lunes, 22 julio 2024 - 04:08

Hater reflexiones. Hoy: Pinkwashing capitalista

Este junio celebramos el “Mes del Orgullo” conmemorando el 28 de Junio de 1969, a pesar de ser a fin de mes. Poco importa el calendario, sobre todo si se trata de vender desodorantes, ropa, o cualquier otra mercancía que el colectivo LGBT+ consumidor pueda adquirir. En esta nota me gustaría compartir algunas reflexiones que van más allá de la celebración. No es que sea reeee hater, pero preferí escribir sobre otra dimensión de este mes de festejos.

La idea de esta nota será recordar para reelaborar desde hoy y desde el margen la revuelta de Stonewall. Stonewall es un reconocido lugar de encuentro para la comunidad LGBT+ neoyorkina. Desde siempre y hasta hace muy poquito (en el mejor de los casos), era muy común que durante una fiesta de la comunidad aparezca la policía para celebrar razzias (palabra francesa que significa un ataque sorpresa al enemigo). Este Bar queda en el centro de Manhattan y seria redundante decir que es una zona de alto poder adquisitivo (lo dije igual). Sin embargo el sistema de transporte neoyorkino hace que puedas moverte rápidamente desde un barrio pobre y negro como el Bronx al centro de Manhattan. Al parecer (no por las películas de Hollywood, sino por algunos escritos), la concurrencia era heterogénea, desde blancos clasemedieros hasta personas afro trans de los barrios marginales.

Cansadxs todxs de ser objeto frecuente de redadas policiales, un día dijeron basta “no pasaran” y ese día terminó en eso que en Estados Unidos denominan riot. Este término nos resulta más específico que su equivalente hispánico (“manifestación”), pues se refiere a una protesta, pero también quiere decir rabia o enojo, poniéndole sentimientos al fenómeno. Y de eso se trata. Esta primera piedra la lanzó Marsha P. Johnson, afroamericana que, muy acorde a su época (previa a las etiquetas cristalizadas de la política identitaria multicultural), se identificó variablemente como gay, travesti y drag queen. Sin embargo, en 2015, cuando Roland Emmerich adaptó el evento a manera de drama coming-of-age en la película de Stonewall, sus protagonistas fueron mayoritariamente hombres blancos con cuerpos normados, a pesar de que las vedettes de la revuelta se encontraban fuera de cualquier hegemonía racial, sexo-genérica o económica. Esto es pinkwashing. Argumentaremos…

Pinkwashing: todo vale si hay ganancias

La revuelta de Stonewall fue la primera gran piedra desde que los movimientos, hasta ese momento llamados “homosexuales”, fueron reprimidos severamente y retrocedieron varios casilleros de poder simbólico y real a partir del Código Hays en Hollywood (1933) y el ascenso de los fascismos y el nazismo (también en 1933). Siempre hablando desde Occidente. Hasta esa época, uno podía encontrar en la industria cinematográfica estadounidense a personajes como Mae West (primer prototipo drag queen) o a Marlene Dietrich seduciendo y besando a otra mujer en Marruecos (1930). Por algo, los años 20 fueron considerados, a la posteridad: “locos”. La locura de que una mujer besara a otra mujer. ¡Qué locos!

Desde ese momento, los movimientos de liberación LGBTI+ sufrieron un fuerte revés y comenzaron a sancionarse medidas contra la comunidad. El caso más notable es el de Alemania, que pasó de tener una de las legislaciones más abiertas del mundo a quemar todos los libros que encontraban sobre el tema. De esta forma, la comunidad tuvo que cuestionarse hasta sus propias etiquetas. Como mencionamos, estos movimientos fueron descritos como “homosexuales”, aunque en los 40 y 50 pensaron que tenía más decoro decir “homofílicos” y sacar la palabra ‘sexo’ del medio… del medio de una sociedad patriarcal cuya moral victoriana no le permitía ni al varón más hegemónico la verbalización de sus deseos sexuales. Como muestra Paul Preciado en Pornotopía, podemos ubicar la salida al mercado de la Revista Playboy como el primer grito de “liberación sexual”. Pero ese grito representaba un grupo minoritario (hablando de cantidad de personas) y mayoritario (hablando de capacidad de agencia y de poder): hombres blancos, cisgénero y heterosexuales. La primera edición de la revista sale en 1953. Para 1969, dieciséis años después, realizar actos homosexuales en propiedad privada entre adultxs y de forma consentida seguía siendo un delito en los códigos penales.

A este contexto, le podemos sumar un datito más bien coyuntural: el 22 de junio de 1969 fallece la actriz Judy Garland. Recordemos que Judy interpretó a Dorothy Gale en la película El Mago de Oz (1939) y se inmortalizó cantando Somewhere Over The Rainbow, diciendo que tal vez, más allá del arcoíris, encuentre un lugar de felicidad. Hay quienes aseguran que la bandera gay, con los colores del arcoíris, surge de aquí. Por mucho tiempo, “ser un amigo de Dorothy” fue un código usado por homosexuales para identificarse entre sí sin peligro de represalias. Además, Judy fue constantemente cuestionada por tener amigos abiertamente homosexuales y, para colmo de los colmos, de izquierda. Por lo tanto, era considerada, en el ambiente, una especie de aliada, de figura materna (mother), como lo serían luego Madonna o Lady Gaga.

Y así llegamos al 28 de junio de 1969. Primera piedra, podríamos decir; ya que esa oleada, por suerte, no fue cortada de cuajo como en los 30. Aunque habría que tener cuidado en estos tiempos convulsos de una nueva oleada conservadora… nada, lo tiro lo por acá aunque me vaya de tema.

En ese año, a menos que seas parte de la elite 1%, ni tu poder adquisitivo de clase media/media alta ni tu color de piel te iban a salvar de la redada. Y es que la moral conservadora que hoy ya está rancia (gracias a las  luchas trans-itadas), estaba bien fresca, potente y con mucho poder. El pinkwashing no generaba ganancias sino grandes pérdidas y acusar a alguien de homosexual implicaba una cancelación segura y vitalicia. Recomiendo como un muy buen ejemplo la película de 1962 dirigida por Otto Preminger “Advise & Consent” (traducida como “Tormenta sobre Washington”). En esta película (apenitas spoiler alert, pero apenitas, de ultima pasen al párrafo de abajo) un presidente demócrata intenta nombrar a su Secretario de Estado (Henry Fonda) pero los republicanos se oponen en el Congreso por el pasado comunista de esta persona, el tema es que entre los republicanos había homosexuales. Año 1962, ¿qué creen que era peor en los Estados Unidos de Norteamérica, ser comunista u homosexual? La respuesta no es binaria ni dicotómica, vean la peli que es muy buena.

El hermoso daddy Henry Fonda intentando ser Secretario de Estado

Volviendo a hacer un poco de historia, por motivos varios (llámese “capitalismo”, llámese “patriarcado” o llámese “supremacía blanca”), los hombres blancos de clases acomodadas empezaron a adquirir un papel central en esta lucha. Y esto no sucedió solo en Estados Unidos, sino también en América Latina. Como aditivo, hay que agregar que una buena parte de estos grupos con hegemonía masculina operaron con lógicas misóginas y transodiantes. De todas formas, a partir de los años 70, las organizaciones volcadas a la causa “homosexual” se replicaron en varias latitudes, alcanzando una masa crítica capaz de disputar poder. Con la vuelta de las democracias en nuestro continente (como algo positivo) y la aparición del VIH (acá nos unió el terror y no el amor), los movimientos de liberación LGBTI+ empezaron a obtener más visibilidad entrados los 80. Debe pensarse como un logro de todas estas luchas (que, sobra decir, movilizaron a muchas corporalidades más allá del gay™ blanco) el hecho de que, en 1990, la OMS despatologizara la homosexualidad.

Y acá, como buen psicoanalista, abro un interrogante que no tengo la respuesta: ¿Qué llevo al poder a aflojar las cuerdas que nos sujetaban (y no era un bondage consentido)? Tal vez algunas ideas para generar derivas… El capitalismo es una gran máquina que tiene el poder de fagocitar, metabolizar, introyectar su propio síntoma. De esta forma, aquello que podría haber sido una amenaza se convierte en un nuevo engranaje (de todas formas siempre hay fugas y nuevos intersticios para generar cambios, no quiero quedar como el filósofo que dijo “se acabó la historia”). Y así, las empresas que antes echaban al personal por ser disidencias hoy celebran el mes del orgullo colgando banderitas y haciéndonos sentir como Oscar en la famosa escena de The Office que se volvió un meme clásico del este mes, año a año.

Michael Scott, el jefe, debe besar a su empleado para evitar juicios. ¿Cambio de paradigma o adaptación a exigencias mercantiles?

De todas maneras, esa incomodidad por la careteada ajena que unx puede sentir es muy distinta a ser linchadx o echadx del trabajo, de tu casa o de tu pueblo por ser disidente. Entonces, de nuevo la pregunta, ¿por qué cambio?

Acá aparece el pinkwashing como una herramienta para atraer consumidores. Y es que como dice la psicóloga Alicia Stolkiner, el consumismo parece borrar algunas marcas que estaban grabadas a fuego hasta hace algunos años. Ideas (que pueden ser nobles, dependiendo donde y quien las diga) como por ejemplo: “no me importa quién te guste”, “yo no pongo etiquetas”, “no me importa lo que hagas en la cama” (porque lo personal es político, pero lo privado no), puede derivar en un liberalismo peligroso donde solo entren los consumidores. Entonces, si vas a gastar todo tu dinero en mis productos (incluso más que lxs heterxs porque posiblemente no tengas hijxs y tengas más tiempo y dinero), pues entonces eres bienvenidx y colgaremos banderitas cada mes de junio.

Sin embargo, en la periferia lxs consumidorxs no son tan potentes y las luchas no vienen de la mano de grandes empresas que venden ropa de colores. Y así sucede que cada noviembre en la Marcha del Orgullo en Buenos Aires podemos ver desfilar liderando la marcha carrozas de grupas disidentes (partidarias o no), partidos políticos, sindicatos y, al fondo, algunas empresas y clubes bailables con sus carrozas llenas de chongos hegemónicos. Y es que aquí no fue el mercado el que inició la reforma.

La lucha, mostrando la contradicción, es un gran motor para el cambio y en nuestro contexto, en los 90 empezaron a llevarse a cabo las primeras marchas del orgullo en las grandes urbes latinoamericanas. Un dato es que, por el VIH, las manifestaciones en el Cono Sur no se hacen con el frio de junio, sino que se realizan en los últimos meses del año.

No obstante, no estamos a salvo de este pinkwashing de un neoliberalismo “progre” que nos promete un resquicio de la torta siempre que nos asimilemos al mercado con alegría y sin cuestionar el orden. Y es que no todxs entran en este lavado: intersecciones como la dimensión de clase, género o etnia/raza hace que los transfemicidios estén a la orden del día a pesar de tanto orgullo. Y es que el Poder no es unívoco y puede enviar mensajes difusos y contradictorios, y cuanto más mejor y más poderoso será. Entonces mientras se nos habla de orgullo por un lado, por otro la marginación colorea nuestras existencias disidentes.

No quiero por esto negar los beneficios en nuestras existencias que este lavado rosa capitalista nos trajo, sería necio de mi parte y seria no animarse a comprehender cómo funciona la máquina. Y es que hoy nuestras vidas precarias no son tan precarias como hace 20 o 30 años (sobre todo si accedemos a ciertos privilegios). Pero a la vez, esto generó que muchos sectores se desmovilizaran y con argumentos ultra liberales acorde a los tiempos que vivimos se digan cosas como: “ya no voy a la marcha porque está muy politizada” (seguro más de un lector lo habrá oído), de nuevo resuena la frase de Brigitte Vasallo, “lo personal es político, sí; pero lo privado no”. Pareciera que el orgullo no es para lx que quiere, sino para lx que puede. Y este sería el doble filo y la ganancia del sistema fagocitando a su propio síntoma.

Por eso creo que tenemos que buscar nuevas intersecciones entre todxs “lxs condenadxs de la Tierra” para lograr un cambio real que nos permita, con orgullo, ya no tener que hablar de femidicios, travesticidios o crímenes de odio porque esto quede en el pasado.

Lic. Prof. en Psicología Ramiro Garzaniti (@rgarzaniti)

Secretaria Académica, Federación Argentina LGBT

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