lunes, 5 diciembre 2022 - 21:11

Barbarie capitalista y progresismo mágico

Las escenas de las fuerzas federales ingresando a los territorios mapuches recuperados, a balazos y gases lacrimógenos, se repiten a un lado y otro de la cordillera. El enemigo originario, dispuesto a luchar por sus derechos le cae mal a los supuestos progresistas gobernantes y a los abiertamente derechistas opositores. Prefieren la imagen de la reservación, de la miseria y la muerte por hambre en los confines de los territorios, allí donde la conquista dispuso que los pobladores originarios mueran sin perturbar la maquinaria capitalista. La otra opción es que se sumen a las masas de explotados de las ciudades, pero, allí también deben abstenerse de agremiarse o luchar, de lo contrario recibirán el mismo trato. El enemigo mapuche cada día se parece más al enemigo obrero, al desposeído de todo, que pierde el miedo y pretende recuperar no sólo sus “posesiones” sino una forma de vida diferente. En la estigmatización, la represión y la violencia que les propinan, el progresismo de Boric y Fernández se parece mucho al liberalismo violento de Piñera y Macri.

Un modelo agotado en toda su extensión y el derecho a enterrarlo

En casi cualquier lugar del mundo y tomando cualquier aspecto de la experiencia humana el capitalismo es un modelo agotado. No es actual este concepto, lo está desde hace mucho tiempo y había mostrado sus armas y objetivos por estas tierras con la conquista a sangre y fuego que exterminó o dejó al borde del exterminio a sociedades enteras. El desarrollo capitalista ocultó durante mucho tiempo, para amplias mayorías sociales debajo de un indecente cúmulo de mercancías y servicios esta realidad, pero tarde o temprano, las consecuencias de la fractura profunda en el metabolismo socio natural emergen y así lo vemos en nuestros tiempos: crisis climáticas, hambrunas, desastres bélicos, matanzas, violaciones sistemáticas a los derechos humanos y a la naturaleza.

Las películas más distópicas no se atrevieron a tanto. Pequeños reductos de placer y bienestar para un puñado de personas, amplias capas de miseria y destrucción para el resto y para quienes ponen en duda ese orden. Quienes osan desde distintas cosmovisiones poner en duda ese derecho de los ricos a destruirlo todo a favor de su disfrute, la peor de las violencias.

Ese humanismo de los primeros tiempos de la democracia burguesa, aquellos derechos del hombre y el ciudadano, aquel llamado a la fraternidad, la igualdad y la solidaridad le han dado paso al derecho del más fuerte a terminar con todo. Quienes defienden esa máscara llamada “democracia” por sobre la posibilidad de un nuevo régimen social, más allá de que se autodenominen “progresistas” o “libertarios”, liberales o heterodoxos, optan por los límites sangrientos del capital que se imponen una y otra vez. Tal es la lección de la historia. Con la democracia comen, se curan y se educan los dueños de las cosas, para construir otra democracia hace falta socializar la producción, destruir esas diferencias de clase que impiden un ejercicio democrático real.

Constituye un derecho del pueblo mapuche recuperar sus territorios, si ha debido ser por la fuerza es justamente porque el Estado y los apropiadores se han negado a reconocerlo. De la misma forma que constituye un derecho de las y los trabajadores y los pueblos luchar por terminar con la explotación, demoliendo las barreras que se opongan a este objetivo, sean parlamentarias, judiciales o armadas. No hay “progresismo” posible ante tamaña colisión.

Por otra parte, las fuerzas de seguridad secuestrando a una madre, obligándola a parir sola en el encierro y trasladándola contra su voluntad a miles de kilómetros de su lugar de vida, solo permite que los ciegos o los cómplices puedan ver progresismo en quien ordena tanta brutalidad. No hay progresismo alguno en derrumbar con topadoras y prender fuego las casillas de quienes nada tienen, no hay progresismo en atar los destinos de millones a llenar las arcas de un puñado de bancos en los países imperialistas. ¿Cuál es el progresismo en dejar en las manos de asesinos probados, como lo es el ejército de Chile, la represión en la Araucanía? ¿Cuál es el progresismo de balear y reprimir ferozmente a estudiantes secundarios en el interior de sus propias escuelas?  

Quienes quieran jugar el juego de las diferencias seguro encontrarán matices, pero quienes realmente aspiren a una transformación profunda de esta sociedad gangrenada, deberían tener el valor de atreverse a dar un paso definitivo de ruptura con aquello. También es posible mantenerse al margen, disfrutando las migajas del capital hasta que, como decía Bertolt Brecht, vengan por ellos, “los indiferentes”.

Ejerzamos nuestro derecho a la rebelión

Quienes luchan contra este orden de cosas son quienes logran cerrar las grietas de los partidos del orden, contra nosotros se unifican progresistas y derechistas, keynesianos y liberales, fascistas y socialdemócratas. Con distintos argumentos y distintos métodos, pero con iguales objetivos “no subviertan el orden”, “Cuidado con cambiar algo y que nos quedemos sin nada”, “peor es que gobierne tal”, “imaginen como lo haría tal otro” “y si pierdo lo mío”.

Cubiertos bajo montones de productos y etiquetas, seducidos por el consumo irrefrenable de cosas y con el acceso a servicios (cada día peores y más caros) se van arrimando los bordes de la buena vida capitalista y vamos cayendo del círculo de pertenencia a la sociedad “civilizada”. A nuestro amigo mapuche le decimos “estoy de acuerdo, pero ese no es el modo”, a la compañera que marcha en tetas “cuidado no irritemos”, al que pelea por su lugar le explicamos que “está bien pero quizás con otros métodos”, nos entusiasma la rebelión en Irán, pero aquí “hay que cuidar la democracia”. ¡Vamos! ¿Qué democracia hay que cuidar?

Tenemos que ir por todo, reivindicar nuestro derecho a la revuelta y ejercerlo de punta a punta, organizarlo, darle sentido, programa, estructura. Trabajar por coincidir con quienes se rebelan, redoblar los esfuerzos por convencer a quienes aún no lo hacen que tienen más que ver con nosotros que con los dueños de todo.

No es verdad que todo sea lo mismo, que no se pueda. No es verdad que cada lucha esté sola, no es verdad que seamos tan distintos.

La máscara está rota, aprovechemos para plantear en cada oportunidad que hay una vida diferente si luchamos, sin poderosos, sin explotación, recuperemos el concepto que hundieron en el barro y la sangre los burócratas, que es revolución socialista o barbarie lo que nos queda por delante.

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