lunes, 17 junio 2024 - 06:55

100 años de la muerte de Lenin. Palabras de León Trotsky II

VERDADES Y MENTIRAS SOBRE LENIN
A PROPÓSITO DEL RETRATO DE LENIN REALIZADO POR GORKI

“Es difícil esbozar su retrato”, declara Gorki, hablando de Lenin. Es verdad. Lo que Gorki escribió sobre Lenin es muy insuficiente. El laberinto de su descripción parece estar hecho de los elementos más diversos. A veces, se distingue una línea más brillante que otra, se discierne la penetración artística. Pero los hilos de un banal análisis psicológico son mucho más numerosos, y uno percibe constantemente al moralista de toda la pequeñoburguesía. De conjunto, el laberinto no es muy bueno. Pero como el relator es Gorki, su obra será examinada aún durante mucho tiempo. Por eso es necesario hablar de él. Quizás encontraremos la ocasión de valorar mejor o de observar ciertos rasgos, grandes o pequeños de la figura de Lenin.

Gorki tiene razón en decir que Lenin “es la encarnación de una voluntad orientada hacia un objetivo, de una sombrosa perfección”. El rasgo esencial de Lenin es la tensión hacia un objetivo; ya hemos hablado y hablaremos aún de ello; pero cuando Gorki, más adelante, pone a Lenin entre los “justos”, etc., esto suena falso y es de mal gusto. Esta expresión de “justo”, tomada de la Iglesia, del lenguaje de las sectas religiosas, que huelen a cuaresma y al aceite de las lámparas sagradas, no se corresponde para nada con Lenin. Era un gran hombre, un gigante magnífico y nada de lo humano le era ajeno. En un Congreso de los Soviets, se vio subir a la tribuna a un representante bastante conocido de una secta religiosa, un comunista cristiano (o algo de así), muy hábil y engañoso que, inmediatamente, entonó una cantinela en honor a Lenin, llamándolo “paternal” y “padre adoptivo”.

Recuerdo que Vladimir Ilich, que estaba sentado en la mesa del Buró, levantó la cabeza, casi con espanto, luego se dio vuelta levemente y nos dijo a media voz, con un tono furioso, a nosotros, que estábamos más próximos a él.

– ¿Qué es esta porquería?

La palabra “porquería” se le escapó de una forma completamente inesperada, como a pesar suyo, pero era la más correcta. Una risa interior me sacudió, me deleité con esta incomparable apreciación de Lenin, tan espontánea, sobre los elogios del muy cristiano orador. Y bien, el “justo” de Gorki tiene algo en común con el “padre adoptivo” del hombre de la Iglesia. Es, si ustedes lo permiten, en una muy ligera medida, “una porquería”.

Lo que sigue es aún peor:

“Para mí, Lenin, es un héroe de leyenda, un hombre que arrancó de su pecho su corazón ardiente para elevarlo como una antorcha y esclarecer el camino de los hombres”.

Brr… ¡Qué malo! Esto recuerda completamente a la vieja Izerghil (es así, me parece, como se llamaba esta bruja que nos interesó en nuestra juventud), es el modelo de su historia sobre el gitano Danko. Creo no confundirme en mis recuerdos: se ve también en este cuento, un corazón que se transforma en antorcha. Pero esta, es otra canción, es de la ópera… Dije bien: de la ópera, con decorados copiados de los paisajes del sur de Francia, con una iluminación de fuegos artificiales, con una orquesta de gitanos.

Ahora bien, en la persona, en la figura de Lenin, no hay nada que recuerde a la ópera y aún menos al romanticismo de los gitanos nómades. Lenin es un hombre de Simbirsk, de “Piter”80, de Moscú, del mundo entero –un rudo realista, un revolucionario profesional, un destructor del romanticismo, de todo lo teatralmente falso, de la bohemia revolucionaria; no puede tener ningún parentesco con Danko, este héroe de la fábula. ¡Aquellos que necesitan como modelos a espíritus revolucionarios sacados de las novelas de los gitanos deben buscarlos en la historia del partido de los socialrevolucionarios!

Y Gorki dice todavía, tres líneas más abajo:

“Lenin era simple y recto como todo lo que decía”.

Si era así, ¿por qué imaginárselo arrancando de su pecho su corazón inflamado? No habría en este gesto ninguna simplicidad, ninguna sinceridad… Pero aquellas dos palabras, “simple y recto”, no están muy felizmente elegidas; en esto hay demasiada ingenuidad y demasiada sinceridad. Eso se dice de un honesto muchacho, de un bravo soldado, que declara simplemente la verdad tal como es. Estos son términos que no corresponden a Lenin, cualquiera sea la forma que se los tome.

Ciertamente, era de una simplicidad genial en sus decisiones, en sus conclusiones, sus métodos, sus actos: sabía rechazar, descartar, poner en segundo plano todo lo que no tenía importancia real, todo lo que era sólo accesorio o rimbombante; sabía analizar minuciosamente una cuestión, reducirla a sus justos términos, examinarla a fondo.

Pero eso no quiere decir que era únicamente “simple y recto”. Menos aún esto debería significar que su pensamiento iba “en línea recta”, como lo afirma, en otra parte, Gorki: expresión de las más deplorables, digna desde todo punto de vista de un pequeñoburgués y un menchevique.

Con respecto a esto, repentinamente recordé la definición del joven escritor Babel: “La curva compleja descripta por la línea recta de Lenin”.

Esta es una verdadera explicación, a pesar de las apariencias, a pesar de la antinomia y la sutileza un poco rebuscada de los términos reunidos. Esto vale en todo caso mucho mejor que “la línea recta” tan sumaria de Gorki.

El hombre francamente “simple y recto” se dirige hacia su objetivo. Lenin marchaba y conducía siempre hacia el mismo objetivo por un camino lleno de complicaciones, por vías a veces muy indirectas.

Finalmente, esta asociación de términos “simple y recto” no expresa para nada la incomparable picardía de Lenin, su rapidez y brillante ingenio, la pasión de virtuoso que experimentaba al hacer caer al adversario por una zancadilla o atraerlo hacia su trampa.

Hemos hablado de la tensión de Lenin hacia el objetivo: conviene insistir sobre esto. Un crítico creyó descubrir una visión profunda explicándome que Lenin no se distinguía sólo por su tensión hacia el objetivo, sino también por su habilidad para la maniobra, este crítico me reprochaba haber dado al retrato que hice de Lenin una rigidez de piedra a este gran hombre, sacrificando su plasticidad.

Quien me quiso dar una lección, diciéndolo de otra manera que la de Gorki, no comprendió el valor relativo de los términos empleados.

Uno debería, efectivamente, convencerse que “la tensión hacia el objetivo” no indica necesariamente una conducta “en línea recta”.

¿Y qué importancia podría tener la flexibilidad de Lenin sin esta tensión, que no se relaja un minuto?

En todas partes encontraremos flexibilidad política: el parlamentarismo burgués es una excelente escuela donde los políticos se entrenan constantemente en hacer reverencias. Si bien Lenin ridiculizó frecuentemente “la línea recta de los doctrinarios”, no expresó con menos frecuencia su desprecio por las personas demasiado flexibles, que no siempre y necesariamente se inclinan frente a un patrón burgués, no siempre con un objetivo interesado –pero sí frente a la opinión pública, frente a una situación difícil–, buscan la línea de menor resistencia.

Toda la esencia de Lenin, todo su valor íntimo, consiste en que persiguió incansablemente un único objetivo, cuya importancia lo invadía hasta tal punto que parecía encarnar él mismo este fin último y no distinguirlo de sí mismo. No consideraba y no podía considerar a las personas, a los libros, a los acontecimientos más que en función de este único objetivo de su existencia.

Es muy difícil definir un hombre en una sola palabra: decir que fue “grande” o que fue “genial”, no quiere decir nada. Pero si me veo obligado a explicar a Lenin en pocas palabras, yo quisiera destacar que él estuvo ante todo tensionado
hacia su objetivo
.

Gorki destaca el encanto seductor de la sonrisa de Lenin. “Sonrisa de un hombre que, discerniendo admirablemente la densidad de la estupidez humana y las maniobras acrobáticas de la razón, también sabía deleitarse con la ingenuidad pueril de los puros de espíritu”.

Aunque expresada con cierta afectación, la observación es esencialmente correcta.

A Lenin le gustaba reírse de los imbéciles y malintencionados que pretendían hacerse los espirituales; y se reía con una indulgencia que justificaba bastante su enorme superioridad. En la intimidad, a veces uno se reía con Lenin sin reírse por el mismo motivo…Pero la risa de las masas coincidía siempre con la suya. También amaba a los puros de
espíritu, si se utiliza la expresión evangélica. Gorki nos cuenta como, en Capri, Lenin, en compañía de pescadores italianos, aprendía a utilizar la línea (sostenida con los dedos); ellos le explicaron que debería “aferrarse” a partir que la línea hiciera “drine-drine”; tan pronto como Lenin atrapó su primer pez y lo sintió venir, retenido en el anzuelo, gritó con una alegría infantil, con un entusiasmo verdaderamente placentero:

– ¡Ah! ¡Ah! ¡“drine-drine”!

Eso sí que está bien! Eso verdaderamente es una ínfima parte completamente viva de Lenin. Esta pasión, este entusiasmo, esta tensión completa del hombre para alcanzar su objetivo, para “aferrarse”, para atrapar la presa–¡ah! ¡ah ¡“drine-drine”! ¡allí está, la bella!– esto es bien diferente de este “justo” de cuaresma, de este “padre adoptivo” del cual se nos había hablado; es Lenin en persona, en una parte de sí mismo. Cuando Lenin, atrapando un pez, grita su entusiasmo, descubrimos el vivo amor que tenía por la naturaleza, como a todo lo que está cerca de ella, como a los niños, los animales, la música. Esta poderosa máquina pensante estaba muy cercana a lo que queda por fuera del pensamiento, por fuera de una búsqueda consciente; estaba muy próxima al elemento primitivo e indescriptible. Esta maravilla indescriptible se expresa por el “drine-drine”. Debido a este pequeño detalle significativo, está permitido, creo, perdonar a Gorki una parte de las banalidades que diseminó en todo su artículo. Más adelante, veremos porqué no se le puede perdonar más que esto…

“Él acariciaba a los niños con dulzura –nos dice Gorki–, con gestos de una ligereza, una delicadeza muy particulares”.

Esto también está bien dicho; nos muestra esta ternura del hombre que respeta a la persona física y moral del niño; de la misma manera se podría hablar del apretón de manos de Lenin: era fuerte y dulce.

Sobre el interés que despertaban los animales en Lenin, recuerdo el siguiente episodio: estábamos reunidos en Zimmerwald en comisión para elaborar un manifiesto. Teníamos una reunión al aire libre, alrededor de una mesa redonda de jardín, en una aldea de la montaña. No lejos de nosotros se encontraba, bajo una canilla, un gran cubo lleno de agua. Poco antes de la reunión (que tuvo lugar en un buen momento, a la mañana), varios delegados vinieron a lavarse en esta canilla. Yo había visto a Fritz Platten80 sumergir su cabeza y su cuerpo hasta la cintura en el agua, como si quisiera limpiarse, para gran sorpresa de los miembros de la conferencia.

Las tareas de la comisión habían tomado una dirección desagradable. Había enfrentamientos en varias direcciones, pero sobre todo entre Lenin y la mayoría. Aparecieron entonces dos bellos perros: de qué raza, no sabría decirlo; en esta época, yo no las conocía. Pertenecían sin duda al propietario de la casa, pues se pusieron a jugar tranquilamente sobre la arena, bajo el sol matinal. Vladimir Ilich, bruscamente, abandonó su silla, puso una rodilla en la tierra y se puso a hacer cosquillas, riéndose, a uno y otro perro a lo largo del vientre, con gestos ligeros, delicadamente atentos, según la expresión de Gorki. Este movimiento había sido totalmente espontáneo de su parte; casi podría decirse que actuaba como un niño, y su risa era despreocupada, infantil. Echó una mirada hacia la comisión, como si quisiera invitar a los camaradas a tomar parte en esta bella recreación. Me parece que lo miraban con cierto asombro: cada uno todavía estaba preocupado por la seria discusión. Lenin acariciaba aún a los animales, pero con más calma, luego
volvió hacia la mesa y declaró que no firmaría semejante manifiesto. Se retomó la discusión con una nueva violencia. Es muy posible, me digo ahora, que esta “diversión” le fuera necesaria para resumir en su pensamiento los motivos de aceptación y de rechazo y tomar una decisión. Pero él no había actuado por cálculo: en él, el subconsciente trabajaba en plena armonía con lo consciente.

Gorki admiraba en Lenin “esta impetuosidad juvenil que infundía a todo lo que hacía”. Esta impetuosidad era disciplinada, dominada por una voluntad de hierro, de la misma manera que un torrente impetuoso está dominado por el granito de la montaña; Gorki no nos lo dice; pero su definición no es por ello menos exacta: había precisamente en Lenin una impetuosidad juvenil. Y se le reconocía allí efectivamente “este excepcional entusiasmo espiritual que sólo es propio de un hombre inquebrantablemente convencido de su vocación”.

Esto es siempre correcto y profundo. Pero este lenguaje pasado de moda, débil, al que se nos sujeta inmediatamente, este estado de santidad del que se nos hablaba, o aún más este “ascetismo” (!), este “heroísmo monacal” (¡!), por otra parte casi no se condice con la impetuosidad juvenil: uno y otro se oponen como el fuego y el agua. El “estado de santidad”, el “ascetismo” se manifiesta cuando un hombre se pone al servicio de un “principio superior”, disciplinando sus pensamientos, sus pasiones personales. El asceta es interesado; calcula, espera una recompensa. Lenin, en su obra histórica, se realizaba a sí mismo, completamente y hasta el final.

“La mirada omnisciente del gran pícaro” –esto no está mal aunque groseramente formulado. Pero, ¿cómo conciliar esta mirada omnisciente con la “simplicidad”, la “franqueza” y sobre todo con “la santidad”?

“Amaba las cosas graciosas –cuenta Gorki– y reía con todo su cuerpo, verdaderamente ‘inundado’ de alegría, a veces hasta las lágrimas”.

Es verdad, y todos los que se entrevistaron con él lo notaron. En algunas reuniones pequeñas, llegaba a no poder reprimir la risa y esto no sólo en épocas donde las cosas marchaban bien, sino incluso en períodos extremadamente difíciles. Intentaba contenerse el mayor tiempo posible, pero, a fin de cuentas, estallaba de risa y su risa era contagiosa; se esforzaba por no llamar la atención, por no hacer ruido, ocultándose casi bajo la mesa para evitar el desorden.

Este loco ataque de risa lo invadía sobre todo cuando estaba cansado. Con un gesto habitual, moviendo la mano en el aire de arriba hacia abajo, parecía empujar lejos de él a la tentación. Pero era en vano. Sólo podía volver a tomar posesión de sí mismo mirando fijamente su reloj, con todas sus fuerzas interiores contraídas, distrayéndose por prudencia de todas las miradas, adoptando un aire de severidad, restableciendo con una rigidez forzada el orden que debe mantener un presidente.

En esos casos, los camaradas lograban sorprender en secreto la mirada del “speaker” [orador, NdT] y provocar con una buena palabra una nueva tentación de risa. Si la tentativa era exitosa, el presidente se irritaba contra el autor del desorden y contra sí mismo, al mismo tiempo.

Por supuesto, semejante diversión no se producía muy frecuentemente: tenía lugar principalmente al final de las reuniones, después de cuatro o cinco horas de trabajo asiduo, cuando todo el mundo estaba agotado. En general, Ilich conducía las deliberaciones con un estricto rigor: único método que le permitía conducir una reunión con innumerables asuntos.

“Tenía una manera propia de decir: ‘¡hum! ¡hum!’ –continúa Gorki–, sabía proferir esta interjección expresiva siguiendo una gama infinita de matices que se extendía desde la ironía sarcástica hasta la duda circunspecta, y frecuentemente, en este ‘¡hum! ¡hum!’ se expresaba un humor mordaz cuya picardía sólo era sensible para un hombre muy perspicaz y que conocía bien las diabólicas locuras de la existencia”.

Es verdad, es correcto. El “¡hum! ¡hum!” tenía, efectivamente, un rol importante en las conversaciones íntimas de Lenin, tanto como, por otra parte, en sus escritos polémicos. Ilich pronunciaba su “¡hum! ¡hum!” muy claramente y, como lo nota Gorki, con una infinita variedad de matices. Había en esto una suerte de código de señas que empleaba para expresar los estados de ánimo más diversos. En el papel, “¡hum! ¡hum!” no parecía nada; durante una conversación, esto se decía con el rostro encendido, se correspondía con el timbre de voz, con la inclinación de la cabeza, el movimiento de las cejas, con el gesto elocuente de las manos.

Gorki nos describe también la pose favorita de Lenin: “Tiraba la cabeza hacia atrás, luego inclinándola sobre el hombro deslizaba los dedos por las sisas de su chaleco, bajo las axilas. Había en esta actitud algo asombrosamente cómico y encantador, podría decirse como de un gallo vencedor y, en ese momentos, él estaba completamente radiante”.

Todo esto está perfectamente dicho, si se exceptúa lo de “gallo vencedor” que no se corresponde para nada con la imagen de Lenin. Pero la pose está bien descripta. ¡En fin! Leamos un poco más adelante:

“Gran niño de este mundo maldito, excelente hombre que tenía necesidad de ofrecerse como víctima a la hostilidad y al odio para realizar una obra de amor y belleza…”

¡Piedad, piedad, Alexis Maximovich!

“¡Niño de un mundo maldito…!” ¡Esto huele muy fuerte a hipocresía! Sí, Lenin adoptaba una pose sorprendentemente simpática, quizás un poco maliciosa por un instante, pero no había en esto ninguna hipocresía. “Ofrecerse como víctima”, la expresión es falsa, insoportable, ¡como el rechinar de un clavo frotado sobre un vidrio! Lenin no se sacrificaba de ninguna manera, sino vivía una vida plena, resplandeciente, él desarrollaba completamente su personalidad al servicio del objetivo que él mismo se había asignado libremente. Y su obra no era “de amor y belleza”: estos términos son de una generalidad demasiado común, de una redundancia chocante; sólo le faltan allí las mayúsculas: ¡Amor y Belleza! La tarea que se había dado Lenin era la de despertar y unir a los oprimidos para derribar el yugo de la opresión; ésta era la causa del noventa y nueve por ciento de la humanidad.

Gorki nos habla de las atenciones que tenía Lenin con sus camaradas, de la preocupación por su salud. Y añade: “En este sentimiento jamás pude percibir la preocupación interesada que manifiesta un patrón inteligente con respecto a
obreros hábiles y honestos”.

¡Y bien! Gorki se engaña completamente. Precisamente dejó escapar uno de los rasgos esenciales de Lenin. Las atenciones personales de Ilich frente a los camaradas estaban generalmente acompañadas de la preocupación del buen patrón, cuidadoso del trabajo a realizar. Sin duda es imposible hablar aquí de un sentimiento “interesado”, la obra misma no era únicamente personal: pero es indiscutible que Lenin subordinaba su interés por sus camaradas a los intereses de la causa –de esta causa que justamente agrupaba alrededor de él a sus camaradas. Esta alianza de preocupaciones de orden general e individual no disminuía para nada la humanidad de los sentimientos de Lenin, pero la tensión de todo su ser hacia el objetivo político sólo era por ello más fuerte, más plena.

Gorki que no percibió esto, ciertamente no comprendió la suerte que le tocó a un gran número de sus demandas a favor de personas que “habían sufrido” la revolución, demandas que él dirigía directamente a Lenin.

Las víctimas de la revolución fueron numerosas, se sabe y las demandas de Gorki no fueron pocas tampoco, algunas incluso fueron completamente absurdas. Es suficiente recordar la intervención prodigiosamente enfática del escritor a favor de los socialrevolucionarios, en la época del famoso juicio de Moscú. Gorki nos dice:

“No recuerdo ningún caso en que Ilich haya rechazado una de mis demandas. Si alguna vez las decisiones de Lenin no fueron ejecutadas, no era por su culpa: se explicaba probablemente por estos malditos ‘defectos del mecanismo’ que siempre fueron muy numerosos en nuestra pesada máquina gubernamental. Se puede admitir también que a veces hubo malas intenciones de parte de alguien cuando se trataba de aliviar la suerte de ciertas personas, de salvarle la vida…”.

Admitámoslo, estas líneas nos chocaron más que todo el resto.

¿Qué hay que deducir de esto en efecto? Lo siguiente: como jefe del Partido y del Estado, Lenin perseguía implacablemente a los enemigos de la revolución; pero, ¿bastaba que Gorki intercediera y no habría habido casos en los que Ilich habría rechazado la demanda del escritor? Habría que admitir entonces que la suerte de las personas se decidía, para Lenin, según las intervenciones amistosas. Esta afirmación sería completamente incomprensible si el propio Gorki no hiciera una reserva: él no fue satisfecho en todas estas solicitudes. Pero entonces, acusa a los defectos del mecanismo soviético…

¿Es verdaderamente así? ¿Lenin era verdaderamente impotente para superar los defectos del mecanismo en una cuestión tan simple como la liberación de un prisionero o la amnistía para un condenado? Es muy dudoso. ¿No es más natural admitir que Lenin, después de haber escrito la demanda y requiriéndole “la mirada omnisciente del gran pícaro”, evitaba debatir el asunto con Gorki, pero luego dejaba al mecanismo soviético, con todos sus defectos supuestos y reales, la tarea de ejecutar lo que exigían los intereses de la revolución? Efectivamente, Lenin no era tan “simple” y tan “recto” cuando estaba obligado a rechazar el sentimentalismo pequeñoburgués. La atención de Lenin hacia la personalidad humana era infinita, pero estaba completamente subordinada a la atención que le debía, en primer lugar, a la humanidad entera, cuya suerte en nuestra época se une con la del proletariado. Si Lenin no hubiera sido capaz de subordinar lo particular a lo general, habría podido quizás ser “un justo” que “se ofrece como víctima en nombre del amor y la belleza”, pero ciertamente no habría sido el Lenin que conocimos, el jefe del Partido bolchevique, el autor de la Revolución de Octubre.

A lo anterior, hay que añadir completamente el relato que nos hace Gorki sobre “la extraordinaria tenacidad” que demostró Lenin cuando, durante más de un año, exhortó al escritor a seguir un tratamiento en el extranjero.

“En Europa, en un buen sanatorio, usted podría cuidarse y trabajaría tres veces más. Vaya, recupere su salud… No se obstine en quedarse aquí, se lo suplico”.

La ardiente simpatía que Lenin experimentaba por Gorki, tanto por el hombre como por el escritor, es indiscutiblemente conocida por todo el mundo. La salud de Gorki preocupaba a Lenin, sin ninguna duda. Sin embargo, en “la extraordinaria tenacidad” con la que Lenin quería enviar a Gorki al extranjero, había también un cálculo político: en Rusia, en estos difíciles años, el escritor, lamentablemente, se equivocaba y corría el riesgo de desviarse definitivamente; en el extranjero, encontrándose frente a la civilización capitalista, podía enderezarse. Podía despertarse en él el estado de ánimo que, antiguamente, lo había forzado a “insultar en la cara” de la Francia burguesa.

Ciertamente, no era indispensable para Gorki repetir este “gesto” en sí mismo poco persuasivo; pero la disposición del ánimo que lo había inspirado prometía ser mucho más fecunda que las piadosas demandas a favor de los trabajadores intelectuales, cuyas desgracias provenían de que ellos no habían logrado arrojar la soga al cuello al proletariado revolucionario en el momento preciso.

Sí, Lenin cuidaba a Gorki, deseaba sinceramente ver que su salud mejorara y que trabajara como escritor; pero necesitaba un Gorki enderezado, y por eso insistía tanto en enviarlo al extranjero; por ello lo exhortaba a ir a respirar un poco los aires de la civilización capitalista. Incluso aunque no era un asunto secreto, se puede, según el único relato de Gorki, adivinar los motivos de Lenin: actuaba precisamente como un gran patrón que, nunca y en ninguna circunstancia, olvida los intereses de la causa que le fue confiada por la historia.

La imagen que Gorki nos ha trazado de Lenin no es la imagen de un revolucionario; es la imagen de un pequeñoburgués moralizador; y así, esta figura, de una sola pieza, de una unidad tan excepcional, se encuentra disgregada en el relato.

Pero esto se empeora aún más cuando Gorki pasa a la política propiamente dicha. Aquí sólo hay malentendidos o errores deplorables.

“Hombre de una voluntad extraordinariamente fuerte, era en todo el resto el modelo mismo del intelectual ruso”.

Lenin, ¡modelo de intelectual! ¿No es curioso escuchar esto? ¿No es una ironía y una inconveniencia monstruosa? Lenin, ¡modelo de intelectual!

Pero esto no es suficiente para Gorki. Según él, efectivamente, aprendemos que Lenin “poseía en el más alto grado una cualidad que es propia de la elite de la intelligentsia rusa: el renunciamiento frecuentemente llevado hasta el tormento, hasta la mutilación de sí mismo…”.

¡Vean esto! ¡Vaya! Un poco más arriba, Gorki desarrollaba tanto como podía este pensamiento que el heroísmo de Lenin, “es el ascetismo modesto, bastante frecuente en Rusia de la honestidad intelectual revolucionaria que cree sinceramente en la posibilidad de la justicia terrenal”, etcétera. Es materialmente imposible transcribir este pasaje de tan falso y deplorable que es… “¡La honestidad intelectual que cree en la posibilidad de la justicia terrenal!” Simplemente, un empleadito provincial, un radical, que leyó las Cartas históricas de Lavrov o bien la falsificación que dio de ellas más tarde Chernov…

Recuerdo con respecto a esto que uno de los viejos traductores marxistas de antaño había llamado a Karl Marx “el gran llorón de la aflicción popular”.

Hace 25 años, en el burgo de Nijné-Ilinsk, yo me divertí mucho con este Karl Marx provinciano. Pero hoy, es muy necesario constatarlo, Lenin mismo, no escapó a su suerte: un Gorki, un hombre que conocía bien a Ilich, que lo contaba entre sus allegados, que a veces, desconcertado, ha colaborado con él, nos representa a este atleta del pensamiento revolucionario, no sólo como un piadoso asceta, sino, mucho peor, como el modelo del intelectual ruso.

Esto es una calumnia y tanto más maligna cuanto que está hecha de buena fe, con toda la buena voluntad y casi con un vivo entusiasmo.

Lenin, ciertamente, estaba impregnado de la tradición del radicalismo intelectual revolucionario; pero lo había superado y sobrepasado y sólo a partir de ese momento se convirtió en Lenin.

El intelectual ruso “típico” es extremadamente limitado; sin embargo, Lenin es precisamente el hombre que sobrepasa todos los límites, y sobre todo, los de los intelectuales.

Si bien es correcto decir que Lenin estaba impregnado de la tradición secular de los intelectuales revolucionarios, es todavía más correcto afirmar que él mismo concentra la pulsión multisecular del elemento campesino, en él vive el mujik ruso, con su odio a la clase señorial, con su espíritu calculador, su viva inteligencia de dueño de casa. Pero lo que hay de limitado, de cerrado en el mujik es superado, sobrepasado en Lenin a través de un inmenso impulso del pensamiento y por el dominio de la voluntad.

En Lenin finalmente –y es lo que es más sólido, más vigoroso en él– se encarna el espíritu del joven proletariado ruso. No percibir esto, sólo ver al intelectual, es no ver nada. Lo que vuelve genial a la obra de Lenin, es que, a través de él, el joven proletariado ruso se emancipa, sale de su situación extremadamente limitada y se eleva a la universalidad histórica. Por eso, la naturaleza de Lenin, profundamente afirmada en el suelo, se desarrolla orgánicamente, florece creativamente, se vuelve invenciblemente internacional. Su genio consiste, ante todo, en superar todos los límites.

El rasgo esencial del carácter de Ilich está bastante correctamente definido por Gorki cuando lo llama “un optimismo combativo”.

Pero añade: “Este aspecto suyo no tenía nada de ruso…”

¡Pero vamos! Pero, veamos este típico intelectual, este asceta provinciano, ¿no es todo lo que tiene de ruso, de local? ¿No es un buen hombre de Tambov? ¿Cómo entonces Lenin, con rasgos esenciales de carácter que “no son rusos”, con una voluntad de hierro y un optimismo combativo, es, al mismo tiempo, el tipo del intelectual ruso? ¿Y no hay allí una considerable calumnia contra el hombre ruso en general? El talento de llevar las pulgas con una cuerda es, a decir verdad, indiscutiblemente ruso; pero, gracias a la dialéctica, esto no durará siempre, esto cambiará. La política socialista revolucionaria que corona el régimen de Kerensky fue la más alta expresión de este viejo arte nacional que consiste en conducir a las pulgas con una cuerda. Pero Octubre, lo sabe bien Alexis Maximovich, habría sido imposible si, mucho tiempo antes de Octubre, en el hombre ruso, no se hubiera encendido una nueva llama, si su carácter no hubiera sido transfigurado.

Lenin interviene, no sólo en la época en que la historia de Rusia cambia de dirección, sino cuando “el espíritu” nacional se transforma a través de una crisis. Los rasgos esenciales de Lenin no son “rusos”, supone usted… Pero, permítanos preguntarle si ¿el Partido Bolchevique es un fenómeno ruso de carácter –o bien, por ejemplo, holandés? ¡Qué dirá usted entonces de estos proletarios de la acción clandestina, de estos combatientes, de estos habitantes de los Urales duros como la roca, de estos francotiradores, de estos comisarios del Ejército Rojo que, día y noche, tienen el dedo en el gatillo de un browning y hoy, de estos directores de fábricas, de estos organizadores de trusts que, mañana estarían dispuestos a arriesgar su cabeza por la emancipación del coolie chino? ¡Esta es una raza, este es un pueblo, este es uno de los grandes “órdenes” de la humanidad! ¿Y no están hechos de la pasta que se hace en Rusia? Permítanos contradecirlo.

Y qué diremos entonces de toda la Rusia del siglo XX (y de antes): ya no es el viejo país provinciano de épocas lejanas; es una Rusia nueva e internacional, que tiene metal en el carácter. El Partido Bolchevique es una selección de esta nueva Rusia, y Lenin es el mayor formador y educador de ella.

Pero aquí entramos en el camino de la absoluta confusión. Gorki, no sin un toque de elegancia, se declara “marxista dudoso”, que casi no cree en el discernimiento de las masas en general, ni en el discernimiento de las masas campesinas en particular. Estima que las masas deben ser gobernadas desde afuera.

“Yo sé –escribe– que expresando semejantes ideas me expongo aún una vez más a las críticas de los políticos. Sé también que los más inteligentes y más honestos me ridiculizarán sin convicción y, por así decirlo, por su deber de funcionarios”.

No sé cuáles son estos políticos “inteligentes y honestos” que comparten el escepticismo de Gorki con respecto a las masas. Pero este escepticismo nos parece muy mediocre. Que las masas tengan necesidad de ser dirigidas (“desde afuera”), creemos que Lenin lo había adivinado. Quizás Gorki ha escuchado decir que, precisamente para conducir a las masas, Lenin empleó toda su vida consciente en crear una organización especial: el Partido Bolchevique. Lenin casi no incitaba a la fe ciega en la razón de las masas. Sin embargo, despreciaba aún más la arrogancia de estos intelectuales que reprochaban a las masas por no estar hechas a su imagen y semejanza. Lenin sabía que la razón de las masas debe adaptarse a la marcha objetiva de las cosas. El Partido debía facilitar esta adaptación y, como lo testimonia la historia, cumplió su tarea no sin éxito.

Gorki está en desacuerdo, como escribe, con los comunistas con respecto al rol de los intelectuales. Considera que los mejores viejos bolcheviques educaron a centenares de obreros precisamente “en el espíritu del heroísmo social y de una alta intelectualidad” (!!). Más simplemente, más exactamente, Gorki sólo acepta a los bolcheviques en la época en que el bolchevismo estaba aún en sus ensayos de laboratorio, preparando sus primeros cuadros intelectuales y obreros. Se siente muy cercano al bolchevique de 1903-05. Pero del de Octubre, maduro, formado, el que, con una mano inflexible, ejecuta lo que apenas se comenzaba a entrever hace quince años, ese es ajeno y antipático para Gorki.

El escritor mismo, con una constante orientación hacia una cultura más alta, una intelectualidad más completa, sin embargo ha encontrado el medio de detenerse a mitad de camino. No es ni un laico, ni un pope: es el poeta lírico de la cultura.

De allí su actitud altanera, su desdén por la razón de las masas, y al mismo tiempo, por el marxismo, aunque éste, como ya se ha dicho, muy diferente del subjetivismo, se apoya no en la fe en la razón de las masas, sino en la lógica del proceso material que, a fin de cuentas, somete “la razón de las masas” a su ley.

El camino que conduce a este lugar no es completamente simple, es verdad, y allí se rompe mal la vasija; allí se rompen incluso algunos utensilios de la “cultura”. ¡Esto es lo que Gorki no puede tolerar! Según él, habría que contentarse con admirar esta bella vasija; no sería necesario romperla nunca.

Para aproximarse a Lenin, para consolarse, Gorki nos afirma que Ilich “debió sin duda, más de una vez, retener su alma por las alas”, en otros términos actuar contra su voluntad: implacable cuando necesitaba aplastar una resistencia. Lenin estaba sujeto así a luchas internas, debía vencer su amor por el hombre, por la cultura; era en sí un verdadero drama. En una palabra, Gorki inflinge a Lenin este desdoblamiento que caracteriza a los intelectuales, esta “conciencia frágil” que se la estimaba tan fuerte otras veces, este precioso absceso del viejo radicalismo intelectual.

Pero todo esto es falso. Lenin estaba hecho de un solo bloque. Pieza de alta calidad, de estructura compleja, pero resistiendo bien en todas sus partes y en la que todos los elementos se adaptaban admirablemente.

La verdad es que Lenin evitaba frecuentemente hablar demasiado con estos demandantes, defensores y gente de este tipo.

“Que alguien lo reciba, decía con una pequeña sonrisa evasiva, si los atiendo sería demasiado bueno”.

Sí, él tenía miedo frecuentemente de ser “demasiado bueno”, pues conocía la perfidia de los enemigos y la mojigata frivolidad de los intermediarios y por ello consideraba insuficiente cualquier medida de severa prudencia. Prefería apuntar a un enemigo invisible, en lugar de dejar distraer su atención por contingencias y ser “demasiado bueno”. Pero en esto se manifestaba aún el cálculo político y no esta “conciencia frágil” que acompaña necesariamente a los caracteres desprovistos de voluntad, lloriqueantes –la húmeda naturaleza del “típico intelectual de Rusia”.

Esto no es todo. Gorki –lo sabemos por él mismo–, le reprochaba a Lenin “entender de una manera muy simplificada el drama de la existencia” (¡hum! ¡hum!) y le decía que esta comprensión simplificada “era una amenaza de muerte a la cultura” (¡hum! ¡hum!).

Durante los días críticos de fines de 1917 y los inicios de 1918, cuando en Moscú tiraban sobre el Kremlin, cuando los marineros (el hecho debió producirse, pero no como lo pretendió frecuentemente la calumnia burguesa) apagaban sus cigarrillos aplastándolos en los gobelinos82, cuando los soldados –se afirmaba– se confeccionaban calzas –¡muy incómodas y poco prácticas!– con las telas de Rembrandt (allí estaban los lamentos que le llevaban a Gorki los representantes lloriqueantes “de una alta intelectualidad”), en este período Gorki estuvo completamente desorientado y cantó un réquiem desesperado sobre nuestra civilización. ¡Horror y barbarie! ¡Los bolcheviques iban a romper todos los jarrones históricos, todos los floreros, recipientes de cocina, veladores!

Y Lenin le respondía: “Romperemos tanto como sea necesario, y si rompemos demasiado, la culpa recaerá sobre los intelectuales que continúan defendiendo posiciones insostenibles”. – ¿No era esto de un espíritu estrecho? ¿No se veía allí –¡piedad, piedad, Señor!– que Lenin simplificaba demasiado “el drama de la existencia”? No sé, pero es repugnante discutir sobre semejantes consideraciones. El interés de la vida de Lenin no era lamentarse sobre la complejidad de la existencia, sino reconstruirla de otra manera. Para esto, era necesario considerar la existencia en su conjunto en sus principales elementos, discernir las tendencias esenciales de su desarrollo y subordinar todo el resto a éstas.

Es precisamente porque era un experto en la concepción creadora de estos vastos conjuntos que él consideraba “el drama de la existencia” en bloque: romperemos esto, demoleremos aquello, y provisoriamente mantendremos todavía esto.

Lenin distinguía todo lo que era honesto, todo lo que era individual, ponía de relieve todas las particularidades, todos los detalles. Y si “simplificaba”, es decir, rechazaba los elementos secundarios, no era por no haberlos visto, sino porque conocía seguramente las proporciones de las cosas…

En este momento me vuelve a la memoria un obrero de Petersburgo, llamado Vorontsov, que, en los primeros tiempos después de Octubre, se consagró a la persona de Lenin, cuidando y ayudándolo.

Como nos preparábamos para evacuar Petrogrado, Vorontsov me dijo con una voz sombría:

– Si, por desgracia, ellos tomaran la ciudad, encontrarían muchas cosas. Habría que rodear de dinamita a Petrogrado y hacer volar todo.

– ¿Y usted no se lamentaría por Petrogrado, camarada Vorontosov? –Le pregunté, admirando la bravura de este proletario.

– ¿Lamentar qué? Cuando regresemos, la reconstruiremos un poco mejor.

No inventé este breve diálogo ni lo estilicé. Permanece tal cual, grabado en mi memoria. Y bien, esta es la buena manera de considerar a la cultura. No hay allí vestigios de lloriqueos ni es un Réquiem. La cultura es obra de las manos humanas. No está verdaderamente en los floreros decorados que conserva la historia, sino en una buena organización del trabajo de los cerebros y las manos. Si, en el camino de esta buena organización, se levantan obstáculos, hay que barrerlos. Y si es necesario destruir valores del pasado, destruyámoslos sin lágrimas sentimentales; luego volveremos para edificar, crear nuevos valores, infinitamente más bellos que los antiguos. Así es como, reflejando el pensamiento y el sentimiento de millones de hombres, Lenin consideraba las cosas. Su opinión era buena y justa, y hay allí mucho que aprender para los revolucionarios de todos los países.

Kislovodsk, 28 de septiembre de 1924

Textos extraídos del libro Lenin de León Trotsky

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