martes, 23 julio 2024 - 01:40

El primer gobierno obrero. La Comuna de París

La Commune es la sección francesa de la Liga Internacional Socialista. Su nombre homenajea a aquel primer gobierno obrero, hace 150 años. Esta es la nota de su periódico sobre el primer día de los 72 que duró esa experiencia revolucionaria.

I. Las causas de fondo de la Comuna de París: la burguesía contra la revolución

“Después de cada revolución, que marcó una fase más avanzada en la lucha de clases, el carácter puramente represivo del poder del Estado resurgió con un ímpetu cada vez más impúdico”. 1

La Comuna de París es la última revolución del siglo XIX. Es también, durante la Semana Sangrienta, el último asalto que lideró la burguesía contra el proletariado en el siglo XIX, el último de una larga serie desde la Revolución Francesa de 1789 y uno de los más sangrientos.

Durante el siglo XVIII, la clase burguesa obró para disponer plenamente y en su propio interés del aparato de Estado establecido durante la monarquía absoluta, o sea para apropiarse del poder político. La revolución de 1789 es el momento clave de la burguesía, donde toma el poder y se lo roba a la aristocracia y al clero. Esa burguesía monárquica todavía no necesita a la república para hacer sus negocios.

El 17 de julio de 1791, en el Campo de Marte, hizo masacrar a la gente que reclama que caiga la realeza y se proclame la república. Después de la toma del Palacio de las Tullerías el 10 de agosto de 1792 por los sansculottes (descamisados) y de proclamada la Comuna insurreccional, la burguesía se ve forzada a abolir la monarquía pero usará todos los medios para vencer al proletariado y bloquearlo durante el período reaccionario siguiente.

Marginada por la aristocracia que volvió al poder durante la Restauración, la burguesía con Adolphe Thiers al frente entra en acción durante la revolución de 1830. Como explica Marx, “esa revolución, que resultó un traspaso del gobierno oligárquico a los capitalistas, lo traspasó de los antagonistas más lejanos de los obreros a sus antagonistas más directos” 2. Con Louis-Philippe, los banqueros vuelven a tomar el centro de la escena y dirigir el gobierno. La explotación industrial de clase obrera y de sus hijos crece sin pausa en la primera mitad del siglo XIX. La lucha de clases se exacerba hasta 1848, en especial en 1834 en Lyon con la revuelta de los canuts (obreros de la seda) y en todos grandes centros urbanos e industriales cuyos trabajadores luchan por su supervivencia y sus derechos.

En febrero de 1848, el proletariado estaba en armas en las calles de París. Se promulga la IIª República. A fin de junio, la revolución es ahogada en sangre…
Ante la amenaza del proletariado y la lucha de clases, la República, con Luis Bonaparte presidente, es por ahora el régimen que les permite a todas las clases dominantes, aristócratas y burgueses, llevarse bien: “Las trabas que bajo regímenes anteriores sus propias divisiones todavía generaban en el poder estatal fueron excluidas por su unión; y ante el levantamiento del proletariado amenazante, luego usaron este poder estatal despiadado, con ostentación, como la máquina de guerra nacional del capital contra el trabajo”. El Imperio, tras el golpe del 2 de diciembre de 1851, se convirtió para esa burguesía en la forma de gobierno útil para desarrollar la banca, el comercio y la industria mientras reprimía a las masas. Si bien para eso la burguesía debe renunciar a su poder parlamentario, concentra poderes económicos y políticos como nunca antes.

Aun oprimidas, las masas no ceden. Las huelgas crecen y los trabajadores se organizan: en 1864, en Londres, se funda la Asociación Internacional de Trabajadores. Ferozmente reprimida en junio de 1848, la clase obrera no se desarma y se opone al Imperio.
En ese marco, buscando salvar el Imperio y asegurar su dinastía, mientras que el proletariado se fortalece cada día contra el poder Napoleón III recurre a un nuevo plebiscito. Si bien gana el “Sí”, el industrial Este francés y las grandes ciudades, París, Marsella, Lyon, Burdeos, Toulouse, donde viven los obreros, expresa su fuerte oposición al Imperio.

Entonces Napoleón III y su gobierno ven a la guerra contra Prusia como la mejor respuesta para restaurar el orden y aumentar la grandeza del Imperio: una guerra externa para resolver problemas internos. Desde su nacimiento, el II Imperio afirmó la vuelta a las fronteras del primero. En particular, la margen izquierda del Rin era muy codiciada. Durante la guerra austro-prusiana de 1866, a cambio de la neutralidad del Imperio francés, Bismarck había prometido compensaciones territoriales antes de incumplir su palabra. Bajo un pretexto diplomático menor3, el 19 de julio de 1870 el Imperio francés le declara la guerra a Prusia.

II. Las causas inmediatas de la Comuna: la guerra franco-prusiana y el sitio de París

Desde inicios de agosto de 1870, el Imperio francés fue de derrota en derrota. A la vez, el alza revolucionaria creció con la entrada en guerra. Las marchas en Le Creusot y contra la guerra en París, los intentos de instaurar comunas en Marsella y Lyon, testimonian el clima insurreccional en los centros urbanos e industriales.

Con el anuncio de la derrota del ejército francés y la detención de Napoleón III el 2 de setiembre, la revolución empieza en las grandes ciudades, que a la vez proclaman la República en París, Marsella y Lyon. El 4, en París, los manifestantes ocupan la Asamblea Nacional.

Enseguida los diputados republicanos de París corren al Hôtel-de-Ville4 y se declaran gobierno provisional para limitar la voluntad de los manifestantes de los suburbios, militantes de la Internacional y socialistas. Esos diputados, en nombre de la República y de la lucha contra el enemigo prusiano en marcha sobre París, forman un gobierno de defensa nacional que preside el general Trochu.

Ese gobierno, asistido por Thiers, enviado especial a los tribunales europeos para pedir su mediación, finge enfrentar a Prusia pero se dedica a negociar la rendición con Bismarck para mejor aplastar a la clase obrera que se alza.

En París, donde empezó la revolución, se cristalizará la guerra civil entre la burguesía y el proletariado. Desde el 19 de setiembre, París está rodeada por tropas prusianas. Empieza el primer sitio, que dura cuatro meses en medio de un gran frío, hambre y bombardeos. Para defenderse, la gente se moviliza y se arma: los 24 mil guardias nacionales pasan a 300 mil durante el sitio, además del ejército regular. Se compran cañones por colecta popular para defender París.

“Pero el París armado era la revolución armada. Una victoria de París sobre el agresor prusiano hubiera sido una victoria del obrero francés sobre el capitalista francés y sus parásitos de Estado. En este conflicto entre el deber nacional y el interés de clase, el gobierno de la ‘defensa nacional’ no dudó ni un minuto en volverse un gobierno de ‘deserción nacional’”. 5

Las capitulaciones del ejército, liderado por los generales monárquicos, se multiplican mientras el proletariado de París, Lyon y Marsella intenta retomar el poder. El 31 de octubre, la clase obrera ocupa el Municipio.

El gobierno juega la farsa de la “defensa nacional” hasta el 28 de enero de 1871, donde caen las máscaras. El gobierno firma el armisticio con Prusia y acepta perder Alsacia y Lorena contra la seguridad de poder dirigir sus ejércitos contra los insurgentes parisinos, que tanto sufrió el sitio por la traición del gobierno de “defensa nacional”.

El armisticio estipula que debe haber elecciones legislativas en tres semanas y que luego la Asamblea electa ratificará la paz. El 8 de febrero se elige una Asamblea mayormente monárquica y reaccionaria, lista para todos los pactos para volver al orden.

El 17 de febrero Thiers fue elegido “jefe del poder ejecutivo” por la Asamblea. Desde entonces multiplica las medidas para decapitar al proletariado parisino: amenaza de abolir la paga de los guardias nacionales; pago inmediato de los atrasos de alquileres y letras de cambio; traspasa la capital de París a Versalles; nombra embajadores reaccionarios; sentencias de muerte contra Blanqui y Flourens, líderes de la insurrección; prohibición de los periódicos parisinos “rojos”. Y al fin decide desarmar París tomando los cañones que el propio pueblo ayudó a pagar con colectas. Es la máxima traición.

III. El 18 de marzo de 1871

Es el primero de los 72 días de vida de la Comuna. La noche previa, el gabinete, presidido por Thiers decide incautar los cañones agrupados en Montmartre, Belleville y otros barrios que la guardia nacional había trasladado para ponerlos fuera del alcance de los prusianos que entrarían a París a inicios de marzo. El gabinete también prevé arrestar a los principales jefes revolucionarios y militarizar París. Pero el 18 de marzo nada pasó como lo imaginaba el gobierno. A las tres de la madrugada, poco después de la reunión de gabinete, las tropas invierten los distintos barrios de París, el retiro de los cañones resulta más complicado de lo previsto y, sobre todo, los barrios obreros de Montmartre y Belleville despiertan e impiden la toma de los cañones. Negándose a obedecer las órdenes de los oficiales de disparar contra la multitud, las tropas confraternizan con ella. Ante la contraofensiva de la guardia nacional, Thiers y su gobierno huyen a Versalles. A medianoche, el comité central de la guardia nacional toma el Municipio.

Para describir el ambiente de este primer día de la Comuna citamos a dos mujeres que participaron, una muy famosa, maestra, activista feminista, Louise Michel, y la otra paramédica, cantinera y enfermera, Victorine Malenfant, ambas luchadoras en las barricadas, y a un periodista que cubrió el día a día de la Comuna.

“Bajo la colina, mi rifle bajo mi abrigo, llorando: ¡traición! Se formó una columna, todo el comité de vigilancia estaba allí: Ferré 6, el viejo Moreau, Avronsart, Lemoussu7, Burlot, Scheiner, Bourdeille. Montmartre se despertaba, el alerta sonaba, yo de hecho volvía, pero con los demás al asalto de las colinas.

Al amanecer oíamos la alarma; íbamos a subir a la carga, sabiendo que en lo alto había un ejército alineado para el combate. Pensábamos morir por la libertad. Estábamos como peso muerto. Nosotros muertos, pero París habría resucitado. En ciertos momentos, las multitudes están a la vanguardia de la marea humana. La colina estaba envuelta en una luz blanca, un espléndido alba de liberación. De repente vi a mi madre cerca de mí y sentí una angustia terrible; ella había venido, todas las mujeres estaban allí, subió al mismo tiempo que nosotros, no sé cómo.

No era la muerte lo que nos esperaba en las colinas donde el ejército ya preparaba los cañones para unirlos a los de Batignolles secuestrados durante la noche, sino la sorpresa de una victoria popular.

Entre nosotros y el ejército, las mujeres se lanzan sobre cañones y las ametralladoras; los soldados se quedan inmóviles. Cuando el general Lecomte ordena disparar a la multitud, un suboficial sale de fila, se pone delante de su compañía y grita más alto que Lecomte: ¡Al aire! Los soldados obedecen. Verdaguerre, en especial por ese hecho, fue fusilado por Versalles unos meses después. Se había hecho la Revolución.

…La victoria fue completa; hubiera sido duradera si al otro día, en masa, hubiéramos ido a Versalles donde el gobierno había huido. Muchos de nosotros hubiéramos caído en el camino, pero la reacción habría sido sofocada en su cueva. La legalidad, el voto universal y todos los escrúpulos de este tipo que hacen perder las revoluciones entraron en la línea como siempre” 8.

A eso de las 10, escuchamos a los diarieros gritando en las calles de París: ‘Sorpresa, Montmartre atacado, cañones capturados, la Guardia Nacional confraterniza con el ejército, los soldados huyeron, ¡el general Lecomte está preso!’ Mi esposo y yo fuimos a averiguar qué había verdad en estos chismes. El barrio Saint-Germain parecía tan lejano de la vida activa de los otros suburbios. Pasamos por la plaza municipal, donde había gran animación. Los diarieros habían dicho la verdad. El comité central completo se reunió en el Municipio. Todos estaban muy felices, el sol se había asomado, un día espléndido. El París que quería su liberación parecía respirar una atmósfera más saludable; en realidad pensamos que se iba a abrir una nueva era. Pero no basta con triunfar, hay que saber mantener el terreno conquistado.

El pueblo y el comité central no pensaron ni siquiera en tomar las medidas necesarias para continuar su victoria y asegurar su éxito. Eran casi las 2 a.m. cuando estábamos en laplaza del Municipio; todo el mundo parecía celebrar, y este pobre París que siempre necesita oropel nos dio el espectáculo de un magnífico desfile militar, los gendarmes iban a Versalles que, con cajas, baúles y bultos sobre sus hombros, llevando con ellos dinero y archivos; y, además, todos esos muchachos iban a reforzar los batallones de Thiers y compañía, que en realidad en ese momento estaban en desorden. Se dice que la gente es malvada y cruel, yo digo que es estúpida; sigue siendo el pobre pájaro que se deja desplumar, y esta vez, de verdad, lo hizo tontamente, estúpidamente.

…El 18 de marzo, tan hermoso en su aurora, fue ya derrotado en el ocaso. El fracaso de la revolución se da íntegro en este día que tanto prometió. Si en el primer momento de efervescencia se hubieran cerrado las puertas de la capital e impedido robar archivos y dinero y hacer justicia con esta gente, no digo matarlos, sino simplemente encarcelarlos, hasta que la fuerza moral hubiera derrotado a la fuerza bruta, Thiers no habría tenido tiempo de engañar a la opinión pública del interior con sus mentiras y su corrupción” 9.
…A las siete y media, el Municipio está rodeado. Los gendarmes que lo ocupan huyen por el sótano del cuartel de Lobau. Hacia las 8.30, Jules Ferry y Fabre, totalmente abandonados por sus hombres, sin órdenes del gobierno, partieron. Poco después, la columna de Brunel emerge en la plaza y toma posesión de la Casa Común desierta y negra. Brunel enciende el gas e iza la bandera roja al campanario.

…El lugar vivía como a pleno día. Por las ventanas del Municipio se veía circular la vida, pero nada parecido a los tumultos pasados. Los centinelas sólo permitían entrar a oficiales o miembros del comité central. Habían llegado uno a uno desde las 11 y estaban reunidos como veinte en la misma sala donde Trochu había dado la conferencia, muy ansiosos y vacilantes. Ninguno había soñado con este poder que caía tan pesadamente sobre sus hombros.

Muchos no quisieron sentarse en el Municipio y repetían sin cesar: ‘No tenemos mandato de gobierno’; la discusión renacía con cada nueva llegada. Un joven, Edouard Moreau, puso las ideas en orden. Se convino que no se podía abandonar el puesto conquistado, sino que se quedarían allí sólo para las elecciones, dos o tres días como máximo…
La noche fue calma, de una calma mortal para la libertad. Por las puertas del sur, Vinoy llevó regimientos, artillería y equipaje a Versalles. Los soldados se arrastraron, insultando a los gendarmes. El Estado Mayor, según sus tradiciones, había perdido la cabeza, olvidando en París tres regimientos, seis baterías, todas las cañoneras que bastaba abandonar en el curso del agua. La menor demostración de los federados hubiera detenido este éxodo. Lejos de cerrar las puertas, el nuevo comandante de la guardia nacional, Lullier, le dejó -y se jactó ante el consejo de guerra- todas las salidas al ejército”10.
Su historia es límpida y se une a los análisis de Marx y Engels sobre la ofensiva que se debió llevar a cabo el 18 de marzo de 1871 contra Versalles y sobre la requisa de oro del Banco de Francia11. Ambos episodios nos demuestran la sabiduría de la famosa fórmula de Marx: “La clase obrera no puede simplemente tomar una máquina de Estado ya lista y usarla para sus propios fines”. Como escribió Trotsky en 1921: “Así podemos hojear página a página la historia de la Comuna y encontraremos allí solo una lección: hace falta una fuerte dirección de partido”12.

1. Marx, La guerra civil en Francia, 1871: La Comuna de París, Londres, 30/5/1871.
2. Marx, íb.
3. La candidatura de un príncipe alemán al trono de España.
4. Sede del Municipio.
5. Marx, íb.
6. Comunero, fiscal suplente y luego delegado a la seguridad general, ejecutado en Satory.
7. Comisionado para las delegaciones judiciales de la Comuna.
8. Louise Michel, La Commune, historia y memorias, The Discovery, Pocket 1999, 1ª edición 1898.
9. Victorine Brocher, Memorias de un muerto vivo, una mujer del pueblo en la Comuna de 1871, Libertalia 2017, 1ª edición 1909.
10. Prosper-Olivier Lissagaray, Historia de la Comuna de 1871, La Découverte / Poche 2000, 1ª edición 1876.
11. Sobre la ofensiva contra Versalles, ver la carta de Marx a Karl Liebknecht del 6/4/1871. Sobre el Banco de Francia, ver la introducción de Engels desde el 18/3/1891 hasta La guerra civil en Francia de Marx.
12. Trotsky, Las lecciones de La Comuna, febrero 1921.

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