jueves, 11 agosto 2022 - 14:10

Juana Azurduy. Capitana por la emancipación

Este 25 de mayo se cumplen 160 años del fallecimiento de Juana Azurduy, una gran revolucionaria invisibilizada durante siglos en la historia latinoamericana. Hoy la homenajeamos y reconocemos en su gran pelea por la emancipación de la monarquía española.

En estas líneas, intentamos hacer un breve resumen de su significativo aporte a la causa independista a la que dedicó gran parte de su vida.

Rebelde de principio a fin

Con la rebeldía como facción constitutiva de su ser, Juana tuvo que aprender a sobrevivir desde muy joven, pues nunca aceptó el rol sumiso que la sociedad colonial reservaba para las mujeres.

Nació en Toroca, un pueblo cercano a Chuquisaca -en la actual ciudad de Sucre, Bolivia- el 12 de julio de 1780. Hija de Eulalia Bermúdez, una “chola” mestiza, y Matías Azurduy, hombre hacendado, creció en el campo alejada de los prejuicios de la época y trabajó desde corta edad con originarios, con quienes hablaba en quechua, lengua que su madre le había enseñado.

Sus padres fallecieron prematuramente cuando tenía apenas 7 años cumplidos, quedando entonces ella y su hermana huérfanas a cargo de sus tíos quienes, al no poder controlarla, la enviaron a un convento del que poco tiempo después fue expulsada. A los 17 años volvió a su casa en Toroca.

A su regreso se reencontró con Manuel Ascencio Padilla, hijo de unos vecinos de hacienda y amigo de sus padres. Manuel fue desde entonces su compañero de vida y padre de sus 5 hijos: Manuel, Mariano, Juliana, Mercedes y Luisa.

El comienzo de la lucha

En mayo de 1809 la vida de la familia Padilla-Azurduy cambiaría para siempre, cuando deciden unirse a los ejércitos populares de la revolución independentista de Chuquisaca.

Desde entonces y durante muchos años fueron parte de la rebelión y organizaron ejércitos al servicio de las batallas por la independencia.
Descripta por sus biógrafos por su gran valentía y bravura, peleaba codo a codo y en la primera línea con sus combatientes, hombres y mujeres. Temeraria como pocas y con un coraje nunca visto, Juana no sólo enfrentó a la corona española; también luchó contra condiciones muy duras de vida, incluyendo la trágica muerte de sus 4 hijos mayores a causa del hambre y enfermedades.

La capitana más valiente del río de la Plata y el Alto Perú

Organizó junto con su esposo Manuel el escuadrón llamado Los Leales con las tropas enviadas desde Buenos Aires para liberar el Alto Perú, con quienes entró muchas veces en combate contra los Realistas.

Ya en 1810 se incorporó al ejército de Manuel Belgrano, quien fue el primero en reconocer a Juana por su esfuerzo en los duros combates en los que se embarcaba con gran intrepidez y le hizo entrega de su propia espada. Juana y su marido participaron en la defensa de La Laguna, Pomabamba y Tarabuco.

Una de sus más destacables hazañas fue la organización y dirección militar en la región de Villar, en 1816, cuando su marido tuvo que irse hacia la zona del Chaco y ella quedó a cargo de ese territorio especialmente estratégico.

Allí fue objeto de los ataques de realistas y organizó la defensa de la región. En una audaz irrupción, arrebató la bandera del regimiento al jefe del ejército enemigo y dirigió la ocupación del Cerro de la Plata. Por ese gran logro y junto con el auspicio de Belgrano, quien la reconocía y admiraba, el gobierno de Buenos Aires le otorgó, en agosto de 1816, el rango de teniente coronel el ejército, un honor enorme, pues en esa época dicho rango jamás era otorgado una mujer.

Poco tiempo después Juana, embarazada de su quinto hijo, el 14 de septiembre de 1816 quedó viuda, pues su marido muere en la batalla de Villar. Sola y consternada se unió a la guerrilla del General Martín Miguel Güemes en el Alto Perú.

Abandonada y en la pobreza, en el pueblo vive, una flor del Alto Perú

Lamentablemente, poco tiempo después, Güemes muere en combate, hecho que marcó el fin de la carrera militar de Juana. Le solicitó ayuda a las autoridades de la provincia de Salta para regresar a su ciudad natal Chuquisaca, pero la respuesta fue paupérrima: apenas la “retribución” de cuatro mulas y cincuenta pesos para los gastos del viaje.

Hasta su muerte duraron sus penurias económicas pues, junto a Manuel, entregó su vida a la causa de la independencia dándolo absolutamente todo: su familia, su dinero, sus tierras y su vida.

A pesar de ese maltrato y olvido, en una oportunidad se presentó en su hogar Simón Bolívar, acompañado de Sucre y Lanza, para agasajarla y reconocer su trayectoria. El propio Bolívar la elogió delante de los demás expresando: “Este país no debería llamarse Bolivia en mi homenaje, sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre”.

Juana muere a sus ochenta y un años, en 1862, causalmente un 25 de mayo, en Sucre, Bolivia, olvidada y en la pobreza. Se la enterró en una fosa común. Un siglo se tomó el Estado boliviano para hacer el homenaje que merecía Azurduy, y sus restos fueron depositados en un mausoleo que se construyó en la ciudad de Sucre. Unos cuantos más le tomó al gobierno argentino, al calor de la ola feminista, intentar reivindicar su vida y su historia con apenas un monumento.

Pero como la historia es, además de los hechos, una construcción social, quienes continuamos esta pelea desigual por la liberación de los pueblos, por una segunda y definitiva independencia, elegimos reivindicarla y homenajearla por lo que fue: una enorme revolucionaria, abanderada de la lucha por el pueblo pobre, lxs originarios, lxs oprimidos y las mujeres.

Juana Azurduy: préstanos tu fusil que la revolución viene oliendo a jazmín.

Catalina Coles

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