Darwin. El fin del teleologismo

Tras haber participado como naturalista en el segundo viaje del Beagle entre 1831 y 1836, Darwin quedó impresionado por la diversidad y complejidad de la vida natural. Veinte años después, tras reunir pruebas, intercambiar cartas con naturalistas de países remotos y experimentar casi en aislamiento en su casa de campo en Inglaterra, publicó su obra maestra que significó un antes y un después para la humanidad.
“Darwin, por cierto, a quien ahora estoy leyendo, es absolutamente espléndido. Había un aspecto de la teleología que todavía tenía que ser demolido, pero con esto ya se ha hecho. Nunca antes se hizo un intento tan grandioso por demostrar la evolución histórica en la naturaleza, y ciertamente nunca con tan buenos resultados” escribía Engels, en una carta a Marx, en diciembre de 1859.
El 24 de noviembre de 1859, Charles Darwin publicaba su obra cumbre “El origen de las especies”, ese mismo día se agotaron todos los números puestos a la venta. Contaba con 14 capítulos y más de 490 páginas, y no sería hasta su sexta edición que adoptaría su nombre actual, ya que originalmente se tituló “El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”.
Si hasta antes de la publicación del Manifiesto Comunista en 1848 la historia de la humanidad fue explicada por la acción de los grandes hombres o por voluntad divina, la revolucionaria obra de Darwin logró acabar con las “causas finales” como explicación de la compleja vida en el planeta. Ya no serían la voluntad divina ni la metafísica, sino la introducción de la historia y el materialismo en la ciencia natural los que explicarían la vida natural y así nacería la Biología como ciencia moderna que rápidamente dio vida a nuevas sub-ramas científicas.

El Beagle


Darwin no era partidario de meterse en conflictos sociales ni políticos, tampoco aceptaba atacar públicamente a la religión por el rechazo que eso podría generar, pero sí es destacable que no creía en Dios ni en la biblia, se sabe que rechazaba la esclavitud y tampoco aceptó la utilización del término “darwinismo social” para justificar ideologías racistas, aunque su trabajo posterior sobre el desarrollo de las civilizaciones se prestaba para eso.
Muchos autores mal intencionados buscan justificar en Darwin el florecimiento de ideologías fascistas, pero en su obra El origen del hombre (Capítulo XXI) aclaraba que “no es preciso emplear ningún medio para disminuir la proporción natural en la que aumenta la especie humana, aunque este aumento traiga consigo muchos sufrimientos”.
A propósito de los que intentaban trasladar las leyes de la lucha por la existencia, la guerra de todos contra todos y la selección natural como leyes que también rigen la vida social y económica de los seres humanos, en una carta a Piotr Lavrov en noviembre de 1875 Engels escribía: “La diferencia esencial entre las sociedades humanas y las de animales consiste en que éstos, en el mejor de los casos, recogen, mientras que los hombres producen. Basta ya esta diferencia, única, pero capital, para hacer imposible la transposición sin más reservas de las leyes válidas para las sociedades animales a las sociedades humanas.” Y en la misma carta decía sobre los economistas que pretendían que la selección natural llevaría al progreso económico de la humanidad que “…en primer lugar, son malos economistas, y sólo en segundo lugar, que son malos naturalistas y malos filósofos.”
Marx hizo saber a Darwin de su admiración hacia él y su obra mediante una dedicatoria que le hizo llegar en 1873 cuando le envió la segunda edición del primer volumen de El Capital. Darwin le respondería con una carta que agradecía la dedicatoria y que no entendía mucho de la materia (se sabe que no leyó la obra de Marx), aunque le concedió que ambos luchaban por la difusión del saber.

El segundo viaje del Beagle


El origen de las especies y la teoría evolucionista inspiró a Engels para realizar su breve pero rico ensayo El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre mediante la cuál explica cómo durante millones de años el trabajo “…es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre.”

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