Julio Cortázar. El perseguidor del cielo desde la tierra literaria

La piedra marca la casa, cuál es la tuya

Nacer en la Europa de 1914 puede grabar cierta impronta en la constitución de una persona. Así llegó a este mundo Julio Florencio Cortázar Descotte, por una circunstancia transitoria, debido al trabajo paterno como agregado de la embajada en Bélgica. Bruselas particularmente. Era agosto y el Káiser avanzaba sobre el país. A partir de este momento y hasta el ´18 la guerra se extendería como una mancha de aceite por todo el continente, no era la mejor manera de llevar adelante una familia, si había la posibilidad de marcharse y regresar al país de origen. Así lo hicieron los Cortázar- Descotte luego de pasar por Suiza y Barcelona durante dos años.

Al regresar a Argentina se instalan en el barrio de Banfield, en la zona sur del conurbano, en una casona de muchas habitaciones y jardines. Allí transcurrieron su infancia y adolescencia Julio, su hermana menor y sus padres; hasta que este se fue para nunca más volver. Desde ese momento, el Julio imaginativo, obsesivo lector, tiene que hacerse cargo de colaborar con la frágil economía familiar. Se recibe a los dieciocho años de maestro y luego de profesor en letras, habiendo cursado en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta y empieza a ejercer en el interior de la provincia, primero en Bolívar y luego en Chivilcoy. Sobre su paso por la docencia, el autor dirá más tarde que esta actividad no le era del todo satisfactoria, de hecho, escribió algunas líneas poniendo en discusión la labor pedagógica, incluso la de la formación.

“…Ser culto es saber el sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño. Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura; los ejemplos resultan inútiles. Quizá se comprendiera mejor mi pensamiento decantado en este concepto de la cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad.

Así tiene que ser el maestro…”

Lo cierto es que logra acceder a un cargo universitario en Mendoza, en la Universidad Nacional de Cuyo, donde va a compartir más que sus lecturas y autores preferidos junto a los alumnos. Corría el año 1944 y en las clases de literatura septentrional y literatura francesa, el jovencísimo profesor Julio se compenetraba leyendo en francés, ensayando teorías, apreciaciones, motivando a los pocos alumnos que se sentaban a admirar tanta pasión por las letras.

Saltando en un pie en equilibrio sin pisar la línea ni la piedra

Anticipando su perfil contra los totalitarismos, las demagogias y las dictaduras de toda especie, pero también sosteniendo cierta tendencia a la intelligentzia de la época, el joven Cortázar decide renunciar a la cátedra en Mendoza para volver a Buenos Aires. Perón había ganado las elecciones de 1945. Eran recientes los acontecimientos que horrorizaban a la élite académicapor parte de quienes serían los integrantes del golpe del ‘43. La intervención en las universidades, la persecución y hostigamiento al conjunto de intelectuales habían forjado en este sector un fuerte núcleo opositor.

Escribe los relatos que forman parte de La otra orilla donde deja entrever su posicionamiento antiperonista. En el ‘46 trabaja en la Cámara Argentina del Libro, su colaboración con la prensa a través de artículos, traducciones y algunos cuentos se hace prolífera. Julio seguía instruyéndose y en el ´48 se recibe de traductor público de francés e inglés. De este período son su primera novela Divertimiento y el poema dramático Los Reyes, en intertextualidad con la leyenda del Minotauro, historia de la que echó mano también Jorge Luis Borges, en su magistral relato La casa de Asterión.

En 1951 publica Bestiario incluyendo cuentos como Casa Tomada y Circe.  Es el año en que gana la beca Guggenheim y se traslada a París. Será, de aquí en más, su lugar de residencia hasta su muerte.  Durante esta década, además de unirse a su compañera de trabajo Aurora Bernárdez, oficia como traductor para la Unesco, lo que le permitirá recorrer varios países, sobre todo latinoamericanos. Traduce a Edgar Allan Poe y esboza relatos cortos que serán incluidos en Historias de Cronopios y Famas. Final de Juego se publica en México en el ´56. En 1959 la editorial Sudamericana edita Las armas secretas, donde se incluye su relato El Perseguidor.

Sobre el proceso de creación dirá más tarde que no se percibía como un escritor profesional, que admiraba a los que tenían la sistematicidad de teclear por horas todos los días. Para él, el inicio de un relato surgía como “música que enseguida toma forma de palabra, una primera frase, una primera idea, una imagen que se va a convertir en personaje” y ocurría en momentos donde se encontraba “disponible” en una caminata, en el ómnibus, en un café. Soy muy vago, decía sobre su método, pero cuando la escritura lo atrapaba, entonces sobrevenía una obsesión, una necesidad compulsiva de dar vida a las historias.

Este modo lo corría de la imagen solemne, dramática del escritor sufriente o presionado, “siempre insistí en el aspecto lúdico de la literatura, eso me da placer, como en el amor”.

Una de las particularidades del autor ha sido su fuerte ligazón con la música y el boxeo y cómo esta intersección con su trabajo abrió la puerta hacia la construcción de una lengua porteña, el uso del lunfardo y por esta vía el protagonismo de las capas marginales de la sociedad, de los rincones menos favorecidos. El jazz y el tango atraviesan las historias, el ritmo en que se desarrollan. Sobre el violento deporte comentaba que lo que le atraía era esa crudeza del cara a cara, un enfrentamiento de dos que bajo las mismas reglas debían sostenerse hasta lo último de sus fuerzas.

Esta integralidad lo llevó a explicar también cómo veía a los géneros literarios: “El cuento es como una esfera, es una forma cerrada y para mí un cuento solo es perfecto cuando se aproxima a esa forma perfecta en donde no puede ni debe sobrar nada y en donde cada uno de los puntos exteriores deben estar a la misma distancia del centro, mientras que la novela es un árbol, tiene un tronco del que salen ramas, se puede bifurcar, la rama se divide un subramas. En el cuento la primera palabra tiene que tener contenido el final. En la novela hay algo inesperado, los personajes empiezan a tener vida propia y no sabés a donde te llevan. Entre estos dos formatos hay una relación como en el jazz tradicional o la música de cámara y el free jazz, completamente abierto”.

Rayuela

“La verdad, la triste o hermosa verdad es que cada vez me gustan menos las novelas, el arte novelesco, tal como se lo practica en estos tiempos. Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género” le decía en una carta a su amigo lingüista Jean Bernabé y en 1960, en una nota dirigida al editor Paco Porrúa, Cortázar le aclaraba: “Ignoro cómo y cuándo lo terminaré, hay cerca de cuatrocientas páginas que abarcan pedazos del fin, del principio y del medio del libro, pero quizás desaparezcan frente a la presión de otras cuatrocientas o seiscientas que tendré que escribir entre este año y el que viene. El resultado será una especie de almanaque, no encuentro mejor palabra (a menos que ‘baúl de turco’). Una narración hecha desde múltiples ángulos, con un lenguaje a veces tan brutal que a mí mismo me rechaza la relectura y dudo que me atreva a mostrarlo a alguien; y otras veces tan puro, tan poco literario… Qué sé yo lo que va a salir”.

Acorde con su tónica de juego construye una historia- puzzle que vino a revolucionar la novelística. Una historia de amores, desencuentros, reflexiones que en un principio pensó en titular “Mandala” pero que luego creyó mejor que, al menos desde el título, tuviese la cercanía a lo popular, a lo más terrenal y costumbrista de la infancia. Hasta un lenguaje propio incluye en uno de los capítulos para expresar una escena de amor erótico. La novela Rayuela se transformó en uno de los pilares de la literatura mundial y centro casi del llamado Boom latinoamericano.

Sobre este, el autor manifestó que ese fenómeno fue en realidad cosa de los editores. “Mi obra fue hecha en soledad, en la pobreza, en otro país y continente, al igual que la mayoría de los otros autores. Los editores no nos inventaron, pero no son tontos, ellos vieron que la gente nos leía, se pasaban los textos de mano en mano, vieron el negocio y armaron lo del boom”. Sin embargo, esto fue una oportunidad para que el resto del mundo conociese la obra de la decena de autores latinoamericanos. Los libros fueron traducidos a muchos idiomas y se abrió por vez primera la puerta a otras generaciones de escritores excelentes del continente.

Antes de llegar al cielo volver para levantar la piedra

El autor de la voz afrancesada, de la consonante que se desliza, tuvo siempre un posicionamiento ante las situaciones políticas adversas a los pueblos. Las décadas del siglo veinte en las que le tocó vivir fueron de gran conmoción social. Sin embargo, era consciente que los artistas tenían que combinar su arduo trabajo para ser auténticos y cualitativos, y a la vez estar comprometidos con la realidad, en particular la de los pueblos latinoamericanos.

Durante su juventud se había declarado antiperonista, compartía esta opinión junto a otros escritores e intelectuales de la época, en particular los que se reunían alrededor de la revista Sur.

Uno de los pocos novelistas que adhería a la ideología peronista, Leopoldo Marechal, había publicado Adán Buenos Aires. Todo el círculo había censurado el texto y las críticas lo habían defenestrado. Sin embargo, Cortázar luego de leerla la consideró extraordinaria y le dedicó un artículo en la revista Realidad en el ´49. Dirá, más adelante que por ello recibió insultos y amenazas. La intelligentzia de clase no le perdonaba semejante afrenta.

“…Hacer buena prosa de un buen relato es empresa no infrecuente entre nosotros; hacer ciertos relatos con su prosa era prueba mayor, y en ella alcanza Adán Buenos Aires su más alto logro… []… Estamos haciendo un idioma, mal que les pese a los necrófagos y a los profesores normales en letras que creen en su título. Es un idioma turbio y caliente, torpe y sutil, pero de creciente propiedad para nuestra expresión necesaria. Un idioma que no necesita del lunfardo (que lo usa, mejor), que puede articularse perfectamente con la mejor prosa ‘literaria’ y fusionar cada vez mejor con ella, pero para irla liquidando secretamente y en buena hora…”

En una entrevista hecha para televisión, ya en ’80, le preguntaron por el compromiso que se les había exigido a los artistas desde los 60’, época de grandes luchas revolucionarias. El autor insiste en este doble reclamo, afirmando que el escritor primero debe comprometerse con su trabajo, en dar lo máximo de sí, en potenciar su manera natural de transmitir elementos que sirvan para cuestionar, crear problemas. Elementos que actúen sobre su pueblo, a compartir honestamente su punto de vista, aunque sea muy criticado. Y tener que “bajar la puntería” para ser masivos no era de ningún modo un compromiso. Que había autores que genuinamente creaban de esta manera, estaba bien, pero que había también quienes estaban transitando un plano experimental, planos de búsqueda más complejas y que sería una traición a su pueblo dejar caer esa búsqueda a cambio de la facilidad y la demagogia. También remarcaba que, cumplimentando la primera de las condiciones, había escritores admirables, extraordinarios, pero de un carácter tan reaccionario y conservador, funcionales a las dictaduras en curso que dejaban correr esa sangría sin levantar una sola frase, que echaban por tierra el mayor de los requerimientos. El escritor, músico, pintor comprometido tenía que ampliar su accionar atacando, denunciando esos sistemas siniestros que destruyen y explotan a América Latina, en clara mención a las dictaduras que habían asolado a la región.

Durante el Mayo del ’68 y experimentando in situ los acontecimientos en Francia. Expresó: “…nada piden los estudiantes que no sea de alguna manera una nueva definición del hombre y la sociedad; y lo piden en la única forma en que es posible pedirlo en este momento, sin reivindicaciones parciales, sin nuevos esquemas que pretendan sustituir a los vigentes. Lo piden con una entrega total de su persona, con el gesto elemental e incuestionable de salir a la calle y gritar contra la maquinaria aplastante de un orden desvitalizado y anacrónico. Los estudiantes están haciendo el amor con el único mundo que aman y que los ama; su rebelión es el brazo primordial, el encuentro en lo más alto de las pulsiones vitales.

Detrás de la ocupación de lo que es propio hay una conciencia que va mucho más allá de perímetro de una residencia universitaria; simbólicamente, poéticamente, estos muchachos han tomado a la Argentina entera para devolverla a su verdad tanto tiempo falseada; y decir eso es decir también América Latina, es sentir a través de este impulso y esta definición toda la angustia de un continente traicionado desde dentro y desde fuera. Cómo no comprender, entonces, el sentido más profundo que tiene hoy aquí, entre nosotros, la evocación del ejemplo vivo del Che, cómo no comprender que lo sintamos tan cerca de los jóvenes que se baten en las calles y dialogan en los anfiteatros. Pero esto no es un homenaje labial; no hemos de recaer una vez más en los esquemas del respeto solemne, de las conmemoraciones a base de palmas y oratoria. Para el Che solo podía y solo puede haber un homenaje; el de alzarse como lo hizo él contra la alienación del hombre, contra su colonización física y moral. Todos los estudiantes del mundo que luchan en este mismo momento son de alguna manera el Che. No siempre hacen falta cirujanos para trasplantar un corazón en otro cuerpo; el suyo está latiendo en cada estudiante que libra este combate por una vida más digna y hermosa” (Textos políticos).

El escritor dona en 1967 los derechos de autor de varias de sus obras para ayudar a presos políticos de varios países, entre ellos Argentina. En 1970 viaja a Chile y se solidariza con el gobierno de Salvador Allende.

En 1974, fue miembro del Tribunal Russell II reunido en Roma para examinar la situación polí­tica en América Latina, en particular las violaciones de los derechos humanos, de la que surgió el cómic Fantomas contra los vampiros multinacionales.
Junto a Borges, Bioy Casares y Octavio Paz, ese año también pidieron la liberación de Juan Carlos Onetti, apresado por deliberar como jurado en favor del cuento El guardaespaldas de Nelson Marra. * (Télam- 2015)

Había viajado a Nicaragua en claro apoyo a la lucha en curso que se libraba en aquellos años.

En el ‘73 se lanza con el polémico Libro de Manuel, donde registra su compromiso político con los movimientos revolucionarios y de liberación sobre todo de Latinoamérica,

Julio Cortázar se proclamaba, junto con muchos otros artistas americanos y mundiales, adherentes y defensores de la revolución cubana. Así lo hizo y declaró en varias oportunidades hasta que ocurrió el caso Padilla.

Heberto Padilla, un poeta que había sido parte del proceso de la revolución, escribe alrededor del ´68 el libro Fuera de juego. Un compendio versificado de bella expresión que de contenido denuncia el giro burocrático y totalitario que había ocurrido en la isla durante esos años. Ingresa como postulante al premio Julián Casas que otorgaba la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba). Después de mucho debate finalmente le otorgan el reconocimiento, no sin haber sido presionados por el gobierno y haber tenido fuertes debates.

En el ´71 y mientras leía uno de sus poemas en la sede de la Unión, Padilla es detenido durante casi cuarenta días, obligado a denunciar a compañeros que eran críticos del régimen, y a hacer pública su disculpa y censura sobre la propia obra. Este episodio dividió aguas en la intelectualidad americana y mundial, sobre todo de quienes habían sido portavoces de la revuelta cubana y la defendían a rajatabla. Cartas de repudio, comunicados y entre estas denuncias el poema de Cortázar: Policrítica a la hora de los chacales. En el poema, el autor descarga toda su dureza ante el accionar del régimen castrista.

“…Y todo empieza por lo opuesto, por un poeta encarcelado,
Por la necesidad de comprender por qué, de preguntar y de
Esperar…

Tienes razón Fidel: solo en la brega hay derecho al
Descontento,
Solo de adentro ha de salir la crítica, la búsqueda de fórmulas
Mejores,
Sí, pero de adentro es tan afuera a veces,
Y si hoy me aparto para siempre del liberal a la violeta, de los
que firman los virtuosos textos
por-que-Cu-ba-no-es-eso-que-e-xi-gen-sus-es-que-mas-de-bu-fe-te…

Nadie espere de mí el elogio fácil,
Pero hoy es más que nunca tiempo de decisión y de aguas
Claras:
Diálogo pido, encuentro en las borrascas, policríticas diaria,
No acepto la repetición de humillaciones torpes,
No acepto risas de los fariseos convencidos de que todo anda
Bien después de cada ejemplo,
No acepto la intimidación ni la vergüenza. Y es por eso que
Acepto
La crítica de veras, la que viene de aquel que aguanta en el
timón,
de aquellos que pelean por una causa justa, allá o aquí, en lo
alto o en lo bajo,
y reconozco la torpeza de pretender saberlo todo desde un mero
escritorio
y busco humildemente la verdad en los hechos de ayer y de
mañana…”

Final de juego

Había conocido y se había enamorado de una joven traductora, activista y fotógrafa que lo acompañó hasta su muerte en el ´82. Carol Dunlop con quien planifica un viaje en su camioneta habilitada a lo motor home por distintos lugares de Francia. El viaje París-Marsella, deteniéndose cada día en dos parkings, sobre un total de unos 70. El objetivo, registrar escenas en apariencia cotidianas y comunes junto a lo que el universo interno dicta. Así se gestó Los autonautas de la cosmopista. En su epílogo, un devastado Cortázar despide a su compañera de amores y aventuras militantes y de creación.

“…Volvimos a París llenos de planes: terminar juntos el libro, dar sus derechos de autor al pueblo nicaragüense, vivir, vivir todavía más intensamente. Siguieron dos meses en que rodeamos a la Osita de ternura y en que ella nos dio cada día ese valor que nos iba abandonando. La vi emprender su viaje solitario, donde yo no podía ya acompañarla, y el 2 de noviembre se me fue de entre las manos como un hilito de agua, sin aceptar que los demonios dijeran la última palabra, ella que tanto los había desafiado y combatido en estas páginas. A ella le debo, como le debo lo mejor de mis últimos años, terminar solo este relato. Bien sé, Osita, que habrías hecho lo mismo si me hubiera tocado precederte en la partida, y que tu mano escribe, junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista”.

El 12 de febrero de 1984 el genial Julio fallecía en un hospital de París.

Su obra es una de las más prolíficas y diversas de la literatura argentina, aunque la haya tipeado bajo el cielo francés. Leerlo es ingresar a un viaje por fuera de la realidad, aunque enmarcado en ella, puntuada en ella. Leerlo es atravesar fronteras, de las políticas, de las canónicas, de las de estilo.

Leerlo es transitar con más belleza y vuelo la autopista de la vida.

Diana Thom

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