11S. Sarmiento y la consigna de educar al soberano

En Argentina, el 11 de septiembre se recuerda como el “día del maestro” por ser la fecha en que murió Domingo Faustino Sarmiento, en Asunción, Paraguay, en 1888. Esa fecha se estableció en 1945 por un decreto del entonces general del ejército, presidente y dictador, Edelmiro Farrell. Era el tercero de los “presidentes de facto” de la llamada Revolución del ’43, que tuvo de Vice a Juan D. Perón. Como decíamos el viernes 11, al celebrar un nuevo día de las, les, los maestres, se trata de una fecha que nos impusieron, ya que de elegirla, el 4 de abril sería el mejor día.

Yendo a su figura, Sarmiento aparece tanto o más controversial, cuando va cobrando forma el reconocimiento a sectores oprimidos, ignorados, aniquilados. Y se reivindican derechos vulnerados y deliberadamente ocultos, por quienes hacen la historia oficial.

Una expresión de las tensiones que despierta, podría verse en el “Sarmiento de Rodin”. La obra del artista francés y padre de la escultura moderna, Auguste Rodin. Al inaugurarse su estatua, despertó repudio e indignación, por sus particulares formas, en especial su cabeza. También fue defendida. Y sigue allí, en los bosques de Palermo. Exuberante, potente.

En este 2020 se cumplieron 132 años de la muerte de Sarmiento. Y 136 años de la sanción de la Ley 1.420 en 1884. La ley de educación [1] que tuvo vigencia por algo más de un siglo. Sarmiento fue convocante, junto al ministro de Educación de Julio A. Roca, del 1° Congreso Pedagógico Nacional en 1882, aunque no participó en sus sesiones. Congreso que sirvió para delinear muchos aspectos de aquella ley. La que también tuvo de antecedente a la Ley de Educación Común (Ley Nº 988) de Buenos Aires del año 1875, cuando Sarmiento era Director General de Escuelas bonaerense.

Vendrán luego décadas de gobiernos de distinto signo, que insistieron en prometer que la educación sería política de Estado, tanto para el desarrollo del país como pilar de la movilidad social ascendente. Pero a pesar de esas promesas de “educar al soberano” y progreso, repetidas por las clases propietarias y sus élites gobernantes, la crisis educativa sigue ahí y revista carácter crónico.

Argentina estuvo entre las principales naciones por el nivel y desarrollo de su enseñanza pública. Pero la crisis emerge en los recurrentes conflictos docentes, ante los magros salarios, recortes presupuestarios, precariedad laboral y educativa, así como el mayor privatismo. Un molde pedagógico del ajuste, derivado de los lineamientos de la OCDE [2], el Banco Mundial, el G8 de las mayores potencias [3] y el FMI.

Educación: Relato o construcción de nuestra historia

Sarmiento resulta un personaje controversial, polémico, al que se debe analizar en su complejidad y contexto, según la época, sin que ello implique justificar sus excesos y posturas brutales. Hizo mucho por la educación pública, pero en su presidencia no se sancionó ninguna ley, sino que se debió esperar al gobierno de Roca para la Ley N° 1420 de educación universal, obligatoria, gratuita y laica.

Sarmiento expresaba un modelo de desarrollo capitalista. Y su avanzada propuesta de “educar al soberano”, extendiendo la educación pública elemental a todo el pueblo, opuesta a la de Mitre que se preocupaba por asegurar la enseñanza media y superior a las élites criollas, en realidad excluía a amplios sectores. Para Sarmiento la “civilización” era lo europeo, en particular anglosajón, a lo que consideraba sinónimo de progreso.

El llamado “padre del aula”, expresó aquí su odio y desprecio de clase hacia las poblaciones nativas, al gaucho, los indios o salvajes de las Pampas y la Patagonia, y a los sectores más pobres. Entre quienes educan y quiénes serán educables, con Sarmiento -como antes en la cruenta conquista española- grandes sectores serán dejados fuera. Era el exponente de una camada de dirigentes de la oligarquía que ejecuta su empresa.

En ese sentido, Sarmiento es reverenciado por las clases poseedoras que le deben mucho en la conformación del Estado-Nación y del naciente capitalismo argentino. Igual hablará con desprecio hacia “la aristocracia con olor a bosta de vaca”, criticando a esa burguesía terrateniente al decir: “Quieren que el Estado, quieren que nosotros, que no tenemos una vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra Iraola, a los Luro y a todos los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas” (El Censor, 1885).

Este ideólogo “burgués sin burguesía”, hace tales críticas por la resistencia del sector latifundista y ganadero a avanzar en un plan agrícola de desarrollo nacional. Ese era el proyecto de Sarmiento, el poblar las pampas de propietarios agricultores, más que de vacas contrarias a la siembra y los cultivos. Para ampliar así el mercado interno con la consecuente generación de riqueza, según el modelo norteamericano que admiraba.

En una carta a Nicolás Avellaneda, Sarmiento expresará su impotencia en ganar a la oligarquía rentista, propietaria de tierras y vacas, para un proyecto de burguesía nacional inexistente: “Yo estoy hace tiempo divorciado con la oligarquía, la aristocracia, la gente decente a cuyo número y corporación tengo el honor de pertenecer, salvo que no tengo estancia”. Le cuestionaba también el oponerse a la extensión de la educación pública y gratuita, al no interesarles un pueblo instruido, consciente de derechos.

Decía eso a la vez que adhería a los postulados racistas de la época, con su antinomia civilización o barbarie, al defender el exterminio de indios y gauchos como obstáculo para el nuevo orden capitalista y liberal, con su régimen republicano, asentado en una “democracia” fraudulenta. Aunque hubo contemporáneos de Sarmiento que no tuvieron tal visión sobre los guachos, como un José Hernández. O un Lucio V. Mansilla, con su obra Una excursión a los indios ranqueles, tampoco la tuvo sobre los pueblos nativos.

Pero el impulsar la economía agroexportadora requería la ocupación y la explotación del territorio. Por lo que Sarmiento promovió también un reemplazo poblacional en esas tierras con inmigrantes del norte de Europa, particularmente anglosajón. Si cuestionó la llamada Campaña del Desierto, fue más bien por sus denuncias sobre la corrupción de Julio A. Roca y su familia, al apropiarse de tierras consideradas públicas, sin cuestionar que se conquistaban a sangre y fuego.

¿Educar al soberano? Exclusión y exterminio

Entre 1850 y 1880, período conocido como de Organización Nacional, veremos a Sarmiento defender esas campañas de exterminio contra indios y gauchos. Los considera excluidos de todo derecho, entre ellos el de recibir educación. La barbarie la identificaba como lo opuesto al proyecto político de las clases dominantes de erigir ese Estado-nación en formación. Aquellas estrofas de su himno diciendo que “al darle el saber le diste el alma”, se limitaban a una parte de quienes habitaban el suelo argentino.

La dicotomía entre civilización y lo que se consideraba barbarie tenía así un carácter excluyente, antinómico, como forma de alcanzar la modernidad anhelada. En aquellos tiempos, esta contradicción no tendría superación dialéctica, sino que solo sería resuelta por la muerte.

Se repetía la lógica del conquistador, de rechazo de los polos, contrario a toda búsqueda de encuentro e integración entre culturas. No concibe síntesis, sino exclusión-eliminación de uno de los polos para favorecer al civilizado, como forma de impulsar el desarrollo económico y social, en tiempos de acumulación primitiva capitalista del país.

Por eso, el diario de sesiones del Congreso registra esta definición de Sarmiento como presidente: “Mi gobierno se contrajo desde el primer día no sólo a asegurar materialmente las fronteras y anticiparse a las amenazas de insurrección operadas por personas que la ley no sabría clasificar, a juzgar por sus actos y conexiones, entre bandidos o salvajes de las Pampas”.

Puesto en estos términos, no había diálogo posible entre culturas. La relación la limitaba a la guerra. El sentido de aquel ideario era justificar la conquista, a fin de implantar la “civilización” y abolir lo que las clases poseedoras definían como “barbarie”, atrasado, ignorante, salvaje o inferior, cuestionando incluso que fueran personas.

Al servicio del saqueo se desconoció toda su producción cultural, sus tradiciones, creencias, transmisión de conocimientos, lenguas, comidas, artesanías, sus niveles de desarrollo y organización social. Todo fue trastocado de forma cruel. Tan extenso territorio, con sus comunidades, se vio ferozmente sometido al exterminio y la imposición de patrones, religión, normas y valores de la clase dominante. Pero el capitalismo es eso, desde su fase de acumulación originaria. Como decía Marx “el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza”.

De la acumulación primitiva al desarrollo capitalista

Caído Rosas, el país entró en la etapa más rica e importante de su desarrollo económico, la que va de 1850 a 1880 y que se puede denominar de acumulación primitiva capitalista[4]. Considerando el punto de vista de la producción y sus relaciones específicas, desde 1850 la Argentina se va a convertir en un país capitalista.

A partir de la investigación realizada para el proyecto editorial que la pandemia nos obligó a postergar, podemos aportar estas notas para contribuir a echar luz sobre algo que premeditadamente intentan ocular. Y es que la educación está directamente ligada al modelo de país y la organización social y económica que se defiende, según la clase o sector de clase que domina el Estado.

Por entonces, la Generación del ‘37 con personalidades como Sarmiento, Echeverría o Alberdi, buscará dar un papel preponderante a la educación, pero independizada de la religión. La veían como medio para constituir una ciudadanía libre que pueda ejercer derechos, pero también obligaciones (trabajo, orden, la escuela como disciplinador social, que estructura horarios, tiempos, producción, descansos, formación, vestido, aseo, procedimientos, símbolos y valores hegemónicos que responden a la clase emergente y la estructura social vigente, además del “maestro” en su asignado rol reproductor de esa normalidad determinada por el sistema), al servicio del desarrollo del país.

En ese sentido, Sarmiento propone dar a la población una educación básica integral que cambiase las costumbres, lenguajes, vestidos, aseo y apego al orden y normas para elevar su nivel y hacerla laboriosa. Piensa en un extenso sistema educativo, pero excluye a los que considera “bárbaros”, es decir, a buena parte de los sectores populares, gauchos y nativos.

Entre 1850 y 1880 surgirán las clases que caracterizan a un país capitalista y comienza un desarrollo de las fuerzas productivas provocado por la aparición de la agricultura. Todo el país se integrará entonces en una estructura capitalista. Las tres presidencias constituyentes, llamadas “históricas”, abarcarán 18 años, desde 1862 a 1880, donde se consolida la llamada Organización Nacional. Para Nahuel Moreno [5], fundador de nuestra corriente, serán Sarmiento, Mitre, Urquiza y Alberdi “los cuatro grandes de la acumulación primitiva capitalista”.

Y agrega que Sarmiento “fue el portavoz de otra acumulación indispensable para el desarrollo capitalista: la cultural. Sin alfabetización no podía haber capitalismo moderno y Sarmiento lo sabía a la perfección. Por eso, el planteo desesperado de Alberdi de ‘gobernar es poblar’ y el de Sarmiento en favor de la educación, resumen el programa de la acumulación primitiva”. (Moreno, 2008, p. 123-124).

Estructuración del sistema educativo. Acceso a las mayorías sociales

Durante esas cuatro presidencias y más adelante con la de Roca al aprobarse la ley 1420, se daría forma al nuevo sistema educativo en el que el Estado jugaría un rol principal. Como decimos, se busca formar al “ciudadano” libre, consumidor, consciente de sus derechos y obligaciones para actuar en la nueva sociedad liberal y democrática. Y dar paso al laicismo para terminar de erradicar a la enseñanza de religión de los planes de estudio y a los sacerdotes de las escuelas.

La construcción de la Argentina moderna demandaba de una pedagogía acorde con la sociedad por construir, para formar personas capaces de producir, comerciar, consumir y desarrollar esa modernidad y avance de las fuerzas productivas. Pero esa escuela pública, bajo los intereses de la burguesía, no podía cumplir sus promesas de igualdad y ascenso social sino sólo para determinado sector.

El debate sobre quién educa y quién es pasible de participar en el hecho educativo, tendrá otras expresiones a lo largo del tiempo. Aunque trasuntarán siempre cuestiones de clase, de reparto de recursos, de su integración o no al sistema social y productivo. La educación para las élites será igual una constante, asociada a quienes tienen la posibilidad material de pagarla.

En los últimos 50 años iremos viendo el desarrollo de un modelo de escuela estratificada, para ricos y pobres, de contención de aquello que el capitalismo semicolonial en crisis no contiene en la estructura social. Ese modelo educativo, al servicio de un tipo de desarrollo capitalista, hoy que el capitalismo agotó todo lo que tenía, mostrando su decadencia y muerte en plena pandemia, implica una superación en un modelo de educación socialista. Lograrlo es punto programático, para la acción transformadora. Que garantice la construcción democrática de conocimiento para quienes quieran habitar este suelo, sin distingos. Y una Latinoamérica unida, en una federación socialista de pueblos libres.

Notas

[1] Ley Nº 1.420 de Educación Común, gratuita y obligatoria, aprobada el 8 de julio de 1884 en la presidencia del genocida Julio A. Roca.

[2] OCDE, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, conocida como el “Club de países ricos”, su origen se remonta a 1948 cuando se lanza el Plan Marshall para Europa, aunque oficialmente nació el 30 de septiembre de 1961. Organización internacional que agrupa a 36 países que concentran gran parte del PNB mundial.

[3] G8, los 8 países más industrializados del planeta: EE.UU., Inglaterra, Alemania, Francia, Japón, Italia, Canadá y Rusia.

[4] El marxismo ha definido como acumulación primitiva capitalista el lapso utilizado, en un momento histórico determinado, para acumular los capitales, la maquinaria, la mano de obra y los métodos de trabajo necesarios para comenzar la revolución técnica y productiva que supone el capitalismo (Moreno, N. 2008, p. 71)

[5] Moreno, N. (2008, p. 121). Fundación Pluma, Bs. Aires, 2ª Edic. Método de interpretación de la historia argentina.

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