralentizó el intenso flujo de inscritos a las SA. Hitler, pese a lo embarazoso de la situación, renovó públicamente su apoyo a Röhm. Si acaso sirvió de algo fue para erosionar la imagen del incriminado ante sus pares y predisponer a la opinión pública a favor del escarmiento que recibiría con su fusilamiento en la Noche de los Cuchillos Largos, en 1934. Lo que parecía una jugada para evidenciar la incoherencia e hipocresía de un cuerpo que se jactaba de su virilidad agresiva, terminó fomentando la homofobia reinante.

Ninguna de estas consideraciones modificó el tenor de la propaganda antifascista. De nada sirvieron las protestas del Comité Científico-Humanitario, entidad defensora de los homosexuales afín a la socialdemocracia y liderada por el sexólogo Magnus Hirchsfeld. “Las declaraciones del Müncher Post haciéndose eco del apóstol Pablo y empleando el vocabulario íntegro de nuestros perseguidores clerical-conservadores podrían haberse impreso sin cambiar una palabra en la más estricta prensa católica”, se quejaba el Comité, según recoge Harry Oosterhuis en The ‘Jews’ of the Antifascist Left. Vista en retrospectiva, la condena de Röhm y sus allegados por la izquierda acabó coincidiendo con Hitler, quien invocó “su comportamiento sexual inmoral” para desembarazarse del ala más radical de su movimiento, tal como le exigía el Ejército. En pocas palabras: le facilitó un argumento para justificar su vuelco todavía más a la derecha.

A la luz de los antecedentes, se aprecia que la machacona insistencia del Libro Pardo en la vida sexual del holandés de 24 años convenía al relato deseado por la Komintern, empeñada en colgar al nazismo el cargo de depravación. Las prácticas homoeróticas de Röhm y algunos de su entorno sí eran reales, aunque ninguno tuvo que ver con la quema del Reichstag. Pero a Münzenberg le daba igual: solo le interesaba desprestigiar al nazismo a los ojos de la prejuiciosa opinión pública.

Y lo logró: las mentiras del Libro Pardo colaron y sirvieron de molde a las posteriores narrativas antinazis, tendentes a pintar a la cúpula hitleriana viciosa y decadente (la adicción real a la morfina de Göering era constantemente ventilada). De su impacto duradero en la cultura antifascista nos da una muestra el cine italiano de izquierda: en La Caída de los Dioses (1969), su director Luchino Visconti, simpatizante comunista y homosexual asumido, se regodeó mostrando a las SA en plena orgía poco antes de la Noche de los Cuchillos Largos al tiempo que cargaba las tintas en el personaje de Martin, el travesti que traiciona a su familia burguesa en beneficio del régimen nazi. En El Conformista (1970), Bernardo Bertolucci imputa la índole asesina y torturada del protagonista fascista a su homosexualidad reprimida. En El Portero de Noche (1974), Liliana Cavani reitera la asociación entre nazismo y desviación sexual; y en Saló (1975), Pier Paolo Pasolini describe a los jerarcas del fascio como la reencarnación criminal de los libertinos de Sade.

En honor a la verdad, hay que señalar que el mito del fascismo homoerótico se vio reavivado décadas más tarde del modo más inesperado, cuando cierta subcultura gay celebró los uniformes con correajes y el aura de hombría exagerada de los adeptos del nazismo. Pero su apropiación, no exenta de ironía y parodia, no debe llevarnos a creer que el énfasis machista y la repulsa a los invertidos vociferada por quienes se creían una raza superior constituían sin más el espejo invertido de una atracción latente por el propio sexo. La misoginia de los nazis —como casi toda misoginia— no estimulaba tanto el comercio carnal entre hombres como las relaciones de uso y sumisión con las mujeres, patentes en el asiduo recurso a la prostitución femenina (los burdeles, pese a la reprobación oficial, proliferaron en tiempos de Hitler). Por otra parte, los intensos vínculos afectivos nacidos de la camaradería masculina no tenían ni tienen por qué ser inevitablemente eróticos. Desconocer estos datos podría conducir al absurdo de pensar que los millones de nacionalsocialistas eran homosexuales reprimidos.

Pese a las diatribas antifascistas contra la presunta doble moral que autorizaba a las élites a disfrutar del sexo sin tapujos mientras sometía al pueblo a los requerimientos más puritanos, la realidad incontestable es que el nazismo –al igual que sus homólogos en otros países– nunca tuvo un discurso ni una política condescendiente, siquiera parcialmente, con la diversidad sexual. Sí, antes de su ascenso al poder Hitler hizo la vista gorda ante los deslices de Röhm, cuyos violentos servicios necesitaba para ganar las calles. Pero en cuanto se afianzó en el gobierno impulsó las medidas más draconianas que registran los anales. Tras purgar a la SA, impuso una legislación que llevó ante los tribunales a unos 100.000 pervertidos, de los cuales entre 5.000 y 10.000 terminaron en campos de concentración, donde se los diferenciaba con el infamante triángulo rosa y recibían curaciones basadas en la castración y en demenciales terapias hormonales. Sacando partido del clima de hostigamiento, en 1938 Göering intentó hundir a su rival en el Ministerio de Guerra, el general Werner von Fritsch, acusándolo falsamente de retozar con un prostituto, demostrando con sus calumnias que ni siquiera los miembros de las altas esferas se hallaban libres de la persecución. El ambiente gay vernáculo, el más bullente de Europa, con sus bares de travestis y lesbianas, sus clubes, cabarets y prostíbulos, fue borrado del mapa. Difícilmente se encontrará en el siglo XX un ejemplo de homofobia institucional más encarnizada y sistemática que el ofrecido por el Tercer Reich.

En cuanto a las acusaciones lanzadas contra Röhm y Van der Lubbe en el Libro Pardo con obvia intención difamatoria, merece recordarse que iban a contrapelo de la política oficial del comunismo alemán. Siguiendo la línea trazada por el Partido Socialdemócrata en 1898, comunistas y socialistas coincidieron durante la república de Weimar en pugnar por la legalización de las relaciones sexuales entre varones adultos. Pero 1931 dejaron de lado la campaña por la derogación del artículo 175 para concentrarse en exagerar y denostar los hábitos sodomitas del liderazgo nazi. Los mismos partidos que desoían los reiterados llamamientos de Trotsky a formar un frente único obrero que enfrentase a la peste parda en las fábricas, los barrios y las elecciones, solo aplicaron la unidad de acción en lo relativo a la denuncia moralista de la vida privada de un contrincante homosexual.

En este uso oportunista de la intimidad de Röhm puede haber influido el sambenito de bolchevismo sexual con el que la ultraderecha fustigaba las orientaciones sexuales no convencionales. Tal como hiciera luego ante el incendio del Reichstag, la izquierda retornó esa acusación contra sus autores como un búmeran. No olvidemos que se mantenía vivo el recuerdo del escándalo Eulenberg de 1907-1909. En esos años trascendió que importantes mandos militares, encabezados por el príncipe Eulenberg, constituían un círculo homosexual. El revuelo, que atrajo la atención de toda Europa, asoció la homosexualidad al militarismo y, en especial, a la alta oficialidad (en el extranjero comenzó a hablarse de “vicio alemán”). Fue la primera vez que se utilizó la acusación de desviación sexual con fines políticos, en este caso por parte de la camarilla más belicista del entorno del Káiser. Esto puede haber preparado el terreno para que la izquierda de Weimar se presentara como la guardiana de la moral y las buenas costumbres, y optase por combatir a la ultraderecha con los valores del más rancio conservadurismo; o sea, por atacar al adversario con sus mismas tácticas y en su terreno.

Su renuncio no puede desvincularse del clima de la época. Los años ‘30 asistieron a un retroceso generalizado en materia de moral sexual. En las democracias capitalistas, el sufragismo cosechó avances notables: el otorgamiento del derecho de voto a las mujeres en Estados Unidos (1920), Gran Bretaña (1928) y España (1931); pero la Gran Depresión devolvió a las trabajadoras al hogar y a sus labores de madres y amas de casa. A ello se sumó la reacción patriarcal desplegada a partir de mediados de los años 20 por la Iglesia (las encíclicas Casti Connubi y Quadragesimo Anno) y la extrema derecha (Acción Francesa, CEDA…), que reforzó los roles femeninos tradicionales. Dicha reacción se vio favorecida cuando la Unión Soviética castigó con hasta cinco años de trabajos forzados la homosexualidad masculina en diciembre de 1933 (el precepto estuvo vigente hasta 1991). Con esta iniciativa, sumada a la reivindicación de la familia y a la prohibición del aborto, el estalinismo revirtió en buena medida los logros registrados con la revolución de Octubre. Máximo Gorki, su escritor oficial, publicó el 23 de febrero de 1934 en Pravda el artículo Contra el fascismo, por un humanismo proletario, comparando la ética socialista con la corrupción moral alemana. Al tiempo que se ufanaba de cómo el Estado protegía a los jóvenes soviéticos de la seducción pederasta, advertía que este vicio capitalista campaba a sus anchas entre los nazis. Y concluía con un llamamiento implacable: ‘‘Exterminad a todos los homosexuales y el fascismo desaparecerá”. Si a los fascistas la homosexualidad se les antojaba propia de la cultura decadente auspiciada por judíos y marxistas, a los estalinistas les resultaba indisociable de la podredumbre burguesa.

Para el mencionado Oosterhuis, el giro homofóbico de la izquierda alemana no se explica solo como una maniobra desesperada para evitar como fuera el triunfo de un adversario despiadado; a su modo de ver, reflejaba sentimientos profundamente incrustados en sus cuadros, originados en una visión reproductiva de la sexualidad. Bien mirada, su tolerancia de la homosexualidad no significaba aceptación; antes bien, la juzgaban una anomalía, eso sí, merecedora de tratamiento y comprensión en vez de represión. Un caso ilustrativo lo representa el psiquiatra Wilhem Reich, recordado como el abanderado de una sexualidad libre. Reich consideraba al capitalismo una fuente de neurosis manifiestas en aberraciones sexuales. En su psicología de masas la heterosexualidad representaba la normalidad, y la homosexualidad de los nazis se derivaba de su caracteriología autoritaria y su desprecio por la mujer. La comunidad masculina (männerbund) en la que el Estado hitleriano decía basarse estaba impregnada, a su entender, de la homofilia sublimada de los cuarteles. De ahí que, para prevenir deseos equívocos en los jóvenes varones, propugnara la educación mixta. A su favor cabe decir que se opuso a la persecución de la homosexualidad en la Unión Soviética, si bien la adjudicó a una reacción defensiva ante el escándalo suscitado por Röhm.

No era el único prohombre de la izquierda con ramalazos homofóbicos. En 1936, el psicoanalista Erich Fromm ligó la homosexualidad a la personalidad masoquista y a los conflictos irresueltos de los hijos de padres burgueses. Durante la Segunda Guerra Mundial, y en la estela de esas lucubraciones, en el bando aliado se especuló con la inversión sexual del Führer con el ánimo de presentarlo bajo una luz todavía más desfavorable si cabe. Entre los pocos que salieron al cruce del empecinamiento homófobo del antifascismo destacó el periodista Kurt Tucholsky, quien en ocasión del “outing” de Röhm declaró: “Considero estos ataques impropios… uno no debería perseguir al enemigo en la cama”. El escritor Klaus Mann citó el ejemplo de Walt Whitman para defender que las comunidades masculinas podían tener un carácter democrático. Y atento a la discriminación ejercida por los progresistas, dijo que el homosexual se había tornado “el judío de los antifascistas”.

Oosthuis concluye que el problema de fondo radicaba en la homofobia existente en la izquierda de los años 20 y 30. En los comunistas esa disposición se veía alentada por el ejemplo de la URSS, donde se subordinó la conducta sexual individual a las exigencias de la construcción del socialismo en un solo país, concretada en la exaltación de una maternidad orientada a suministrar al Estado obrero la mano de obra y los soldados necesarios para su supervivencia. Huelga decir que esta reglamentación de los deseos hizo mucho más difícil la vida de los homosexuales soviéticos, al igual que la de sus homólogos en las democracias occidentales que querían combatir a la ultraderecha y se veían rechazados por los antifascistas. En lo sucesivo, el movimiento de liberación gay tuvo que librar una lucha en dos frentes: por un lado, contra la moral reaccionaria de la extrema derecha; por el otro, contra el repudio de sus potenciales aliados, los sedicentes anticapitalistas.

Hoy, la homofobia antifascista ha quedado en el baúl de los malos recuerdos. En la mayoría de los países occidentales, y gracias a los afanes de los colectivos LGTBI y feminista con el apoyo irregular del movimiento obrero, las banderas rojas y arcoiris han pasado a integrar el pabellón común de las fuerzas progresistas, aunque subsisten reductos de intolerancia como el Partido Comunista ruso, avalista del veto dictado por Putin al proselitismo gay a los menores de edad. Si de algo puede servir exhumar ese triste episodio es como recordatorio del costo que tuvo para la causa de la libertad y la diversidad sexual el que los progresistas, cediendo en una coyuntura crucial a un pragmatismo miope y a sus arraigados prejuicios, hicieran política con los valores del enemigo.

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